3. Implosión #4
La cronología es confusa y sus recuerdos son escuetos, pero parece que en el verano de 1917 —durante el cual dejó de escribir su diario por primera vez— Lockhart comenzó una aventura con una mujer que conoció una noche en el teatro.
Ella ha pasado a la historia con el nombre de Madame Vermelle, pero recientemente se ha apuntado que se trataba de Vera Lutse, una soprano polaca que más tarde se casó con un hombre apellidado Vermel.
También se ha insinuado que la amante de Lockhart fue Alisa Maksimovna, cuyo marido era un médico vinculado a los bolcheviques.
Bajo el liderazgo del agitador Vladímir Lenin, el partido de socialistas radicales se había negado a colaborar con el Gobierno provisional y era la facción más antibelicista de Rusia.
Sus miembros se burlaban hasta de los socialrevolucionarios y de los mencheviques más moderados cuando estos intentaron tender puentes con Lvov y Kérenski.
Dada la actitud abierta de Lockhart hacia la confraternización entre ideologías y su gusto por subvertir las normas, la idea de que su amante estuviera relacionada con el partido más radical de Rusia no resulta del todo descabellada.
Pero, a falta de pruebas sólidas que confirmen esta conexión, nos queda la historia convencional de Madame Vermelle y su influencia en la vida de Lockhart.
A las pocas semanas de comenzar la relación, la noticia del comportamiento del cónsul general llegó al embajador Buchanan a través de Jean, de sus indignados amigos y de la propia Ojrana, que, según contó más tarde un periodista soviético, había estado vigilando el romance de Lockhart con Vermelle por las supuestas conexiones de la dama con los bolcheviques.
Independientemente de cómo le llegara la información, el viejo diplomático reaccionó con actitud comprensiva.
Convocó a Lockhart para hablar con el corazón en la mano y consiguió sonsacarle la promesa de poner fin a la incipiente relación.
Como admitió después Lockhart «con franqueza y sin excusas» en sus memorias, la promesa no se mantuvo más de tres semanas.
A Buchanan no le quedó más remedio que hacer llamar a su cónsul general de vuelta al Reino Unido en septiembre de 1917, alegando que el trabajo en el fortín diplomático de Moscú lo había agotado hasta tal punto que tenía los nervios destrozados.
La excusa de Buchanan era una treta para proteger la dignidad de Jean y la reputación del propio Lockhart, pero la tapadera no estaba muy alejada de la realidad.
Incapaz de reconciliarse con el trauma mientras lidiaba con la agitación de la Rusia posrevolucionaria, Lockhart había recaído en un desahogo autocomplaciente e irreflexivo como mecanismo para salir adelante.
El resultado había sido un colapso personal y, a través de este, también profesional. 12
La implosión de Lockhart coincidió con la de sus amigos del Gobierno provisional.
Lvov dimitió del cargo de primer ministro en julio, dejando a Kérenski en la poco envidiable posición de liderar un gobierno irremediablemente dañado por los fracasos militares y el lento avance de la revolución.
El planteamiento de Kérenski para afrontar el liderazgo de Rusia tampoco ayudó.
Vestido de uniforme caqui y, según recordó un diplomático francés, «instalado como un emperador en un Rolls Royce imperial», el flamante primer ministro adoptó las formas de un dictador militar, «con un ayudante de campo cubierto de galones en el hombro izquierdo y un soldado sentado junto al chófer».
Con este aspecto de hombre fuerte de Rusia, Kérenski trató de seguir adelante con el Gobierno provisional y con la guerra.
Fue una tarea casi imposible. Durante el verano de 1917, su régimen estuvo asediado por un intento de golpe de Estado de un general descontento, disturbios en las ciudades, huelgas masivas en las fábricas de municiones y alimentos, y el fortalecimiento de los bolcheviques antibelicistas, quienes, apoyándose en la sencilla y brutal insistencia de Lenin en «paz, pan y tierra» para el pueblo ruso, se convirtieron en el partido más grande del Sóviet de Petrogrado a finales de agosto. 13
Mientras el régimen de Kérenski se desmoronaba, Lockhart regresó a Londres, la última estación de un viaje funesto durante el cual no registró nada en su diario, ya que la «angustia mental era extrema y mi deseo era olvidar».
Tras tomarse unas semanas de baja para consolar a sus padres por la pérdida de Norman, Lockhart regresó al Foreign Office cabizbajo y esperando que sus superiores le leyeran la cartilla.
Sin embargo, a nadie le importaron mucho sus deslices con Madame Vermelle ni la tapadera de que estuviera exhausto.
Era la primera semana de noviembre de 1917 y el mundo giraba demasiado rápido para que a nadie en Whitehall le importaran los devaneos de un cónsul general atribulado.
La segunda revolución profetizada por Lockhart había estallado y llevado al poder a los bolcheviques antiguerra y antiimperialistas.
Ahora se cernía el espectro de Rusia retirándose de la guerra y ofreciendo a Alemania la oportunidad de desatar toda la fuerza de sus ejércitos contra británicos y franceses.
Para el gobierno británico, era un desastre de proporciones inconcebibles.
Para Lockhart, un regalo. La revolución bolchevique había anulado sus pecados, y su conocimiento de Rusia lo había situado en una posición ideal para asumir un papel crucial en el drama que se estaba desarrollando, un papel que definiría su legado y cambiaría su vida para siempre. 14