Un escocés para Martina Capítulo 26
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Capítulo 26

Un día después, devolvimos el coche de alquiler en el aeropuerto de Edimburgo y agradecí que Laia condujera sin convertir cada rotonda en una operación militar.

Apenas hablamos durante el trayecto. Yo fingí dormir, aunque pasé buena parte del camino leyendo los dos mensajes que Cameron me envió aquella mañana.

El primero solo decía: “¿Habéis salido ya?”. En el segundo me pidió que lo llamara al llegar a España.

Sin entrar en detalles, la noche antes les comenté a él y a Ewan, también por mensaje, que volvíamos a casa.

No le respondí. Tampoco contesté al mensaje de Ewan, quien quiso saber si me encontraba bien y aprovechó para informarme de que Moira bloqueó su número, el de Cameron, el de Morag y, por alguna razón que nadie comprendía, el de la destilería.

No quería tomar decisiones, pero necesitaba poner cientos de kilómetros entre las Highlands y yo.

Era una contradicción poco elegante: huía para no precipitarme y, al mismo tiempo, cogía un avión con la urgencia de quien teme cambiar de opinión antes del embarque.

—No vuelvas a mirar el teléfono —me ordenó Laia mientras depositábamos las maletas en la cinta de facturación—.

Cameron seguirá existiendo dentro de cuatro horas.

Los escoceses son resistentes; llevan siglos sobreviviendo a la lluvia, al whisky y a los turistas que preguntan dónde vive el monstruo del lago.

—Solo estaba comprobando la tarjeta de embarque.

—Llevas diez minutos comprobándola. Si sigues así, terminarás descubriendo una puerta secreta en el código QR.

La empleada de la aerolínea nos preguntó si queríamos facturar las dos maletas.

Antes de que pudiera responder, mi amiga quiso saber si existía algún protocolo especial para embarazadas de pocas semanas que ya mostraban síntomas avanzados de dramatismo.

La mujer la miró con prudencia y me ofreció asistencia para recorrer el aeropuerto.

—No la necesito —me apresuré a aclarar.

—Físicamente está perfecta —precisó Laia—. El problema es que lleva dentro a un bebé medio escocés. Quizás intente invadir la cabina para exigir que volemos hacia el norte.

La empleada sonrió porque pensó que se trataba de una exageración. Yo sabía que mi amiga apenas había empezado.

Durante el control de seguridad, esta vez fue Laia quien se empeñó en preguntar si el arco detector podía afectar al embarazo.

Le recordé que la madre sufridora era yo, pero aseguró que, desde el momento en que amenacé con volver sola a Escocia, perdió la confianza en mi criterio y asumió la custodia preventiva del bebé.

—No voy a volver.

—Claro. Y yo no voy a gastar bromas durante el vuelo.

—Eso resulta menos creíble.

—Me alegra comprobar que conservas cierta capacidad de razonamiento.

Compramos agua, galletas saladas y un bocadillo que rechazó porque contenía un queso cuya procedencia no aparecía indicada con suficiente claridad.

Después examinó una bolsa de frutos secos, buscó sus posibles alérgenos y decidió que el bebé podía esperar a Málaga para comer algo que no exigiera una investigación judicial.

—Te estás volviendo peor que yo —le reproché.

—Alguien debe vigilar que el heredero MacNair llegue entero a España. Con la familia que le ha tocado, bastante trabajo tendrá después.

—No sabemos qué apellido llevará.

—Perfecto, primera crisis diplomática. Podemos convocar a Ewan, Cameron y Morag; la anciana decidirá el apellido, el nombre y probablemente la universidad.

La mención de Cameron borró mi sonrisa. Mi amiga lo advirtió, me tomó del brazo y me condujo hacia la puerta de embarque sin insistir.

El avión esperaba al otro lado de los cristales, rodeado de vehículos y operarios, mientras una llovizna fina empañaba el paisaje. Escocia se despedía tal como nos recibió, cubierta por nubes que no parecían tener prisa por marcharse.

Cuando anunciaron nuestro vuelo, comprobé tres veces que llevaba la ecografía dentro del bolso. Laia me observó registrar la cremallera, el bolsillo interior y la carpeta donde la guardé.

—Tranquila, el bebé sigue ahí. No se baja para comprar whisky sin avisar hasta que cumpla dieciocho años.

—Solo quería asegurarme de no perderla.

—Has guardado esa fotografía mejor que tu pasaporte. Si nos detienen en la frontera, enseñarás una mancha gris y declararás que viajas con un ciudadano en miniatura.

Nos acomodamos en dos asientos cerca del pasillo. Mi amiga me cedió el interior para que pudiera mirar por la ventanilla, pero, en cuanto abroché el cinturón, empezó a ajustar la cinta con una concentración alarmante.

—No la aprietes tanto.

—Tiene que quedar por debajo del abdomen.

—Mi abdomen todavía no ha cambiado tanto.

—Más sencillo para localizar la zona segura. Borja estaría orgulloso de mí.

—Borja te prohibiría tocarme.

—Borja no ha conocido a los MacNair. Cuando se los presentes, me concederá poderes médicos.

El despegue me obligó a cerrar los ojos. La velocidad, la presión contra el respaldo y el rugido de los motores desplazaron durante unos minutos todo lo ocurrido.

Al volver a mirar, Edimburgo quedaba atrás, reducido a edificios diminutos entre campos verdes; después atravesamos las nubes y Escocia desapareció bajo una extensión blanca.

No sentí alivio. La distancia crecía, pero Cameron seguía ocupando el mismo espacio dentro de mí.

—He hecho bien al marcharme —le comenté, aunque sonó más a pregunta que a afirmación.

Laia desplegó la mesita, colocó encima el agua y abrió las galletas.

—Has hecho lo que necesitabas para respirar. Eso no significa que tengas que decidir hoy qué harás mañana.

—Le pedí que se olvidara de mí.

—Y él te respondió que no pensaba obedecer. Por una vez, el escocés maduro demostró buen criterio.

—Estoy embarazada de su sobrino.

—Sí, Martina. La tripulación ya lo sabe, la mujer de facturación lo sospecha y, si continúo hablando, lo anunciará el piloto antes de aterrizar. No hace falta repetirlo para convertirlo en una condena.

Tomé una galleta, aunque apenas pude darle dos mordiscos. Mi amiga cubrió mi mano con la suya y suavizó la voz.

—No voy a obligarte a volver ni a llamar a nadie.

Llegaremos a Málaga, de ahí en coche a Rota, dormirás en tu cama y mañana empezaremos a resolver un problema cada vez.

Primero, conseguir comida. Después, avisar a tu madre.

Más adelante, ya veremos qué hacemos con el padre irresponsable, la novia de las palomas y el tío irresistible.

—Lo cuentas y parece una comedia.

—Cariño, volamos desde Escocia con un embarazo y una boda cancelada. Si no nos reímos, alguna plataforma comprará los derechos y lo hará por nosotras.

Solté una carcajada que terminó mezclada con lágrimas. Laia me pasó una servilleta, fingió no advertirlas y reclamó otra bolsa de galletas a una azafata.

Horas después, cuando el avión inició el descenso, la luz de Málaga se extendió bajo nosotros y el Mediterráneo ocupó la ventanilla.

Coloqué una mano sobre el vientre, consciente de que regresaba con muchas más preguntas que al salir.

No quería elegir entre olvidar a Cameron o luchar por él. Tampoco sabía qué lugar ocuparía Ewan en nuestra vida.

Lo único que sabía era que tenía miedo, pero también esperanza. Mucha esperanza.

Miedo por la situación a la que me enfrentaba tras haberme enamorado y renunciar al amor.

Esperanza porque una nueva vida crecía inexorablemente en mi vientre y eso me hacía feliz, muy feliz, pese al enorme caos que me rodeaba.

De Málaga a Rota, Laia intentó hacerme reír como unas mil veces. De entre todas las terapias posibles yo, que era fisioterapeuta, siempre la elegiría a ella; a la mejor amiga del globo.