2. Nuestro hombre en Moscú #3
Lejos de hacerlo reflexionar, estas advertencias fueron recibidas con gusto por el ávido de aventuras Lockhart, que de nuevo sucumbía a una desalentadora realidad laboral.
Cuando la resaca de sus primeros días en Moscú pasó y Lockhart puso por primera vez los pies en su puesto de trabajo, los recuerdos de la torpe ineficiencia de Whitehall y del aburrido libro de cuentas en Port Dickson debieron de volverle de golpe.
La avanzadilla diplomática británica en Moscú se reducía a una única habitación anexa a la residencia personal del cónsul Grove, situada en un anónimo edificio de apartamentos en una calle secundaria.
No había mensajero para enviar los telegramas y la oficina solía andar corta de fondos, hasta el punto de que Grove dependía de una vieja máquina de escribir victoriana para redactar sus misivas.
Esta mísera estrechez se reflejaba en el salario de Lockhart, que ascendía a trescientas libras al año, más un pago inicial de cien libras para la adquisición de vestimenta propia de un funcionario británico.
El total estaba muy por debajo de las mil libras anuales que ganaban los funcionarios consulares de mayor rango en San Petersburgo, la capital.
La necesidad de sacar el máximo partido a este escaso salario fue lo que llevó a Lockhart a abandonar el lujoso Hotel Metropole e instalarse en la habitación vacía de Madame Ertel. 6
Con el fin de mejorar su situación económica y dar rienda suelta a su apaciguada energía creativa, Lockhart escribió relatos inspirados en su estancia en Malasia y apuntes sobre la vida rusa para revistas británicas.
Con no poca astucia, eludió la prohibición del Foreign Office de obtener ingresos alternativos firmando con el pseudónimo de Jean D’Auvergne.
Con la libertad que otorgaba el anonimato, Lockhart se despachó a gusto contra los británicos que se negaban a aceptar las costumbres rusas.
La mejor ilustración de esta pantomima es el texto The Way of the English , en el que Lockhart retrata a un inglés que sale a cenar en Moscú el 24 de diciembre para celebrar la Nochebuena, demostrando una arrogante indiferencia hacia el hecho de que la Navidad rusa se celebra en enero.
Basándose en sus experiencias nocturnas, Jean D’Auvergne también deleitaba a sus lectores con historias sobre los hedonistas placeres del vodka y la canción que se podían practicar en Moscú.
Lockhart contrarrestaba esta inclinación por lo sórdido con observaciones culturales sobre los escritores rusos y las visiones morbosas y nihilistas que estos tenían del podrido sistema político de su país.
Británicos distantes, excesos escandalosos y descontento latente: estas eran las espontáneas observaciones que Lockhart ofrecía sobre los últimos coletazos de la Rusia zarista.
Aunque breves y carentes de propósito político, estas obras primerizas escritas desde el anonimato de un alias son una muestra de la buena mano que tenía Lockhart para el sensacionalismo y su sagacidad a la hora de utilizar la provocación para atraer al lector.
Revelan, en suma, la mente de un hombre que comprendía el arte de la propaganda mucho antes de que el gobierno británico lo contratara como propagandista. 7
El uso del nombre de pila «Jean» se debía a que Lockhart ya no estaba solo en Moscú.
En enero de 1913 viajó al Reino Unido para casarse con Jean, quien después lo acompañó de regreso a Rusia.
Como la pensión de Madame Ertel ya no servía para sus propósitos, Lockhart consiguió un apartamento en Jlebniy Pereulok (callejón del Pan) y se comprometió a limitar su vida nocturna para dedicar más atención a su nueva esposa.
Con este fin dio clases de ruso a Jean y le enseñó la ciudad de la que tan enamorado estaba.
Por desgracia, ella no era tan hábil con los idiomas ni cayó tan rápidamente prendada de todo lo ruso como su marido.
A pesar de ello, la joven australiana intentó empaparse del mundo de Lockhart.
Salían juntos a cenar y beber con el director del Teatro de Arte de Moscú, Mijaíl «Lyki» Lykiardopoulos, y recibían a personalidades británicas de renombre, como H.
G. Wells, Lytton Strachey e incluso el famoso ocultista Aleister Crowley.
Teniendo en cuenta la promesa de Lockhart de dejar de salir de fiesta, sus interacciones con Crowley —conocido por el poco sutil apodo de «la Gran Bestia»— resultan dignas de mención.
Aventurero sexual impenitente que despreciaba todas las normas de la moral cristiana, Crowley tenía un lema que parecía escrito para Lockhart: «haz lo que quieras».
El hecho de que el ocultista estuviera en Moscú en marzo de 1913 con una compañía de teatro burlesque llamada Ragged Ragtime Girls (Las andrajosas chicas del ragtime ), a cuyos miembros la Gran Bestia había descrito como alcohólicas, histéricas y ninfómanas, hace pensar que Lockhart no estaba tan constreñido por la llegada de Jean como él mismo afirmó posteriormente.
Además de las juergas, Lockhart seguía «metiendo las narices» en asuntos que el cónsul general Grove prefería que ignorara.
Entre los contactos que mantenía en la comunidad británica moscovita con los propietarios de fábricas originarios de Lancashire —cuna de la industria textil durante la Revolución Industrial— para mantenerse al tanto de los disturbios obreros, las interacciones con el círculo de Madame Ertel e, incluso, las salidas con el libertino Crowley —que informó a Grove y Lockhart sobre el descontento público por la corrupción zarista—, Lockhart se fue interesando cada vez más por los elementos subversivos de Rusia.
También pudo comprobar lo seriamente que se tomaba la Ojrana las amenazas al zar y al país cuando, en el verano de 1913, Nicolás II visitó Moscú.
Dada la reputación de la ciudad como «centro liberal y, por lo tanto, desafecto», la visita del soberano por la gracia de Dios fue un hecho excepcional.
Por este motivo, antes de la llegada del zar Lockhart fue interrogado por la Ojrana sobre las opiniones políticas de la población británica residente.
Fue la primera de muchas ocasiones en las que Lockhart se enfrentó a la policía secreta rusa y, según todos los testimonios, siempre actuó con sangre fría.
Además, tal como hacía con cualquier asunto de interés e intriga, Lockhart tomó nota de la paranoia policial y de lo que ello indicaba sobre el estado de las relaciones entre el zar y sus súbditos. 8
Grove podría haber desaprobado el interés de su vicecónsul por los círculos clandestinos de Moscú, pero la disposición de Lockhart para codearse con revolucionarios bohemios, intelectuales sesudos y propietarios de fábricas sospechosos lo convirtió en un activo inestimable para el cuerpo diplomático británico.
Incluso a pesar de la revolución de 1905, los funcionarios británicos en Moscú y San Petersburgo tendían a mostrar poco interés por las condiciones sociales y se limitaban a relacionarse con cortesanos leales al zar y al mantenimiento del statu quo autocrático de Rusia.
Tal atención hacia la clase dominante se debía a que los británicos estaban interesados por los comportamientos que configuraban la política exterior de Rusia; la idea de que las clases populares pudieran algún día hacer que estas élites y sus conductas dejaran de ser relevantes era impensable.
Igualmente, las veladas en compañía de Madame Ertel y sus verborreicos amigos hicieron que Lockhart llegara a una conclusión similar sobre la improbabilidad de que estallara otra revolución.
Esta impresión se vio reforzada cuando, días después del estallido de la primera guerra mundial en agosto de 1914, Lockhart se sentó en el alféizar de la ventana del consulado y observó el interminable aluvión de soldados rusos que desfilaban calle abajo demostrando un emocionado patriotismo y una determinación por luchar por el zar y la patria aparentemente inquebrantables. 9