Un espía en Moscú 4. «Britain’s agent» #3
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4. «Britain’s agent» #3

Al caer la tarde del 30 de enero de 1918, Lockhart volvió a pisar suelo ruso tres meses después de haber sido expulsado por Buchanan.

En aquellos días, Petrogrado bullía con el descontento hacia Kérenski y, en algunos sectores, con la ilusión de la promesa de que las cosas mejorarían una vez que cayera su Gobierno provisional.

La traición a esta promesa era ahora evidente.

La mayoría de las tiendas habían sido saqueadas y abandonadas, y las que seguían abiertas tenían las estanterías prácticamente vacías, solo con productos que unos pocos podían permitirse.

Los tranvías y los trenes habían dejado de funcionar y, por falta de leña y salarios, nadie encendía los braseros para derretir la nieve.

Tampoco la barrían de las calles, dejando la impresión de que Petrogrado estaba siendo devorada por una bestia invernal.

«La ciudad imperial —recordó un diplomático francés— ha muerto y su magnificencia pronto será solo un recuerdo».

Antes de partir de Rusia con su padre, Meriel Buchanan tuvo pensamientos igualmente sombríos.

Había observado a los «alborotadores vociferantes que vagaban por las calles bebiendo, disparando y saqueando» en pleno invierno.

«Estos hombres —se lamentaba—, desaliñados, sucios, sin afeitar, totalmente ignorantes, se habían convertido en los gobernantes de Petrogrado, la ciudad que Pedro el Grande construyó para ser la capital de su imperio».

Al igual que la hija del embajador, que todavía albergaba la esperanza de que el alma de Rusia pudiera ser rescatada, las ideas románticas de Lockhart sobre el país del que se había enamorado sufrieron un duro golpe cuando anduvo por la desolada anarquía del Petrogrado bolchevique.

Le partió el corazón ver a gente hambrienta arrastrando los pies por las calles cubiertas de nieve, pasando junto a las ventanas destrozadas de lo que en otro tiempo habían sido elegantes edificios.

Bajo una farola parpadeante del puente Troitski, detuvo el avance de su equipo para contemplar un caballo muerto congelado en el suelo, abandonado por su dueño para fundirse con el invierno.

«Todo el mundo parece deprimido e infeliz» fue el resumen más crudo que pudo hacer para describir la marchita capital rusa.

El único aspecto positivo era que la difícil situación de Petrogrado había hecho bajar los alquileres y dado poder a los que tenían dinero.

Como los hombres de Lockhart pertenecían a esta última categoría, durante el trayecto desde la estación hasta la embajada británica fueron abordados por soldados que intentaron venderles harina blanca y carne fresca, esta última probablemente despiezada del caballo helado del puente.

Tras adquirir estos suministros a un precio irrisorio, Lockhart se aprovechó aún más del nuevo desorden bolchevique en los días siguientes y compró por cuatro chavos a un aristócrata empobrecido por los estragos de la revolución un piso bien amueblado y provisto de una abundante bodega.

El apartamento se convirtió en el centro de operaciones del equipo, sirviendo tanto de vivienda como —al estar situado en el Muelle del Palacio, a menos de una manzana de la embajada británica— de isla secreta del Gobierno de Su Majestad en medio de un mar de rojos revolucionarios. 9

La llegada de Lockhart a la puerta de la embajada y su forma de dirigirse a los diplomáticos británicos —descrita por un contemporáneo como «asertiva y modesta, arrogante y despectivamente falta de humor, todo a la vez»— confundió mentes y alteró ánimos.

Durante una de sus primeras reuniones, el encargado de negocios Francis Lindley reprendió al agente británico por haberse atrevido a sugerir que su gobierno no reconocería a los bolcheviques como gobernantes legítimos de Rusia, a pesar de que Lockhart lo había escuchado de primera mano de casi todas las personas con las que se había reunido en Whitehall.

Lindley también intentó aconsejar al joven sobre cómo tratar a Trotski; en general, el diplomático actuaba como si Lockhart trabajara para él.

Igualmente molesto por la presencia del misterioso agente, el cónsul general de Moscú, Oliver Wardrop, escribió con desdén al Foreign Office que sus experiencias en Rusia se remontaban «a mucho antes de que Lockhart naciera».

Para Wardrop era totalmente inaceptable que ese advenedizo, «descrito indistintamente» como «embajador, enviado, representante oficial» y otros calificativos más, utilizara sus propias claves para enviar mensajes cifrados que nadie en el consulado de Moscú ni en la embajada de Petrogrado podía leer.

Estas quejas hallaron eco en al menos un resentido funcionario de Whitehall, que filtró a la prensa la noticia de la supuesta misión secreta de Lockhart.

Tras ser nombrado Lockhart en The Times como el «agente extraoficial» del gobierno , su «posición y poderes exactos» fueron cuestionados abiertamente en el Parlamento.

El secretario de Estado del Foreign Office, Arthur Balfour, respondió con indiferencia que Lockhart simplemente representaba al gobierno británico en sus «relaciones informales con el gobierno de facto de Rusia».

Más allá de eso, no había nada que decir.

Se mantenía el misterio del agente británico. 10

Lockhart intentó ignorar los rumores y las pullas y seguir con su trabajo, que incluía la tarea esencial de entablar una buena relación con Trotski.

Era el 15 de febrero y el comisario bolchevique de Asuntos Exteriores acababa de regresar de una frustrante ronda de conversaciones de paz con los alemanes en Brest-Litovsk, una ciudad fortificada que había sido abandonada a los invasores durante la retirada de las fuerzas rusas en 1915.

Ahora, con los alemanes aproximándose cada vez más a Petrogrado, Trotski se había desplazado a Brest-Litovsk con la misión de evitar un desastre aún mayor que el que había sufrido su país tres años antes.

Fue una experiencia humillante para el altivo artífice de la toma del poder por los bolcheviques.

Reacio a aceptar las condiciones de paz de Alemania, las cuales exigían vastas extensiones de Rusia occidental, pero atormentado por la certeza de que su caótico «Ejército Rojo» no podría resistir un avance sobre la capital, Trotski estaba hecho una furia cuando Lockhart lo conoció en el Instituto Smolny, la sede de los bolcheviques.

Los ojos del comisario lanzaban miradas asesinas, pero el agente británico era plenamente consciente de que se encontraba ante un revolucionario refinado y claramente burgués.

Los bolcheviques que Lockhart había visto al pasar por los pasillos del Smolny tenían un aspecto desaliñado, no se habían lavado en días y estaban repantigados sobre el suelo repleto de colillas de cigarrillo y cubierto de huellas de botas embarradas.

A Trotski, en cambio, lo encontró sentado detrás de su reluciente escritorio y vestido con un pulcro y recién lavado uniforme.

«Llevaba las uñas —observó Lockhart— cuidadosamente arregladas».

Con su habilidad para leer a la gente, Lockhart concluyó, por la apariencia y el temperamento de Trotski, que lo que más le dolía al revolucionario era su situación de desempoderamiento en Brest-Litovsk, la humillación, el hecho de que su destino estuviera ahora en manos de los alemanes.

Trotski confirmó rápidamente la impresión inicial de Lockhart de que tenía ante sí a un hombre desesperado.

A pesar de detestar a las potencias capitalistas occidentales, la precaria situación en la que se encontraban los bolcheviques llevó a Trotski a plantear una interesante propuesta a Lockhart: ¿qué pasaría si el Reino Unido y Francia enviaran tropas para apoyar a los revolucionarios?

Otro diplomático se habría burlado de la idea de que soldados aliados acudieran en ayuda de los «rojos», pero Lockhart tenía una visión más abierta de la situación.

El armisticio ruso-alemán firmado en diciembre aún se mantenía a duras penas, pero dada la reticencia de Trotski a ceder más territorio ruso, un acuerdo de paz amplio parecía improbable.

Los bolcheviques seguían en guerra con el enemigo del Reino Unido y de Francia.

Además, ese enemigo estaba dispuesto a marchar sobre Petrogrado.

Como registró Lockhart en su diario, durante el mes de febrero se instaló una sensación de «catástrofe inminente» en su equipo y en otras misiones aliadas de la ciudad, donde pocos creían que el Ejército Rojo fuera capaz de hacer gran cosa para detener el avance alemán.

Resignados ante la invasión, los embajadores del bando aliado optaron por evacuar.

Como recordó un diplomático, los últimos días de febrero en la embajada francesa transcurrieron «quemando papeles, arrastrando maletas de un lado a otro, claveteando cajas de embalaje o sellando baúles», mientras que sus homólogos estadounidenses, «que habían mostrado más pánico que nadie por este asunto», partieron hacia el este «llevándose a los ministros chinos y, según creo, siameses como parte de su equipaje».

La ostentosa huida de embajadores hizo aumentar los niveles de ansiedad en toda la capital rusa, alimentando todavía más la desbordada máquina de rumores.

En medio de rumores sobre espías alemanes operando en la ciudad, existía el temor de que estallara una «contrarrevolución pro boche ».

«Nuestros efectivos —confió Lockhart a su diario— parecen estar contados».

A menos, por supuesto, que los aliados cumplieran el deseo de Trotski y enviaran tropas al rescate de Rusia.

En ese caso, no solo se expulsaría a los alemanes, sino que el Reino Unido y Francia sellarían una alianza de sangre y gratitud con los bolcheviques. 11