Un escocés para Martina Capítulo 23
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Capítulo 23

Entré en el salón cuando Elspeth acababa de anunciar que la cena estaba servida.

No había pasado un buen día. Me lavé la cara dos veces, cambié de vestido y ensayé ante el espejo una expresión que pretendía parecer normal, aunque Laia aseguró que recordaba a una delincuente poco habituada a los interrogatorios.

La organización de los asientos tampoco colaboró.

Morag ocupaba la cabecera, instalada en una silla alta con dos cojines y el andador a su derecha; Cameron se sentó frente a mí, Ewan quedó a mi lado y Moira escogió el lugar contiguo al suyo después de desplazar discretamente una silla que no le convenía.

Mi amiga ocupó el otro extremo, desde donde podía vigilar al futuro padre, a su prometida y cualquier posible salida de emergencia.

—Qué mesa tan bonita —celebró Moira mientras extendía la servilleta sobre su regazo—. El mantel tiene un tono precioso. Se parece muchísimo al burdeos imperial que elegimos para los detalles de la boda.

—Es rojo —la corrigió Morag—. Lleva en esta casa más años que tú y nunca ha aspirado a pertenecer a la realeza.

Elspeth sirvió una crema de verduras y consiguió entretenernos durante los primeros minutos con una discusión acerca de la cantidad de sal.

Morag consideraba que la comida para convalecientes estaba diseñada por personas enemigas del gusto; Cameron le recordó las indicaciones del hospital y ella sostuvo que llegar a los noventa y nueve años le concedía derecho a ignorar a cualquiera que todavía conservase sus propios dientes.

Me habría reído en otras circunstancias.

Aquella noche, sin embargo, apenas conseguía sostener la cuchara sin ser consciente de que Ewan estaba sentado a menos de medio metro.

No volvió la cabeza hacia mí ni una sola vez, pero mantenía los hombros rígidos, partía el pan en pedazos cada vez más pequeños y bebía agua con una frecuencia que habría preocupado a cualquier urólogo.

Cameron, en cambio, no dejaba de observarme.

No lo hacía de manera indiscreta. Levantaba los ojos cuando creía que yo no iba a advertirlo, demoraba la atención unos segundos y regresaba al plato en cuanto lo descubría.

Su desconcierto resultaba evidente desde el incidente de la americana en el jardín; esperaba una explicación sobre la conversación que quise mantener con él y mi segundo mareo en poco tiempo. Además, debía de preguntarse por qué me encerré con su sobrino poco después.

Laia percibió el intercambio y me lanzó una mirada de advertencia desde el otro extremo.

Luego señaló a Cameron con la cuchara, me señaló a mí y contrajo el rostro en una mueca que significaba “haz algo”.

Respondí con una mínima negación, porque no estaba preparada para afrontar otra confesión en el mismo día y, sobre todo, porque necesitaba averiguar primero qué pretendía hacer el hombre sentado a mi lado.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó Cameron cuando Elspeth retiró los cuencos.

Todas las cabezas se volvieron hacia mí, incluida la de Ewan.

—Sí, solo estoy cansada. Pero ya bien.

—Llevas un rato sin probar la comida.

—La he probado.

—Has removido la crema hasta enfriarla —precisó, dejando los cubiertos sobre el plato—. No es exactamente lo mismo.

—Tal vez no le gustaba —intervino Moira—. A mí me pareció deliciosa, aunque le habría añadido un poco de nata y unas semillas. En el menú de la boda tendremos una parecida, pero servida en vasitos. No será crema, claro, porque resulta demasiado informal; será un sorbo de calabaza.

—¿Y si alguien quiere beber más de un sorbo? —le preguntó Morag.

—Podrá coger otro.

—Entonces serán dos sorbos de calabaza. Una cena inolvidable.

La aparición de una fuente de pescado desvió la conversación, pero no alivió la atención que Cameron me dedicaba.

Preguntó si tenía calor, si el dolor de cabeza había regresado y si quería que abrieran una ventana.

Contesté a todo con una paciencia que disminuía a la misma velocidad que la de Laia, quien terminó por clavarle una mirada severa.

—Está bien —le aseguró—. Martina pone esa cara cuando tiene muchas cosas en la cabeza.

—Parece que las tiene también en el estómago —apuntó Morag.

La cuchara de mi amiga chocó contra el borde del vaso.

—¿Perdón?

La anciana cortó un trozo de pescado, lo examinó y lo apartó porque encontró una espina minúscula. Después levantó la atención hacia mí con la naturalidad de quien se dispone a preguntar si desea alguien más pan.

—¿Qué tal va tu embarazo, querida?

Laia expulsó la sopa que todavía conservaba en la boca, aunque la crema pertenecía al plato anterior y nadie entendió dónde consiguió almacenarla durante tanto tiempo.

Parte aterrizó sobre el mantel; otra alcanzó la manga de Ewan, que ni siquiera reaccionó, pues su rostro acababa de adquirir el mismo color del vino servido junto a su plato.

Cameron dejó caer el tenedor. El metal golpeó la porcelana, rebotó sobre la mesa y terminó en el suelo, pero no se agachó a recogerlo.

Tenía los labios separados, una mano cerrada alrededor de la servilleta y los ojos puestos en mí con una mezcla de incredulidad y algo más difícil de soportar.

Moira tardó dos segundos en comprender la pregunta y otros tres en iluminarse.

—¡Estás embarazada! —gritó con tal entusiasmo que Su Majestad se llevó una mano al audífono—. ¡Qué maravilla! ¡No sabía que tuvieras novio!

Elspeth apareció desde el pasillo atraída por el estruendo, contempló la sopa sobre el mantel y decidió permanecer cerca. Iona, que traía una cesta de pan, retrocedió hasta quedar protegida por el marco de la puerta.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunté a la anciana, aferrada a una cuestión inútil porque las verdaderamente importantes podían incendiar la casa.

—He criado hijos, nietos y bisnietos. Reconozco a una embarazada cuando la veo rechazar vino, quedarse dormida después del almuerzo y mirar el pescado con deseos de denunciarlo. Además, llevas varios días tocándote el vientre cada vez que te preocupas. Y, para colmo, ese mareo de hoy.

Bajé la mano. La había colocado allí sin darme cuenta.

—Podías habérmelo preguntado en privado.

—Lo intenté esta tarde, pero Moira entró en mi dormitorio para enseñarme fotografías de centros de mesa. Después pensé que quizás todos debíamos conocer la noticia, puesto que lleváis una semana comportándoos como miembros de una compañía de teatro pésima.

—Granny —la reprendió Cameron, sin apartar la atención de mí—, esto no es asunto nuestro.

—Todavía no sabemos de quién es asunto.

—¡Qué emoción! —Moira juntó las manos debajo de la barbilla—. ¿De cuánto estás? ¿Sabes ya si es niño o niña? ¿Tu novio es español? ¡Podrías casarte antes de que nazca! No conviene esperar demasiado por el vestido, porque luego resulta dificilísimo disimular la barriga.

Laia se limpió la boca y me miró con desesperación.

—Perdona —murmuró—. He fallado en mi única misión.

—¿Qué misión? —quiso saber Cameron.

—Conseguir que nadie escupiera durante la cena.

Ewan continuaba mirando su plato. Tenía una mancha de crema en la manga, los nudillos blancos y una gota de sudor cerca de la sien. Deseé obligarlo a levantar la cabeza, pero también quise salir de allí antes de que la pregunta inevitable encontrase voz.

Morag se encargó de formularla.

—¿Quién es el padre?

—Eso no tienes que preguntárselo —protestó Cameron.

—Alguien tendrá que hacerlo, porque aquí nadie parece dispuesto a pronunciar una palabra útil.

—Yo… —empecé, aunque la garganta se me cerró antes de completar la frase.

—Soy yo.

La voz de Ewan sonó baja, pero alcanzó cada rincón del comedor. Alzó por fin el rostro y miró primero a su bisabuela, después a Cameron y, al final, a la mujer con la que planeaba casarse.

Moira conservó las manos unidas durante unos segundos, con la sonrisa todavía dibujada; luego las separó despacio y se volvió hacia él.

—¿Qué acabas de decir?

—El bebé es mío —repitió—. Martina y yo estuvimos juntos una noche en España.

La alegría abandonó la cara de su prometida. Sus facciones parecieron reorganizarse hasta dar paso a una expresión que no le conocíamos y que, por primera vez desde su llegada, no tenía nada de distraída ni superficial.

—¿Una noche? —pronunció cada palabra con un cuidado feroz—. ¿La noche del pub? ¿La que no conseguí localizarte?

Ewan abrió la boca, pero no encontró una respuesta capaz de mejorar aquello.

—¡Eres un hijo de puta!

Iona dejó caer la cesta de pan. Moira se levantó con tanta fuerza que la silla arañó el suelo y estuvo a punto de volcar. El rubor le cubría el cuello, respiraba por la boca y apretaba los puños contra la falda rosa pálido que esa mañana parecía diseñada para una audiencia real.

—¡Llevamos mil años juntos! —le gritó—. ¡O casi! Mi madre ha encargado trescientas cincuenta servilletas bordadas con nuestras iniciales, he probado veinte tartas y llevo seis meses buscando un tartán que no haga parecer enfermos a los padrinos. ¿Y tú te acuestas con una desconocida en España?

—Moira, déjame explicártelo.

—¿Explicarme qué? ¿Que tropezaste y aterrizaste desnudo en su cama? ¡Maldito cerdo, embustero y… y escroto con piernas!

Laia se inclinó hacia mí.

—Reconozco que esa última ha tenido mérito.

—No es el momento.

—No, pero ha tenido mérito.

Moira giró la cabeza al oírnos y dirigió toda su furia hacia mí.

—Y tú… ¿Viniste hasta aquí para buscarlo? ¿Te instalaste en casa de su familia sabiendo que estaba prometido? ¿Te pareció divertido sentarte a mi lado mientras te hablaba de la boda?

—No sabía que era él hasta esta tarde —le expliqué, levantándome también—. Creía que el padre era otra persona.

Cameron contrajo el rostro y algo cambió en su expresión, aunque la conmoción general no permitió detenerse en ello.

—¡Claro! —se burló Moira—. No sabías quién te dejó embarazada, pero decidiste recorrer media Europa para averiguarlo. Qué historia tan elegante.

—Cuidado —le advirtió Laia desde su asiento.

—¿Cuidado con qué? ¿También vas a escupirme?

Mi amiga apartó la servilleta, se puso en pie y rodeó la mesa. No levantó la voz; tampoco fue necesario.

—Puedes insultar a tu novio durante toda la noche y, si necesitas vocabulario, te presto una lista. A Martina no vuelves a faltarle al respeto. Llegó aquí buscando al hombre que creía responsable, no sabía que Ewan tenía novia cuando estuvo con él y acaba de descubrir la verdad hace unas horas.

—¡Estás en mi país y en la casa de mi familia política!

—Soy sargento de la Armada española. Las fronteras no me quitan las ganas de defender a una amiga y esta familia todavía no es política tuya; después de lo que acabamos de oír, lo mismo las servilletas bordadas terminan convertidas en trapos para el polvo.

—Laia —le pedí, sujetándola por el brazo.

—Estoy siendo diplomática. Si dejo de serlo, Elspeth tendrá que explicar a los sanitarios por qué una novia cabe dentro de una sopera.

La aludida examinó el enorme ramo colocado en el comedor y asintió con prudencia, quizás calculando las dimensiones.

—¡Esto es una locura! —Moira recogió el bolso del respaldo y señaló a Ewan con un dedo tembloroso—. La boda se acabó. ¿Me oyes? ¡Se acabó! Y vas a pagar hasta la última factura, incluidas las palomas.

—¿Qué palomas? —le preguntó él, desconcertado.

—¡Las de la salida de la iglesia!

—Me dijiste que serían pétalos.

—¡Mamá cambió de opinión el martes!

—Me parece una decisión sensata —intervino Morag—. Al menos las palomas se han librado.

Moira soltó una blasfemia que logró elevar las cejas de la anciana y salió del comedor.

Ewan la siguió hasta el vestíbulo, donde continuaron los gritos, el ruido de maletas arrastradas y una discusión acerca de quién debía llamar al conductor.

La puerta principal se cerró con tal violencia que varias copas vibraron en la vitrina.