Epílogo
Varios años después…
Morag cumplió ciento cinco años rodeada de tanta gente que el periódico local terminó por declararla la mujer más longeva y con más círculo social de las Highlands. Aparte, allí estaba toda su familia.
La periodista quiso fotografiarla junto a la tarta; ella exigió primero comprobar que las velas no activaran la alarma de incendios y después preguntó si el reconocimiento incluía algún premio económico.
—A los cien me dieron una carta del rey —nos recordó—. A los ciento cinco esperaba, al menos, una cesta de productos.
—Tienes seis tartas —le señaló Cameron.
—Ninguna procede del ayuntamiento. No confundamos cariño familiar con responsabilidad institucional.
La celebración ocupaba la planta baja de la casa.
Elspeth dirigía el servicio, aunque se retiró oficialmente años atrás; según ella, nadie podía confiar una fiesta de Su Majestad a personas que todavía no dominaban el arte de servir té sin derramarlo.
Iona, convertida ya en responsable de la casa, fingía aceptar sus órdenes y después organizaba todo a su manera.
Eric cruzó el salón con una corona de cartón torcida y una porción de tarta en la mano. Su hermana corría detrás, empeñada en recuperarla.
—¡Eric, es mía!
—¡Tú tienes otra!
—¡Pero quiero esa!
La pequeña Morag, de pelo cobrizo, alcanzó a su hermano junto al sofá y se abalanzó sobre él. Cameron intervino antes de que la disputa terminara sobre la alfombra, levantó a cada niño con un brazo y les recordó que la homenajeada esperaba conservar algún mueble entero hasta los ciento seis.
Ponerle a nuestra hija el nombre de su bisabuela provocó una satisfacción que Su Majestad intentó disimular durante años.
Desde entonces se refería a la niña como su sucesora y le enseñaba las reglas de las cartas, incluidas varias estrategias que ningún reglamento autorizaba.
Mi vida en las Highlands terminó por parecerse muy poco al viaje provisional que inicié años atrás.
Me quedé, encontré trabajo como fisioterapeuta en un hospital cercano y construí con Cameron una familia que continuaba creciendo.
Nuestro hijo llamaba “papá” a ambos hombres cuando estaban juntos, aunque distinguía entre “papá Cameron” y “papá Ewan” si necesitaba pedir permiso para algo que el primero ya le negó.
Su padre biológico ejercía a su manera: aparecía en los partidos, acudía a las reuniones escolares cuando recordaba la hora y nunca olvidaba un cumpleaños. También encadenó tantos ligues que Eric empezó a preguntar si todas las mujeres jóvenes de Inverness eran novias suyas.
Laia viajaba varias veces al año. Ascendió de nuevo y aseguraba que se había casado con la Armada, porque ningún ser humano podía competir con una institución que le proporcionaba sueldo, uniforme y vacaciones reglamentarias.
Aquella tarde lucía su uniforme porque llegó directamente desde un acto oficial. Aterrizó en las Tierras Altas sin tiempo siquiera para cambiarse. Ewan la observaba desde la mesa de las bebidas, donde llevaba dos whiskies de ventaja y el descaro de siempre.
—Te favorece el ascenso —le comentó mientras señalaba los galones—. Resultas aún más intimidante.
—Es parte del uniforme.
—¿Sigues casada con la Armada?
—Muy feliz. Nunca deja calcetines en el suelo ni besa sin permiso.
Los años no consiguieron borrar el recuerdo de la bofetada. Él se acarició la mejilla con dramatismo antes de servirle una copa.
—He madurado mucho desde entonces.
—Te vi intentar ligar con la periodista hace media hora.
—Estaba siendo amable.
—Le preguntaste si quería conocer la destilería de noche.
—La iluminación es mejor.
Laia aceptó el whisky y brindó con él. Luego, los observé discutir mientras Cameron rodeaba mi cintura y Morag ordenaba que acercaran la tarta.
—Esos dos terminarán por liarse —sentenció el que ya era mi marido.
—O en urgencias. Las probabilidades están bastante igualadas.
Ewan bebió un sorbo y miró a mi amiga con una seriedad que el alcohol no consiguió mantener demasiado tiempo.
—Podríamos intentarlo nosotros.
Laia arqueó una ceja.
—¿Intentar qué?
—Salir, cenar… comprobar si toda esta hostilidad oculta una atracción irresistible.
—¿Quieres que pruebe otra vez mi mano?
Él retrocedió y protegió ambas mejillas.
—Confirmado: sigue habiendo química.
La carcajada de Laia atrajo la atención de varios invitados. Después lo agarró por la solapa, lo acercó y le advirtió que quizás aceptaría una cena si prometía mantener las manos a la vista. Ewan estuvo de acuerdo antes de que terminara la frase.
—¡Dejad de cortejaros y venid a cantar! —les ordenó Su Majestad—. No pienso cumplir ciento cinco dos veces porque vosotros tengáis problemas sentimentales.
Nos reunimos alrededor de la tarta. Eric ocupó un lado de la silla y la pequeña Morag el otro; Cameron permaneció detrás de mí, con una mano sobre mi cintura, mientras Ewan y Laia llegaron discutiendo acerca de si aquella cena podía considerarse una cita.
Morag apagó las velas con ayuda de los dos pequeñajos y recibió un aplauso que hizo vibrar las copas. Al contemplar a mi familia, pensé en la resaca, la americana y el embarazo que me llevaron hasta allí.
Todo empezó con el hombre equivocado. Y, por algún maravilloso desorden del destino, terminó en el lugar correcto.