Capítulo 27
Regresar a casa no produjo el alivio que esperaba. Todo seguía en el mismo sitio: las plantas necesitaban agua, una taza permanecía dentro del escurridor y la americana de Cameron ya no descansaba en el armario, protegida por una funda.
Lo que sí permanecía intacto en mi memoria era su recuerdo. Y ese amenazaba con quedarse a vivir conmigo.
Un par de días después llamé a Borja. Le conté que estaba de vuelta y que necesitaba comprobar que el viaje, los nervios y la cena más catastrófica celebrada en las Highlands no afectaron al embarazo.
Me citó al terminar su turno, no sin recordarme que los bebés no solían resentirse porque sus madres descubrieran secretos familiares durante el pescado.
Laia insistió en acompañarme. Apareció en mi casa media hora antes con una botella de agua, galletas saladas y una libreta en cuya portada escribió “Expediente MacNair: sujeto en gestación”.
—No pienso permitir que le enseñes eso a Borja.
—Es su historial paterno. Deberíamos incluir una advertencia genética sobre el uso indebido de americanas.
—No es una enfermedad hereditaria.
—Aún no conocemos suficientes miembros de la familia para descartarlo.
Borja nos recibió en la consulta con la bata abierta y un café en la mano. Me observó durante unos segundos, reparó en mi cara cansada y dejó la taza lejos del borde del escritorio.
—Por tu expresión, deduzco que encontraste al padre.
—Encontró a dos —le comunicó Laia mientras ocupaba una silla—. Uno era el verdadero y el otro le gustaba más.
Borja cerró los ojos y expulsó el aire por la nariz.
—Voy a explorarla antes de preguntar nada. Intuyo que necesitaré toda mi capacidad mental para entender la explicación.
La tensión estaba dentro de los valores habituales y no perdí peso, a pesar de que Laia aseguró que en Escocia sobrevivimos a base de té, galletas y discusiones.
Después pasé a la zona de exploración, me tumbé en la camilla y aguardé mientras Borja preparaba el ecógrafo.
Los minutos anteriores a que apareciera la imagen siempre parecían más largos de lo que eran.
Durante el vuelo conseguí convencerme de que algo podía salir mal por haber llorado demasiado, dormido poco o permitido que la angustia me acompañara durante tantos días; sabía que ninguna de aquellas ideas respondía a un razonamiento médico, pero el miedo nunca necesitó una formación sanitaria para ejercer.
Borja movió el transductor, ajustó la imagen y señaló la pantalla.
—Ahí lo tienes.
—¿Está bien?
—Fenomenal. El tamaño corresponde con el tiempo de gestación, la actividad cardiaca es adecuada y no veo nada que me preocupe.
Laia se acercó al monitor y entrecerró los ojos.
—¿Qué parte es escocesa?
—De momento, ninguna que podamos identificar —le respondió—. Tendremos que esperar para comprobar si desarrolla intolerancia al sol o una afición prematura al whisky.
—Borja —protesté.
—Tú trajiste a Laia. Esto es responsabilidad compartida.
Volvió el sonido del latido, rápido y firme, y todo lo ocurrido desde la ecografía anterior perdió importancia durante unos segundos. Mi hijo seguía allí.
No sabía qué apellido llevaría primero ni por qué la persona que más deseaba tener cerca era precisamente quien menos relación guardaba con aquel embarazo; aun así, la pequeña figura de la pantalla avanzaba ajena al desastre organizado a su alrededor.
—Va muy rápido —comentó mi amiga.
—Es normal en esta etapa —le explicó Borja—. El embarazo evoluciona perfectamente.
—¿Seguro que no necesita descansar más? La veo triste, duerme fatal y apenas come.
—Como suficiente —repliqué.
—Ayer cenaste medio yogur.
—También comí galletas.
—Tres. Las conté.
Borja imprimió una imagen y me la entregó antes de indicarme que podía vestirme. Cuando regresamos a su escritorio, guardó los datos de la exploración, revisó las citas previstas y, al terminar, cruzó los brazos.
—Ahora contadme qué ocurrió en Escocia.
Laia abrió su libreta.
—¿Versión resumida o versión con prometida, bisabuela operada y amenaza de introducir a una pija en una sopera?
—Empieza por el padre.
Le explicamos la historia entre las dos. Yo relaté el encuentro con Cameron, las pistas que me llevaron a creer que era el hombre de aquella noche y la conversación que intenté mantener en el jardín.
Mi amiga se encargó de la americana, el teléfono sin batería, el perfume prestado y la aparición de Ewan, porque sostuvo que nadie podía contar una estupidez de semejante magnitud sin perder objetividad.
Borja escuchó sin interrumpir, aunque se frotó la frente cuando llegó el turno de la cena.
Al saber que Morag descubrió el embarazo y preguntó por él delante de toda la familia, abrió un cajón, guardó dentro el bolígrafo y pareció prepararse para proteger el instrumental médico.
—Entonces Ewan confesó que era el padre —continuó Laia—, Moira descubrió que las palomas de su boda se habían quedado sin trabajo y huyó de la casa después de insultar a todo el mundo.
—Antes amenazaste con meterla en una sopera —le recordé.
—Fue una medida disuasoria. No llegué a utilizar el menaje.
—Y Cameron… —Borja volvió la atención hacia mí—. ¿Qué ocurrió con él?
Acaricié el borde de la ecografía.
—Le conté que durante esos días creí que el bebé era suyo. Después le pedí que se olvidara de mí.
—Está enamorada de él —añadió Laia.
—Eso no hacía falta contarlo.
—Es el único dato importante que intentas ocultar.
Borja dejó caer la espalda contra el respaldo y resopló durante varios segundos.
—Es flipante.
—Gracias por tu valoración clínica —comenté.
—Me pediste que confirmara el embarazo de una mujer que no sabía el apellido del padre. Dos semanas después has localizado a toda su familia, cancelado una boda escocesa y te has enamorado del tío del padre de tu hijo. Mi vocabulario profesional no contemplaba esta evolución.
—Lo verdaderamente flipante es lo triste que está —repuso Laia—. ¿No puedes mandarle unas vitaminas o algo?
—Las vitaminas no curan un enamoramiento.
—Pues un hierro fuerte. Lleva dos días con cara de viuda y el hombre sigue vivo.
—No necesito medicación —protesté.
—Necesitas dormir, comer bien y dejar de exigirte que resuelvas ahora los próximos veinte años —me aconsejó Borja—. El estrés no ha perjudicado al embarazo, pero tú también importas.
—No me des la chapa…
—Es mi obligación. Si la tristeza se mantiene, si no consigues descansar o pierdes el apetito de forma permanente, hablaremos y buscaremos ayuda. No voy a recetarte un suplemento para que olvides a Cameron.
Laia cerró la libreta, decepcionada.
—La medicina moderna tiene lagunas gravísimas.
Borja me entregó la nueva ecografía y anotó la fecha de la siguiente revisión.
Antes de despedirnos, me pidió que mantuviera informado al padre sobre las pruebas importantes, siempre que me sintiera preparada, pero dejó claro que no tenía que decidir todavía qué relación quería mantener con él ni con el resto de su familia. Era un buen amigo.
Salí de la consulta con la certeza de que mi hijo estaba bien. Debería haberme bastado para sentirme feliz, y durante una parte del camino lo consiguió.
El problema era que la persona a la que más deseaba llamar no era su padre.