Capítulo 19 #2
Aceptó mis indicaciones con una docilidad tan sospechosa que Cameron me advirtió que no me dejara engañar; su abuela obedecía durante los primeros minutos para descubrir cuánto margen podía ganar después.
Recorrimos el pasillo con paciencia. Morag daba pasos cortos, concentrada en distribuir el peso y mantener la postura, aunque todavía encontraba energía para criticar que alguien moviera una mesa y preguntar quién colocó un jarrón tan feo junto a la escalera.
A mitad de camino necesitó sentarse en la silla preparada por Iona; en vez de enfadarse, respiró, aceptó el agua y me preguntó cuánto tardaría en caminar sin ayuda.
—No puedo darte una fecha exacta. Dependerá de la evolución, el dolor y el trabajo que hagas.
—Trabajaré el doble.
—No. Harás lo necesario y respetarás los descansos.
—Hablas igual que el fisioterapeuta del hospital.
—Eso se debe a que tenía razón.
—Empiezo a arrepentirme de invitarte.
—Todavía puedes echarme.
—Ni hablar. Ya estás integrada en la familia y, además, Cameron te mira de una forma muy prometedora.
Su nieto protestó desde detrás y Laia fingió interesarse por un retrato para ocultar la risa.
Morag le pidió que dejara de avergonzarse, pues a su edad debía estar preparado para que una mujer descubriera sus intenciones; luego me aconsejó que no prolongara demasiado el noviazgo, porque quería asistir a la boda, con vida, a ser posible, precisó.
—Granny Mo, no existe ningún noviazgo —insistió él.
—Entonces estáis perdiendo un tiempo precioso. ¿Qué parte no encaja?
—La parte en la que dos personas deciden si quieren estar juntas —le respondí, divertida.
—Eso se descubre durante el matrimonio. Antes todos mienten un poco.
Elspeth anunció que el té se enfriaba y consiguió trasladar el debate al salón.
Morag ocupó una butaca alta, con el andador cerca y las piernas colocadas según las indicaciones; nosotros nos distribuimos alrededor de la mesa, mientras Iona servía bebidas y Laia buscaba la baraja que utilizaron durante nuestra primera noche.
—Necesitamos cuatro jugadores —resolvió la dueña de la casa—. Martina será mi pareja. Cameron, tú jugarás con Laia; quiero comprobar si sabéis cooperar antes de confiaros una boda.
—¿Y yo? —protestó Ewan.
—Tú reparte. No confío en un hombre que llama “precioso” a siete centros de mesa sin mirarlos.
La partida comenzó entre acusaciones. Morag aseguraba que no hacía trampas, pero guardó una carta debajo de la manta, confundió a propósito el orden de los turnos y trató de convencerme de que en Escocia los comodines valían el triple.
El ama de llaves corregía cada engaño desde un sofá, sin apartar la atención de su labor de punto; llevaba décadas vigilándola y reconocía sus artimañas antes de que pudiera completarlas.
—La española juega bien —valoró mi compañera después de ganar la primera ronda—. Es inteligente, tiene paciencia y no se deja distraer por mi nieto. Cada vez me gusta más.
—¿Formaba parte de la prueba? —le pregunté.
—Todo forma parte de la prueba.
—¿Qué ocurre si no la supero?
—Te entreno hasta que lo hagas.
Cameron recogió las cartas y me dedicó una sonrisa que convirtió la broma en algo más delicado.
Desde el beso frente a mi dormitorio, nuestra cercanía crecía a través de pequeños gestos, conversaciones interrumpidas y una intimidad que ninguno se atrevía a nombrar.
Aquel día volvió a servirme agua antes de que la pidiera, acercó mi silla para dejar más espacio a Morag y rozó mis dedos al entregarme una carta.
El sobre con la ecografía permanecía en mi bolso, guardado en el dormitorio.
La partida se prolongó hasta que la fatiga de la paciente empezó a manifestarse en los movimientos.
Sus bromas seguían intactas, pero perdió interés en discutir una puntuación y se acomodó varias veces en la butaca, buscando una postura que aliviara el dolor.
Propuse terminar y, por una vez, aceptó sin resistencia; después permitió que la ayudáramos a levantarse y caminó hasta la silla de ruedas.
—Mañana llegaré andando desde mi dormitorio —me aseguró.
—Mañana harás el recorrido que corresponda.
—¿Y cuándo empezaremos a preparar mi baile para la boda?
—¿Para la de Ewan?
—Y para la vuestra.
—No hay “nuestra” —le recordé.
—Perfecto. Cameron, ya has oído a tu fisioterapeuta: ponte a trabajar.
Las risas nos acompañaron hasta el dormitorio. Entre todos la ayudamos a instalarse.
Elspeth llevó la medicación e Iona cerró las cortinas para que descansara. Antes de salir, Morag llamó a Laia y le pidió que vigilara a los hombres de la casa; uno se casaba sin enterarse de nada y el otro parecía decidido a enamorarse sin avanzar un solo paso.
—Cuenta conmigo —le prometió mi amiga—. Soy militar y me encantan las misiones imposibles.
Al regresar al pasillo, se colocó a mi lado y entrelazó un brazo con el mío.
—La salud de la abuela es lo más importante —murmuró, imitando mi voz—. Qué suerte que su tratamiento incluya campeonatos de cartas y planificación de bodas.
—Está recién operada. No puedo darle una noticia que altere la dinámica familiar.
—Claro. Esperaremos a que pueda perseguirte con el andador cuando descubra que ya lleva semanas organizando la boda de una embarazada.
—Laia…
—Hoy no te presionaré. Mañana volveré a la carga con energías renovadas.
Nos dirigimos hacia la cocina, donde los dos hombres apostaban a las carreras de caballos online. También discutían por cómo organizarse.
Cameron quería quedarse en la planta baja para oír a su bisabuela si llamaba; su sobrino prefería instalar un avisador y evitar que ella supiera dónde dormía alguien, pues podría convertirlo en servicio de habitaciones.
—Moira estará encantada cuando sepa que, además de convivir con dos españolas, vas a dormir junto al dormitorio de otra mujer —comentó Laia al entrar, muerta de la risa.
—Esa mujer tiene noventa y nueve años.
—Los celos no entienden de edades.
—Mi novia confía en mí.
—Tu novia confía en que estés demasiado lejos para opinar sobre las flores.
Él le arrojó un paño de cocina y mi amiga lo atrapó antes de que le alcanzara la cara.
La discusión continuó entre risas, con Iona proponiendo habilitar una habitación para Moira y Elspeth asegurando que cualquier mujer que quisiera casarse con un MacNair debía acostumbrarse a que esa casa absorbiera a la familia durante cada crisis.
Contemplé la escena desde la puerta. Morag descansaba al otro lado del pasillo, rodeada de personas dispuestas a cuidarla; Laia discutía con Ewan, Cameron revisaba los horarios de medicación y la casa recuperaba el bullicio que parecía corresponderle.
Me sentía acogida, necesaria y demasiado feliz para alguien que todavía ocultaba una verdad capaz de cambiarlo todo.
La salud de la abuela era importante. La excusa, en cambio, empezaba a necesitar rehabilitación.