Un escocés para Martina Capítulo 20
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Capítulo 20

Las bromas sobre los celos de Moira adquirieron categoría de premonición a la mañana siguiente.

Terminábamos de desayunar cuando un coche color marfil se detuvo frente a la entrada y una joven bajó del asiento trasero antes de que el conductor pudiera abrirle la puerta.

Vestía un conjunto rosa pálido, zapatos de tacón y un sombrero pequeño sujeto a un lado de la cabeza, atuendo más apropiado para una recepción diplomática que para visitar a una anciana recién operada.

Llevaba un ramo tan grande que durante unos segundos solo distinguimos las piernas bajo las flores.

El conductor sacó del maletero tres bolsas, dos cajas y un neceser rígido, lo que hizo pensar que no venía a pasar una hora. Desde el salón, Morag vio la maniobra a través de los ventanales y agarró su taza con ambas manos.

—Ahí está la futura reina de Escocia —nos anunció—. Ocultad la cubertería de plata; podría necesitarla para la boda.

Ewan salió a recibir a su prometida con una mezcla de sorpresa y resignación.

Ella dejó el ramo en brazos del conductor, subió los escalones y lo besó sin permitirle terminar el saludo; después retrocedió para examinarle la ropa, le alisó el cuello de la camisa y quiso saber por qué no llevaba el jersey azul que le favorecía más en las fotografías.

—No sabía que venías —le explicó él mientras recogía una de las cajas.

—¡Quería darte una sorpresa! Apenas he dormido pensando en la pobre Granny Mo y necesitaba comprobar en persona que todo estuviera bajo control. Además, mamá dice que una crisis familiar es el momento ideal para demostrar que ya formas parte de la familia.

—La crisis está bastante controlada.

—Eso no puede saberse desde lejos, cariño.

Laia, que contemplaba la escena desde el vestíbulo, acercó la boca a mi oído y murmuró que Moira acababa de recorrer cien kilómetros para demostrar que las videollamadas no servían para inspeccionar rivales.

Le pedí que se comportara, pero mis esfuerzos llegaron tarde; cuando la recién llegada cruzó la puerta, mi amiga ya lucía la sonrisa educada que utilizaba antes de cometer una barbaridad.

Las presentaciones resultaron peculiares.

Moira conocía nuestros nombres porque su prometido le habló de las españolas alojadas en la casa, aunque nos recibió con la sorpresa de quien esperaba encontrar dos mochileras cubiertas de barro.

Me besó en ambas mejillas, observó mi vestido durante un segundo y aseguró que resultaba “muy sencillo y muy favorecedor”, una combinación que pronunció con generosidad condescendiente.

—Martina es fisioterapeuta —le aclaró Ewan cuando ella quiso saber si ayudábamos a Iona con las tareas domésticas.

—¡Qué práctico! —exclamó—. Siempre viene bien tener personal sanitario durante unas vacaciones.

—No es personal —corrigió Cameron, que acababa de salir del despacho con varios documentos—. Es nuestra invitada.

—Eso quería decir, por supuesto. Una invitada con conocimientos útiles.

Laia se presentó como sargento de la Armada española y consiguió desorientarla.

Moira la miró de arriba abajo, quizás buscando un uniforme, y le preguntó si trabajaba en un barco “de esos enormes que llevan turistas”. Mi amiga respiró despacio antes de explicarle que la Armada no organizaba cruceros, salvo que los pasajeros tuvieran especial interés en operaciones militares.

—Qué emocionante —valoró la visitante—. Yo no podría, porque me mareo muchísimo si el barco no tiene estabilizadores.

—Es uno de los requisitos para defender un país: procurar que el enemigo ataque con el mar en calma.

Moira asintió, convencida de que acababa de aprender un dato profesional, y se dirigió al salón.

El ramo llegó con ella, para entonces sostenido por el conductor, y su tamaño obligó a Iona a retirar una lámpara de una mesa.

Las flores mezclaban peonías, rosas y hortensias en tonos blancos; eran preciosas, aunque bloqueaban la mitad de la habitación y desprendían un aroma capaz de anular cualquier otro.

Morag permanecía instalada en una butaca alta, con una manta sobre las piernas, el andador cerca y una baraja preparada sobre la mesa.

Recibió a su futura bisnieta política sin ninguna emoción y aceptó el beso que esta depositó en el aire, a varios centímetros de su mejilla.

—¡Estás estupenda! —celebró Moira—. Nadie diría que acabas de pasar por una operación tan importante.

—El camisón abierto por detrás ofrecía algunas pistas, pero me lo quitaron antes de salir.

—Te he traído flores.

—Ya las veo. Desde aquí no consigo ver a nadie más.

Elspeth pidió ayuda para trasladar el ramo al vestíbulo, pero la propietaria se negó porque allí impediría abrir la puerta.

Tras una breve discusión, terminó instalado en el comedor, dentro de una sopera que servía como jarrón provisional.

Su Majestad quiso saber por qué no escogió una planta, mucho más duradera y menos propensa a invadir habitaciones, pero Moira le explicó que las flores frescas expresaban mejor el cariño.

—Entonces debes de quererme tanto que intentas asfixiarme —concluyó la anciana.

La visitante rio con medio minuto de retraso, después de comprobar que los demás lo hacíamos, y abrió las cajas.

Una contenía bombones que la paciente no debía comer en exceso; otra, un camisón de seda imposible de combinar con la rehabilitación.

Las bolsas guardaban revistas, velas aromáticas y una manta blanca que nadie se atrevió a colocar sobre una mujer que bebía té, utilizaba bolígrafo y acababa de exigir mermelada de frutos rojos.

—La manta es del mismo tono que los manteles de la boda —nos informó mientras extendía una esquina—. Marfil antiguo, no blanco. El blanco puro resultaba demasiado frío para noviembre.

—Anoche las flores eran blancas —le recordó Laia a Ewan.

—Ahora sé que eran marfil antiguo —le respondió con escaso entusiasmo.

—Tu crecimiento personal durante estas vacaciones es admirable.

Moira oyó el comentario y aprovechó para contarnos que la boda requería una paleta cromática muy precisa. Marfil antiguo, verde salvia, champán y un toque de oro envejecido; el oro brillante resultaba ostentoso, mientras el envejecido transmitía linaje.

Su explicación duró lo suficiente para que Elspeth sirviera el té, Iona recogiera el envoltorio de los regalos y Morag comenzara a repartir cartas sin contar con ella.

—¿Vamos a jugar? —le preguntó la prometida, sorprendida al recibir una mano.

—Estaba esperando a que terminaras la conferencia sobre mantelería. A mis noventa y nueve años, debo administrar el tiempo.

Nos sentamos alrededor de la mesa. La recién llegada quiso ocupar el asiento junto a Ewan, pero Morag ya decidió las parejas: ella jugaría conmigo, Laia con el futuro marido y Moira con Cameron.

El reparto provocó una protesta inmediata, pues la novia y el novio debían formar equipo para “practicar su conexión antes del gran día”.

—Lleváis juntos desde hace demasiado —le recordó la bisabuela—. Si todavía necesitáis practicarla, quizás debamos suspender el gran día.

—Granny Mo, solo quiere sentarse conmigo —intervino él.

—Pues que lo haga durante la ceremonia. Para eso está pagando tantas flores.

La partida comenzó con reglas que nadie explicó por completo. Moira sostuvo las cartas al revés durante la primera ronda, confundió dos palos y preguntó tres veces si podía enseñar su mano para pedir consejo.

Cameron trató de ayudarla sin perder la cortesía, aunque terminó observando el techo cuando ella descartó la única carta que les permitía ganar.

—No pasa nada —lo consoló—. En casa jugamos a uno parecido, pero utilizamos fichas.

—¿Al dominó? —le pregunté.

—No, al Monopoly.

Laia dejó las cartas sobre la mesa y necesitó beber agua antes de continuar. Ewan cerró los ojos, derrotado, pero Morag no mostró compasión; quiso saber si en su familia diferenciaban las cartas de los tableros o si tendrían que organizar un curso antes de la boda.

—Los juegos nunca fueron mi fuerte —reconoció Moira—. Soy mucho más creativa.

—Ha diseñado las invitaciones —aportó su prometido, quizás para rescatarla.

—Con ayuda de una ilustradora, una calígrafa y mamá —precisó ella—. Pero la idea del sobre fue mía.

—¿Qué tiene de particular? —le preguntó Laia.

—Se abre.

Mi amiga giró la cara hacia mí, incapaz de ocultar su expresión.

Morag aprovechó la distracción para sacar una carta de debajo de la manta y ganó la ronda; cuando la acusaron de hacer trampas, defendió que la vejez consistía en cometer fraudes a plena vista y conseguir que la familia los considerara entrañables.

La mañana continuó con una sesión de ejercicios.

Ayudé a la dueña de la casa a levantarse, corregí la posición de sus manos sobre el andador y la acompañé por el salón.

Moira observaba desde una butaca, preocupada por las arrugas que podían formarse en su falda si se inclinaba, aunque ofrecía ánimo cada pocos pasos.

—¡Lo haces fenomenal! —exclamaba—. Pareces mucho más joven.

—No quiero parecer joven, quiero llegar al baño sin público —le replicó Morag.

En uno de los descansos, me tomó de la muñeca y anunció que progresaba gracias a mí.

Añadió que era inteligente, trabajadora, cariñosa y justo la clase de mujer que le gustaba incorporar a la familia.

Moira sonrió sin reaccionar a la indirecta; incluso me felicitó y aseguró que siempre había sitio para nuevos amigos en aquella casa.

—No hablaba de amistad —le aclaró la anciana—. Quiero que Martina se case con Cameron.

—¡Ah! —La joven pestañeó varias veces y luego compuso una sonrisa entusiasta—. Qué bonito. Podríamos celebrar las bodas juntas.

—Preferiría morirme otra vez —masculló Morag, aunque la operación no la había acercado a ese desenlace.

—No puedes celebrar dos bodas juntas —le explicó Ewan a su prometida.

—Sí se puede. He visto una película donde se casaban dos hermanas y compartían decoración. Ahorraríamos mucho en flores.

—Tú no eres hermana de Martina.

—Por eso sería todavía más original.

Cameron intervino antes de que la conversación produjera un presupuesto. Recordó a su abuela que entre nosotros no existía compromiso alguno y me pidió disculpas por aquel nuevo episodio de planificación matrimonial.