3. Implosión #2
Animado por la promesa de Chelnokov, Lockhart se despidió y emprendió el camino de regreso por las volátiles calles del desorden hasta la calma de su consulado de una sola habitación.
Mirando por la ventana con un vaso de whisky en la mano, chasqueó la lengua para sí al ver a un grupo de jóvenes saqueando despreocupadamente una tienda al otro lado de la calle.
Se lamentaba porque un mínimo de sensatez por parte del zar habría podido evitar lo que estaba sucediendo.
Ya en el otoño de 1915, Lockhart había observado cómo Nicolás estaba perdiendo popularidad entre los moscovitas por su mala gestión de la guerra y su tendencia a «despedir a ministros buenos y retener a los peores».
Aunque sentía cierta simpatía personal por el desventurado emperador, desde sus notas coetáneas hasta sus memorias posteriores Lockhart mantuvo la opinión de que el rígido sistema autocrático de Rusia y la incapacidad de Nicolás para llevar a cabo auténticas reformas fueron los causantes de la revolución.
La aversión por el zarismo hizo que Lockhart, como muchos británicos, viera la revolución como una oportunidad para eliminar de Rusia la autocracia disfuncional y empezar de cero.
Sin embargo, esta fe en el potencial de la revolución no significaba que Lockhart albergara visiones idealistas sobre el futuro inmediato del país.
Al reflexionar sobre su visita al ayuntamiento y redactar un informe para el Foreign Office, Lockhart llegó a la conclusión de que el acuerdo de «poder dual» en virtud del cual el Sóviet de Petrogrado, respaldado por los trabajadores, y el Gobierno provisional, de clase media, controlaban el país no estaba funcionando y que «Rusia se encuentra ahora al borde de una gran lucha entre la burguesía y el proletariado». 4
Aceptando que esta lucha interna entre los herederos revolucionarios del zar iba a desatarse más allá de su control o del de cualquier otro, Lockhart decidió dedicar su tiempo, en medio de los coletazos de la revolución, concentrándose en la cuestión que más concernía a los intereses británicos: ¿seguiría Rusia luchando en la guerra?
Según Chelnokov y Lvov, la respuesta era un sí rotundo.
El corazón de Lockhart quería creerlo, pero la cabeza le decía otra cosa.
Aparte de que la guerra era impopular entre muchos rusos, la destitución del zar no había servido para mejorar la situación del ejército, que seguía asolado por la desmoralización, las deserciones y la carencia absoluta de todo, desde balas hasta cuero para fabricar botas.
Su capacidad de combate se vio todavía más mermada por el enfrentamiento entre el Gobierno provisional y el Sóviet de Petrogrado.
A mediados de marzo, el segundo puso el primero de muchos palos en las ruedas de la maquinaria bélica de Lvov al emitir su Orden número 1.
Esta moción exigía a los soldados rusos que dejaran de saludar a sus oficiales y eligieran a «representantes entre los rangos inferiores» para que se situaran por encima de los mandos e informaran directamente a la Duma.
Estos representantes se encargarían de que «todos los fusiles, ametralladoras, vehículos blindados y demás» estuvieran en manos de la tropa.
«En ningún caso» —decretaba la orden— estas armas debían ser «entregadas a los oficiales, ni siquiera a petición de estos».
Contraria al buen funcionamiento de un ejército, la Orden número 1 fue concebida para poner fin a la guerra de Rusia o reducir la capacidad combativa del país para hacer que la contienda se convirtiera en una lucha puramente defensiva contra las incursiones alemanas en la patria revolucionaria.
La respuesta del Gobierno provisional fue ignorar la realidad e insistir a sus aliados británicos y franceses en que los soldados rusos estaban listos para lanzar una ofensiva masiva contra Alemania en verano.
Lockhart sabía que se trataba de arrogancia disfrazada de confianza.
En mayo de 1917 se había sumado a la opinión sobre la guerra defendida por un compañero diplomático en Moscú: «Rusia ha salido y Estados Unidos ha entrado». 5
Así lo comunicó al embajador Buchanan, señalando que, a pesar del llamamiento a las armas de Lvov, «cada día se alzan más voces a favor de la paz».
Algunos de los pacifistas más acérrimos habían llegado incluso a agredir a ciudadanos británicos en Moscú con el argumento de que encarnaban una alianza con una potencia imperial que había que reprender.
En una ocasión, un capataz británico de una fábrica de municiones fue atado a un pilar con una cuerda gruesa por vigilantes socialistas y sometido a un «juicio» por apoyar tanto la guerra como la restauración del zar.
Como siempre, estas aleccionadoras informaciones sobre lo que realmente estaba pasando en Rusia fueron de gran utilidad profesional para Lockhart.
Cuando en primavera llegaron a Petrogrado unos dignatarios políticos británicos para evaluar el estado de la alianza anglorrusa, Buchanan encargó a Lockhart que hiciera de enlace entre la delegación extranjera y el Gobierno provisional.
Esta misión fue fruto de sus contactos. Además de su amistad con Chelnokov, también mantenía una estrecha relación con Lvov, con quien solía tomar el té en reuniones privadas en el apartamento de este.
La capacidad de Lockhart para hablar ruso con una fluidez que Buchanan no tenía también era importante, ya que los nuevos gobernantes del país no estaban dispuestos a conversar en francés o inglés.
Los tiempos habían cambiado y Lockhart disponía de las herramientas necesarias para adaptarse a ellos, cosa que no podía decirse del anciano Buchanan y su monóculo.
Por su labor de intérprete —tanto de Buchanan como de lord Milner, delegado del primer ministro Lloyd George, en las reuniones con Aleksandr Kérenski, ministro de Guerra del Gobierno provisional—, Lockhart se convirtió en una figura crucial para las relaciones anglorrusas en un momento en que los británicos cortejaban a «Kérenski como los plutócratas ricos y ancianos cortejan a una bailarina» con el objetivo de mantener a Rusia en la guerra.
En el proceso, Lockhart entabló amistad con Kérenski, cuya rápida mente y ética de trabajo servil admiraba enormemente. 6
Su trabajo como enlace entre los revolucionarios rusos y los visitantes extranjeros permitió a Lockhart comprender cómo se estaba entendiendo la revolución internacionalmente.
Aunque vio que Milner estaba bastante bien informado, quedó sorprendido por la ignorancia de los socialistas británicos y franceses.
Los políticos laboristas y los miembros de la socialista Sociedad Fabiana que visitaron el país eran incapaces de comprender las complejidades del movimiento revolucionario ruso y, lastrados por su desconocimiento del idioma, no lograron causar una buena impresión entre sus camaradas del Sóviet de Petrogrado, que tendían a tacharlos de aspirantes a burgueses.
Arthur Henderson, un político laborista enviado por el gobierno para convertirse en el nuevo embajador británico en el verano de 1917, era un ejemplo de este perfil.
Como hombre del Partido Laborista, se suponía que debía ofrecer un canal más fluido para las relaciones entre el Reino Unido y la Rusia revolucionaria que el que ofrecía el conservador Buchanan.
Sin embargo, Henderson pronto se dio cuenta de que no entendía el idioma, el país ni a los radicales que intentaban gobernarlo.
La intensidad del Sóviet de Petrogrado superaba con creces a todo lo que había experimentado en el movimiento sindical británico.
El sentimiento fue recíproco, y la prensa del Sóviet de Petrogrado criticó a Henderson y al Partido Laborista calificándolos de «esclavos a sueldo del capital».
Aceptando que no estaba hecho para el puesto, y tras apenas un mes en su nuevo cargo, Henderson escribió al primer ministro Lloyd George aconsejándole que Buchanan debía quedarse donde estaba. 7
Henderson fue prudente al retirarse cuando lo hizo.
Mientras el aspirante a embajador se debatía en la duda, Kérenski recorría el frente tratando de avivar el fervor patriótico entre las tropas antes de la ofensiva prevista para el verano.
La elección de Aleksandr Kérenski como titular del Ministerio de Guerra fue una decisión extraña en apariencia: «bajo, delgado, de pelo oscuro» y «tez cadavérica», Kérenski ofrecía un aspecto modesto, casi etéreo.
Tampoco impresionaba en el intercambio cara a cara, en el que mostraba un «comportamiento nervioso» y una tendencia a «hablar con frases rápidas y entrecortadas».
Era, como lo describió sin ambages un oficial de inteligencia británico, un «don nadie».
Esta imagen contradecía el peculiar carisma y la habilidad oratoria del ministro de Guerra, que se ponían de manifiesto cuando se presentaba ante una multitud.
En vísperas de la ofensiva, Lockhart escuchó a Kérenski hablar en el Teatro Bolshói, donde las mujeres se emocionaron tanto con sus arengas que rompieron a llorar y lanzaron joyas al escenario al terminar la alocución. 8