4. «Britain’s agent» #4
La fe del agente británico en este plan se reforzó durante sus posteriores reuniones con Trotski, que se celebraban casi a diario a medida que crecía la amenaza sobre Petrogrado.
Con desafiante furia, Trotski aseguró a Lockhart que, si los occidentales abandonaban Rusia a la ocupación alemana, los bolcheviques continuarían «librando una guerra partisana con todas sus fuerzas».
Lockhart quedó impresionado por las agallas de Trotski y así se lo comunicó a Milner, junto con la recomendación de que el Reino Unido dejara de apoyar a las fuerzas contrarrevolucionarias en Rusia —una política que los aliados habían adoptado en otoño de 1917— y enviara en su lugar ayuda militar a los bolcheviques.
Aunque Lockhart «no podía pretender que la cooperación fuera fácil», argumentó que un frente anglobolchevique unificado redundaría en beneficio británico.
«Tratado con tacto —argumentó—, Trotski puede convertirse en un activo muy valioso contra Alemania».
De hecho, podría incluso ayudar al Reino Unido a ganar la guerra. 12
Esta fue la primera prueba de Lockhart como agente británico y, aunque sus recomendaciones se ajustaban a los objetivos de su misión, fue la primera vez en su carrera que se cuestionaron sus conocimientos sobre Rusia y, con ello, su aptitud.
Su sugerencia de que el Reino Unido se uniera a la defensa del bolchevismo tuvo poco peso entre algunos miembros del gabinete de Guerra, como lord Cecil, que estaba convencido de que Trotski era un agente alemán.
Cecil también temía que una alianza militar por necesidad con los «rojos» «desanimara a lo que quedaba de los elementos antibolcheviques en Rusia» y fomentara «la difusión de la propaganda bolchevique en el país».
El antiguo agregado militar en Petrogrado, general Alfred Knox, fue más directo en sus críticas.
Knox, un militar de carrera que había servido en Rusia desde 1914 y había cultivado una buena relación con el zar, despreciaba a los bolcheviques.
De hecho, detestaba a todos los radicales y, décadas más tarde, fue acusado por Kérenski de apoyar el contragolpe contra el Gobierno provisional en el verano de 1917.
Knox tenía, como mínimo, un problema con el amigo británico de Kérenski, a quien se refirió despectivamente como «joven Lockhart» cuando este había sido cónsul general en Moscú. 13
La mofa de Knox se transformó en ira cuando Lockhart regresó a Rusia como agente británico.
Respondiendo a la propuesta de alianza con Trotski, el agregado opinó «que el consejo militar del Sr. Lockhart es tan malo que espero que le digan que no dé opiniones militares en el futuro o será destituido».
Knox también se quejó de que Raymond Robins, el amigo de Lockhart que, a pesar de ser voluntario de la Cruz Roja, desempeñaba una función similar a la de agente para los estadounidenses, era «un fanático» del bolchevismo «con el temperamento de una colegiala que adora a los héroes».
No era esta una creencia infundada. El propio Lockhart registró la opinión de Robins de que Trotski era «el judío más grande desde Cristo».
Con Robins en un oído y Trotski en el otro, a Knox le parecía que el agente británico «no hablaba con nadie más que con los bolcheviques» y que, por lo tanto, «sus mensajes solo reflejaban opiniones bolcheviques».
Imperturbable, Lloyd George siguió defendiendo a Lockhart recordando al gabinete de Guerra que «no debía rechazar el consejo que le ofrecían los representantes británicos en Rusia» y que «la opinión que se había formado del Sr. Lockhart era tal que solo podía vacilar antes de rechazar cualquier consejo que este le diera».
Pero el primer ministro formaba parte de una minoría cada vez más reducida. 14
Mientras estos debates sobre la competencia de Lockhart arreciaban, Lenin sacó de manos británicas la cuestión de intervenir en favor de los bolcheviques.
En una tensa reunión del Comité Central bolchevique, señaló con amarga ironía que, si bien estaba «a favor de tomar patatas y armas de los bandidos del imperialismo anglofrancés», tenía poca fe en que se formara una alianza militar entre los bolcheviques y los aliados.
Al menos no a tiempo para salvar la revolución de ser sofocada por los alemanes.
Testarudo como siempre, Lenin se salió con la suya.
Mientras Trotski hervía de ira, el Comité Central envió una delegación a Brest-Litovsk para hacer la paz con los alemanes antes de que sus ejércitos llegaran a Petrogrado.
La decisión fue tomada justo a tiempo. Tras iniciar el 18 de febrero la ofensiva bautizada con el poco sutil nombre de Unternehmen Faustschlag (Operación Puñetazo), los alemanes habían arrollado las antiguas líneas rusas tomando prisioneros con facilidad y encontrando poca resistencia.
El 2 de marzo se encontraban a menos de 160 kilómetros de la capital rusa.
Al día siguiente, el representante de Lenin en Brest-Litovsk firmó un tratado para detener el ataque, con la esperanza de que fuera para siempre.
La paz fue punitiva. Los bolcheviques se vieron obligados a ceder Polonia, Bielorrusia y los Estados bálticos a Alemania y reconocer la independencia de Finlandia y Ucrania.
En total, perdieron casi el cuarenta por ciento de la agricultura y la industria pesada de su recién adquirido país.
Fue doloroso y humillante, pero por el momento no importaba.
La Rusia revolucionaria se había salido de la guerra. 15
Lo importante para Lockhart era saber si seguía conservando su trabajo.
La misión que le habían encomendado era establecer contacto con los bolcheviques y mantenerlos en lucha contra los alemanes.
El cumplimiento satisfactorio del primer objetivo debía conducir a la consecución del segundo, pero Brest-Litovsk había trastocado esta deriva.
Además, Lockhart había visto dañada su reputación en Whitehall con sus elogios a Trotski y su defensa del envío de soldados británicos para ayudar al Ejército Rojo.
El cónsul general Wardrop olió sangre. Con la paz entre Rusia y Alemania acordada, preguntó al Foreign Office si la situación de Lockhart se «regularizaría» y, en caso contrario, si «no sería mejor que solicitara una excedencia».
Knox también metió baza preguntando qué función desempeñaba ahora el agente británico.
Despojado de su fama de gran entendido en Rusia, Lockhart escupió en su diario la frustración que sentía por haber recibido telegramas «largos y estúpidos» y «muy deprimentes» del Foreign Office.
Su base de apoyo en Whitehall se hundió todavía más, y hasta Lloyd George dejó que los ataques de Knox quedaran sin respuesta.
La gran aventura de Lockhart parecía haber llegado a su fin.
Sin embargo, se negó a irse con la boca cerrada.
Con la tinta de las firmas de la paz de Brest-Litovsk todavía húmeda, escribió a Milner insistiéndole en que se quedaría en Rusia para explorar las «considerables posibilidades de organizar la resistencia contra Alemania».
Era una decisión audaz, pero para la mente decidida de Lockhart estaba justificada.
Había tenido que soportar escándalos y, tras estar al borde del colapso mental y profesional, había regresado a Rusia con más fuerza que nunca, enfrentándose a toda suerte de escépticos por el camino.
El agente británico no había sido educado para que lo rebajaran y todavía le quedaba mucha cuerda. De hecho, solo estaba empezando. 16