Un espía en Moscú 1. Ni una gota de sangre inglesa #2
3%

1. Ni una gota de sangre inglesa #2

Como muchos aventureros coloniales antes que él, Lockhart creía que «integrarse con los nativos» era esencial para su odisea asiática.

Cuando embarcó en Southampton en octubre de 1908 con destino a Singapur, lo hizo con la determinación de ignorar a los pasajeros británicos y pasar el trayecto estudiando la lengua y costumbres malayas.

Así, imponiéndose este riguroso programa intelectual, Lockhart llegaría a Negeri Sembilan con todos los conocimientos necesarios para conquistar una tierra selvática y misteriosa.

Tal pretensión no duró mucho. Tras una semana en el mar, Lockhart quedó fascinado con las hijas de un magnate naviero londinense y se embarcó en un romance que echó por tierra cualquier plan de abstinencia.

Sus proyectos de aventuras exóticas también se vieron truncados cuando, tras llegar a Singapur el 1 de diciembre de 1908, su tío le ordenó que se dirigiera a Port Dickson, un asentamiento costero fundado por los británicos a principios del siglo  XIX como base para el comercio con Negeri Sembilan.

La localidad portuaria era todo lo que Lockhart había esperado evitar en su gran aventura.

Port Dickson, que existía únicamente para llenar los bolsillos de los blancos, era un lugar decepcionante y nada paradisíaco, lleno de almacenes y muelles, y cuya escasa población de tenderos, pescadores, oficinistas y porteadores dejó a Lockhart desencantado.

Igualmente insatisfecho se sintió con su puesto de contable en la compañía Macgregor, donde aprendió una dura lección sobre su nueva vida en Malasia: el comercio del caucho era un negocio serio y su tío esperaba que trabajara en lugar de divertirse. 4

Ian Macgregor había pasado por momentos difíciles a principios de siglo, cuando la industria del caucho de Negeri Sembilan todavía estaba en mantillas y sus plantaciones producían solo una pequeña parte del caucho mundial, que en su mayoría aún se extraía de las selvas de Brasil.

No fue hasta el auge cauchero de 1908 cuando las plantaciones comenzaron a prosperar y la acaudalada abuela Macgregor, una de las principales accionistas de la empresa, trascendió al negocio del whisky con el que había amasado su fortuna y se ganó el sobrenombre de la «Reina del Caucho de Edimburgo».

La suma de dinero familiar invertida en Negeri Sembilan significaba, pues, que Bertie tenía poco tiempo para diversiones.

Relegado a los límites de un escritorio en Port Dickson, pasaba largas jornadas sumido en el papeleo que lo mantenía alejado de la tentadora selva que se extendía más allá de su sofocante oficina.

Y, peor todavía, esta anodina existencia llevó a Lockhart a adoptar la apariencia del inglés acomodado que tanto odiaba.

Como la mayoría de los magnates del caucho de Port Dickson, pasaba las tardes bebiendo whisky con soda y hablando de impuestos a la exportación en los clubes esparcidos por el estrecho de Malaca.

Incluso sus relaciones con los lugareños se desarrollaban por caminos ya muy transitados.

Los fines de semana, el joven graduado en Fettes y amante de los deportes introducía a los trabajadores portuarios malayos y chinos de Port Dickson en el arte del rugby capitaneando un equipo que logró derrotar al del vecino estado de Selangor, a pesar de la profusión de jugadores europeos de este último.

Aunque adoptara conductas familiares, la competencia lingüística diferenció al recién llegado de otros plantadores europeos.

Muchos de ellos llevaban establecidos en Negeri Sembilan desde la década de 1890, pero aún no habían aprendido el idioma nativo.

El conocimiento del malayo que adquirió Lockhart fue oportuno y necesario.

En julio de 1909, Ian le ofreció dirigir una plantación en la región interior de Pantai, donde los colonos blancos eran escasos.

Al adentrarse en la jungla, Lockhart sintió que por fin podía afirmar que su búsqueda de aventuras había sido exitosa.

Sin embargo, la repetitiva y poco glamurosa tarea de dirigir una plantación no tardó en devolverlo a la realidad.

Ordenaba talar árboles y arrancar enredaderas, organizaba envíos a Port Dickson, gestionaba los ocasionales brotes de malaria y perfeccionaba su puntería con el revólver gracias a las numerosas ratas y serpientes que infestaban su bungaló.

Por las tardes, Lockhart se sentaba en el porche y leía literatura francesa mientras tomaba un gin-tonic.

Lo más emocionante de su estancia en Pantai eran los ocasionales paseos en bicicleta a medianoche por los senderos de la jungla, donde se sabía que merodeaban bandidos, aunque nunca se encontró con ninguno.

Su odisea hacia lo desconocido se había convertido en la típica existencia colonial de un europeo.

5 Por ello, cuando se le presentó la oportunidad de dar un giro radical a su vida, Lockhart la aprovechó sin dudarlo.

Con el objetivo de impresionar a los lugareños y estar en buenos términos con su vecino —un antiguo sultán depuesto por los británicos—, Lockhart organizó en Pantai un rong geng .

Era un festival de danza tradicional malaya que, aunque resultaba entretenido para sus trabajadores, a él le aburría sobremanera.

Así fue hasta que, entre el torbellino de colores y la neblina del calor, vio aparecerse una mujer joven como una «visión radiante de gracia cobriza enfundada en una falda batik y una capa de seda roja».

Además de la aventura en el barco a Singapur, Lockhart había tenido diversos romances en Francia y Alemania, pero solamente fueron encuentros fugaces que no significaron nada para él.

Ahora, sin embargo, ya con veintitrés años, estaba listo para el asalto integral de los sentidos que solo el amor a primera vista podía provocar.

Ignorando al exsultán, el baile y el resto de las actividades del evento del que era anfitrión, Lockhart pasó el resto del rong geng contemplando boquiabierto «la frágil belleza de esta chica malaya que había perturbado la monotonía de mi vida».

Cuando el embelesado dueño de la plantación preguntó a sus trabajadores por la misteriosa mujer, fue informado de que se llamaba Amai y era una princesa en trámites de divorcio de su marido.

Pertenecía a la familia del antiguo sultán y se iba a comprometer con el primo de su benefactor.

En otras palabras, estaba completamente fuera del alcance de Lockhart, pero esto solo la hacía más atractiva a sus ojos.

Ignorando los consejos de sus trabajadores malayos y de los funcionarios británicos de Port Dickson, quienes le recomendaron que dejara que la pasión remitiera, a los pocos días de ver a Amai por primera vez, Lockhart organizó un encuentro a medianoche, cuya esencia plasmó en un poema: «En el profundo silencio de una noche oriental, bañado por el rocío brumoso de la montaña, avanzando a tientas y conteniendo el aliento, donde el crujido de una rama rota trae la muerte, corazón mío, vengo a ti».

Desconocemos si fueron estas concisas líneas de devota entrega las que conquistaron el corazón de Amai, pero, al término de este osado encuentro a la luz de la luna, la joven abandonó el palacio del exsultán para mudarse al humilde bungaló infestado de ratas donde vivía Lockhart. 6

El cortejo de Amai fue el resultado del choque entre las idealizadas fantasías de Lockhart sobre Malasia y la aplastante normalidad de la vida que encontró allí.

Aquella noche en el rong geng , el desinteresado plantador vio en la diminuta belleza de Amai una oportunidad para violar las convenciones locales y escandalizar a los europeos con los que había pasado demasiadas tardes calurosas bebiendo cócteles y hablando de los precios del caucho.

Amai era la aventura que Lockhart había anhelado desde que salió de Gran Bretaña, la empresa en la que puso todo su corazón.

Para que su amada pudiera continuar a su lado frente a la indignación local, Lockhart prometió a los ancianos de Pantai y a los funcionarios coloniales —los segundos temían que el asunto desencadenara disturbios— que se convertiría al islam.

Una muestra más de lo perdidamente enamorado de Amai que cayó Lockhart se puede encontrar en los poemas que compuso durante el tiempo que pasaron juntos, con versos como «bebemos de la vida y desdeñamos la tediosa preocupación» o «vivir sin amor es morir».

Aunque parezca una fantasía de colegial, el romance de Lockhart con Amai fue más que una aventura pasajera.

Cuando volvió a Malasia en 1935, se negó a creer los rumores de que su primer amor había muerto y la buscó para reunirse con ella, aunque no con el propósito de reavivar una llama apagada hacía mucho tiempo.

Reflexionando a través del prisma experto que otorga la madurez, Lockhart llegó a la conclusión de que «el punto central de mi apego sentimental con Malasia era Amai».

Puede que la princesa malaya entrara en su vida como una novedad exótica, pero lo cierto es que se convirtió en la primera de muchas mujeres que dejaron una huella profunda y duradera en él. 7