Un espía en Moscú 4. «Britain’s agent»
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4. «Britain’s agent»

Britain’s agent

La posición de Lockhart es... única.

O LIVER W ARDROP

Al igual que su asediada némesis, Lenin era un orador de notable habilidad, aunque su negativa a considerar las opiniones ajenas tendía a resultar irritante.

Ahí entraba en juego Trotski. Más hábil a la hora de exponer sus argumentos, Trotski poseía además una capacidad de pensamiento estratégico que complementaba la pasión airada de Lenin.

Con Trotski diseñando la logística para aislar las guarniciones leales al Gobierno provisional, tomar el control de las estaciones ferroviarias de Petrogrado y cortar las comunicaciones de la ciudad, los bolcheviques contaban ahora con un plan revolucionario para respaldar la visión de Lenin.

Fue el plan que llevaron a cabo el 7 de noviembre.

«Durante todo ese día —recordaba Meriel Buchanan— hubo algunos disparos en la calle y circulaban libremente vehículos blindados y tranvías repletos de soldados».

Esto se debía a que el Gobierno provisional estaba tan desorganizado que no podía reunir suficientes tropas para hacer frente a la amenaza que se estaba cocinando en las calles.

Mientras estos pequeños grupos de bolcheviques se dedicaban a tomar el control de los centros de transporte y las emisoras de radio de Petrogrado, Kérenski y sus ministros se atrincheraron en el Palacio de Invierno, defendidos por «unos cuantos cosacos, un batallón de mujeres y algunos niños».

Resistió todo lo que pudo, pero con el edificio rodeado por los bolcheviques y un buque de guerra en el río Neva tripulado por amotinados que habían «abierto un agujero con una bala de cañón en las paredes del palacio», Kérenski acabó huyendo en un coche proporcionado por la embajada estadounidense.

La mayoría de los ministros restantes fueron detenidos mientras grupos de bolcheviques avanzaban por los salones del palacio, destrozando el mobiliario y saqueando con desenfreno.

Más tarde, ese mismo día, Lenin proclamó con confianza que «el Gobierno provisional ha sido derrocado.

El poder estatal ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Petrogrado de los Trabajadores». 2

Dos noches después de que la noticia de la toma del poder por los bolcheviques llegara a Londres, lord Milner, miembro del gabinete de Guerra, se autoinvitó a una cena a la que sabía que asistiría Lockhart.

El cónsul general lo había impresionado durante su visita a Rusia y no le preocupaban las circunstancias que rodeaban su regreso al Reino Unido.

Antes de que se sirviera el primer plato, Milner se llevó a Lockhart aparte y le preguntó qué opinaba sobre lo que estaba sucediendo en Rusia y el impacto que el golpe bolchevique tendría en el esfuerzo bélico británico.

Después de días leyendo la sensacionalista cobertura que había dado la prensa y conteniéndose ante las opiniones mal informadas de amigos que nunca habían salido de Gran Bretaña, Lockhart estaba ansioso por compartir sus opiniones.

Rechazó la extendida idea de que Lenin y Trotski eran agentes del gobierno alemán y su revolución un complot urdido en la Wilhelmstrasse para derrocar a Rusia desde dentro.

También advirtió a Milner de que los bolcheviques no eran una chusma pasajera.

A diferencia del Gobierno provisional, contaban con el apoyo popular y ofrecían el tipo de cambio radical que muchos rusos llevaban tanto tiempo anhelando.

Lockhart estaba convencido de que la segunda revolución iba a aguantar y, si el gobierno británico quería mantener algún tipo de relación con Rusia durante y después de la guerra, tendría que tratar con Lenin y Trotski.

Intrigado, Milner organizó una reunión entre Lockhart y Lloyd George.

Días después, mientras era conducido al Número 10, Lockhart reflexionó sobre el hecho de que estaba a punto de sugerir a su primer ministro que el Reino Unido tendiera una mano amiga a un gobierno contrario a la guerra y presidido por una banda de insurgentes de izquierda cuyo líder había pedido abiertamente una revolución mundial.

No es de extrañar que estuviera nervioso.

Pero no tenía por qué preocuparse. No era el único que era consciente de la necesidad de compartir mesa con los «rojos».

El gabinete de Guerra rechazó la idea de reconocer a los bolcheviques como gobierno legítimo de Rusia, pero aceptó que Lenin y Trotski lideraran ahora un país que, a pesar de su indecisión en el frente, seguía siendo uno de los principales aliados del Reino Unido en la contienda.

Es más, el miedo a perderlo como aliado aumentó después de que Trotski negociara un alto el fuego con Alemania a principios de diciembre.

A medida que los británicos se alejaban diplomáticamente de Rusia, la paz en el frente oriental parecía más cercana y, con ella, la perspectiva de que el Reino Unido y Francia tuvieran que luchar solos contra las legiones del káiser.

Encabezado por un Buchanan cada vez más erosionado, el cuerpo diplomático en Rusia no estaba a la altura de la tarea de salvar las diferencias entre los británicos belicistas y los bolcheviques ávidos de paz.

Por esta razón, Lloyd George decidió, días antes de reunirse con Lockhart, que hacía falta una conexión diplomática anglorrusa renovada y más acorde con la excepcionalidad del momento.

La reunión se había convocado para que el primer ministro pudiera confirmar que todo lo que se contaba sobre el niño prodigio de Moscú era cierto y que Lockhart era, como insistía Milner, el hombre adecuado para este particular trabajo.

Lloyd George tomó su decisión rápidamente.

Tras ser recibido en el despacho del primer ministro con una palmada en la espalda y un comentario confirmando que su aspecto juvenil no se correspondía con la sabiduría de sus informes, Lockhart fue interrogado sobre Lenin y Trotski, su base de apoyo y el alcance que la anarquía y la escasez de alimentos tenían en los núcleos urbanos.

Satisfecho con las respuestas, Lloyd George estrechó la mano de Lockhart y le dijo que no se sosegara demasiado en Londres. 3

Era poco probable que eso ocurriera. Cuando regresó sin trabajo a Gran Bretaña en el otoño de 1917, uno de los padrinos de Lockhart en Whitehall, Arthur Steel-Maitland, le consiguió un puesto en el Departamento de Comercio Exterior.

Lo destinaron a la sección rusa, pero cuando los bolcheviques tomaron el poder y se rompieron las relaciones anglorrusas, se quedó sin nada con lo que comerciar.

En busca de algo que hacer, ofreció una charla a los líderes empresariales de Londres.

Les advirtió de que sería un error «abandonar a Rusia y perder la solidaridad con su pueblo porque unos pocos demagogos salvajes hayan trastocado nuestras esperanzas y cálculos en la guerra».

Aparte de este llamamiento al retorno a la normalidad en las relaciones económicas anglorrusas, Lockhart pasó los últimos meses de 1917 despojado de propósitos y sumido en un aburrimiento impaciente.

Uno de los pocos momentos emocionantes que vivió tuvo lugar en noviembre, cuando un ataque aéreo golpeó Londres mientras Lockhart se preparaba para una cena.

Ávido de teatralidad, se deleitó con el acto de ponerse un esmoquin mientras los bombarderos alemanes sobrevolaban su cabeza.

Con esta misma actitud se dirigió a la estación de metro de Piccadilly, que encontró abarrotada de londinenses aterrorizados buscando refugio.

En vez de quedarse bajo tierra con la multitud, Lockhart atravesó la ciudad a pie y llegó una hora tarde a la casa de su anfitrión solo para descubrir que ningún otro invitado había considerado que mereciera la pena desafiar las bombas por una noche de bistec y champán. 4

La dichosa liberación de una vida tan aburrida que hacía deseables hasta los ataques aéreos llegó el día de Año Nuevo de 1918, cuando Lockhart fue invitado a asistir a la primera de una larga serie de reuniones con el gabinete de Guerra.

Por si el hecho de pasar de la más profunda apatía a estar presente en el centro de deliberación más importante del país no fuera lo suficientemente emocionante, Lockhart se sintió aún más lleno de energía cuando Milner lo informó de que en dos semanas sería enviado a Petrogrado en calidad de representante del primer ministro con la misión de establecer una relación diplomática entre el Reino Unido y los bolcheviques.

Lockhart fue informado de ello más o menos cuando Buchanan se estaba preparando para volver a casa.

El embajador, que ya no gozaba de buena salud, había sucumbido al estrés y al agotamiento desde la toma del poder por los bolcheviques, durante la cual había presenciado horrorizado cómo Petrogrado se veía consumida por «una completa orgía de embriaguez» en la que «no pasaba una noche sin escuchar el constante fuego de rifles y ametralladoras».

Sin embargo, Lockhart no iría para sustituir a Buchanan.

Tampoco volvería a ocupar su antiguo escritorio en el minúsculo consulado de Moscú.

Regresaba a Rusia con un estatus que superaba el de cónsul general o incluso embajador: se iba para ser Britain’s agent . 5