Capítulo 25
Dormí poco y mal. Cada vez que cerraba los ojos regresaban la cara de Cameron al conocer la noticia, los gritos de Moira y la confesión de Ewan ante toda la familia; cuando conseguía apartarlos, aparecía Morag preguntándome por el embarazo con la misma sencillez con la que habría pedido que le sirvieran agua.
Laia tampoco descansó demasiado. La oí levantarse varias veces en la habitación contigua y, poco después de las siete, llamó a mi puerta con dos tazas de té y el convencimiento de que debíamos marcharnos antes del desayuno.
—He estudiado las rutas de evacuación —me anunció mientras dejaba una taza sobre la mesilla—. Si salimos por la puerta principal, tendremos que despedirnos. Si utilizamos la cocina, Elspeth nos detendrá. También podemos bajar las maletas por una ventana, pero estás embarazada y yo tengo dignidad.
—Nos despediremos.
—Eso significa lágrimas, reproches y una anciana intentando retenernos mediante una lesión de cadera.
—No pienso irme a escondidas después de todo lo que ha hecho por nosotras.
Laia se sentó a los pies de la cama y observó la maleta abierta. Apenas guardé la mitad de la ropa durante la noche; la otra continuaba repartida sobre una silla, dentro del armario y debajo de una almohada donde encontré un calcetín que llevaba dos días buscando.
—¿Y Cameron? —me preguntó.
Doblé una camiseta con más atención de la necesaria.
—También me despediré de él.
—No era esa la pregunta.
—Es la única respuesta que tengo.
Mi amiga quiso insistir, pero alguien llamó a la puerta antes de que pudiera hacerlo.
Cameron esperaba al otro lado, vestido con pantalón oscuro y una camisa azul cielo que le sentaba de maravilla; llevaba dos tazas más en una bandeja, prueba de que aquella casa pretendía resolver cualquier catástrofe mediante una sobredosis de té.
—Necesito hablar con vosotras antes de que os marchéis —nos pidió.
—Ya tenemos té —le informó Laia—. Si esto continúa, tendré que requisar un baño para uso exclusivo.
—La abuela quiere desayunar con todos. Ewan también está abajo.
—Qué reunión tan apetecible —valoró—. ¿Habrá prometidas traicionadas o hoy descansamos?
Cameron no respondió a la provocación. Dirigió la atención hacia mi equipaje y la preocupación le endureció las facciones.
—No tenéis que iros.
—Creo que es lo mejor —le expliqué.
—La situación es complicada, pero marcharte ahora no va a hacerla desaparecer. Mi abuela cuenta contigo para la rehabilitación y nosotros podemos organizarnos sin que tengas que renunciar a tus vacaciones.
—Ya no son unas vacaciones.
—Entonces quedaos unos días, al menos hasta decidir qué quieres hacer.
Laia me cedió la respuesta con un movimiento de la mano. Parte de mí deseaba aceptar, cerrar la maleta y fingir que aún podía recuperar las horas anteriores; la otra necesitaba alejarse de aquella casa antes de descubrir cuánto me dolía encontrar a Cameron en cada habitación.
—No puedo —admití—. Necesito ordenar mi cabeza y aquí no voy a conseguirlo.
Bajó la vista durante unos segundos. Después tomó mi maleta antes de que pudiera impedírselo y salió al corredor.
—Desayunad primero —nos pidió—. Si después seguís queriendo marcharos, Ewan os llevará a Fort Augustus.
Imaginaba que, si no nos llevaba él mismo, no era por falta de ganas. Cameron no parecía ni mucho menos enfadado conmigo.
Su rictus era muy serio porque la ocasión lo requería, pero no había reproche en él. Más bien era porque la despedida le dolía.
El comedor conservaba pocas señales del desastre. El mantel color vino desapareció, la sopera regresó a la cocina y Elspeth colocó un servicio nuevo, aunque dejó vacía la silla que había ocupado Moira.
Ewan desayunaba frente a ella con el rostro cansado y una sombra oscura bajo los ojos; cuando entramos, apartó el teléfono y se levantó.
—Buenos días.
—Eso está por decidir —le respondió Laia.
Morag presidía la mesa con un chal sobre los hombros y una expresión de profundo desagrado.
Había exigido vestirse antes de que llegáramos y sostenía la taza con ambas manos, dispuesta a impedir nuestra marcha mediante una combinación de autoridad y chantaje emocional.
—Así que pretendéis abandonarme —me acusó en cuanto tomé asiento.
—No te abandono. Tu familia buscará a otro fisioterapeuta.
—No quiero otro. Los profesionales que conozco suelen hablarme despacio y felicitarme por levantar una pierna. Tú me haces trabajar y luego me permites hacer trampas a las cartas.
—Solo porque todavía no he conseguido demostrarlas.
—Entonces tienes una investigación pendiente.
Intenté sonreír, pero la emoción me cerró la garganta. Morag extendió la mano por encima de la mesa y cubrió la mía.
—Esta es tu casa, Martina. No me importa qué ocurrió en España, quién se puso el perfume de quién ni cuántos idiotas hicieron falta para confundir una americana. Tú no has venido a hacernos daño.
Ewan bajó la cabeza. Cameron permaneció cerca del aparador, con los brazos cruzados y una taza intacta entre las manos.
—Gracias —conseguí responder—. Nunca olvidaré lo bien que me habéis tratado.
—Eso suena demasiado a despedida.
—Lo es por ahora, pero te llamaré para comprobar que haces los ejercicios.
—¿Por teléfono? ¿Pretendes rehabilitarme mediante amenazas internacionales?
—Puedo enviarte vídeos.
—Tengo noventa y nueve años, no una carrera en ingeniería.
Laia se inclinó hacia ella y le prometió que aprendería a realizar videollamadas, aunque fuese necesario movilizar a la Armada. La anciana aceptó a regañadientes y después me señaló el vientre con un dedo.
—Volverás. Tengo que conocer a ese otro pequeño que viene en camino y asegurarme de que no hereda el sentido común de su padre.
—Granny —protestó Ewan.
—Agradece que haya escogido una crítica tan leve.
Me incliné para abrazarla con cuidado. Sus brazos conservaron una fuerza inesperada y me sujetó durante unos segundos, con una mano cálida sobre mi espalda.
—No permitas que los errores de estos hombres decidan por ti —me aconsejó cerca del oído—. Sobre todo, no huyas de uno por culpa del otro.
Separarme de ella requirió más entereza de la que poseía.
Elspeth fue la siguiente; me hizo prometer que regresaría, me entregó una caja con comida para el trayecto y advirtió a Laia que no podía alimentar a una embarazada solo con patatas fritas.
Iona nos abrazó a las dos y pidió que la avisáramos cuando naciera el bebé. Y que el parto fuera genial.
Ewan recogió las maletas, pero pedí a Cameron que me concediera unos minutos antes de salir.
Nos dirigimos al pequeño despacho contiguo al vestíbulo, donde la puerta apenas amortiguaba la voz de Laia supervisando el equipaje y amenazando con registrar el coche en busca de futuras novias.
Cameron cerró y permaneció cerca del escritorio, aguardando. Tenía la mandíbula sombreada por una noche sin afeitar y el cansancio volvía más intenso el verde de sus ojos.
—Aún puedes quedarte —me recordó—. No tienes que resolverlo todo hoy.
—Precisamente por eso necesito irme.
—¿Y qué ocurrirá después?
—Volveré a España, seguiré con mis revisiones y decidiré cómo quiero que Ewan participe en la vida del bebé.
—¿Y qué pasa con nosotros?
La respuesta me obligó a apartar la atención. Desde el vestíbulo llegó la protesta de Laia porque alguien colocó su bolsa debajo de las demás y, durante unos instantes, deseé que entrara para ahorrarme aquella despedida.
—Olvídate de mí —le pedí—. Es lo mejor que puedo ofrecerte.
—No es una oferta especialmente generosa.
—No quiero hacerte más daño. Todo se ha mezclado hasta un punto que ya no sé distinguir lo que siento de lo que imaginé.
La sorpresa modificó sus facciones.
—¿Te has enamorado de mí?
—Por eso debes olvidarme.
—Esa conclusión no tiene ningún sentido.
—Estoy embarazada de tu sobrino. Vas a verlo en reuniones familiares, tu abuela ya lo considera parte de la casa y yo necesitaré hablar con su padre durante muchos años. No puedo pedirte que entres en medio de esto.
—No me estás dejando decidir.
—Porque quizás elegirías quedarte y no soportaría que algún día te arrepintieras.
Se acercó, pero detuvo el gesto antes de tocarme. La distancia entre ambos resultó más dolorosa que cualquiera de las palabras.
—¿Y tú no vas a arrepentirte de marcharte?
—Ya me estoy arrepintiendo.
Sus labios se curvaron en una sonrisa triste que desapareció enseguida. Levantó una mano y me acarició la mejilla con los nudillos; cerré los ojos, incapaz de fingir que aquel contacto no me afectaba.
—No puedo prometer que vaya a olvidarte —me confesó—. Tampoco puedo impedir que te marches. Solo te pido que no decidas por los dos para siempre.
Asentí, aunque no me atreví a prometerle nada. Me incliné hacia él y lo abracé; Cameron me rodeó con los brazos, hundió el rostro cerca de mi cabello y respiró hondo.
Permanecimos así hasta que Laia llamó dos veces a la puerta y anunció que Ewan llevaba cinco minutos dentro del coche, una espera suficiente para embarazar a otra turista.
Nos separamos a regañadientes. Antes de abrir, Cameron tomó mi mano y la apretó una vez.
—Llámame cuando llegues.
—Lo haré.
Ewan condujo de regreso a Fort Augustus. Laia ocupó el asiento trasero conmigo porque se negó a dejarme sola a su lado y dedicó buena parte del trayecto a corregirle la velocidad, las distancias de seguridad y hasta la forma de sujetar el volante.
Él aceptó las indicaciones sin discutir, quizás consciente de que había agotado su cupo de imprudencias para varios años.
Al llegar al alojamiento rural, descargó nuestras maletas y me pidió que me quedara un momento mientras mi amiga abría la puerta.
Permaneció junto al maletero, con las llaves en una mano y una incomodidad impropia del descaro que mostró desde nuestro primer encuentro.
—Quiero que me mantengas informado del embarazo —me solicitó—. De las revisiones, las ecografías y todo lo que ocurra. Sé que no he empezado muy bien, pero quiero estar presente.
—Lo haré. Necesitaremos hablar con calma cuando regrese a España.
—Sí. También tengo que resolver muchas cosas.
—Empieza por disculparte con Moira.
—No creo que acepte mis llamadas. Su madre me envió esta mañana un mensaje de ciento cuarenta y siete líneas y una factura provisional de las palomas.
Laia salió del alojamiento y cruzó los brazos.
—¿Has terminado?
—Casi. —Ewan volvió a mirarme y se frotó la nuca—. Hay otra cosa. Me gustas, Martina. Ya me gustaste aquella noche y me sigues gustando ahora.
—No compliques más esto.
—No pretendía hacerlo. Solo quería que lo supieras.
Después, para mi incredulidad, se echó a reír. No fue una carcajada alegre, sino la risa nerviosa de quien acababa de contemplar las ruinas de su vida y encontraba un detalle extrañamente liberador entre ellas.
—¿Qué te hace tanta gracia? —le pregunté.
—Que el embarazo me ha librado de la boda con Moira.
Laia avanzó hacia él antes de que yo pudiera responder.
—Entonces eres un pelele. Si necesitabas dejar embarazada a una mujer en otro país para librarte de tu prometida, no estabas preparado para casarte ni para vivir sin supervisión adulta.
—No he dicho que fuera un buen método.
—Ni siquiera es un método. Es una catástrofe con cigoto.
Ewan levantó ambas manos, aceptó el veredicto y regresó al coche. Se despidió de mí con la promesa de llamar al día siguiente; mi amiga, en cambio, entró en la casa sin dedicarle una palabra ni mirar atrás.
Apenas cerré la puerta del dormitorio, las fuerzas que sostuve durante toda la mañana desaparecieron.
Me senté en el borde de la cama y empecé a llorar con el rostro entre las manos. Laia dejó las maletas, se arrodilló frente a mí y esperó hasta que logré respirar sin que cada intento terminara en un sollozo.
—Lo quiero —admití—. Me he enamorado de Cameron.
—¿Me lo dices o me lo cuentas?
—Y le he pedido que se olvide de mí.
—Ya, porque tienes una habilidad extraordinaria para tomar la decisión más dolorosa y presentarla como sensatez.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que vuelva y le proponga formar una familia con el hijo de su sobrino?
—Quiero que luches por él. Lo demás se organizará después.
Negué con la cabeza y me sequé las lágrimas, aunque otras ocuparon enseguida su lugar.
—No puedo. Todo esto es un maldito lío escocés.
Laia se sentó a mi lado y me rodeó con un brazo.
—Pues tendremos que desenredarlo. Para algo hemos venido hasta las Highlands.