4. «Britain’s agent» #2
El cargo no fue creado exclusivamente para Lockhart.
De hecho, la idea de recurrir a un agent no era exclusivamente británica.
Cuando Lockhart se reunió con Lloyd George ya había un agente francés operando en Ucrania e incluso se barajaba la posibilidad de que también supervisara los intereses británicos en ese país.
Lockhart no sabía nada de ese nombramiento del Quai d’Orsay, por lo que, tras serle impuesto el confuso título de «Agente británico» en la reunión del gabinete de Guerra, investigó los orígenes y el significado del mismo.
La historia que descubrió no le aclaró mucho las cosas.
Como resultado de la Revuelta de Orabi de la década de 1880 en Sudán, Evelyn Baring, primer conde de Cromer, obtuvo la doble condición de cónsul general y agente británico en Egipto.
Ello le otorgó lo que el propio Cromer describió como un «poder confuso pero preponderante» que debía ejercer con el objetivo de garantizar los intereses británicos en Egipto en una época de revueltas revolucionarias.
Fue una misión muy dura. Cromer operaba en un entorno hostil donde «el Gobierno británico nunca tuvo una política definida que pudiera llevarse a cabo».
Al servicio de unos amos que no sabían lo que querían, Cromer se vio obligado a incorporar un cierto grado de «elasticidad» en sus funciones y actividades. 6
Lo mismo haría Lockhart, a quien, a pesar de devorar las memorias de lord Cromer y pasar la primera semana de enero manteniendo reuniones con miembros del gabinete de Guerra, altos funcionarios del Foreign Office y agentes del MI6, nadie le dio nunca una idea clara de cuáles eran las competencias de un agente.
Incluso la pregunta de para quién trabajaba tampoco obtuvo respuesta.
En teoría dependía del Foreign Office, pero no tenía ninguna obligación de acatar las órdenes de Francis Lindley, el sustituto de Buchanan en Petrogrado, ni de Oliver Wardrop, que había asumido su antiguo cargo de cónsul general en Moscú.
Además, Lockhart actuaba fuera de la jurisdicción del MI6, a pesar de que algunas de sus primeras reuniones en Rusia fueron con miembros de la estación del servicio secreto en Petrogrado.
Si las líneas de mando y control ya eran difíciles de rastrear en la misión de Lockhart, los objetivos tampoco se quedaban atrás.
Milner le dijo que tenía que «hacer todo el daño posible a los alemanes, poner palos en las ruedas de las negociaciones de paz separadas y endurecer por cualquier medio disponible la resistencia bolchevique a las demandas alemanas».
En resumen, su tarea consistía en mantener a los bolcheviques en la guerra.
La formulación «por cualquier medio disponible» añadía una peligrosa ambigüedad a ese objetivo aparentemente tan claro.
Cabe suponer que Milner utilizó deliberadamente esta expresión.
Conocía la forma de actuar por libre de Lockhart en Moscú y sabía que un hombre de su talento solo podría desarrollar todo su potencial bajo unos parámetros operativos muy laxos.
Esto demuestra la confianza que Milner y Lloyd George tenían en Lockhart para determinar la forma y el estilo de su misión, pero también indica que era prescindible.
Como ha señalado un historiador de las operaciones encubiertas británicas en la Rusia bolchevique, «si cualquier acción que emprendiera resultaba exitosa, o incluso prometedora, podía estar respaldada por Occidente como el cumplimiento de su misión.
Si esa acción flaqueaba o causaba problemas (por no hablar de un desastre), podía ser rechazada por no contar con autorización oficial».
Lockhart era oficialmente extraoficial. Indispensable, pero prescindible.
Todo y nada. Pero esto no significaba que fuera a volver a Rusia armado únicamente con su ingenio, perspicacia y don de gentes.
Además de poder pasar por encima de Lindley y Wardrop e informar directamente a Milner, Lockhart recibió su propio juego de claves secretas, distintas de las que utilizaban los diplomáticos habituales.
También le dieron fondos discrecionales y carta blanca para reunir un equipo de apoyo para su misión. 7
La composición de este equipo demuestra que Lockhart era consciente de la necesidad de estar preparado para cualquier eventualidad.
Para su suplente, el agente británico había pensado inicialmente en Reginald «Rex» Leeper, un experto en Rusia nacido en Australia que trabajaba para el Departamento de Inteligencia Política del Foreign Office.
Ambos hicieron buenas migas desde el primer momento, pero Leeper convenció a Lockhart de que sería más útil quedándose en el Reino Unido como enlace del equipo con Maksim Litvínov, el embajador bolchevique en Londres.
Y así fue. Leeper convenció a Litvínov para que redactara para Lockhart una carta de presentación dirigida a Trotski en la que se describía a este último como «un hombre totalmente honesto que comprende nuestra posición y simpatiza con nosotros».
Con Leeper ya colocado, su puesto como segundo al mando de Lockhart fue ocupado por el capitán William Hicks, un experto en armas químicas que había servido en Rusia durante la mayor parte de la guerra y tenía contactos en todo el país.
«Delgado y desgarbado», de «cara estrecha y cabello gris acerado», Hicks contrastaba físicamente con Lockhart, de menor estatura, aspecto juvenil y cabello castaño rojizo.
También era una excelente elección para sustituir a Leeper.
«Hickie», como lo llamaba cariñosamente Lockhart, era cumplidor y leal, un solucionador de problemas incansable que se adaptó sin esfuerzo al papel de mano derecha del agente británico.
No tan de fiar era el ordenanza militar impuesto a Lockhart por el gabinete de Guerra.
Este exmiembro de los Guardias Irlandeses —recordaba Lockhart— «iba ebrio cuando nos encontramos en la estación, durmió hasta recobrarse durante el viaje a Edimburgo, volvió a emborracharse a la mañana siguiente» y entonces «se ofreció a pelear conmigo por media corona en Princes Street».
Los dos últimos componentes del séquito de Lockhart no venían ni del ejército ni del Foreign Office.
Edward Birse, un empresario afincado en Moscú que había huido del país tras la primera revolución de 1917, fue seleccionado por sus amplios contactos en el sector industrial ruso.
El cuarto miembro del equipo, Edward Phelan, era un funcionario del Ministerio de Trabajo cuyas afinidades con los socialistas podrían ayudar, o al menos eso se pensaba, a suavizar las relaciones con los nuevos amos de Rusia.
Una vez allí, Lockhart añadiría tres incorporaciones más: el capitán Denis Garstin, un ametrallador cuyo talento con la pluma lo había sacado de las trincheras en 1916 y lo había llevado a trabajar con Hugh Walpole, amigo de Lockhart, en la producción de propaganda; el capitán Francis Cromie, vehemente agregado naval antibolchevique de la embajada de Petrogrado; y Raymond Robins, un delegado de la Cruz Roja estadounidense que creía seriamente en la causa bolchevique.
Ecléctico, polifacético e ideológicamente tan incoherente como el hombre que los dirigía, el equipo de Lockhart encarnaba perfectamente la naturaleza opaca de su misión. 8
La misión comenzó el 14 de enero de 1918, cuando un crucero de guerra transportó a Lockhart, Hicks, Birse y Phelan a través del mar del Norte, desde Escocia hasta Noruega (el ordenanza, borracho, «se había perdido de camino a Queensferry»).
Desde Bergen, los restantes miembros del equipo cruzaron el país en tren hasta Suecia, donde Lockhart se reencontró con su amigo bohemio Lyki, que había huido de Rusia tras la revolución para refugiarse en Estocolmo.
El que fuera hombre de teatro de espíritu libre se había convertido en un reaccionario recalcitrante que deleitó a los británicos con historias aterradoras sobre la brutalidad de los bolcheviques.
La siguiente escala fue Finlandia, donde planearon tomar un tren de Kouvola a Petrogrado.
El viaje se topó entonces con un imprevisto.
La revolución se había extendido más allá de las fronteras rusas y se estaba librando un conflicto entre el Partido Socialista Obrero Finlandés y las fuerzas leales al gobierno conservador derrocado.
La principal línea ferroviaria hacia Rusia había quedado dañada por los combates, lo que obligó a Lockhart y a su equipo a dirigirse al sur, a Helsinki, con el objetivo de subirse a un barco que los llevara a Petrogrado.
Tras dejar a Birse y Phelan en la estación para que vigilaran el equipaje, Lockhart y Hicks se dirigieron a la Aleksanterinkatu, cubierta de nieve y aguanieve, en busca de alojamiento.
Pero lo que encontraron fueron soldados armados con rifles cuyos disparos incesantes en su dirección les impidieron seguir adelante hacia la embajada británica.
El equipo pasó una mala noche intentando dormir en la estación, turnándose para vigilar el equipaje, escuchando disparos que rompían el aire nocturno y observando a familias de refugiados amontonarse en trenes que no funcionaban.
Sin embargo, su suerte cambió al despuntar el día.
Despertados de un sueño deficiente por una veintena de hombres armados del Partido Socialista Obrero, los británicos fueron interrogados sobre el motivo de su presencia en Helsinki.
Tratando de pensar con rapidez en mitad de aquella tensión, Lockhart sacó la resplandeciente carta de recomendación para Trotski redactada por Litvínov.
En menos de una hora, los revolucionarios habían organizado un tren para llevar a Lockhart y su equipo a Rusia.
Incluso llevaron el equipaje de los británicos hasta sus compartimentos.