5. Encrucijada #3
Quizá el poder conferido por la huida del embajador a Vólogda se le había subido a la cabeza.
Tal vez le afectó el estrés de vivir en la semianarquía moscovita o la exasperación de ver rechazado una vez más su punto de vista.
Por el motivo que fuera, los intercambios de Lockhart con Whitehall sobre la intervención aliada se volvieron cada vez más mordaces durante la primavera de 1918.
Tras señalar que, incluso si Tokio hablaba en serio, lo que realmente importaba para el futuro de las relaciones entre los aliados y los bolcheviques era la percepción que estos últimos tuvieran de la intervención, Lockhart imploró al Foreign Office que comprendiera que la incursión japonesa «despertaría la mayor indignación entre los rusos de todas las clases».
En un gesto que confirmó las sospechas de Whitehall de que Lockhart «se proponía jugar con los bolcheviques» y había quedado irremediablemente «enmarañado en sus redes», el agente británico remitió al Foreign Office una advertencia de Trotski.
En ella, el comisario de Guerra soviético declaraba que si los aliados occidentales no hacían nada para impedir la marcha de Japón sobre Siberia o para condenarla una vez que se produjera, todos los «rusos socialistas considerarían esta acción como el resultado directo de un acuerdo secreto entre los aliados y Alemania, e Inglaterra y Estados Unidos serían los culpables».
Cuando el Foreign Office respondió tachando a Trotski de hipócrita por oponerse a la expedición japonesa mientras pedía ayuda a los aliados occidentales, Lockhart replicó con una andanada de condescendencia: «al parecer es difícil e imposible —consideró con altivez— para cualquiera en Inglaterra realizar un seguimiento» de los sucesos en la lejana Rusia.
Sin embargo, para aquellos pocos elegidos como él, que estaban sobre el terreno y conocían la «realidad» de la situación, la intervención japonesa era sin duda una idea desastrosa que acabaría con cualquier posibilidad de acercamiento entre los aliados y los bolcheviques.
Por esta razón, Lockhart solicitó al Foreign Office que «me confiera poderes para informar a Lenin de que la cuestión de la intervención japonesa queda archivada». 8
El agente británico fue duramente reprendido por su insolencia.
Varios mandarines ministeriales anotaron en las actas del Foreign Office que el agente británico era un simpatizante bolchevique o simplemente un «histérico», y que sus comunicados eran «impertinentes en la forma y en el fondo».
Knox volvió a exigir su destitución, mientras que lord Cecil bromeó diciendo que «el consejo del Sr. Lockhart podrá ser malo, pero no se nos puede acusar de haberlo seguido».
Le correspondió a Balfour recopilar toda esta ponzoña en una respuesta oficial marcada por la cortesía profesional, pero repleta de reproches y amenazas.
La réplica a Lockhart hablaba profusamente de la existencia de un «malentendido» entre el agente y el Foreign Office, en medio de garantías de que «deseamos saber exactamente lo que piensa usted», ya que «tiene un conocimiento personal de los líderes bolcheviques que yo no poseo».
Pero era precisamente este conocimiento personal lo que entrañaba problemas.
Se le dejó claro a Lockhart que sus opiniones solo se valorarían si eran imparciales, pero al estar teñidas por su cercanía a Trotski y la influencia de Robins, claramente no lo eran.
Para Balfour, los hechos eran los hechos, por muy fastidiosos que le resultaran a Lockhart y a sus amigos «rojos».
Tras admitir que Trotski había pedido ayuda aliada, Balfour explicó con un tono de maestro de escuela que «solo hay dos vías por las que la ayuda aliada puede llegar a Rusia.
Una es por el norte y la otra por el este.
No hemos recibido invitación alguna para utilizar la primera, y la mera sugerencia de que Japón deba utilizar la segunda, bajo cualesquiera garantías para la integridad y seguridad de Rusia, constituye, al parecer, un agravio intolerable».
Para que Rusia sobreviviera, Lockhart debía «inducir a quienes en este momento controlan su destino a ver los hechos tal y como son» y acoger con agrado la intervención aliada de quienquiera que estuviera dispuesto a ofrecerla.
La expresión «quienes en este momento controlan» Rusia llamó la atención de Lockhart.
En una de sus misivas más mordaces al Foreign Office ya había provocado a la bestia al sugerir que el verdadero objetivo del desembarco aliado no era luchar contra los alemanes, sino suplantar a los bolcheviques.
Esta deducción de que el cambio de régimen era el objetivo de la política aliada provocó otra reprimenda de Balfour, quien recordó a Lockhart que «se le ha explicado repetida y claramente» que «el Gobierno de Su Majestad no tiene ningún deseo de interferir en los asuntos internos de Rusia y solo le preocupa la enérgica fiscalización de la guerra».
Esta regañina vino acompañada de la promesa de que Tokio tampoco tenía interés en la política interna de Rusia y que la expedición nipona a Siberia solo tenía por objeto abrir un segundo frente contra los alemanes.
Nadie —aseguró Balfour al agente británico— iba a pasar a cuchillo a los bolcheviques. 9
Lockhart no se lo creyó. Su cercanía con los líderes bolcheviques —y, por consiguiente, su inmersión en las sospechas de estos sobre las intenciones de Occidente— sin duda influyó en la formación de su opinión.
Pero la lógica también dictaba que quienes creían que Trotski y Lenin eran agentes alemanes y que su revolución era una amenaza para la civilización occidental utilizarían la excusa de la guerra para acabar con el bolchevismo.
Además, existía una fuerza dentro de Rusia que, al parecer, podría hacer realidad este sueño.
Tras la revolución de 1917, un grupo de generales disidentes trasladaron sus tropas al Cáucaso, Siberia y la región del Don, al sur de Moscú, con el objetivo de librar una lucha contrarrevolucionaria contra los bolcheviques.
Estas fuerzas, conocidas como los rusos blancos, estaban desorganizadas y faltas de acuerdos sobre quién o qué debía llenar el vacío de poder una vez que reconquistaran Rusia.
Algunos estaban a favor de iniciar otro intento de democracia parlamentaria, pero la mayoría quería restaurar la autocracia zarista y acabar con el bolchevismo ateo.
A pesar de la falta de unidad en sus objetivos, las intenciones contrarrevolucionarias de los blancos eran lo suficientemente sólidas para preocupar a los bolcheviques e intrigar a los líderes aliados, que anhelaban que Rusia abandonara su experimento revolucionario y retomara la lucha contra Alemania.
Como bien sabía Lockhart, los aliados llevaban meses apoyando a los blancos.
En el otoño de 1917, el presidente estadounidense Woodrow Wilson autorizó pagos secretos a los generales blancos y envió al cónsul general de Estados Unidos en Petrogrado, DeWitt Poole, al sur de Rusia para que se pusiera en contacto con los cosacos del Don, las tropas más leales y preparadas del régimen zarista.
Poole recomendó la entrega de millones de rublos adicionales para financiar estas fuerzas blancas y, al regresar a Petrogrado, convenció a sus homólogos franceses y británicos de que hicieran lo mismo.
El jefe de inteligencia de Poole, Xenophon Kalamatiano, estableció además una red de agentes en toda Rusia cuya tarea era recabar información sobre las capacidades del Ejército Rojo y distribuir fondos entre los grupos antibolcheviques.
Kalamatiano fue uno de los muchos agentes aliados que participaron en esta labor subversiva en la primavera de 1918.
Otro destacado romperrevoluciones fue el capitán George Hill, del Real Cuerpo Aéreo británico, que había llegado a Petrogrado en 1917 para entrenar a la fuerza aérea rusa, pero que, tras la revolución, comenzó a trabajar para el MI6 con el nombre en clave IK8.
Aventurero temerario con una mente propensa al caos, Hill se deleitaba con su misión de obstaculizar la invasión alemana por cualquier medio necesario.
Con este fin dirigía «una espléndida banda de tropas irregulares compuesta por exoficiales rusos» que volaban depósitos de combustible y saboteaban las infraestructuras de comunicaciones en Ucrania.
Simultáneamente, Hill dirigía una red secreta de mensajería formada por más de veinte agentes que ocultaban documentos en el forro de sus abrigos para sacar información confidencial de Rusia —a menudo sobre grupos contrarrevolucionarios en Moscú y Petrogrado— y llevarla a Gran Bretaña. 10