Un espía en Moscú 5. Encrucijada
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5. Encrucijada

Encrucijada

Coquetear con los bolcheviques es erróneo como política e inmoral como práctica.

G ENERAL A LFRED K NOX

De la chimenea de la embajada emanaba una nube de ceniza en cuyo interior revoloteaban obstinados fragmentos de papel en llamas.

Las fosas nasales de Lockhart se llenaron de humo cuando lanzó un profundo suspiro y cruzó el umbral de la entrada para adentrarse en el caos que reinaba en el interior.

Por los pasillos había maletas apiladas de cualquier manera y la gente corría de un lado a otro con el acompañamiento de una inquieta voz de fondo que vociferaba al auricular de un teléfono.

Abriéndose paso entre el tumulto, Lockhart llegó hasta su presa, Francis Lindley.

El encargado de negocios no estaba de humor para hablar.

Era 28 de febrero y los bombarderos alemanes sobrevolaban el cielo de Petrogrado.

La delegación de Lenin había salido de la ciudad en dirección a Brest-Litovsk, pero los embajadores de los aliados desconfiaban de que los bolcheviques hicieran las paces y los alemanes pusieran fin a la guerra.

Por ello habían decidido desalojar sus embajadas y trasladarlas a Vólogda, que un visitante de la época describió como una «pequeña y sencilla localidad rural» situada a 650 kilómetros al norte de Petrogrado, compuesta de «casas de madera de uno o dos pisos» coronadas de nieve.

Estadounidenses y franceses optaron por este idílico refugio, pero Lindley había ideado un plan de evacuación más ambicioso para reubicar a los diplomáticos británicos al otro lado de la frontera rusa, en la seguridad de Helsinki.

Sin embargo, Lockhart no se había presentado allí para reservar un asiento en el tren de Lindley, sino para intentar quedarse con la flor y nata de su personal con el fin de reforzar su equipo.

Fue una jugada inútil. El encargado de negocios no estaba dispuesto a poner a nadie en las manos del ambiguo agente británico.

Si Lockhart insistía en continuar su trabajo en Petrogrado, tendría que apañárselas con cualquiera que fuera lo suficientemente insensato para quedarse en la desventurada capital.

Lockhart estaba demasiado nervioso y alterado para sentirse ofendido por la negativa del diplomático.

Tras estrechar la mano de Lindley, salió de la embajada y volvió a las calles nevadas de una ciudad desgarrada por las fuerzas del fatalismo y la esperanza.

Al igual que los embajadores aliados, los ciudadanos de Petrogrado también pensaban que la llegada de los alemanes era inminente.

Sus actitudes ante esta amenaza fueron diversas.

Muchos burgueses de la ciudad veían a los alemanes como los libertadores que iban a expulsar a los bolcheviques y devolverían a Petrogrado a sus días de gloria zarista.

En los cabarés y teatros de ópera, esta gente se entregaba a un regocijo alimentado a base de champán, incluso con las bombas alemanas cayendo sobre las vías de la Estación de Varsovia.

Los petrogradenses menos afortunados, en cambio, temblaban de miedo ante lo desconocido mientras los bandidos se adueñaban de cualquier cosa susceptible de ser robada, convencidos de que los alemanes acabarían con todo.

Los índices de criminalidad se habían disparado hasta el punto de que Lindley puso vigilancia adicional y coches blindados fuera de su embajada y Lockhart empezó a llevar pistola para salir a la calle.

Pero lo cierto es que disfrutaba del peligro casi tanto como de la huida de los embajadores.

Con su traslado a Helsinki o al remoto rincón provincial de Vólogda, los representantes de los aliados se estaban desconectando de manera efectiva de las maquinaciones cotidianas de Lenin y Trotski.

Esto representaba una ventaja para el ambicioso agente británico, que ahora era el representante aliado más cercano a los líderes bolcheviques y estaba, de hecho, al mando de lo que quedaba del cuerpo diplomático británico en Petrogrado. 1

Después de que el tren de Lindley partiera de la estación, Lockhart envió un telegrama a Whitehall para confirmar esta bienvenida libertad.

Necesitaba la garantía de que «mi puesto seguirá siendo independiente y no estaré subordinado en modo alguno al cónsul general en Moscú», en referencia a Wardrop, quien, al igual que Lockhart, se quedaba en Rusia para guardar las apariencias de una conexión diplomática con los bolcheviques.

El gabinete de Guerra respondió con un telegrama lo más parecido a un encogimiento de hombros.

El agente británico tenía en todo momento el cometido de actuar con independencia de los diplomáticos habituales.

Si lo peor que se podía esperar de permitir que ese estatus continuara sin restricciones era algún que otro comunicado irritantemente probolchevique, entonces valía la pena mantener a Lockhart en su puesto para ver qué beneficios, si los había, podía obtener para el Reino Unido de esta incierta situación.

No era precisamente un respaldo rotundo, pero a Lockhart ya le iba bien. 2

La primera orden del día del agente británico fue trasladar su misión de Petrogrado a Moscú con el objetivo de mantener una relación estrecha con los líderes bolcheviques.

Tanto Lenin como Trotski creían que el Tratado de Brest-Litovsk era una prórroga en la ejecución de los planes militares del káiser y que, cuando sus ejércitos reanudaran inevitablemente el avance, Petrogrado sería el blanco en la línea de fuego.

Por esta razón, los bolcheviques trasladaron su capital a la segunda ciudad de Rusia en las primeras semanas de marzo de 1918.

Cuestiones de seguridad aparte, esta medida simbolizaba una importante ruptura con el pasado zarista.

Al dejar atrás los grandes bulevares y la arquitectura europeizante de Petrogrado, los bolcheviques iniciaban un nuevo capítulo de la historia de Rusia en Moscú, una antigua capital renacida como bastión rojo desde el que se planificaría la derrota definitiva de los alemanes y se desencadenaría la revolución mundial.

La evacuación de Petrogrado se llevó a cabo con rapidez y en secreto, con Trotski partiendo en un tren nocturno custodiado por cientos de fusileros letones que habían jurado dar su vida para proteger al recién nombrado comisario de Guerra de Rusia.

Como prueba del éxito de la ofensiva de Lockhart, Trotski les ofreció a él y a Hicks un lugar en su tren e invitó a los británicos a acompañarlo durante la cena en el trayecto vespertino.

En una copiosa comida a base de sopa de repollo, patatas fritas y ternera, Trotski —vestido de caqui y hablando solamente de balas y bayonetas— insistió ante Lockhart y Hicks en que, cuando se reanudaran los combates, su incipiente Ejército Rojo estaría listo y sería capaz de defender la revolución contra Alemania.

La idea parecía fantasiosa, pero Lockhart no podía evitar sentirse impresionado por la pasión y la certeza de Trotski. 3

El tren llegó a su destino en la mañana del 17 de marzo y Lockhart y Hicks se despidieron del comisario de Guerra, tras lo cual se pusieron a trabajar para establecer su nueva base de operaciones en el Hotel Elite.

Aunque el edificio estaba bien vigilado y aprovisionado, la ciudad que se extendía más allá de su gran vestíbulo guardaba un inquietante parecido con la que Lockhart acababa de dejar.

Los moscovitas ricos y prósperos esperaban ansiosos la llegada de los alemanes mientras los anarquistas y los bandidos recorrían las calles robando y asesinando a su antojo.

Indiferente al caos y al peligro, Lockhart estaba decidido a redescubrir sus antiguos lugares de ocio.

Una noche, él y Hicks asistieron a una ópera en la Ojotni Riad, la calle que, a pesar de los estragos de la revolución, seguía abarrotando la burguesía moscovita en busca de un ebrio receso ante la sombría realidad que se extendía más allá de las puertas del teatro.

Lockhart se acomodó en una lujosa butaca e imaginó que había vuelto con sus amigos intelectuales a la despreocupada época anterior a la guerra, cuando conversaban sobre las ideas de Nikolái Chaikovski o los textos de León Tolstói.

El momento de felicidad no duró mucho. Tan pronto como se apagaron las luces de la sala, las puertas del palco se abrieron violentamente y unos hombres armados y cubiertos con pasamontañas rodearon a Lockhart y al resto de los espectadores.

Presas del pánico, los que tenía a su lado entregaron joyas y relojes, mientras él se hurgaba los bolsillos en busca de unos rublos, aceptando con tristeza que, para sobrevivir esa noche, tendría que volver más pobre a su suite del hotel.

Sin embargo, cuando los bandidos llegaron hasta Lockhart y Hicks, el saqueo terminó abruptamente.

Para sorpresa de ambos, el jefe de los asaltantes hizo un saludo militar y declaró: «No robamos a los ingleses.

Les pido perdón por la situación de mi país, que me obliga a adoptar esta forma de ganarme la vida».

Acto seguido, el atracador y sus compañeros armados dejaron que los atónitos británicos siguieran disfrutando de la velada. 4