Capítulo 28
Laia condujo hasta mi casa mientras desarrollaba una teoría según la cual Borja se negaba a recetarme nada porque era yo quien tenía que tomar cartas en el asunto, pero aun así no lo veía bien del todo.
—Los médicos hacen un juramento —argumenté.
—Precisamente. Prometen no hacer daño, pero no mencionan nada sobre dejar a una amiga enamorada de un escocés al borde de la deshidratación.
—Estoy perfectamente hidratada.
—Llevas una botella de agua en el bolso porque yo te la metí. Sin mí, ese bebé crecería alimentado con tristeza y galletas.
Doblé la ecografía dentro de su carpeta y la guardé. El alivio de escuchar el latido todavía me acompañaba, aunque también aumentó la necesidad de contarle a Ewan que todo iba bien. Tendría que llamarlo aquella noche; después, quizás, respondería alguno de los mensajes de Cameron.
No había decidido nada. En realidad, llevaba varios días dedicando una energía extraordinaria a no decidir.
Al entrar en mi calle, Laia redujo la velocidad y dejó de hablar.
Un taxi recién llegado ocupaba parte de la acera frente a mi casa; junto a él, rodeados por dos maletas, una bolsa de viaje y una caja con el logotipo de la destilería, esperaban los dos hombres a los que pretendía mantener a muchos kilómetros de distancia.
Mi amiga frenó con tanta brusquedad que el cinturón me retuvo contra el asiento.
—No puede ser.
Los dos levantaron una mano al vernos, aunque el gesto del mayor fue más cauteloso.
Los observé a través del parabrisas, incapaz de ordenar una sola pregunta.
—¿Los escoceses migran? —murmuró Laia—. Porque juraría que dejamos a estos dos en su hábitat natural.
—¿Qué hacen aquí?
—No lo sé, pero si Ewan ha vuelto a coger prestado algo de su tío, espero que esta vez sea el sentido común.
Aparcó delante del coche de alquiler y bajó antes que yo. Avanzó hacia ellos con las llaves en una mano y la actitud de quien acababa de descubrir una vulneración de la frontera nacional.
—¿Cómo habéis dejado sola a Su Majestad? —les exigió—. Tiene una cadera recién operada, un andador que utiliza solo cuando le conviene y una peligrosa afición a hacer trampas.
—Elspeth está con ella —le explicó Cameron—. También contrataron a una fisioterapeuta nueva.
—Ha despedido a otra desde que os marchasteis —añadió Ewan—, porque intentó quitarle las cartas.
—Entonces debíais quedaros allí para proteger a la nueva.
Salí del coche con la carpeta pegada al cuerpo. Cameron reparó en ella, bajó la atención hacia mi vientre y volvió a mirarme con una preocupación que conocía demasiado bien.
—¿Venís del médico?
—Sí.
—¿Está todo bien?
—El embarazo va fenomenal.
Su alivio resultó inmediato. Los hombros perdieron rigidez y una sonrisa breve transformó su cara; Ewan dio un paso hacia mí, pero se detuvo antes de invadir el espacio que todavía no sabía si podía ocupar.
—¿Habéis visto al bebé?
—Nos ha saludado desde el monitor —intervino Laia—. También ha solicitado emanciparse antes de conocer a la familia paterna.
—¿Podría ver la ecografía? —me pidió Ewan.
Saqué la imagen y se la entregué. La sostuvo por los bordes, temeroso de dejar una marca, y tardó varios segundos en distinguir la figura.
Cameron se acercó para mirar por encima de su hombro; verlos juntos, inclinados sobre la fotografía de mi hijo, removió todo lo que intenté mantener quieto desde que abandonamos Escocia.
—Es muy pequeño —comentó el padre.
—Es un feto —le aclaré—. No esperes que aparezca con uniforme escolar.
—Parece una judía.
—Se parecía a una aceituna antes —aportó Laia—. La maternidad es un proceso emocionante basado en comparar a tu hijo con ingredientes de ensalada.
Ewan quiso devolverme la ecografía, pero le permití conservarla. Su sorpresa dio paso a una alegría sincera y, por primera vez, entendí que quizás pudiera aprender a ser padre, aunque todavía no tuviera la menor idea de cómo comportarse como adulto.
—Ahora que sabemos que la judía escocesa está bien —prosiguió mi amiga—, ¿podéis explicarnos por qué habéis cruzado Europa?
—La idea fue de Granny —respondió Ewan.
—Eso no me tranquiliza.
—Nos dijo que dejáramos de comportarnos como idiotas y arregláramos esto antes de que Martina pudiera acostumbrarse a vivir sin nosotros.
—La parte de los idiotas era más larga —precisó Cameron—, pero ese era el mensaje principal.
Abrí la puerta de casa porque no quería mantener una conversación semejante delante de los vecinos. Sin embargo, ninguno recogió el equipaje cuando les indiqué que entraran.
—Preferiría hablar aquí primero —me pidió Cameron—. Si después quieres que nos marchemos, lo haremos.
Laia se situó a mi lado y cruzó los brazos.
—Tengo curiosidad por saber qué clase de acuerdo puede salir de dos MacNair encerrados durante un vuelo. Adelante.
Los dos intercambiaron una mirada y Ewan se adelantó.
—Hemos hablado de todo: del bebé, de Moira, de lo que ocurrió en Rota y de lo que siento por ti.
—Esto promete —murmuró mi amiga.
—Me gustas, Martina —continuó, sin dejar que lo interrumpiera—. No te mentí cuando te lo confesé, pero también he reconocido que me gustan muchas mujeres.
—Eso ya lo había deducido.
—Demasiadas —corrigió Cameron.
—No hacía falta cuantificarlo. —Ewan frunció el ceño antes de volver a dirigirse a mí—.
Quiero estar en la vida del bebé, pero eso no significa que pueda convertirme en la pareja que necesitas.
Pasé muchos años con Moira sin atreverme a terminar una relación que llevaba mucho tiempo sin funcionar; fui infiel, mentí y después agradecí que el embarazo hiciera por mí lo que no tuve valor de hacer solo. Laia tenía razón: soy un desastre.
—Voy a grabar esa frase —anunció ella—. Puede que nunca vuelva a producirse.
—También soy el padre de tu hijo y eso no cambia que lo querré.
Lo escuché con una mezcla de alivio y temor. No esperaba aquella sinceridad, sobre todo después de verlo bromear con la ruptura de su compromiso; reconocer sus limitaciones no las resolvía, aunque resultaba un comienzo mejor que cualquiera de sus gestos anteriores.
—No quiero que seas mi pareja —le aseguré—. Nunca te lo he pedido.
—Gracias —respondió con tanto entusiasmo que Laia soltó una carcajada.
—Podías disimular un poco —le reprochó.
—Me alegra que estemos de acuerdo. Quiero ser padre, pero no tengo que convertirme en marido.
—No te preocupes —sentenció mi amiga—. Después de las palomas, ninguna mujer sensata te dejará acercarte a una iglesia.
Cameron esperó a que termináramos. No participó en las bromas; tenía las manos dentro de los bolsillos, el cuerpo orientado hacia mí y una determinación que me inquietaba más que cualquier discurso de su sobrino.
—Hay otra parte del acuerdo —me explicó.
—No hemos firmado nada.
—Todavía.
Ewan se apartó unos pasos y señaló a su tío.
—A mí me gustan muchas. A él solo le gustas tú.
Laia empezó a reírse. Primero intentó ocultarlo detrás de una mano; después renunció y se dobló un poco, incapaz de contenerse.
—¡Perdón! —exclamó—. Es que habéis venido desde Escocia con un reparto de funciones. Uno aporta el material genético y el otro la estabilidad emocional.
—Estáis locos —afirmé, aunque la emoción convirtió mi voz en algo frágil.
—Él es un irresponsable —me respondió Cameron—. Yo estoy loco, pero por ti.
La risa de Laia aumentó y hasta Ewan tuvo que volver la cara. Cameron no desvió la atención; avanzó hacia mí, dejó apenas un paso entre ambos y tomó la carpeta que todavía apretaba contra el pecho.
—No hemos llegado a la conclusión de que esto vaya a ser sencillo —prosiguió—.
Habrá que organizar responsabilidades y decisiones que ahora ni siquiera podemos anticipar.
Ewan será el padre biológico y formará parte de la vida de su hijo de la manera que acordéis.
Nada de eso tiene que impedir que tú y yo tengamos una relación.
—No puedes saberlo.
—Sé que me enamoré de ti antes de conocer el embarazo. Sé que conocerlo no me asustó; lo que me asustó fue descubrir que podías desaparecer de mi vida. Y sé que me pediste que te olvidara cuando ninguno de los dos quería eso.
—Es el hijo de tu sobrino.
—También será mi hijo. No compartiré su sangre como padre, pero puedo quererlo con locura, cuidarlo, enseñarle y estar presente cada día de su vida. No pretendo sustituir a Ewan ni quitarle su lugar. Quiero construir el mío.
Las lágrimas me nublaron la visión antes de que pudiera impedírselo. Cameron extendió las manos, pero esperó a que fuera yo quien acortara la distancia.
—No sé si esto funcionará —le confesé.
—Tienes que darnos la oportunidad de descubrirlo, Martina.
—Puede salir mal.
—Entonces lo afrontaremos cuando ocurra, no hoy.
—Vives en Escocia.
—Tengo una destilería, no una condena de destierro. Existen los aviones y, después del viaje de anoche, puedo confirmar que llegan hasta Andalucía.
—Mi vida está aquí.
—No te pediré que renuncies a ella.
—¿Y qué me estás pidiendo?
Sus dedos rozaron los míos y terminaron enlazándose con ellos.
—Que aceptes ser mi pareja. Sin resolver esta tarde dónde viviremos dentro de cinco años ni si mi abuela dirigirá el bautizo desde un trono. Solo quiero que dejemos de huir y averigüemos hasta dónde puede llevarnos esto.
Una risa temblorosa se mezcló con mis lágrimas. Laia se secó los ojos detrás de mí y alegó que se le había metido un mosquito, a pesar de que llevábamos varios minutos sin ver uno.
—Sí —respondí—. Quiero intentarlo.
Cameron me rodeó la cintura y me atrajo hacia él.
Lo besé antes de que pudiera añadir otra palabra, con las manos sobre su rostro y todo el miedo de los últimos días convertido en una alegría que apenas cabía dentro de mí.
Me estrechó contra su cuerpo, profundizó el beso y olvidamos durante unos segundos que no estábamos solos.
Laia aplaudió. Ewan se unió a ella, soltó un silbido y, llevado por una euforia que nunca se caracterizó por el buen juicio, agarró a mi amiga por los hombros y la besó.
La bofetada sonó en toda la calle.
Ewan se llevó una mano a la mejilla. Laia retrocedió, con los ojos encendidos y la otra palma preparada.
—¿Se te ha ido la cabeza?
—Ha sido la emoción.
—La próxima vez emociónate con una pared.
Cameron comenzó a reírse contra mi cabello. Yo intenté reprender a Ewan, pero la expresión de desconcierto que conservaba, unida a la marca roja que empezaba a aparecerle en la cara, terminó por contagiarme. Hasta él se echó a reír.
—Eso ha dolido.
—Soy sargento —le recordó Laia—. Agradece que no haya usado la mano reglamentaria.
—¿Tienes una mano reglamentaria?
—Bésame otra vez y te presento también el pie.
Los vecinos empezaron a observarnos desde dos balcones, de modo que recogimos las maletas y entramos en casa.
Laia decretó que nadie tomaría decisiones trascendentales con el estómago vacío y encargó comida para cuatro, aunque Ewan quiso añadir una quinta ración “por el bebé” y recibió una explicación detallada sobre el tamaño actual de su hijo.
Comimos alrededor de la mesa del salón, rodeados por cajas de pizza, vasos desparejados y las maletas que los escoceses todavía no deshicieron.
Cameron se sentó a mi lado y mantuvo una mano sobre mi rodilla; de vez en cuando, volvía la cabeza hacia mí y sonreía, quizás para comprobar que no había imaginado mi respuesta.
Ewan colocó la ecografía frente a su plato y le hizo una fotografía para enviársela a Morag.
La anciana respondió mediante una videollamada (orgullosa ya de saber hacerlas) que aceptamos entre todos. Su rostro apareció demasiado cerca de la cámara y tardamos varios minutos en enseñarle a sostener el teléfono.
—¿Lo habéis arreglado? —nos preguntó cuando consiguió encuadrarse.
—Martina y Cameron están juntos —le comunicó Laia—. Ewan seguirá siendo el padre biológico y yo he establecido una política de tolerancia cero con sus besos.
—Una organización sensata —aprobó Morag—. Sabía que mandarlos a España serviría de algo.
—Podías haberme avisado de que venían.
—Si te hubiese avisado, habrías preparado otro discurso para echarlos. A veces una mujer de mi edad debe recurrir a la sorpresa para que los jóvenes dejen de estropear sus vidas.
Ewan le enseñó la imagen del bebé y ella exigió una copia impresa para colocarla junto a las fotografías familiares.
Después quiso saber cuándo volveríamos a Escocia, qué médico controlaba el embarazo y si Cameron ya pensó dónde instalaría una cuna en su casa.
—Llevan juntos cuarenta minutos —le recordó Laia.
—Entonces han perdido bastante tiempo.
La comida continuó entre bromas, planes provisionales y advertencias para que nadie volviera a organizar mi futuro sin consultarme.
No resolvimos nada ese día. Tan solo quise dejarme llevar por la intensa felicidad que me producía su presencia allí.
Sin embargo, al mirar a Cameron sentado a mi lado, a Ewan protegiendo la ecografía de cualquier mancha de tomate y a Laia vigilándolo por si sufría otro arrebato romántico, comprendí que quizás no necesitábamos todas las respuestas aquella noche.
Por una vez comprendí que el futuro no parecía una amenaza. Parecía una familia extraña, desordenada y absolutamente inesperada. Pero podía ser la mía.
Eso era lo importante. Eso y que, al lado de Cameron, me sentía totalmente protegida.
Aún faltaban muchos meses para verle la carita al bebé pero, si de algo estaba convencida, era de que su nacimiento sería mejor con ellos dos al lado.
Porque ese día supe que estarían. Supe que ambos estarían, cada uno a su manera.