Un escocés para Martina Capítulo 29
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Capítulo 29

Cameron había volado a Rota tantas veces durante los primeros meses de nuestra relación que terminó conociendo los horarios del aeropuerto mejor que algunos empleados.

Llegaba los viernes con una maleta pequeña, llenaba mi nevera antes de preguntarme si necesitaba algo y regresaba a Escocia el domingo después de revisar tres veces la fecha de la siguiente ecografía.

Yo también viajé cuando el embarazo me lo permitió. Poco a poco dejamos de hablar de dos vidas separadas y empezamos a construir una que podía repartirse entre ambos países.

Cuando inicié la baja dos meses antes del parto, me trasladé a las Highlands y me instalé en su casa, situada a pocos kilómetros de la destilería.

Una habitación se convirtió en el dormitorio de Eric, aunque Morag protestó porque escogimos los muebles sin convocar una reunión familiar.

Ewan participó a su manera. Asistió a las revisiones que pudo, aprendió a distinguir una ecografía de una fotografía meteorológica y prometió mejorar antes de que su hijo tuviera edad suficiente para avergonzarse de él.

No abandonó su afición por las mujeres, pero al menos empezó a advertirles que esperaba un bebé con una española y que su tío ejercería de segundo padre. La explicación eliminaba a muchas interesadas y atraía a otras demasiado curiosas.

El parto empezó de madrugada, dos días antes de la fecha prevista.

Me despertó una contracción que confundí con otro movimiento del bebé; la segunda llegó quince minutos después y la tercera encontró a Cameron recorriendo el dormitorio con un calcetín puesto, el otro en la mano y el teléfono sujeto entre los dientes.

—Todavía no sabemos si estoy de parto —le recordé.

—Las contracciones son regulares.

—Llevamos tres.

—Tres forman una serie.

—También forman una cantidad insuficiente para despertar a toda Escocia.

Cuando rompí aguas en el vestíbulo, dejó caer el calcetín y llamó a Ewan, a la matrona y, por equivocación, al responsable de mantenimiento de la destilería. Mi madre y Laia, que habían viajado para el parto, nos acompañaban.

Unos minutos después íbamos hacia el hospital mientras el futuro padre biológico nos seguía en otro coche y preguntaba por teléfono si debía llevar agua caliente, toallas o algo para cortar el cordón.

—Esto no es un parto doméstico del siglo XIX —le respondió Cameron a través del manos libres—. Ve al hospital y no toques nada.

—He visto vídeos.

—Eso empeora considerablemente la situación.

Ingresé con tres centímetros de dilatación y la esperanza de que el proceso avanzara deprisa.

La matrona me explicó con una amabilidad sospechosa que podía tardar muchas horas; Cameron me sostuvo la mano, aseguró que estaría conmigo todo el tiempo y palideció cuando otra contracción me obligó a apretarle los dedos.

En la habitación teníamos una bolsa con varias prendas de bebé que mi madre compró antes de salir de España porque temía que los escoceses no vendieran ropa adecuada para un recién nacido.

—Aquí también nacen niños —le expliqué mientras me lo recordaba, para distrarme.

—Ya lo sé, pero quizás los abriguen demasiado.

Laia me besaba en la frente y examinaba el monitor que registraba las contracciones.

—¿Cuál de esas líneas indica cuánto falta para que salga el escocés?

—Ninguna —le respondió la matrona.

—Entonces deberían mejorar el sistema. En la Armada no aceptaríamos una gráfica que no informara del tiempo restante para evacuar al pasajero.

—No estoy evacuando a nadie —protesté antes de que comenzara otro dolor.

Mi madre me ayudó a respirar, Cameron me frotó la espalda y Laia contó los segundos con una precisión que consiguió irritarme antes de llegar a diez.

Ewan observaba desde una esquina con un vaso de café entre las manos y una emoción tan visible que le temblaba la boca cada vez que miraba el monitor.

—Mi hijo está ahí —comentó por quinta vez.

—Lleva ahí nueve meses —le recordó Laia—. No entiendo la sorpresa.

—Hoy voy a conocerlo.

—Si sobrevives. Tienes peor color que Martina y ella está dilatando.

La habitación se llenó aún más unas horas después, cuando las puertas se abrieron y Morag entró con la ayuda de un bastón y en compañía de Elspeth.

Llevaba un vestido verde pistacho, un abrigo claro y una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Cómo has llegado tan pronto? —le preguntó Cameron, dividido entre la alegría y el temor de que quisiera dirigir también el parto.

—En coche. A ver si te crees que la cadera me ha quedado para correr una maratón. Cuidadito con que la paternidad te consuma el cerebro como a Ewan.

—Él ya lo tenía consumido de antes —apuntó divertida Laia, ante el estupor del escocés.

Una de sus principales inquietudes era saber si continuábamos con la idea de llamar Eric al bebé, que resultó ser un niño.

—Todavía puedes cambiarlo —me recordó—. Morag es un nombre excelente y sirve para ambos sexos si la familia tiene suficiente carácter. Resultaría muy inclusivo.

—Se llamará Eric.

—Acepto la decisión porque estás sufriendo.

—Qué generosa —murmuró Laia.

Las horas siguientes transcurrieron entre paseos por el corredor, revisiones y contracciones cada vez más intensas.

Cameron no se separó de mí; me sujetaba cuando necesitaba levantarme, me ofrecía agua y recibía mis quejas sin recordarme que yo había rechazado la epidural durante las primeras horas.

Cuando cambié de opinión y pedí que localizaran al anestesista, tuvo el buen juicio de limitarse a besarme la mano.

—Te amo —me aseguró mientras esperábamos.

—Si vuelves a dejarme embarazada, te mataré.

—Lo tendré en cuenta. Pero recuerda que yo no…

—No, no lo tengas en cuenta. Evítalo.

—También —claudicó sin deshacer el error.

Ewan se mostraba tan excitado que preguntaba a cada profesional si faltaba mucho.

Una enfermera entró para cambiar el suero y le pidió que se apartara; intentó rodearla al mismo tiempo que buscaba su teléfono, extendió la mano sin mirar y le agarró el trasero. Por una vez, no ocurrió adrede.

La mujer se volvió y le cruzó la cara antes de que pudiera retirarla.

—¡Lo siento! —exclamó él, con la palma sobre la mejilla—. ¡Buscaba el móvil!

—Pues aprende a distinguir uno de un culo.

Laia, que presenció el incidente desde el otro lado de la cama, soltó una carcajada.

—Ya es la tercera bofetada que recibes desde que nos conocemos. Empieza a parecer un método educativo.

—Ha sido sin querer.

—La mía también —le recordó—. Mi mano tropezó dos veces con tu cara.

Hasta yo me reí, aunque una contracción transformó la carcajada en un gemido. Cameron me ayudó a incorporarme y Ewan abandonó cualquier intento de defenderse para acercarse a la cama.

—¿Qué hago? —me preguntó, alarmado.

—No tocar a ninguna enfermera sería un comienzo —logré responder.

La epidural me permitió descansar y la mañana avanzó con más tranquilidad. Mi madre dormitó en un sillón; Su Majestad jugó a las cartas con Elspeth y acusó a Laia de ayudarla a hacer trampas, mientras el personal entraba y salía con una tolerancia admirable hacia nuestra invasión familiar.

Un rato después, la matrona comprobó que alcanzaba la dilatación completa. La habitación cambió de ritmo: prepararon la cama, retiraron las cosas que estorbaban y explicaron que llegaba el momento de pasar al paritorio.

—Pueden acompañarte dos personas —me informó.

Miré a Cameron y después a Ewan. El primero ya vestía la bata que le entregaron y conservaba la compostura gracias a un esfuerzo visible; el segundo dejó las cartas, se levantó demasiado deprisa y volcó el vaso de agua de Morag.

—Entrarán los dos —decidí.

Mi madre aceptó la elección con un beso. Laia abrazó a Ewan y le advirtió que, si tocaba otro culo, no saldría vivo del hospital. Morag me pidió que trajera a Eric de vuelta “bien terminado” y Elspeth tuvo que sujetarla para impedir que nos siguiera.

En el paritorio, Cameron ocupó el lugar junto a mi cabeza. Me sujetó la mano, retiró el cabello de mi cara y repitió que lo estaba haciendo genial cada vez que la matrona me indicaba que empujara.

Ewan permanecía al otro lado, enfundado en una bata que le quedaba corta, con el gorro torcido y los ojos clavados en el punto exacto que quizás nunca debió observar.

—Veo la cabeza —nos anunció la matrona.

—¿Ya? —preguntó, inclinándose un poco.

Miró durante dos segundos. Después perdió el color, se tambaleó y cayó al suelo antes de que Cameron pudiera alcanzarlo.

—¡Ewan! —grité, alarmada y furiosa a la vez—. ¡No puedes desmayarte ahora!

Un auxiliar lo apartó de la zona de trabajo y lo dejó tumbado contra la pared. La matrona continuó atendiéndome, mientras otra profesional se agachaba junto a él y le daba unas palmaditas en las mejillas.

—Vamos, despierta.

Ewan abrió los ojos, vio una mano acercarse de nuevo y dio un salto que estuvo a punto de arrancarle el gorro.

—¡No he tocado a nadie! —exclamó—. ¡Dejad de abofetearme!

Cameron soltó una risa que terminó convertida en carcajada. Incluso la matrona se rio antes de pedirme un último esfuerzo.

Empujé con todo lo que me quedaba. El dolor, las voces y el cansancio se concentraron en unos segundos interminables; entonces una presión enorme cedió y el llanto de Eric llenó el paritorio.

Lo levantaron para que pudiera verlo. Era pequeño, sonrosado y estaba enfadadísimo con el mundo al que acababa de llegar. Tenía los puños cerrados, una mata de pelo pegada a la cabeza y una voz capaz de imponerse a toda la familia MacNair.

Cameron lloraba sin intentar ocultarlo. Me besó la sien, la mejilla y los dedos mientras repetía que era precioso.

Ewan, todavía sentado en el suelo, se cubrió la boca con ambas manos; cuando logró ponerse en pie, las lágrimas ya recorrían su cara.

—Es mi hijo —murmuró.

—Nuestro hijo —le corregí, extendiendo una mano hacia Cameron.

La matrona colocó a Eric sobre mi pecho, cubierto por una manta, y el bebé redujo el llanto al reconocer el calor. Cameron posó una mano sobre su espalda diminuta; Ewan rozó uno de sus pies y volvió a sollozar.

—Hola, Eric —le susurró Cameron—. Llevamos mucho tiempo esperándote.

Al poco regresamos a la habitación. Mi madre fue la primera en coger a su nieto y lloró tanto que Laia tuvo que buscarle pañuelos. Morag exigió su turno, se acomodó al bebé sobre los brazos y lo examinó desde la cabeza hasta los pies con una satisfacción solemne.

—Es perfecto —declaró—. Se parece a mí.

—Tiene media hora —objetó Cameron.

—Y ya muestra criterio.

Ewan se sentó junto a ella para aprender a sostenerlo. Su Majestad corrigió la posición de sus brazos, le ordenó que sujetara mejor la cabeza y anunció que necesitaría varias semanas de formación antes de quedarse a solas con el niño.

—Voy a ser un buen padre —prometió.

—También ibas a casarte con Moira —le recordó Laia—. Permíteme exigir pruebas.

—¿Quieres cogerlo?

Mi amiga retrocedió.

—Soy militar. No manipulo artefactos sin conocer el mecanismo.

—Es un bebé, no una granada.

—Llora, expulsa líquidos y puede estallar en cualquier momento. Encuentro bastantes similitudes.

A pesar de sus protestas, terminó sentada con Eric en brazos y una expresión enternecida que intentó ocultar mediante amenazas.

Ewan se inclinó para hacerles una fotografía y ella le advirtió que el nacimiento no anulaba la prohibición de besarla.

Cameron se acomodó a mi lado cuando todos se concentraron alrededor del bebé. Me rodeó los hombros, besó mi cabello y contempló la escena con los ojos todavía húmedos.

Mi madre hablaba con Morag sobre el color de los ojos de Eric; Elspeth repartía té, Laia discutía con Ewan y Su Majestad planeaba el primer viaje del niño a su casa antes de que hubiera cumplido un día.

Nuestra familia no se parecía a la que imaginé durante tantos años.

El padre biológico de mi hijo era un desastre en proceso de mejora; el hombre al que amaba decidió querer a un bebé que no engendró, y dos mujeres separadas por países, edades y caracteres ya discutían acerca de quién sabía envolverlo mejor.

Miré a Eric dormido entre los brazos de Laia y comprendí que no necesitaba una familia perfecta. Necesitaba aquella. Ruidosa, disparatada y reunida alrededor de un niño que ya era amado con todo nuestro ser.