Un espía en Moscú 2. Nuestro hombre en Moscú #4
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2. Nuestro hombre en Moscú #4

Cuando, semanas más tarde, llegó la noticia de que miles de esos hombres habían sido masacrados en la batalla de Tannenberg, Lockhart reconsideró sus hipótesis.

A las derrotas en el frente les siguieron la escasez de alimentos en la retaguardia y, con ella, un creciente rumor de descontento en Moscú por la incompetencia de los generales y la falta de municiones del ejército.

Intuyendo que había ahí algo que merecía ser registrado para la posteridad, en enero de 1915 Lockhart empezó a llevar un diario.

Los primeros meses se leen como el trabajo de alguien que se esfuerza en ordenar sus pensamientos.

En sus páginas predominan entradas dispersas con observaciones sobre la llegada de un traje nuevo desde Londres, el disfrute de leer Guerra y paz en ruso, los largos paseos con Jean, las noticias de los campos de batalla europeos y la arrogancia de su amigo Hugh Walpole, novelista convertido en propagandista de guerra.

Sin embargo, en el verano de 1915, los apuntes en el diario de Lockhart se centraron más en la creciente ola de sentimiento antizarista y antibélico en Moscú.

Todos los informantes cuya amistad Lockhart había cultivado dentro de la comunidad radical de la ciudad, así como sus contactos políticos, entre los cuales estaba el alcalde de tendencia liberal Mijaíl Chelnokov, destacaron el «gran malestar [político] contra el gobierno».

Lockhart anotó «graves disturbios en Tverskaya, en los que cinco personas han muerto por disparos y una decena han resultado heridas», «rumores de huelga en Ivanovo Voznesensk» y «noticias de agitación dentro del propio ejército».

Ni siquiera las victorias lograron despertar el sentimiento prozarista que Lockhart había observado un año antes.

En una carrera de caballos celebrada a las afueras de Moscú se difundió por megafonía la noticia de una victoria naval rusa, que «apenas pareció emocionar» a los adinerados espectadores. 10

Fue importante para la carrera del vicecónsul que no se guardara estas observaciones para sí.

Tras una reorganización diplomática llevada a cabo en la primavera de 1915, Lockhart, que aún no había cumplido los treinta años, sustituyó a Grove como cónsul general en funciones en Moscú y, acto seguido, transformó la forma de trabajar del consulado.

Consciente de la necesidad de consolidar la alianza anglorrusa, Lockhart creó una pequeña oficina de propaganda para difundir panfletos y artículos antialemanes, financiada con un presupuesto muy reducido y dotada de personal a través de su amigo del mundo del teatro Lyki.

Gracias al pasaporte griego de este y a su disposición a viajar en tiempos de guerra, Lockhart también hizo sus pinitos en el espionaje enviando a Lyki a Alemania para que recabara información sobre la situación en la retaguardia enemiga.

Fue una de las muchas iniciativas mediante las cuales Lockhart llevó a la práctica su opinión de que el trabajo de un diplomático consistía en «observar, recopilar información, sopesar las pruebas» y comunicarlas como material de inteligencia.

En este caso, el material se remitió a sir George Buchanan, embajador británico en Petrogrado, que es como fue rebautizada San Petersburgo durante la guerra para que sonara menos alemana.

En estos informes, Lockhart detalló la magnitud de la agitación obrera en las fábricas de municiones, analizó los precios de los alimentos, evaluó el peligro del runrún anarquista en los clubes de Moscú —a los que, por supuesto, acudía en persona—, presentó una historia resumida del movimiento socialista de la ciudad y plasmó su opinión sobre cómo las derrotas militares estaban afectando a las relaciones anglorrusas.

También proporcionó traducciones de la correspondencia entre funcionarios rusos preocupados por el progreso de la guerra que le había filtrado su amigo el alcalde Chelnokov.

Lockhart subrayó a Buchanan que esta información no estaba sacada de «meros chismes o rumores descabellados», sino de una amplia selección de fuentes que cubrían «todas las tendencias políticas».

Así documentado, el relato dominante de Lockhart era de crisis, salpicado de comentarios en el sentido de que «en Moscú, prácticamente todas las clases se oponen más o menos firmemente al gobierno».

Pensando en gente como Madame Ertel y Lyki, admitió que «la intelectualidad rusa no parece ser el material del que están hechas las revoluciones».

Sin embargo, advirtió que la propaganda antizarista difundida por los socialistas estaba teniendo un impacto notable en el moscovita medio. 11

Por lo general, la embajada de Petrogrado ignoraba la inteligencia proporcionada por los consulados y se basaba en sus propias redes de información, que eran limitadas.

Sin embargo, la aguda perspicacia y la atractiva prosa de Lockhart llamaron la atención de Buchanan.

Aunque no siempre estaba de acuerdo con las afirmaciones de que los elementos revolucionarios en Rusia eran motivo de preocupación, el embajador compartía con el escocés la opinión de que el patriotismo de 1914 se estaba diluyendo en una vorágine de descontento civil.

Satisfecho con el «excelente trabajo» del joven cónsul general, Buchanan remitió sus informes al Foreign Office, donde el nombre de Lockhart no tardó en hacerse famoso.

En el otoño de 1915, los diplomáticos que tres años antes habían pasado de largo frente a su escritorio comentaban los «magistrales despachos» y los «interesantes informes» elaborados por Lockhart sobre la creciente agitación política en Rusia.

Su dominio del idioma local también fue reconocido como una ventaja para el cargo, sobre todo porque Buchanan, a pesar de haber sido nombrado embajador en 1910, todavía no se había molestado en aprender ruso y dependía del francés de los funcionarios zaristas para comunicarse con ellos.

La ecléctica variedad de fuentes de Lockhart exigía un dominio fluido de la lengua nativa, lo cual también le permitía acceder a información que iba más allá de la que tenían las élites moscovitas, cada vez más desconectadas de la realidad.

Los funcionarios del Foreign Office se tomaron muy en serio los consejos del bien informado cónsul general y dedujeron de «los despachos del Sr. Lockhart» que la idea del zar de imponer la ley marcial en Moscú «perjudicaría infinitamente más a la continuación de la guerra por parte de Rusia que cualquier propaganda pacifista».

En octubre de 1916, Lockhart incluso se ganó la confianza de los agentes de contraespionaje del Servicio de Inteligencia Secreto (MI6) en Petrogrado, con quienes intercambió información sobre un presunto espía ruso proalemán. 12

Lockhart había optado por una vía poco ortodoxa al pasar las tardes con aspirantes a revolucionarios, desafiando así los deseos de su jefe.

Sin embargo, a finales de 1916, la capacidad profesional del fracasado plantador de caucho comenzaba a hacerse realidad.

Habiendo demostrado su competencia, pero aún ávido de dinero, Lockhart intentó conseguir un aumento de sueldo por sus esfuerzos, pero le respondieron que el Foreign Office no podía gastar más dinero, ni siquiera con sus empleados más talentosos.

Esta negativa vino acompañada de la advertencia de que debía abstenerse de formular tales demandas de manera formal, ya que no era propio de su cargo.

Sin embargo, el joven y descarado diplomático hizo caso omiso de la reprimenda y, sabedor de que ahora se le consideraba «el más apto de todos los cónsules» en Rusia, no hizo nada por modificar el tono de sus despachos posteriores.

Era una reputación bien merecida. La esposa de Buchanan solía referirse a él con sorna como «el pesimista Sr. Lockhart», pero a finales del invierno de 1917 se produjeron acontecimientos en toda Rusia que demostraron que el hombre de Whitehall en Moscú era más profeta que agorero. 13