Un escocés para Martina Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Morag ignoró las objeciones, dio otros cuatro pasos y declaró que no pensaba permitir que la falta de iniciativa masculina arruinara su centenario.

Después del ejercicio, Moira solicitó una visita por la casa.

Afirmó que quería conocer mejor la historia familiar, aunque sus preguntas se concentraron pronto en qué muebles podían trasladarse, cuántas personas cabían en el comedor y si el jardín resultaría adecuado para una sesión fotográfica previa a la boda.

Su prometido la siguió durante el recorrido con una paciencia que se agotaba a ojos vista.

En la galería de retratos se detuvo ante una fotografía antigua de Morag con una diadema de perlas.

Quiso saber dónde se guardaba, si pertenecía a la familia y si existía alguna tradición según la cual la futura esposa del bisnieto pudiera llevarla.

Elspeth respondió que la joya seguía en la caja fuerte y que la única tradición consistía en no prestársela a nadie que preguntara por ella antes de la boda.

—Solo era curiosidad —se defendió Moira.

—La curiosidad no combina con el champán y el oro envejecido —opinó Laia.

Durante el almuerzo, la prometida nos relató el plan completo de la ceremonia.

La llegada de los invitados debía producirse a las dos y doce, pues a las dos en punto parecía demasiado ordinario; un cuarteto tocaría una pieza escogida por su madre y los hombres llevarían tartán, aunque ella todavía negociaba qué tono armonizaba mejor con las flores.

También pensaba cambiarse de vestido antes del baile para mostrar una faceta “más relajada”, pese a que la segunda prenda requería tres personas para abrocharla.

Ewan comía sin intervenir. Cada vez que ella le pedía opinión, respondía con una aprobación automática y regresaba al plato.

Laia, sentada enfrente, dejó de burlarse durante unos minutos y empezó a observarlo con una comprensión que no esperaba ver en su cara.

—¿Has elegido algo más de la boda, aparte del traje y los zapatos? —le preguntó al fin.

—El whisky.

—Lo eligió Cameron —rectificó Moira—. Tú escogiste la canción para entrar al banquete, pero mamá cree que deberíamos cambiarla porque empieza demasiado fuerte.

—Entonces he elegido mis calcetines.

—Todavía no. Te envié tres opciones.

Laia asintió despacio, tomó un pedazo de pan y declaró que retiraba el cincuenta por ciento de las bromas de los últimos días.

Él quiso saber qué ocurría con el otro cincuenta, y mi amiga le aseguró que continuaba mereciéndolo por aceptar una boda en la que su principal responsabilidad era aparecer vestido.

—Empiezo a entender por qué pasas de todo ese rollo —añadió en voz baja—. No lo justifico, pero ya dispongo del informe psicológico.

—Te he oído —protestó Moira desde el otro extremo.

—Perfecto, así ahorro una traducción.

La tarde ofreció nuevas oportunidades para el desastre.

La visitante confundió el botón del avisador de Morag con el mando de las cortinas y llamó tres veces a Iona; trató de encender la cocina de hierro utilizando un interruptor de la pared y preguntó si la piscina se calentaba con agua caliente o mediante “algún sistema especial”.

También quiso ayudar a preparar té, pero llenó el hervidor con agua mineral porque la del grifo le pareció demasiado corriente.

—El agua del grifo no sabe cuál es su clase social —le explicó la dueña de la casa—. Puedes beberla sin temor a que se siente a tu lado.

A última hora nos avanzó que pasaría unos días allí. Y que por eso vino tan equipada. Su prometido le preguntó sobre ello.

—No sabía qué ambiente tendría la casa —le respondió—. Traje ropa de campo, ropa de interior y dos conjuntos por si salíamos.

—Hay una mujer recién operada. El ambiente es de recuperación de cadera.

—Eso lo sé ahora.

Laia se acercó a él cuando Moira subió a elegir dormitorio y le dio una palmada compasiva en el hombro.

—Retiro otro veinte por ciento.

—¿De las bromas?

—Sí. Ya solo te mereces el treinta.

—Gracias.

—No te emociones. Puede volver a subir durante la cena.

Morag pidió reanudar la partida antes de descansar. Exigió que Moira volviera a ser pareja de Cameron porque quería comprobar si la práctica producía alguna mejora, pero la joven se negó; prefería jugar con su prometido y demostrar que funcionaban muy bien juntos.

Perdieron tres rondas seguidas, discutieron por una carta y terminaron acusándose de no explicar las reglas.

—Una base excelente para el matrimonio —valoró la anciana—. En pocos años podréis discutir sin cartas.

Cuando llegó el momento de retirarla al dormitorio, me llamó para que la acompañara.

Avanzamos despacio por el pasillo, con el andador y la silla detrás, mientras desde el salón llegaba la voz de Moira explicando por qué necesitaba memorizar el discurso de su boda.

—¿Ves por qué no he dicho nunca que ella me gusta para la familia? —me preguntó Morag.

—Quizás te oiga.

—Lleva años oyendo solo lo que le conviene.

—También puede estar haciéndose la tonta.

—En ese caso, merece un premio a la constancia.

La ayudé a sentarse en la cama y acomodé las almohadas. Antes de que saliera, sujetó mi mano y señaló la puerta con un movimiento de cabeza.

—Esa muchacha planea una boda. Tú podrías construir una vida. Por eso te quiero aquí.

La ternura de sus palabras se mezcló con la culpa que llevaba días intentando apartar. Agradecí su cariño, le prometí que regresaría al rato y salí al corredor con la ecografía todavía escondida en mi dormitorio.

En el piso superior, Moira daba instrucciones sobre dónde debían dejar sus zapatos. En el salón, Laia consolaba a Ewan mediante insultos cada vez más afectuosos, mientras Cameron recogía las cartas y sonreía al verme regresar.

La casa acababa de ganar una invitada más.

La paciencia colectiva, en cambio, podía no sobrevivir al fin de semana.