Un espía en Moscú
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1. Ni una gota de sangre inglesa
Ni una gota de sangre inglesa
Debo levantarme y partir por caminos mágicos que se extienden en la lejanía junto a ríos azarosos que fluyen con delicadeza bajo la estrella inquieta.
N EIL M UNRO
Todavía no desgarrado por la tensión entre el hedonista Macgregor y el disciplinado Lockhart que llevaba dentro, el joven «Bertie» —como lo llamaban en casa— disfrutó de una infancia despreocupada y privilegiada.
Florence descendía de los fundadores de la destilería Balmenach, uno de los productores de whisky más antiguos de Escocia.
Robert padre, por su parte, se había ganado el respeto de la comunidad de Beith y, tras ser contratado por el acaudalado benefactor local para poner en marcha la Spier’s School, siempre llevó a casa un buen sueldo.
Además del dinero y la posición social de su familia, el amor también contribuyó a proteger la infancia de Lockhart.
Florence adoraba a sus hijos, y el pequeño Bertie, a los ocho años, le correspondió escribiéndole una carta, firmada con setenta y cuatro besos hechos con cruces, en la que expresaba su amor y la desesperación por su ausencia durante una de sus muchas incursiones en las Highlands.
Lockhart y sus hermanos también recibieron el cariño de su padre, un hombre muy activo que organizaba saludables vacaciones de pesca y animaba a sus hijos a practicar cualquier deporte que eligieran.
Esto llevó al hermano más pequeño, John, a convertirse en un deportista de renombre que representó a Escocia internacionalmente, tanto en críquet como en rugby.
Lockhart también era un apasionado del rugby, deporte para el que parecía estar hecho en sus días de adolescente fornido y musculoso.
En Seafield House —un colegio al sur de Dundee al que se mudó la familia cuando surgió una vacante de director en 1895—, Lockhart recibió el apodo de «buzón» por ser un «niño canijo con la boca ancha y entreabierta y la cabeza demasiado grande para su cuerpo».
Este aspecto poco refinado se vio agravado por su costumbre de pelearse con los abusones del colegio, probablemente porque lo llamarían buzón.
Como castigo por una de estas peleas en Seafield, Lockhart fue obligado a permanecer de espaldas a un profesor mientras este le chutaba un balón de rugby repetidas veces en la cabeza.
Con todo, los moratones que le causó este violento castigo no fueron nada comparados con la cicatriz que le quedó cuando, durante un partido de críquet en familia, falló una captura y la pelota le rompió el puente de la nariz.
Esta fractura fue empeorando en el campo de rugby y en el ring de boxeo, dejándole la nariz permanentemente dislocada. 1
A pesar de su físico, el púber Bertie no era ningún matón descerebrado.
En su adolescencia se aficionó a la poesía, en particular a los románticos escoceses que evocaban la belleza sombría de las Highlands y el eterno brillo acerado de sus lagos.
Estos panegíricos a la grandeza de Escocia, combinados con los relatos de su madre sobre Rob Roy Macgregor, la rebelión jacobita de 1745 y la historia familiar forjada entre brumas de los Macgregor de las Highlands, inculcaron en Lockhart un sentimiento de orgullo por ser el producto de dos grandes familias escocesas.
Le gustaba presumir de que no corría «ni una gota de sangre inglesa en mis venas».
Tal afirmación se refería tanto al alma como a la biología.
Un motivo recurrente en los escritos de Lockhart era su creencia de que los escoceses eran audaces y curiosos por naturaleza, y no tenían miedo a abrazar lo desconocido ni a domar sus misterios mediante el trabajo duro y la perseverancia.
Por el contrario, «el natural de Inglaterra, que gobierna el mayor imperio que el mundo haya conocido, es asombrosamente ignorante en geografía», concluyó Lockhart tras años de trabajar junto a los responsables de las políticas de Whitehall y antiguos alumnos de Eton convertidos en periodistas.
Para él, el inglés, entorpecido por su arrogancia, buscaba el sosiego fácil a costa de adquirir sabiduría a través de la adversidad.
Los escoceses de verdad, como Lockhart, eran «experimentadores de la aventura» y nunca podrían tolerar una existencia entre cuatro paredes.
Este proceso de formación del concepto de sí mismo se alimentó tanto de un ejemplar de History of Scotland , de James Mackenzie, que su padre le regaló cuando era niño, como de la Universal History on the Basis of Geography , de Peter Parley , que impulsó el anhelo del joven Bertie de convertirse en un adulto viajero y aventurero.
Pasando las páginas de este último en las incontables tardes lluviosas de Seafield, Lockhart quedó fascinado por las historias de las aventuras militares de Alejandro Magno, los guerreros samuráis de Japón y la conquista de Arabia por el profeta Mahoma.
El rugby, la pesca y las peleas en el patio del colegio estaban muy bien, pero, en el fondo, eran tareas fáciles.
Y no eran peligrosas. Es decir, eran el tipo de cosas con las que un inglés podía darse por satisfecho. 2
Al llegar a la edad adulta, el desasosiego de Lockhart con el sosiego se transformó en miedo a caer en la proverbial existencia del inglés.
Este temor se agudizó en 1905, cuando, con diecisiete años, comenzó su último curso en el prestigioso Fettes College de Edimburgo.
Mientras este primer capítulo de su vida concluía, Lockhart no dejaba de pensar en la historia que estaba por venir, creyendo que el guion incluiría un trabajo honrado, un salario estable y una familia a la que llevaría de vacaciones a pescar y hacer tonificantes excursiones por las Highlands.
El tira y afloja entre el soñador Macgregor y el pragmático Lockhart había dejado al joven Robert en un punto muerto.
No podía soportar la idea de salir de Fettes para llevar una vida normal, pero tampoco tenía la menor idea de qué camino alternativo podía tomar.
Le tocó a su padre resolver el dilema enviándolo al extranjero, aunque solo fuera para continuar una educación encaminada a conseguir un empleo seguro y bien retribuido.
El destino elegido fue el Instituto Tilley de Berlín, donde Lockhart iría a realizar un curso intensivo de alemán, enriquecer su intelecto visitando museos y galerías de arte, seguir una dieta sin alcohol ni carne y —lo peor de todo para un apasionado por el rugby— completar su educación sin pisar un terreno de juego.
A pesar de sus profundas reservas, Lockhart se consoló pensando que al menos tendría la oportunidad de viajar y, a regañadientes, aceptó la propuesta de su progenitor.
Si el objetivo de Robert sénior era transformar el desánimo de su hijo en motivación, entonces el plan de Berlín funcionó a la perfección.
El reto de estudiar en un país extranjero y en una lengua desconocida sirvió de revulsivo para Lockhart, ya que despertó en él una curiosidad intelectual que había dejado marchitar entre las melés de rugby en Fettes.
Se volcó en los estudios de tal manera que se ganó los elogios de sus profesores y descubrió su pasión por trabajar duro para resolver problemas difíciles.
La estancia de Lockhart en el Instituto Tilley también reveló un don natural que le sería muy útil en su futura carrera: la capacidad de comprender rápidamente una lengua extranjera y conversar en ella.
A las pocas semanas de llegar a Berlín, sus profesores concluyeron que podía transcribir el alemán con precisión y hablarlo con fluidez.
En julio de 1906, Lockhart continuó sus estudios en París, donde en poco tiempo aprendió francés, idioma que llegó a hablar con un acento casi perfecto.
La experiencia de conversar, comer y pensar distinto en el continente reafirmó en él la creencia de que existía una conexión entre su extrovertido highlander interior y ese otro mundo más amplio que anhelaba abrazar.
Al regresar a Escocia en 1908, sintió una euforia casi rayana en la vanidad por el hecho de haber visitado Europa antes de aventurarse al sur de la frontera de su país, a una Inglaterra aburrida y encerrada en sí misma. 3
Fue entonces cuando el plan de Robert padre de canalizar el espíritu aventurero de su hijo hacia una existencia convencional se vino abajo.
Las ansias de conocer mundo de Lockhart ya se habían desatado.
Ahora estaba seguro de que su futuro se encontraba más allá del horizonte de cielo plomizo de Gran Bretaña.
Y, como quiso el destino, lo mismo pensó su tío, Ian Macgregor, propietario de una plantación de caucho en el estado malasio de Negeri Sembilan.
Ian visitó la casa de los Lockhart en el verano de 1908, justo cuando su sobrino de veintiún años se preparaba para un examen de acceso a la función pública, cuyo éxito le garantizaría un puesto en la administración.
Sumido en la tediosa preparación de una carrera que no deseaba, bastaron unas cuantas historias de su tío sobre palmeras ondulantes, pueblos desconocidos y fortunas fáciles de amasar para inclinar la balanza en el alma de Bertie.
Los padres se enfadaron, pero Lockhart ya había tomado la decisión.
Abandonó abruptamente la preparación del examen y aceptó la oferta de su tío de viajar con él al lejano paraíso de Negeri Sembilan.