Un espía en Moscú 2. Nuestro hombre en Moscú #2
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2. Nuestro hombre en Moscú #2

La relación de Lockhart con Jean no mejoró cuando, poco después de que ella aceptara su propuesta, él se enamoró de nuevo, esta vez de Rusia.

Al igual que su matrimonio, la naturaleza conflictiva de la nueva relación no fue evidente para Lockhart cuando llegó a Moscú justo después del día de Año Nuevo de 1912.

Al contrario, mientras se deslizaba por las calles cubiertas de nieve en un trineo tirado por caballos, sintió que recuperaba la alegría de vivir que los pasillos de Whitehall le habían arrebatado.

Cuando el cochero llegó a su destino, Lockhart le lanzó alegremente unos rublos y saltó de la caja del trineo al aire helado de la noche para meterse en la cargada atmósfera del abarrotado vestíbulo del Hotel Metropole.

Allí disfrutó del asalto a sus sentidos provocado por las relucientes lucernas de oro y diamantes, y de la cacofonía de palabras desconocidas que emergían de un mar humano de «pieles humeantes, mujeres gordas y hombres grandes y acicalados», todos ellos rezumando «enorme opulencia y tosca chabacanería».

Estos eran los rusos que los acaudalados emigrados en Londres le habían prometido que encontraría, y antes de que terminara su primera semana en Moscú conocería a muchos más.

El flamante vicecónsul británico había llegado en el momento oportuno.

Con el objetivo de fortalecer las relaciones diplomáticas tras la firma de la Entente anglorrusa de 1907 (un acuerdo que resolvió las antiguas disputas sobre las fronteras compartidas por ambos imperios en Asia central), una delegación de políticos, clérigos y militares británicos había llegado a Moscú justo después de Navidad para realizar una visita de buena voluntad a la ciudad.

Al unirse a esta delegación, Lockhart se aseguró de que su supuestamente respetable carrera moscovita comenzara con tres días de excesos entre orquestas, espectáculos de ballet y banquetes de varios platos, todo ello regado con abundante vodka y champán.

Durante esta prolongada fiesta, Lockhart se separó del grupo principal de británicos para explorar un bar de mala reputación abierto hasta altas horas de la madrugada.

Mientras apuraba vaso tras vaso de vodka en la sala subterránea envuelta en humo, observaba cómo un grupo de músicos utilizaba el sonido profundo de las violas para guiar a violines desgarrados y voces hipnóticas, creando la inconfundible cacofonía del folclore cíngaro.

Así comenzó en Lockhart una fascinación por este evocador género musical que duraría el resto de su vida.

Completamente embriagado por las maravillas de Moscú, el estupefacto vicecónsul siguió explorando la ciudad en solitario después de que la delegación británica regresara a casa sin fuerzas y con dolor de cabeza.

En las cafeterías y galerías de arte que visitó, el sociable escocés entabló amistad con decenas de escritores, artistas y actores.

Eran el tipo de personas contrarias a la corriente dominante que le gustaban a Lockhart: culturalmente sofisticadas y políticamente escépticas, pero lo suficientemente intelectuales y de clase media para no ser peligrosas.

A través de discusiones sinuosas que se prolongaron hasta el amanecer, los nuevos compañeros de Lockhart le expresaron su aversión por la adoración al zar, a Dios y a la patria, así como su preocupación por el estancamiento del desarrollo político y social de Rusia.

Estos intercambios llevaron a Lockhart a reflexionar sobre sus propias ideas políticas.

Aunque sus orígenes eran conservadores y sus raíces bebían de la tradición presbiteriana, desde el momento en que aceptó convertirse al islam para vivir un romance que transgredía todas las normas de la sociedad respetable, Lockhart se dio cuenta de que era un agnóstico político y espiritual.

Aunque no soportaba mucho a los ideólogos, su implacable curiosidad le hizo tolerarles sus sermones.

En la Rusia políticamente dividida de principios del siglo  XX , esto lo convirtió en un camaleón social.

Lockhart era tan capaz de brindar con champán con generales condecorados y cortesanos zaristas como de aceptar la ira de quienes despreciaban tales pompas y privilegios.

Como certificó un testigo de las juergas del vicecónsul en Moscú, su actitud «animada» al tratar con rusos de cualquier creencia, combinada con su «gusto por los cíngaros, el vino y el baile», lo convirtieron en «una persona que se relaciona muy bien con los demás» ( a very good mixer ).

Esta habilidad ayudó a Lockhart a alcanzar muchos objetivos en su renovada búsqueda por «integrarse con los nativos», esta vez en los clubes con chimenea de leña rusos en vez de las sofocantes selvas del sudeste asiático.

Además de hacer rápidamente amigos por todas partes, durante una salida nocturna en la primavera de 1912, Lockhart recibió un apodo ruso de la cantante gitana María Nikoláyevna Lébedev.

Como en su idioma no existía un equivalente a «Robert», María lo bautizó como «Roman Romanovich».

El orgullo que Lockhart sintió al convertirse en ruso honorario fue una de las muchas razones por las que, seis décadas más tarde, afirmaría que «mis dos primeros años en Rusia fueron los más felices de mi vida». 3

La inmersión cultural de Lockhart se intensificó después de instalarse en casa de una de sus amigas artistas, Madame Ertel, viuda del novelista Alexander Ertel.

Ante la insistencia del vicecónsul, su nueva casera le dio clases de ruso (idioma que perfeccionó en un año) y le proporcionó una visión más profunda de un aspecto de su nuevo hogar que era fácil pasar por alto entre los ágapes obscenos y el seductor entretenimiento musical: las reivindicaciones revolucionarias de los oprimidos del país.

Aunque la autocracia de los zares había sido cuestionada a principios del siglo  XIX por oficiales disidentes del ejército, no fue hasta la década de 1860 cuando comenzó una campaña sostenida para transformar Rusia a toda costa.

Fue una respuesta a las reformas introducidas por el zar Alejandro II en 1861, encaminadas a emancipar a los campesinos y liberalizar la educación.

Al no lograrse ninguno de los dos objetivos, grupos de nihilistas y socialrevolucionarios tomaron medidas drásticas para acelerar el curso de la historia.

Ello incluyó intentos de radicalizar a los campesinos utilizando propaganda y el asesinato a tiros y apuñalamiento de jefes de policía y funcionarios judiciales.

No se salvó ni el propio Santo Zar. En marzo de 1881, un terrorista suicida nihilista se abalanzó sobre Alejandro II en las calles de San Petersburgo e hizo detonar un artefacto explosivo que acabó con la vida de ambos en una tormenta de fuego y humo.

En febrero de 1905, el nuevo autócrata ruso Nicolás II se enfrentó a una amenaza más existencial que un terrorista deseoso de convertirse en un mártir cuando miles de sus súbditos tomaron las calles para exigir una reorganización revolucionaria de la política y la sociedad rusas.

Al igual que había hecho su predecesor en la década de 1860, Nicolás respondió con propuestas de reformas democráticas que no satisficieron las demandas de su pueblo.

Esto provocó una nueva ola de violencia en la que miles de funcionarios, nobles y ciudadanos rusos fueron asesinados a tiros, apuñalados y destrozados por bombas.

Solo unos meses antes de que Lockhart llegara a Moscú, el primer ministro ruso, Piotr Stolypin, fue asesinado a tiros en un teatro de Kiev.

En las veladas a la luz de la lumbre con Madame Ertel y sus amigos en el salón alfombrado de su apartamento, Lockhart era obsequiado con estas historias de violencia aderezadas con lamentaciones sobre la necesidad de un cambio político.

El vicecónsul británico estaba pasando las noches con disidentes.

Sin embargo, Lockhart no veía ningún problema en ello.

Ciertamente, el sentimiento revolucionario llevaba mucho tiempo gestándose en Rusia, pero en 1912 no daba la impresión de que fuera a desbordarse.

Esto quedó ejemplificado por el hecho de que, en un día supuestamente destinado a un levantamiento antizarista, Madame Ertel y sus amigos decidieron quedarse en la cama en lugar de salir a la calle. 4

Los subversivos compañeros de cena de Lockhart podían ser más de hablar que de actuar, pero no eran del agrado del cónsul general en Moscú.

Montgomery Grove, un veterano diplomático de temperamento moderado, quería vivir tranquilamente y sin problemas.

En su consulado, aparte de expedir pasaportes y atender las baladíes reclamaciones de la diáspora británica en Moscú, no había tiempo para «meter las narices en otros asuntos».

Grove advirtió a Lockhart que tuviera cuidado con las compañías que frecuentaba, no solo porque eran impropias de un vicecónsul, sino también porque podría atraer la molesta atención de la Ojrana, la policía secreta del zar.

Las preocupaciones de Grove no eran injustificadas.

Como señaló uno de los contemporáneos de Lockhart en la embajada de San Petersburgo, «los predecesores zaristas del OGPU [policía secreta] bolchevique eran extremadamente ingeniosos» a la hora de vigilar a los diplomáticos británicos, de quienes se sospechaba que proporcionaban dinero y apoyo a los subversivos con los que Lockhart cenaba.

En San Petersburgo, esta paranoia por la Ojrana llevó al personal de la embajada británica a implementar nuevas medidas de seguridad, como la instalación de cerraduras adicionales en las puertas de las oficinas y la vigilancia nocturna de las instalaciones.

En una ocasión, esto último provocó que el propio personal del embajador disparara contra él al confundirlo con un espía de la Ojrana. 5