5. Encrucijada #2
Cuando no se enfrentaba a los peligros de la revolucionaria vida nocturna moscovita, Lockhart se entregaba a su propensión por el trabajo compulsivo.
Había decidido establecer su oficina en el Hotel Elite, en la calle Petrovka, a poca distancia del Hotel Metropole, el primer edificio ruso en el que entró en 1912 y que ahora se había convertido en el lugar de reunión del Congreso Soviético.
Con su acercamiento a los revolucionarios, Lockhart llevaba a cabo una estrategia de relación entre los aliados y los bolcheviques diametralmente opuesta a la practicada por los diplomáticos en Vólogda, donde el octogenario embajador estadounidense David Francis pasaba gran parte del tiempo ofreciendo meriendas a las que rara vez invitaba al representante soviético local.
Libres de la amenaza de la violencia y el bandidaje, los diplomáticos de Vólogda veían la revolución desde la distancia, jugando a las cartas y disfrutando de debates afables sobre qué país tenía las serpientes más letales.
Mientras tanto, en Moscú, Lockhart se convertía en un rostro familiar para el Congreso Soviético y se reunía casi a diario con Trotski.
También pasaba tiempo con Lenin, quien, a diferencia de su enérgico y locuaz comisario de Guerra, «rara vez malgastaba una palabra» y transmitía una calma discreta e inquietante.
El padre de la revolución era un hombre demasiado frío para el sosiego del agente británico. 5
Con todo, Lockhart decidió ganarse el favor de ambos líderes bolcheviques.
¿De qué otra manera, si no, podría lograr su objetivo de persuadirles para que restablecieran el frente oriental?
Tanto Lockhart como los estrategas aliados creían que tal fin era necesario para conducir la guerra hacia una conclusión victoriosa.
Como se temía, el Tratado de Brest-Litovsk había llevado a los alemanes a trasladar tropas hacia el oeste, poniendo en peligro a británicos y franceses, que seguían esperando la llegada de una cantidad considerable de efectivos estadounidenses a las costas europeas.
Sin embargo, la apuesta de Berlín por consolidar sus ganancias a expensas de Rusia, unida a la falta de una amenaza real por parte del caótico Ejército Rojo, también significaba que una fuerza germana considerable permanecía en el este.
Una fuerza suficiente, al parecer, para que los alemanes rompieran el Tratado de Brest-Litovsk y marcharan sin oposición a través de Rusia para apoderarse de los puertos árticos de Múrmansk y Arcángel, donde los aliados tenían almacenadas miles de toneladas de balas, proyectiles, raciones y vehículos.
Los británicos y los franceses temían que esta invasión de Rusia, combinada con una nueva ofensiva alemana en Francia, diera la victoria al káiser.
Sin embargo, el engreído agente británico creía que podía evitar este desastre.
Según le dijo al Foreign Office, todavía quedaba «una partida por jugar» en Rusia.
La clave estaba en mover correctamente las fichas sobre el tablero.
Los aliados concibieron dos opciones para desbaratar los planes de Alemania, y ambas requerían el restablecimiento del frente oriental.
La primera era convencer a los bolcheviques de que se reincorporaran a la guerra.
Lockhart lo veía factible. Trotski le había dicho en distintas ocasiones que Brest-Litovsk era solamente un alto el fuego y que, una vez roto, como era inevitable, el Ejército Rojo libraría una «guerra santa» contra la Alemania reaccionaria para defender la revolución.
La segunda opción era trasladar las tropas aliadas a territorio ruso para enfrentarse a los alemanes, preferiblemente con el beneplácito de los bolcheviques, pero sin él si fuera necesario.
La mayoría de los líderes aliados no confiaban en la capacidad de combate del Ejército Rojo y, a diferencia de Lockhart, se negaban a creer la afirmación de Trotski de que los bolcheviques estaban ansiosos por reanudar una guerra de la que acababan de salir.
Por lo tanto, en los pasillos del poder de los aliados, el desembarco de tropas parecía la única opción. 6
El plan era de una magnitud equiparable al objetivo perseguido: poner fin a la Gran Guerra.
Los marinos británicos y franceses desembarcarían en Múrmansk y Arcángel, donde asegurarían los valiosos depósitos de municiones, alimentos y combustible, creando así una cabeza de puente desde la que reabrir el frente oriental.
Simultáneamente, los japoneses desembarcarían en Vladivostok, en la costa pacífica de Rusia.
Allí se apoderarían de las seiscientas mil toneladas de municiones almacenadas en la ciudad y sus alrededores, antes de subirse al Transiberiano y atravesar la inmensidad de Rusia para unirse con los aliados occidentales y entrar en combate.
También había grandes esperanzas de que la Legión Checa se uniera a la nueva campaña.
Esta fuerza de cuarenta mil hombres bien formados y equipados había estado combatiendo para los rusos, pero se había negado a deponer las armas después de Brest-Litovsk.
Querían trasladarse al frente occidental y continuar la lucha contra el Imperio austrohúngaro, del que pretendían sacar un estado checoslovaco independiente tras la victoria.
A principios de la primavera de 1918, la Legión Checa quedó varada al este de Ucrania.
Esto la alejó del frente occidental, pero en una posición idónea para formar la vanguardia del nuevo ataque de los aliados contra los alemanes desde el este.
El plan de intervención aliado era tan ambicioso que rayaba en lo fantástico, pero había motivos para creer que los bolcheviques podrían aceptar que las botas imperialistas marcharan sobre el suelo rojo de Rusia.
Cuando las tropas finlandesas respaldadas por Alemania amenazaron Múrmansk a principios de marzo, Trotski aprobó el desembarco de 170 marines británicos para ayudar a los bolcheviques a repeler a los invasores.
Del mismo modo, los bolcheviques dieron permiso a la Legión Checa para tomar el Transiberiano hacia el este con el fin de embarcarse en Vladivostok en una odisea transoceánica y unirse a la lucha en Francia.
En consonancia con la disposición aparentemente favorable de los bolcheviques hacia los soldados aliados en su territorio, el cónsul general francés Fernand Grenard planteó la idea de utilizar a sus asesores militares para la puesta a punto del Ejército Rojo, mientras que Trotski redobló su tesis de resistencia desafiante a Alemania pidiendo a Lockhart la ayuda de los aliados para reanudar la lucha.
Lockhart no fue el único representante aliado que simpatizó con esta idea.
Su amigo Raymond Robins coincidía en que una alianza con los bolcheviques ofrecía la mejor oportunidad de derrotar a Alemania y, una vez ganada la guerra, una excelente plataforma sobre la que construir un orden mundial pacífico.
El agente del gobierno francés en Rusia, Jacques Sadoul, opinaba lo mismo y presionó a París para que aceptara un acuerdo que proporcionara ayuda militar a los bolcheviques y reconociera la legitimidad de su régimen.
Así pues, en la primavera de 1918, Lockhart formaba parte de un pequeño grupo de personas en Rusia con información privilegiada que vieron una oportunidad, pequeña pero prometedora, para que el Este comunista y el Oeste capitalista sentaran las bases de una relación muy distinta de la que se desarrollaría en las décadas posteriores. 7
No era la primera vez en la carrera de Lockhart que sus aspiraciones se veían frustradas por la realidad con la que tenían que lidiar sus amos políticos, concretamente, el desprecio que sentían por los bolcheviques y la indiferencia hacia sus deseos.
Cuando a principios de marzo comenzaron a circular por Moscú rumores sobre el plan japonés de desembarco de tropas en Vladivostok, Trotski expresó su preocupación a Lockhart.
Los bolcheviques podían ser lo suficientemente pragmáticos para aceptar una intervención británica menor en Múrmansk, pero desconfiaban demasiado de las intenciones de Tokio para consentir que miles de soldados japoneses atravesaran Siberia en dirección a Moscú.
Los temores de Trotski estaban justificados.
Los japoneses pretendían crear un estado colchón en Siberia que protegiera sus islas de la expansión del bolchevismo, al tiempo que ampliaban su esfera de influencia a costa de Rusia fortaleciendo la nación aspirante en previsión de una reorganización del orden internacional tras el fin de la guerra.
El secretario de Relaciones Exteriores británico, lord Balfour, aseguró a Lockhart que ese no era el caso y que los japoneses solo estaban interesados en proteger los almacenes de Vladivostok y plantar cara a los alemanes.
Aparte de sentirse ofendido por haber sido engañado, Lockhart pudo haberse tomado el mensaje de Balfour como un insulto a su inteligencia.
De qué otra manera se explica que el joven agente británico de treinta años respondiera al veterano canciller con una burla insolente, preguntándole abiertamente: «¿De verdad espera que algún ruso se lo crea?
¿Hay algún inglés que sepa japonés que se lo crea? ».