3. Implosión
Implosión
Eres un poco inteligente, pero no lo suficiente
Un poco fuerte, pero no lo suficiente
Un poco débil, pero no lo suficiente
M OURA B UDBERG
«Disturbios en Petrogrado ... comienza la revolución.
Los obreros salen». Estas fueron algunas de las pocas palabras que Lockhart tuvo tiempo de garabatear en su diario durante los frenéticos primeros días de marzo de 1917, cuando miles de personas se echaron a las calles de Petrogrado para exigir la abdicación de Nicolás II.
El zar se encontraba en Bielorrusia intentando sin éxito dirigir a sus tropas en la lucha contra Alemania.
Desde que asumió el mando del ejército ruso en 1915, Nicolás había conseguido pocas victorias, pero se había ganado mucha ira.
Su ineptitud como líder militar, la desconfianza que muchos de sus súbditos sentían hacia su esposa Alejandra —nacida en Hesse— y el deterioro de las condiciones en la retaguardia habían minado la confianza en él y en su régimen.
Las necesidades de la guerra también habían minado la voluntad combativa de los campesinos, que constituían la mayor parte de las tropas.
Nicolás nunca comprendió del todo lo que ello significaba.
En noviembre de 1916, Buchanan había advertido al zar de que «el campesinado, que siempre había considerado infalible al emperador, estaba empezando a perder la fe en él».
La respuesta del autócrata fue mostrarse «algo avergonzado» y no hacer ningún comentario.
Meses más tarde, cuando las calles de Petrogrado se llenaron de miles de manifestantes enfurecidos, el presidente de la Duma, el parlamento ruso, envió un telegrama urgente al cuartel general del zar advirtiéndole de que «la situación es grave.
La capital está sumida en la anarquía». Nicolás respondió ordenando al ejército que dispersara a la multitud a tiros.
Sin embargo, en vez de acatar estas palabras, muchos soldados se pasaron a las filas de los desencantados y otros se amotinaron contra los compañeros de armas que intentaban cumplir el brutal decreto del zar.
Meriel Buchanan, la hija del embajador británico, fue testigo del posterior colapso del control zarista.
Al principio, las calles que rodeaban la embajada estaban sumidas en una calma solamente alterada por el extraño estallido de lejanos disparos de rifle y el paso ocasional de «camiones repletos de soldados y banderas rojas que sobresalían como púas de enormes erizos».
Sin embargo, a medida que avanzaba el día, «obreros y soldados» surgieron en masa de la gélida niebla invernal, pertrechados con cinturones de balas y blandiendo rifles.
Meriel recordó a un muchacho «de no más de dieciséis años» que pasó frente a la embajada disparando alegremente una pistola «al aire, de forma despreocupada y sin apuntar».
Habiendo caído las órdenes del zar en saco roto y con los ciudadanos armados controlando las calles de Petrogrado, la Duma se disolvió, no sin antes advertir al soberano de que su tiempo había terminado.
Abandonado por los ministros y el ejército, Nicolás sucumbió a lo inevitable y abdicó el 15 de marzo.
En cuestión de días, el dominio secular de los zares sobre Rusia se desmoronó. 1
En su lugar reinaron la confusión y los intereses contrapuestos.
Tras la disolución de la Duma y la sensata negativa del hermano del zar a reclamar el trono, dos grupos forcejearon para llenar el vacío de poder, cada uno con su propia visión de cuál debía ser el futuro de Rusia.
Una mezcla de liberales, centristas y socialistas moderados formó el llamado Gobierno provisional, un nombre endeble para una asamblea también endeble.
Autoconstituido a toda prisa, el Gobierno provisional carecía de apoyo público más allá de la intelectualidad y las élites, algunas de las cuales estaban lejos de ser revolucionarias y anhelaban para sus adentros la restauración del zarismo.
El carácter transitorio del órgano gubernamental se debía a que su líder, el príncipe Gueorgui Lvov, decidió que las cuestiones delicadas sobre el futuro del zar y la forma definitiva del nuevo gobierno ruso tendrían que resolverse más adelante, preferiblemente, después de una conclusión exitosa de la guerra con Alemania.
Pero esta política de prolongación del derramamiento de sangre a pesar de la revolución era difícil de vender a un pueblo ruso cansado de la guerra.
Mientras el Gobierno provisional se aglutinaba en torno a plataformas marcadas por la cautela y la moderación, una asamblea más ambiciosa, conocida como el Sóviet de Petrogrado, tomó el control físico del Palacio Táuride, desde donde habían gobernado los antiguos ministros del zar.
Compuesto por los socialrevolucionarios (el grupo radical más destacado de Rusia) y los socialdemócratas (divididos en 1903 entre los moderados mencheviques y los radicales bolcheviques), el Sóviet de Petrogrado contaba con el apoyo que le faltaba al Gobierno provisional por parte de los rusos de a pie que habían obligado a Nicolás a abandonar el trono.
Los llamamientos del Sóviet de Petrogrado para dar a los trabajadores voz en el gobierno de Rusia y abolir la jerarquía en el ejército respondían al momento revolucionario mejor que la promesa de Lvov de posponer cambios políticos significativos en favor de continuar la miserable lucha contra Alemania.
Esta narrativa fue respaldada por el periódico propagandístico del Sóviet de Petrogrado, Izvestia , que comparaba al Gobierno provisional burgués con los pusilánimes ministros zaristas a los que había sustituido y afirmaba sarcásticamente que los seguidores de Lvov solo ocupaban «cargos en el Gobierno con el consentimiento de los trabajadores y soldados de Petrogrado».
Incluso el ministro de Guerra ruso tuvo que reconocer ante los jefes del ejército que «el Gobierno provisional no posee ningún poder real y sus directivas solo se cumplen en la medida en que lo permite el Sóviet de diputados obreros y soldados». 2
Cuando la revolución llegó a Moscú cinco días después de haber sacudido Petrogrado, Lockhart experimentó en primera persona esta lucha entre las fuerzas radicales y moderadas por el control de Rusia.
Ataviado con su abrigo de piel y su gorro ushanka , Lockhart aseguró la puerta del consulado con un candado adicional y salió a las calles con paso ligero para protegerse del frío y de los soldados alborotados que parecían estar invadiendo Moscú.
El destino del cónsul general era el ayuntamiento, una mole de ladrillo rojo que había albergado la Duma municipal antes de su disolución frente a la multitud que se estaba congregando.
Lockhart supuso acertadamente que el ayuntamiento iba a ser el lugar donde se reunirían los líderes revolucionarios, entre los que esperaba encontrar a sus amigos de la intelectualidad.
Pero las escaleras del edificio estaban llenas de socialistas de mirada desquiciada y anarquistas sanguinarios que instaban a los soldados a apartar sus armas de las líneas alemanas y apuntar a los traidores a la revolución.
Mientras se abría paso entre aquella multitud vociferante, Lockhart llegó a la conclusión de que la transición del poder en Rusia iba a favorecer a los furiosos frente a los moderados.
Tal apreciación no fue del todo acertada.
Al menos, no de momento. Entre la multitud había algunos miembros liberales de la antigua Duma que, al reconocer al cónsul general británico, instaron al mar de gente embravecida a dividirse para que pudiera pasar.
Ignorando a los miembros más agresivos de la multitud que exigían saber qué hacía allí, Lockhart subió la escalinata del ayuntamiento.
Allí encontró a Chelnokov firmando frenéticamente decretos y ladrando órdenes a sus nerviosos subordinados.
Lockhart sonrió al ver la escena. El alcalde era más un demócrata progresista que un socialista radical y apoyaba firmemente que Rusia siguiera siendo aliada del Reino Unido en la lucha contra Alemania.
En una breve reunión mantenida en medio del sofocante alboroto del vestíbulo principal del ayuntamiento, Chelnokov admitió a Lockhart que los bolcheviques y los socialrevolucionarios se oponían a su liderazgo.
Sin embargo, dándole al cónsul general una palmada sobre el hombro enfundado en el abrigo de piel, Chelnokov aseguró a su amigo británico que pondría en vereda a la turba moscovita y convencería al Sóviet de Petrogrado de que a Rusia le convenía continuar la guerra si quería evitar que los alemanes invadieran el país y destrozaran su frágil revolución. 3