Capítulo 21
La tormenta de verano llegó después del desayuno y descargó sobre la finca durante casi una hora, con truenos que hicieron vibrar los cristales y una lluvia tan intensa que ocultó los jardines.
Morag contempló el espectáculo desde su butaca, acompañada por Elspeth y una baraja, mientras Moira recorría la casa preguntando si aquel tiempo era normal en agosto y si existía alguna garantía de sol para un rato después.
A media mañana, las nubes comenzaron a dispersarse y una claridad brillante devolvió el color a los árboles.
El agua corría por los canalones, las hojas despedían gotas con cada ráfaga y sobre el césped aparecieron pequeños charcos que reflejaban el cielo.
Aproveché el cambio para enviarle a Cameron un mensaje breve:
Yo: “¿Puedes reunirte conmigo en el jardín dentro de diez minutos? Tengo que contarte algo”.
La respuesta llegó de inmediato.
Él: “Claro. Te espero junto al invernadero”.
Escribir aquellas palabras sin añadir ninguna explicación me produjo más miedo que todos los intentos anteriores.
Esta vez no podría fingir que solo quería pasear, preguntarle por la destilería o saber cómo se encontraba su abuela; lo cité expresamente para hablar y llevaba la ecografía dentro del bolsillo del chubasquero, protegida por el sobre y una funda de plástico.
Laia entró en mi dormitorio sin llamar y me descubrió comprobando por tercera vez que la imagen seguía allí.
—¿Vas a hacerlo de verdad o has organizado otra excursión para que la fresa, proyecto de melón, conozca los jardines?
—Voy a contárselo.
—Repítelo, que quiero disfrutar del momento.
—Voy a contárselo, pesada.
Abrió los brazos y me estrechó con tanto ímpetu que estuvo a punto de arrugar el sobre.
Después me separó para examinarme, cerró la cremallera del chubasquero hasta la mitad y me retiró una pequeña pelusa del hombro, ejerciendo de asistente personal para una ceremonia que llevaba esperando desde que salimos de Rota.
—Estaré pendiente desde la casa —me anunció—. Si se desmaya, le levanto las piernas; si intenta huir, lo intercepto; si reacciona mal, lo encañono.
—No tienes el arma aquí.
—Soy militar. Puedo resultar amenazadora con objetos domésticos.
—No vas a espiarnos.
—No necesito espiar. Las ventanas dan al jardín y tengo una vista excelente. Además, Morag querrá saber si debe llamar al párroco antes del almuerzo.
Me senté un momento en el borde de la cama, incapaz de evitar que todas las posibles reacciones se agolparan en mi cabeza.
Cameron podía alegrarse, enfadarse o sentirse engañado por mi demora; quizás dudara de mí, quisiera una prueba de paternidad o necesitara alejarse para entender la noticia.
También existía la posibilidad de que aquel hombre atento, familiar y deseoso de tener hijos recibiera al bebé con la misma ternura que mostraba hacia todos los suyos.
—¿Y si lo estropeo todo? —le pregunté.
—Lo que puede estropearlo es que se entere cuando tu hijo le pida dinero para la universidad.
—Hablo en serio.
—También yo. Lo has conocido, te gusta y sabes que quería ser padre, pero ninguna de esas cosas cambia que tiene derecho a conocer la verdad.
Es maduro, aunque está bien bueno, hay que reconocerlo.
Después podrá reaccionar y tú decidirás qué haces con su respuesta.
Llevas días intentando controlar una conversación que aún no ha empezado.
Asentí, abrí el bolsillo y toqué el sobre una vez más. Mi amiga me condujo hacia la puerta, aunque antes de dejarme salir levantó un dedo con una última advertencia.
—Si en algún momento te falta valor, recuerda que cruzamos Escocia conduciendo por la izquierda para llegar hasta él. No pienso volver a Fort Augustus con el secreto intacto; tendré que tirarte al lago Ness y explicar a Borja que fue un accidente diplomático.
Bajé por la escalera y atravesé el vestíbulo sin detenerme en el salón.
Morag me vio pasar y preguntó adónde iba con tanta prisa; Elspeth respondió que las jóvenes también necesitaban asuntos privados, pero la dueña de la casa concluyó que por fin empezaban las negociaciones matrimoniales y exigió que alguien acercara su silla a una zona con mejores vistas.
Salí por la puerta lateral. El aire olía a tierra mojada y a las plantas del invernadero, cuya estructura de hierro conservaba gotas en cada cristal.
Caminé por el sendero procurando evitar los charcos, mientras el sobre rozaba mi cadera desde el bolsillo y marcaba cada paso con su presencia.
Cameron esperaba bajo un cedro, cerca de la entrada de la galería.
Llevaba pantalones oscuros, una camisa clara y la americana que reconocí antes incluso de distinguir los detalles.
La prenda permaneció semanas guardada en mi casa, viajó dentro de una funda hasta Escocia y terminó en sus manos el día que fuimos a la destilería; verla de nuevo, justo cuando iba a contarle que esperaba un hijo, me pareció una coincidencia demasiado precisa para ignorarla.
Aquella americana era el principio de todo.
Me acerqué con una emoción que volvía torpes mis movimientos. La tormenta acababa de pasar, la casa permanecía a nuestras espaldas y él llevaba la prueba que orientó mi búsqueda hasta allí.
Incluso Laia, enemiga declarada de cualquier romanticismo, tendría que admitir que el destino estaba exagerando las señales para impedir otra retirada.
—Hola —me saludó, adelantándose unos pasos—. He pensado que quizás querrías hablar bajo techo, pero después de tu mensaje no sabía si debía esperar dentro.
—Aquí está bien. Necesito aire.
—¿Ha ocurrido algo?
La preocupación apareció en su voz antes de que pudiera empezar. Negué con la cabeza y saqué una mano del bolsillo, aunque mantuve la otra alrededor del sobre.
—No ha ocurrido nada hoy. Se trata de Rota y de aquella noche. Llevo intentando explicártelo desde que llegamos a las Highlands, pero siempre surge algo y después…
—¡Aquí estabais!
La voz de Moira cruzó el jardín y detuvo mi confesión cuando apenas conseguía encaminarla.
Se acercaba por el sendero cogida del brazo de Ewan, protegiéndose de las gotas que caían de los árboles con un paraguas de cuadros.
Él no parecía especialmente satisfecho con el paseo; llevaba una cesta para recoger flores en una mano y los zapatos manchados de barro.
—Creo que quieren hablar a solas —le recordó a su prometida.
—Solo vamos a saludar. No podemos pasear por una casa llena de gente fingiendo que nadie existe.
Laia apareció detrás de uno de los cristales del invernadero y levantó ambas manos, preguntándome mediante gestos si necesitaba que interviniera.
Le indiqué que se marchara, pero interpretó mi movimiento de otra manera y se agachó para observarnos desde una posición menos visible. Su discreción militar necesitaba una investigación interna.
Moira llegó hasta nosotros, cerró el paraguas y me preguntó si también salí a comprobar los daños causados por la tormenta.
Antes de que respondiera, reparó en la ropa de Cameron y acarició la solapa con una familiaridad que me molestó más de lo razonable.
—¡Me encanta tu chaqueta! —celebró—. Siempre llevas prendas preciosas. Ewan debería pedirte consejo, porque se empeña en conservar una cazadora que compró durante la universidad.
—Esta tiene unos cuantos años —le respondió Cameron, apartándose lo suficiente para que la mano de Moira abandonara la tela—. De hecho, pensé que la perdí en España.
La mención atrajo la atención de todos. Presioné el sobre dentro del bolsillo y observé la americana, recordando el instante en que se la entregué en la destilería.
Hasta entonces no hablamos con detalle de cómo llegó a mi dormitorio; él bromeó con que cruzamos medio continente para devolvérsela y su perfume completó una explicación que ambas aceptamos sin formular más preguntas.
—¿La perdiste allí? —quiso saber Moira.
—Sí. Creí que no volvería a verla, pero Martina y Laia la encontraron y se tomaron la molestia de traerla hasta las Highlands.
—Eso es muchísima molestia por una chaqueta —valoró ella, dirigiéndome una sonrisa cuya amabilidad no alcanzó los ojos—. Podríais haberla enviado.
—No viajamos por la americana —le aclaré.
—Claro que no. Solo decía que habría sido más sencillo.
Ewan soltó una exclamación y señaló la prenda, sorprendido por algo que acababa de comprender.
—Entonces era esa.
Su tío se volvió hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—La culpa fue mía. Te la cogí aquella noche al salir del pub. Después no recordaba dónde la dejé.
El jardín perdió de golpe cualquier belleza. Dejé de oír las gotas que caían sobre el sendero, la explicación de Moira acerca de lo fácil que resultaba extraviar una prenda después de beber y la voz de Cameron preguntando por qué nunca le contó que se la llevó.
Mis dedos se cerraron alrededor del sobre hasta doblar una de sus esquinas.
Ewan tenía la americana aquella noche. Y la americana apareció en mi dormitorio.
No quería precipitarme, pero el corazón se me puso al galope. De pronto, noté que me mareaba. Y lo siguiente que recuerdo fue que todos me rodeaban en el sofá del salón.