Un escocés para Martina Capítulo 22
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Capítulo 22

Subí al dormitorio al rato de volver en mí. Crucé el vestíbulo, recorrí la escalera y cerré la puerta con las manos todavía aferradas al sobre de la ecografía, cuya esquina quedó doblada dentro del bolsillo.

Laia entró detrás de mí y echó el pestillo.

Había abandonado su puesto de vigilancia en cuanto me vio alejarme, aunque necesitó librarse primero de Morag, que quería saber si las negociaciones matrimoniales habían fracasado por culpa de la lluvia.

O si había sido su insistencia la culpable de mi desvanecimiento.

—No te voy a preguntar si estás bien porque tienes cara de haber descubierto que el monstruo del lago Ness lleva tus cuentas bancarias —me anunció, acercándose—. Cuéntame exactamente qué ha pasado ahí fuera.

—Ewan llevaba la americana aquella noche. La de su tío. Fue él quien la llevó a mi casa.

—La dejó en tu dormitorio —concluyó, y la crudeza de la respuesta borró cualquier posibilidad alternativa—. Y eso significa…

Me quité el chubasquero, saqué la ecografía y la deposité sobre la cómoda. Necesitaba ordenar los hechos, pero cada recuerdo abría una duda nueva.

—Yo estaba segura de que era Ewan antes de venir —le recordé—. No tuve ninguna duda hasta que conocimos a Cameron, le devolvimos la americana y…

—Lo sé. Tampoco le preguntamos si se acostó contigo.

Laia recorrió el dormitorio, se detuvo ante la cómoda y observó la imagen que llevaba semanas viajando con nosotras.

Ya no bromeaba. El cambio afectaba al padre del bebé, pero también a cuanto empezó a surgir entre Cameron y yo; había estado a punto de anunciarle un hijo que podía pertenecer a su sobrino, mientras su prometida paseaba a pocos metros pensando en flores color marfil antiguo.

—Necesitamos hablar con Ewan antes de sacar conclusiones —resolvió—. A solas, sin su novia, sin su tío y sin una anciana organizando un bautizo desde la planta baja.

—Moira no lo pierde de vista.

—Eso déjamelo a mí. Le preguntaré por la boda y, cuando empiece a hablar, tendrás un buen rato garantizado.

—¿Y Cameron?

—Está con su abuela. Después del ejercicio pensaban revisar la medicación con Elspeth. Solo tienes que encontrar al otro y preguntarle dónde terminó aquella noche.

La posibilidad de formular la pregunta me revolvió el estómago.

Hasta entonces pude protegerme detrás de indicios, lagunas y suposiciones; enfrentarme a Ewan significaba escuchar una respuesta definitiva, quizás admitir que viajé hasta Escocia buscando al hombre correcto y lo confundí después con otro por una cadena de objetos prestados.

—¿Y si lo admite?

—Le cuentas lo del embarazo.

—Está prometido.

—También lo estaba cuando fue a tu casa. Ese problema es suyo y de Moira; el bebé, en cambio, es tuyo y tiene derecho a saber que existe.

La firmeza de su respuesta me ayudó a levantarme. Guardé la ecografía en el bolso, me lavé la cara y esperé junto a la puerta mientras mi amiga bajaba a preparar la distracción.

Cinco minutos después me envió un mensaje: “Objetivo rosa localizado. Voy a preguntarle si el champán combina con el marfil prehistórico. Sal ahora”.

Encontré a Moira en el salón con tres muestrarios extendidos sobre la mesa y a Laia inclinada sobre ellos, fingiendo un interés heroico.

La novia explicaba que el verde eucalipto no debía confundirse con el verde salvia, pues uno tenía un matiz frío que podía perjudicar las fotografías.

Ewan aprovechó la conversación para escapar por una puerta lateral y se dirigió hacia la parte trasera de la casa con dos tazas vacías.

Lo seguí hasta una pequeña despensa situada junto a la cocina. Depositó la vajilla en una bandeja, abrió un armario en busca de café y se volvió al oírme entrar.

La expresión con la que me recibió cambió al reconocerme; el rubor le cubrió las mejillas y llegó hasta las orejas antes de que pronunciara una sola palabra.

—Tenemos que hablar —le advertí, cerrando la puerta.

—Lo imaginaba.

—¿Estuviste en mi casa aquella noche?

Bajó la vista hacia la taza que aún sostenía y pasó el pulgar por el borde. No trató de ganar tiempo mediante una broma ni fingió no entender a qué me refería; asintió y dejó la porcelana sobre la bandeja antes de contestarme.

—Sí. Claro que estuve…

La confirmación me obligó a sujetarme al tirador de la puerta. No necesitaba reconstruir más: él envió los mensajes, subió a mi dormitorio y salió de allí dejando la americana.

—¿Tú no lo recuerdas? —me preguntó, desconcertado—. Pensé que solo evitabas hablar del tema. Vaya chasco…

—¿Un chasco?

—No quería expresarlo así. Solo… creía que lo recordabas.

—Se frotó la nuca y retrocedió hasta el mueble—.

Pensarás que soy un sinvergüenza porque tengo novia, y no voy a defenderme.

Lo que hice estuvo mal. Moira y yo pasábamos una época complicada, bebí demasiado y tú me gustaste desde que llegamos al bar.

—No voy a entrar en tu relación. ¡Maldito seas, Ewan! ¿Cómo no me lo dijiste antes?

—¿Cuándo? Desde que aparecisteis en Fort Augustus apenas conseguí hablar contigo a solas. Además, actuabas de una forma extraña cada vez que me acercaba y pensé que te arrepentías. Luego te vi con Cameron, vi cómo lo mirabas y entendí que habías venido por él.

—Vine a buscarte a ti.

—¿A mí? ¿Y qué pretendías?

—Nada de esto tiene sentido. Quien me escribió desde la calle utilizó el teléfono de Cameron.

—Lo utilicé yo.

—¡El mensaje salió de su número!

—Mi móvil se estaba quedando sin batería y me llevé el suyo cuando te seguí, por eso le cogí la americana: lo tenía en el bolsillo. Todos habíamos bebido mucho. Por la mañana, se lo devolví con la conversación borrada. Pero no había ni rastro de la chaqueta. Normal…

Recordé la pantalla iluminada junto a mi cama, los mensajes enviados a una hora que no volví a revisar y la llamada que realizamos semanas después desde Fort Augustus. El número siempre perteneció a Cameron, pero la persona que lo utilizó aquella noche fue Ewan.

—Y el perfume —añadí, aferrándome al último detalle—. Olías igual que él. Reconocí ese aroma en cuanto Cameron me saludó.

Su desconcierto cedió ante una comprensión tardía.

—También utilicé el suyo.

—¿Qué?

—El perfume. Estaba en el baño de nuestro alojamiento. Mi tío siempre ha tenido mucho gusto y…

Lo contemplé sin poder aceptar la precisión de aquel desastre. El teléfono era de su tío, la americana era de su tío y el perfume también; no conservaba ni un solo objeto propio que permitiera distinguirlo de otro hombre después de una noche que el alcohol borró casi por completo.

—¿No tienes nada tuyo? —le espeté—. ¿Saliste vestido con tu ropa al menos o también se la pediste a Cameron?

La culpa deformó un instante su expresión, aunque se refugió en el humor con la misma facilidad que mostraba desde que nos reencontramos.

—Tengo una novia muy pija y bastante pesada. Esa sí es mía.

—¡No quiero bromas!

El tono de mi voz lo hizo abandonar cualquier intento de quitarle gravedad a la conversación. Cerró el armario que dejó abierto y avanzó un paso, pero levanté una mano para impedir que se acercara.

—Tienes razón —admitió—. Perdona. Estoy nervioso y digo estupideces cuando no sé qué hacer.

—Pues empieza por escucharme, porque no crucé media Europa solo para devolver una americana.

—¿Qué ocurre?

La ecografía seguía dentro del bolso, pero no necesité sacarla. Llevaba semanas imaginando una confesión cuidadosa, con explicaciones, fechas y tiempo para asimilarla; después de descubrir todas las mentiras involuntarias que construyó aquella noche, las palabras salieron sin ningún adorno.

—Estoy embarazada.

Me observó varios segundos, incapaz de relacionar la noticia conmigo, con él o con la conversación que manteníamos.

Sus ojos descendieron hacia mi abdomen y volvieron a mi cara, mientras la boca se le entreabría sin llegar a formular una respuesta.

—¿De quién? —consiguió preguntarme.

La bofetada sonó antes de que pensara en darla. Mi palma le cruzó la mejilla y le volvió la cara hacia un lado; el golpe me dolió en los dedos, aunque la rabia impidió que retirara la mano con rapidez.

—¡De ti!

Ewan llevó una mano a la zona enrojecida y me miró con los ojos muy abiertos.

—Lo siento. Dios, lo siento… No quería preguntarte eso. Me he quedado en shock y no he entendido nada.

—¿Qué parte no entiendes? Estuviste en mi casa, nos acostamos y ahora estoy embarazada. No existe un acertijo.

—Pero usamos preservativo. Siempre lo uso.

—Encontré un envoltorio. No tengo ningún recuerdo que me permita certificar lo bien que lo utilizaste ni si ocurrió más de una vez.

—Joder, eso también es verdad. Íbamos hasta arriba de alcohol.

El color desapareció de su rostro. Buscó una silla, pero la despensa no ofrecía ninguna, de modo que apoyó ambas manos sobre la mesa y respiró varias veces antes de volver a hablar.

—¿De cuánto estás?

Le respondí, hizo el cálculo y cerró los ojos. La fecha coincidía, y ambos lo supimos sin necesidad de consultar un calendario.

Después quiso saber si estaba bien, si el embarazo evolucionaba con normalidad y si ya me atendía un médico; las preguntas se atropellaban, mezcladas con disculpas y frases que dejaba sin terminar.

—El bebé está bien —le aclaré—. Yo también. Vine para encontrarte y contártelo, pero cuando llamamos al número respondió Cameron.

—Mi tío no sabe que fui a tu casa.

—¿Seguro?

—No se lo conté. No podía admitir que engañé a Moira después de pasar toda la noche escuchándolo hablar de su divorcio.

—¿Y tampoco se te ocurrió aclararlo cuando nos viste en Fort Augustus?

—Me asusté. —Por primera vez, su descaro desapareció por completo—. Pensé que venías a buscarme, pero enseguida te vi con él y decidí que me equivocaba. Luego aparecía Moira en cada conversación sobre la boda, tú no mencionabas Rota y yo preferí creer que querías olvidarlo.

—Preferiste lo más cómodo para ti.

—Sí.

La admisión no me alivió. Saqué la ecografía y la dejé sobre la mesa, entre las tazas vacías. Se inclinó hacia la pequeña imagen gris, pero no se atrevió a tocarla; leyó mi nombre, la fecha y las semanas de gestación, luego retrocedió con una respiración quebrada.

—¿Ese es…?

—Tu hijo.

La palabra terminó de desarmarlo. Se cubrió la boca con una mano y volvió a mirar la fotografía, atrapado entre la incredulidad y un miedo que no sabía esconder.

Quiso pedirme perdón otra vez, pero negué con la cabeza; no estaba preparada para consolarlo ni para convertir su desconcierto en el centro de aquella conversación.

—Necesito salir de aquí —le advertí—. No le cuentes nada a nadie hasta que decida qué hacer.

—Martina, espera. Tengo que…

—Tienes que pensar. Yo llevo semanas haciéndolo.

Abrí la puerta y regresé al corredor. Desde el salón llegaba la voz de Moira describiendo el tamaño exacto que debían tener las cintas de las invitaciones, mientras Laia respondía con preguntas cada vez más extravagantes para retenerla.

Pasé junto a ellas sin detenerme y subí la escalera, momento en el que mi amiga le cortó el rollo a la otra, dejándola con la palabra en la boca.

Me alcanzó dentro del dormitorio y cerró la puerta.

—¿Era él?

Asentí. No encontré una manera menos brutal de pronunciarlo.

—Fue Ewan. Subió a mi casa, utilizó el teléfono de Cameron, se puso su perfume y se llevó su americana. Todo era prestado, Laia. Cada maldita pista pertenecía a otro hombre.

Se sentó a mi lado y me tomó ambas manos. Durante unos segundos permanecí concentrada en el escozor de la palma con la que lo abofeteé, hasta que la magnitud del descubrimiento terminó de imponerse.

Había viajado buscando a Ewan, me convencí después de que Cameron era el padre y empecé a enamorarme del hombre equivocado dentro de una familia que ya me recibía como una más de los suyos.

—¿Se lo has contado? —me preguntó.

—Sí. Lo primero que hizo fue preguntarme de quién.

—Dime que le has cruzado la cara.

Le enseñé la mano enrojecida.

—¡Gracias a Dios! Por un instante temí que el embarazo te hubiera vuelto demasiado pacífica.

La broma apenas consiguió arrancarme una exhalación. Apoyé las manos sobre el vientre, todavía plano bajo la ropa, y contemplé la ecografía que recogí de la despensa.

—¿Qué voy a hacer ahora?

—Lo mismo que antes: cuidar de ti y del bebé. Lo demás tendrá que esperar hasta que puedas pensarlo sin querer asesinar a un escocés con objetos prestados.

La certeza se asentó despacio, reorganizando cada recuerdo y destruyendo todos los planes que imaginé durante aquellos días. Ewan era el padre de mi bebé.