2. Nuestro hombre en Moscú
Nuestro hombre en Moscú
Por la sabiduría de sus informes, esperaba ver a un distinguido anciano con barba gris.
D AVID L LOYD G EORGE
El día que cumplió veinticuatro años, ya recuperado de un año de lucha contra la malaria, Lockhart se encontraba jugando al golf cuando unos gritos al otro lado del campo le hicieron detenerse en pleno swing.
El origen del alboroto era su hermano menor, Norman, que agitaba un papel y gritaba emocionado: «¡Te han admitido! ».
Norman se refería al Foreign Office, a cuyo examen de ingreso se había presentado Robert unos meses atrás, en julio de 1911.
Recuperando la capacidad de trabajar con ahínco descubierta en Berlín, pero abandonada en Pantai, Lockhart se había preparado a fondo para las pruebas refrescando su alemán y francés y contratando a un profesor particular de derecho y ciencias políticas.
El desaliento que significaba para él emprender una carrera tan aburrida lo ocultó recurriendo a sus inagotables dosis de encanto personal y extravagancia para influir en el tribunal de selección durante la entrevista.
Este esfuerzo por causar una buena impresión se vio reforzado por el hecho de que su hermano John se hallaba en la cúspide de su fama como lanzador de críquet, circunstancia que complació al tribunal de mandarines amantes del deporte cuya tarea era decidir si el joven que tenían ante ellos era apto para servir en el cuerpo diplomático británico.
El comité no mencionó nada sobre el romance de Lockhart con Amai, y en su expediente se limitó a anotar que había sido plantador de caucho y que había abandonado el negocio por problemas de salud.
Esta versión parcial de los hechos fue respaldada por referentes personales que no aludieron a sus aventuras amorosas, aseguraron que la malaria no constituía un cuestionamiento de la salud general de Lockhart y sostuvieron que había dejado Malasia voluntariamente a pesar de su éxito como plantador.
Este ocultamiento de su pasado y los logros deportivos de su hermano no fueron lo único que le ayudó a conseguir el puesto.
Como revelaban los resultados del examen que Norman le mostró, Lockhart había obtenido mejores notas que los demás candidatos en francés y derecho, y por poco no había sido el mejor en alemán.
Sus dificultades se centraban principalmente en la aritmética y —curiosamente para alguien que sentía interés por lugares lejanos— también en la geografía.
Sin embargo, la puntuación total bastó para que Lockhart encabezara la lista de aspirantes a funcionarios consulares.
Con la carta de aceptación en la mano, se presentó ante su crítica abuela, que admitió que había «pasado de las filas de los holgazanes al Valhalla de los héroes».
La Reina del Caucho perdonó las indiscreciones pasadas de su nieto y lo volvió a aceptar en la familia; le entregó un cheque de cien libras y lo mandó a Londres para que comenzara el siguiente capítulo de su vida. 1
Deseoso de aprovechar al máximo este nuevo comienzo, Lockhart llegó al edificio del Foreign Office en septiembre de 1911 vestido con los preceptivos pantalones de raya diplomática y ansioso por lanzarse a su nueva vocación de redactar cartas y responder a las consultas de los súbditos británicos repartidos por todo el mundo.
Sin embargo, al igual que había sucedido en Port Dickson, el entusiasmo de Lockhart pronto se vio consumido por la monotonía de la vida de oficina.
El mejor momento de su jornada laboral era cuando veía de reojo a pesos pesados de la diplomacia, como sir Edward Grey y sir Eyre Crowe, que de vez en cuando pasaban por delante de su escritorio sin percatarse apenas de su existencia.
Aparte del tedio, Lockhart sentía que algo no encajaba en Whitehall ni en su propio lugar dentro de la chirriante maquinaria burocrática británica.
En la década anterior a su llegada se habían puesto en marcha reformas destinadas a modernizar las prácticas del Ministerio de Asuntos Exteriores, aumentar los salarios y contratar savia joven con ideas nuevas.
Sin embargo, la instalación de teléfonos y la introducción de un sistema de registro para llevar un control de los documentos importantes no habían servido de mucho para inyectar algo de modernidad en la cultura de trabajo del Foreign Office, donde «los fines de semana largos seguían siendo habituales y las vacaciones tenían una duración conveniente para un gentleman ».
Esta era una de las muchas prácticas que llevaron a la opinión pública a acusar a la institución de elitista, distante y con un personal mal dotado para resolver los complejos problemas internacionales del nuevo siglo.
Lockhart se sentía frustrado por esta inercia institucional.
Le parecía una locura que el centro neurálgico de la diplomacia del imperio más grande del mundo estuviera presidido por unos ancianos cuya principal preocupación era la calidad de sus plumas de ave para escribir o la rectitud de las corbatas de sus subordinados.
Semejante rigidez le parecía execrable a este seductor de princesas malayas prohibidas que, con cada semana que pasaba, sentía que lo único que hacía era tratar de mantenerse a flote en aguas estancadas.
Cayó en un malestar meditabundo acerca de si la respetabilidad que estaba ganando en los despachos de Whitehall merecía el sacrificio de sus verdaderos deseos.
Afortunadamente para Lockhart, estos episodios de afligida introspección fueron tan comunes a lo largo de su vida como las oportunidades que surgieron para ponerles fin.
En este caso, el salvavidas se lo lanzaron unos días antes de la Navidad de 1911, cuando recibió su primer destino en el extranjero: vicecónsul en Moscú.
Más allá de un somero conocimiento de las biografías de Iván el Terrible y Catalina la Grande, Lockhart no sabía nada sobre Rusia.
Sin embargo, el espíritu de aventura que llevaba dentro y el desasosiego que percibía en el exterior le hicieron aceptar con alegría el destino.
A partir de entonces, Lockhart contó cada día que quedaba para abandonar el opresivo edificio de roble y mármol de la sede del Foreign Office.
Con el fin de remediar su ignorancia sobre la tierra de los zares, Lockhart pasó sus últimas semanas en Londres dando la tabarra a los colegas del ministerio y a los emigrantes rusos, de quienes obtuvo información sobre la política, la cultura y la historia de su patria.
Debido a la clase social de los rusos con los que conversó —pequeña nobleza y negociantes adinerados—, Lockhart llegó a la conclusión de que Rusia era un país libre de las rígidas normas británicas y donde los maratones de excesos eran habituales.
Le pareció un lugar hecho a medida para la permisiva sensibilidad de los Macgregor.
Sabiamente, Lockhart guardó para sí esta revelación y, en cambio, se deleitó con el orgullo que sentían sus padres al ver que la carrera de su hijo, ahora aparentemente reformado, por fin despegaba.
Y complació aún más a Florence y Robert padre cuando, durante una fiesta de despedida que le organizaron justo antes de Navidad, dio otro paso importante hacia la madurez responsable al dirigir su vida privada por el buen camino.
Con Amai confinada a un pasado que era mejor olvidar, la atención de Lockhart se centró durante la fiesta en una joven australiana llamada Jean Haslewood Turner, hija de un próspero hombre de negocios de Brisbane.
Ni las memorias de Lockhart ni sus diarios dan muchas pistas acerca de por qué se sintió tan prendado de Jean para proponerle matrimonio tan solo diez días después de pedirle un baile por primera vez.
Lo que está claro es que este acto impulsivo sentó unas bases poco sólidas para lo que sería una relación problemática que, marcada por la acritud y las infidelidades, terminó en un amargo divorcio en 1937.
Sin embargo, este futuro desalentador parecía impensable en los embriagadores últimos días de 1911, cuando Lockhart compuso otra de sus románticas odas.
Titulado simplemente Jean , el poema prometía que la vida de su autor «es tuya.
La tienes en tu mano, para modelarla, arruinarla o torcerla a tu antojo; tuya, solo tuya, para siempre, en lo bueno y en lo malo ... Vivo para ti, amor mío, y tú para mí».
Parece una composición sentida, pero resulta revelador que Jean sea uno de los pocos ejemplos dentro de la voluminosa obra de Lockhart en los que derramó con cariño unas pocas gotas de tinta en honor de su esposa.
Además, el otro poema destacado, escrito después de tenerse que separar en enero de 1912 —Jean regresó a Australia para poner sus asuntos en orden, mientras que Lockhart se dirigió a Moscú para organizar su nueva vida juntos—, tiene un tono sobrio y reflexivo.
En él, Lockhart se define a sí mismo y a Jean como «al borde del abismo de la vida» en el momento de conocerse, unidos por la necesidad de «arrancarle a la vida todo el placer que pudiéramos».
Descartando cualquier atisbo de intervención por parte de ambos, se pregunta si el emparejamiento se produjo simplemente «porque Su misericordia infinita sabía que tú me necesitabas, y yo a ti».
Tal como expresó con arrepentimiento décadas más tarde, cuando estaba a punto de divorciarse, su repentina propuesta de matrimonio había formado parte de «un serio esfuerzo por cumplir con las convenciones de mi nueva condición».
Jean puede haber sido su esposa, pero, a juzgar por los poemas, cartas y memorias de Lockhart, quienes despertaron sus pasiones fueron otras mujeres. 2