Un espía en Moscú 1. Ni una gota de sangre inglesa #3
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1. Ni una gota de sangre inglesa #3

La conmoción fue más allá del terreno emocional.

La noticia del escandaloso romance corrió como la pólvora por los clubes de Negeri Sembilan.

El equipo de rugby tan querido por Lockhart se disolvió —su mediocampista Akbar se adentró en la selva y nunca más se supo de él— y el cocinero chino de la plantación abandonó su puesto por miedo a verse envuelto en las represalias que todos suponían que el exsultán tomaría sobre Pantai.

Tan convencido estaba Lockhart de esta amenaza que empezó a llevar una pistola consigo a todas horas, noche y día.

Y entonces, en el verano de 1910, este emocionante idilio de peligro y amor prohibido terminó con un nuevo drama cuando Lockhart enfermó repentina y violentamente.

La pareja sospechaba que los hombres del exsultán habían sobornado a los sirvientes para que envenenaran la comida, por lo que Amai insistió en que, a partir de entonces, ella iba a cocinar siempre.

Como Lockhart seguía temblando y sudando sin experimentar ninguna mejoría, se hizo evidente que había sucumbido a una enfermedad menos aguda, pero no menos peligrosa que la causada por el arsénico o la estricnina: la malaria.

En vano, Amai aplicó una serie de remedios caseros mientras un médico que acudió desde Port Dickson le administró quinina.

Cuando se demostró que ninguno de los dos tratamientos era efectivo, el médico regresó al puerto y buscó a Ian, a quien le comunicó un duro pronóstico.

Lockhart debía ser evacuado inmediatamente de Pantai o, de lo contrario, se enfrentaría a una muerte lenta y dolorosa lejos de su país.

Ian temía por la vida de su sobrino, pero también veía esta emergencia médica como una oportunidad para poner fin al problemático romance de Bertie y hacer que la explotación de caucho de Pantai volviera a ser rentable, ya que la falta de prudencia financiera de su explotador se remontaba incluso a antes de que Amai acaparara toda su atención.

Para salvar a su sobrino y restablecer el negocio, Ian llegó a Pantai para llevarse a Lockhart un día después de ser informado de su grave estado.

La evacuación se llevó a cabo con tal rapidez que Amai no tuvo oportunidad de despedirse del hombre por el que había abandonado su vida anterior.

Lockhart, por su parte, estaba demasiado inconsciente por la fiebre para comprender la abrupta separación de la mujer que había dado sentido a su estancia en Malasia.

Mientras el conductor de Ian daba la vuelta con el vehículo en el claro de delante de la vivienda y aceleraba en dirección a Port Dickson, Lockhart vio fugazmente «las pequeñas zapatillas plateadas cuidadosamente colocadas sobre el primer escalón de la entrada de mi bungaló.

Fue lo último que vi de ella». Lo fue durante más de dos décadas. 8

Tal y como Ian había previsto, el alejamiento del drama y la enfermedad reinantes en Pantai fue definitivo para su sobrino.

En vez de ser trasladado preventivamente a Singapur, Lockhart fue embarcado con destino a Japón bajo la premisa de que la distancia acabaría con la infección y el enamoramiento que lo aquejaban.

Un amigo de Ian llevó este plan un poco más lejos e insistió en que Lockhart atravesara el Pacífico con él hasta Canadá, donde tenía negocios.

Incluso mientras combatía la malaria, el viajero empedernido Lockhart se sintió emocionado por la inesperada travesía.

Tomó notas y redactó observaciones favorables sobre la desconocida cultura japonesa y la imponente tierra salvaje canadiense.

Como las fuentes termales y el aire puro de Canadá hicieron muy poco para mejorar el estado de Lockhart, se decidió que debía regresar a Gran Bretaña para recibir tratamiento especializado.

A lo largo de su odisea convaleciente, el enfermo intentó reconciliarse con la situación y ver el lado positivo.

En su diario anotó: «He visto tanto que prácticamente estoy saciado de cosas bellas».

Con todo, las ricas experiencias no pudieron ocultar el hecho de que, en realidad, Ian había alejado a Lockhart de Malasia y del negocio del caucho como castigo por sus errores personales y profesionales.

Fiel a la actitud que en un primer momento lo había llevado a Negeri Sembilan, Lockhart asimiló esta incierta situación con romántico arrepentimiento.

Escribiendo desde su lecho de enfermo a bordo del Empress of Yokohama en julio de 1910, se despidió con amargura de «la tierra del valle de los suaves aromas», «donde los sueños de mi juventud yacen rotos y destrozados».

En Canadá, escribió un poema para Amai en el que se calificaba a sí mismo de «cobarde» por abandonar a su «pobre doncella oriental», quien «no conocía otro pecado que el de darme su corazón para que yo lo rompiera».

La autocompasión de Lockhart se hizo más profunda después de llegar a Liverpool en marzo de 1911 y viajar al norte, a Tomintoul, un pueblo de las Highlands en el que sus antepasados Macgregor habían destilado whisky por primera vez y que ahora estaba prácticamente sometido a los designios de su autoritaria abuela.

La familia se reunió allí para recibir al recién llegado con sentimientos encontrados.

Por un lado, la evidente pérdida de peso y el alarmante aturdimiento que mostraba despertaron la compasión de Florence y Robert padre, que se sintieron aliviados al saber que su Bertie había llegado sano y salvo a suelo escocés.

Por otro lado, sin embargo, lo que debería haber sido un agradecido regreso al hogar se complicó por el hecho de que la llegada de Lockhart estuvo precedida por las historias sobre su escandaloso comportamiento.

La Reina del Caucho reprendió a su nieto por haber manchado el buen nombre de la familia, lo sermoneó sobre su falta de madurez y decencia, y lo llevó a la iglesia para que se arrepintiera.

Más que el amorío con la princesa Amai, lo que había molestado sobremanera a la matriarca Macgregor fue que Lockhart, en pleno boom del caucho, se las hubiera apañado para volver a casa sin un cuarto.

Por ello, vistos los esfuerzos del padre por darle una educación y del tío por establecerlo en Pantai, la abuela solamente pudo concluir que su prometedor nieto se había convertido en un zoquete poco fiable y autocomplaciente.

Lloviéndole críticas por todos lados, falto de perspectivas y aquejado de una salud frágil, Lockhart se vio obligado —por primera vez en su vida, aunque no sería la última— a hacer balance de quién era y adónde se dirigía.

En mayo de 1911 escapó de la ira de la Reina del Caucho y viajó al sur para visitar a su padre en Sandhurst, en el condado Berkshire, donde ejercía una vez más de director de escuela.

Allí, Lockhart prometió a Robert sénior que pondría orden en su vida, se desharía del vergonzoso lastre de Amai y Pantai, refrenaría sus ansias viajeras y se presentaría al examen para entrar en la función pública.

En resumen, que se convertiría en el hombre que su padre siempre había querido que fuera. 9