Un escocés para Martina Capítulo 19
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Capítulo 19

El alta de Morag llegó dos días después de su amenaza de llamar al ejército.

El médico exigió que permaneciera una noche más, completara otra sesión de rehabilitación y demostrara que podía desplazarse con el andador sin declarar la guerra al personal sanitario.

Cumplió las condiciones, aunque discutió cada una y consiguió que la planta entera supiera que regresaría a casa a las once de la mañana del viernes.

La noticia nos puso a trabajar desde primera hora. Iona revisó el dormitorio de la planta baja, Elspeth organizó la medicación y Laia retiró del pasillo todos los objetos con los que la dueña pudiera tropezar.

A mí me correspondió comprobar la altura de la cama, la estabilidad de los muebles y el recorrido hasta el baño; también preparé una silla con brazos, señalé los lugares donde necesitaría ayuda y guardé en una cesta las instrucciones del hospital.

—Llevas mil días buscando el momento adecuado para hablar con Cameron y ahora organizas calcetines antideslizantes —me acusó mi amiga mientras trasladaba una mesita—. Cuando termine la rehabilitación, encontrarás otra emergencia. Quizás una oveja con ansiedad o…

—La salud de Morag es lo más importante.

—Por supuesto. Una mujer de noventa y nueve años debe recuperarse antes de que tú mantengas una conversación de diez minutos.

—Acaba de operarse de la cadera y cuenta conmigo.

—También cuenta contigo para casarte con su nieto. En esa parte del tratamiento no pareces tan colaboradora.

Ajusté la mesita junto a la cama y evité responder.

No quería admitir que mi excusa resultaba cada vez más débil; la recuperación exigía atención, pero no impedía que sacara a Cameron al jardín, le entregara la ecografía y le contara la verdad.

Lo que me frenaba era el temor a perder la cercanía que creció entre nosotros, aunque seguía disfrazándolo de prudencia para no enfrentarme a mi propia cobardía.

—Se lo contaré cuando la abuela esté instalada y sepamos que se encuentra bien.

—¿Cuándo, exactamente? —Laia dejó un cojín en la butaca y empezó a enumerar con los dedos—. ¿Después de la primera caminata? ¿Cuando suba escaleras? ¿Al recuperar el carné de conducir? ¿Durante la celebración de su centésimo cumpleaños?

—No pienso esperar tanto.

—Menos mal. A ese ritmo, el niño podría comunicarlo personalmente cuando aprendiera a hablar.

Elspeth apareció con una caja de medicamentos antes de que pudiera defenderme y nos pidió que nos diéramos prisa, pues Su Majestad llegaría en breve.

Llevaba desde las siete coordinando la recepción, aunque se negó a poner flores en el dormitorio porque  aseguraba que los ramos junto a una cama daban aspecto de funeral.

En su lugar, colocó fotografías, el despertador de siempre y una bandeja con los artículos de tocador que reclamó desde el hospital.

—He escondido las llaves de la piscina, del coche y del cobertizo de herramientas —nos informó—. También llamé al jardinero para que no le preste ninguna escalera.

—¿Crees que intentará podar algo con el andador? —le preguntó Laia.

—No durante el primer día. Mañana empezará a aburrirse y entonces tendremos problemas.

Iona entró desde el jardín con una pizarra pequeña que pensaba utilizar para anotar la medicación y los ejercicios.

El ama de llaves la miró, negó con la cabeza y sustituyó el título de “Plan de recuperación” por “Órdenes médicas que Morag fingirá no haber recibido”. Debajo añadió tres prohibiciones: conducir, nadar y subir a una banqueta en busca de cualquier cosa.

—Falta “organizar bodas ajenas” —propuso Laia.

—Esa no la respetaría aunque la escribiéramos con sangre —me aseguró Elspeth.

El sonido de un motor interrumpió los preparativos. Salimos por la puerta principal y nos distribuimos en los escalones: Iona todavía sostenía la pizarra, Laia llevaba un cojín destinado a la silla de ruedas y Elspeth aguardaba con las manos en la cintura.

Debíamos parecer un comité de recepción poco ortodoxo, pero la casa entera transmitía la expectación de quien recuperaba a su verdadera dueña.

Ewan conducía el todoterreno. Su tío ocupaba el asiento del copiloto.

Detrás venía la ambulancia, de la que descendió Morag, que apareció vestida con pantalones amplios, una chaqueta color frambuesa y un pañuelo de seda anudado al cuello. La silla de ruedas apareció de inmediato, aunque ella empezó a protestar en cuanto la vio.

—Puedo entrar andando.

—Puedes caminar unos metros con el andador y dos personas cerca —le corrigió Cameron mientras bajaba—. Desde el coche hasta el dormitorio hay demasiada distancia.

—He atravesado esa puerta durante toda mi vida sin que nadie me empujara.

—Y queremos que sigas haciéndolo cuando la cadera esté recuperada.

Su nieto desplegó la silla antes de que pudiera continuar la negociación.

Morag amenazó con desheredarlo, pero él le recordó que ya utilizó esa amenaza cuatro veces durante la semana y que empezaba a perder fuerza.

Entre ambos consiguieron sentarla; después colocaron la bolsa del hospital sobre sus rodillas y avanzaron hacia nosotras.

—¡Bienvenida, Su Majestad! —exclamó Laia, levantando el cojín a modo de saludo militar—. La guarnición está preparada y todas las posibles rutas de fuga han sido bloqueadas.

—Eso crees tú —le replicó la recién llegada—. Me alegra que sigas aquí. En el hospital temía que tu amiga se marchara con mi nieto antes de que pudiera aprobar la relación.

—No te preocupes, todavía no le ha contado ni lo más importante.

El comentario me obligó a intervenir antes de que la conversación tomara un rumbo irreparable.

Me incliné para besar a Morag y le pregunté por el viaje, el dolor y la medicación; contestó que se encontraba perfectamente, que el trayecto resultó corto y que el dolor era soportable siempre que nadie le pidiera puntuarlo del uno al diez.

—Todos los sanitarios hacéis la misma pregunta —se quejó mientras me sujetaba una mano—. El nueve parece dramático, el siete no consigue suficiente medicación y el ocho acaba siendo una negociación.

—¿Qué número has elegido?

—Ocho y medio. Soy una mujer precisa.

Cameron me saludó con dos besos y me agradeció cuanto hicimos en la casa.

Aún tenía una mano sobre el respaldo de la silla y se inclinaba cada pocos segundos para comprobar que su abuela no intentara levantarse, pero encontró tiempo para preguntarme si descansé y si había desayunado.

Laia captó la atención con la que se dirigía a mí y sonrió desde el otro lado de la entrada, satisfecha por unas conclusiones que pensaba recordarme más tarde.

Elspeth puso fin a la recepción. Ordenó a los hombres que condujeran a Morag hasta el dormitorio, mandó a Iona preparar té y nos pidió que lleváramos las bolsas; nadie discutió, ni siquiera la dueña de la casa, que reservaba sus fuerzas para batallas más interesantes.

La instalación exigió casi una hora. Primero rechazó la ubicación de la butaca, luego exigió recuperar una alfombra que retiramos para evitar caídas y, al descubrir la pizarra, quiso saber quién redactó semejante declaración de guerra.

El ama de llaves admitió la autoría y ambas discutieron sobre escaleras, piscinas y libertad individual mientras yo revisaba los medicamentos con Cameron.

—Los dos nos quedaremos hasta que se valga mejor —me explicó al guardar las cajas en un cajón—. Tendré que ir algunos días a la destilería, pero puedo trabajar desde aquí. Ewan también ha decidido instalarse.

—¿Y su boda?

—Pinta poco al respecto. En la práctica, Moira y su madre toman todas las decisiones.

Desde el pasillo nos llegó la voz de Laia, que acababa de descubrir el mismo dato y parecía dispuesta a analizarlo con mayor profundidad.

—¿Tu novia sabe que vas a convivir con dos españolas durante no se sabe cuánto tiempo? —le preguntó al futuro novio.

—Sabe que mi bisabuela se ha roto la cadera.

—No es exactamente lo mismo.

—También sabe que estáis aquí.

—¿Y no te ha pedido una fotografía, nuestros antecedentes penales y las coordenadas exactas de tu dormitorio?

—Moira está demasiado ocupada con la boda para echarme de menos. Ayer pasó tres horas eligiendo manteles y hoy prueba cinco clases de tarta.

—Qué bonito. Una pareja unida por la distancia y la mantelería.

Salí al corredor justo cuando él trataba de explicarle que su relación funcionaba así desde hacía años.

Se veían cuando ambos podían, respetaban sus ocupaciones y no necesitaban informarse de cada movimiento; al parecer, la preparación de la boda multiplicó los compromisos de su novia, que se reunía a diario con proveedores, familiares o amigas.

—¿Y tú qué preparas? —quiso saber Laia.

—Mi traje.

—Eso supone escoger uno y probártelo.

—También he elegido mis zapatos.

—Un esfuerzo sobrehumano. Deberían darte unos días libres.

Ewan me miró en busca de apoyo, pero su defensa se debilitó cuando su teléfono vibró y apareció en la pantalla el nombre de Moira.

Contestó, se alejó unos pasos y adoptó una voz cariñosa mientras escuchaba una explicación interminable acerca de centros de mesa.

Prometió revisar unas fotografías, aseguró que cualquiera de las opciones le parecía preciosa y regresó con el gesto de quien acababa de superar una entrevista laboral.

—¿Ves? —nos indicó—. Todo está bien.

—Has dicho “precioso” siete veces sin saber de qué color eran las flores —observó mi amiga.

—Eran blancas.

—Una vez. Las otras seis no tenías ni idea.

Morag apareció en la puerta del dormitorio con el andador y su nieto a pocos centímetros, preparado para sostenerla.

Se negó a permanecer acostada porque, según argumentó, nadie mejoró mirando un techo; quería llegar al salón pequeño, tomar el té y empezar la partida prometida antes de que la medicación le restara capacidad para hacer trampas.

—Acabas de llegar —le recordé, acercándome—. Deberías descansar.

—He descansado muchos días en el hospital. Si duermo más, despertaré con cien años.

—Eso ocurrirá en noviembre de todas formas.

—Entonces no desperdiciemos el verano.

Comprobé que llevaba calzado cerrado, ajusté la altura del andador y le pedí que avanzara sin precipitarse.