Capítulo 24
Desde la calle llegó el ruido del motor del coche. Un minuto después, los faros recorrieron los ventanales y desaparecieron al final del camino.
Morag negó despacio con la cabeza.
—Tantas horas escogiendo manteles para terminar sin novio antes del postre.
Nadie se rio. Cameron seguía sentado, con el tenedor en el suelo y el rostro vuelto hacia mí. La incredulidad inicial dio paso a una rigidez dolorosa que me impidió sostenerle los ojos más de unos segundos.
Ewan regresó al comedor sin su prometida. Tenía la respiración agitada y el cabello mojado por la lluvia que todavía caía desde los árboles.
—Se ha ido —nos comunicó.
—Esa parte la habíamos deducido —repuso su bisabuela.
—Quiero que sepáis que voy a hacerme cargo del bebé —añadió, dirigiéndose a mí—. No sé todavía qué significa eso ni cómo vamos a organizarlo, pero no pienso desaparecer. Es mi hijo y asumiré mi responsabilidad.
—Hablaréis mañana —decidió Laia—. Esta noche ya has provocado suficientes acontecimientos para llenar tres bautizos y un consejo de guerra.
Miré a Morag y sentí que la vergüenza me pesaba más que el cansancio.
—Perdóname. No quería traer todo esto a tu casa y mucho menos ahora, cuando deberías preocuparte solo por recuperarte. Nos iremos mañana por la mañana.
La anciana frunció el ceño.
—Yo no te he pedido que te marches.
—Pero necesito hacerlo. Esto ha sido demasiado.
—A mis años, pocas cosas son demasiado. Aunque reconozco que una novia abandonada, un embarazo secreto y Laia amenazando con introducir a alguien en una sopera han convertido la cena en algo más animado de lo previsto.
—Aun así, me iré mañana —insistí—. Gracias por todo lo que has hecho por nosotras.
Abandoné el comedor antes de que pudiera discutirlo. Crucé el vestíbulo, salí por la puerta lateral y bajé los escalones hacia el jardín, donde la tierra todavía desprendía el olor húmedo de la tormenta.
Necesitaba alejarme de la mesa, de Ewan y del mantel manchado; sobre todo, necesitaba dejar de recordar la cara de Cameron al escuchar que estaba embarazada.
Lo oí salir poco después. Cerró la puerta con cuidado y avanzó por el sendero hasta alcanzarme cerca del invernadero.
—Martina, espera.
Detuve el paso, aunque tardé en volverme. La americana se le había quedado dentro y llevaba solo la camisa, con las mangas dobladas y una mancha de vino cerca del puño. Parecía agotado, pero la confusión dominaba cualquier otro gesto.
—No entiendo nada —me confesó—. Hace unas horas me citaste en el jardín, estabas nerviosa y pensé que querías contarme algo sobre nosotros. Ahora descubro que estás embarazada de Ewan.
—Lo siento.
—No quiero otra disculpa. Necesito que me expliques qué ha ocurrido.
Respiré hondo y reuní los hechos en el orden más sencillo que encontré.
—Cuando desperté después de aquella noche en Rota, apenas recordaba nada.
Encontré esa americana en mi dormitorio, reconocí el perfume y conservaba mensajes enviados desde un teléfono desconocido.
Al principio creí que había estado con Ewan, pero, cuando llegamos aquí y volví a verte, todas las pistas parecieron señalarte a ti.
Parpadeó varias veces antes de comprender el alcance de mis palabras.
—¿Pensabas que el bebé era mío?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día en que nos recibiste en la destilería. Por eso no te dije nada al llegar.
—Pero, de ser así, me habría encantado saberlo.
—Lo siento. Vine hasta Escocia buscando a Ewan, pero después pensé que me había confundido de hombre y no sabía cómo explicártelo. Quise conocerte antes, averiguar quién eras… y cada día resultaba más difícil encontrar el momento.
—¿La conversación del jardín era para decírmelo?
Asentí.
Cameron se pasó una mano por la nuca y dio unos pasos hacia un banco mojado, aunque descartó sentarse al comprobar su estado.
La sorpresa cedió terreno a una herida más íntima, visible en la forma en que apretó la mandíbula antes de mirarme otra vez.
—No sabes cuánto lo lamento. Me gustas, me gustas mucho.
Aquello me dolió más que cualquiera de los gritos de Moira.
—También quería decirte que me gustabas —admití—, pero primero debía confesarte que creía estar embarazada de ti.
—Y entonces descubriste que el padre era mi sobrino, por el comentario de la americana.
—Y ahora sé que se llevó tu americana, utilizó tu teléfono y se puso tu perfume.
—Eso explica por qué me mirabas de aquella manera cada vez que mencionaba Rota —murmuró—. Y por qué me preguntabas por mi divorcio, por los hijos, por lo que habría hecho si…
Interrumpió la frase y volvió la cara hacia la casa. A través de los ventanales se distinguía a Ewan recogiendo los platos mientras Laia le señalaba algo con una autoridad que no prometía clemencia.
—No pretendía engañarte —le aseguré—. Estaba aterrada. Cuando empecé a conocerte, dejaste de ser un desconocido al que debía comunicarle un embarazo y te convertiste en alguien que me importaba. Eso lo complicó todo.
—Sí, lo ha complicado bastante.
—Perdóname.
Esta vez no rechazó la disculpa, aunque tampoco intentó aliviarla. Permaneció a unos pasos de mí, con los hombros vencidos por una noticia que no le correspondía y que, sin embargo, también le había alcanzado.
—¿Te gusta Ewan? —me preguntó al fin.
—No. Apenas lo conozco y, después de lo ocurrido, no sé siquiera si me cae bien. Es el padre de mi hijo; nada más.
Asintió y tomó aire antes de señalar la puerta.
—Deberías entrar. Hace frío y llevas el vestido húmedo por abajo.
—Mañana nos marcharemos.
—Hablaremos antes —me pidió—. Esta noche no puedo ordenar todo esto, pero no quiero que desaparezcas mientras dormimos.
Acepté, aunque ignoraba qué podía quedar por ordenar entre nosotros. Regresó a la casa primero y sostuvo la puerta para que pasara; al cruzar a su lado, reconocí el perfume que había iniciado toda aquella confusión.
Por desgracia, ya sabía con absoluta certeza que nunca había estado en mi dormitorio.
También comprendí que eso no impedía que fuese el hombre al que más daño acababa de hacer.