Capítulo 18
Unos días después regresé al hospital con Cameron, que llevaba una bolsa de ropa, varios libros y una caja de galletas con una pinta exquisita.
Mis labios permanecían sellados y eso que el tiempo apremiaba. Sin embargo, no encontraba el momento de soltar la bomba que cambiaría nuestras vidas para siempre, por más que Laia me amenazara con hacerme confesar a punta de pistola.
Durante el trayecto me aseguró que Morag progresaba bien, aunque el dolor y la falta de independencia estaban poniendo a prueba la paciencia de toda la planta.
La noche anterior intentó negociar con un celador el préstamo de una silla de ruedas y, al descubrir que no podía sobornarlo con bombones, amenazó con denunciarlo por secuestro.
—¿Y las galletas? —le pregunté, señalando la caja cuando aparcamos.
—Son para las enfermeras. Granny Mo ya se ha ganado fama de paciente difícil y pretendo compensarlas con un detalle.
—Creía que eran contrabando para tu abuela.
—El contrabando va en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Sacó una pequeña barra de chocolate y me pidió discreción.
Le recordé que su abuela seguía una dieta pautada, pero defendió que dos onzas no alterarían la evolución de una cadera; además, Ewan introdujo un paquete entero la noche anterior y nadie murió, aunque la mitad terminó en manos de una enfermera después de que Morag intentara convencerla para que le permitiera pasear sin supervisión.
Nada más abrirse las puertas del ascensor, oímos los gritos.
—¡He dicho que me marcho a mi casa! —bramó una voz desde el otro extremo del pasillo—. Si este hospital ha perdido mi ropa, saldré con el camisón, pero no pienso pasar aquí otra noche.
Cameron cerró los ojos durante un segundo y me entregó la bolsa.
—Sujétame esto. Voy a parlamentar con la potencia enemiga.
La encontramos sentada en un sillón junto a la cama, con una bata azul sobre el camisón y el cabello blanco perfectamente peinado.
Un andador permanecía frente a ella, abandonado tras la sesión de fisioterapia, mientras dos enfermeras, una auxiliar y un médico intentaban explicarle que todavía no reunía las condiciones necesarias para volver a casa.
—Buenos días, Granny Mo —la saludó su nieto al entrar—. Veo que has organizado una recepción.
—He organizado mi alta. Ellos se empeñan en confundir una fractura con una condena.
—Te operaron hace pocos días.
—Por eso llevo ya unos cuantos perdiendo el tiempo. Quiero recuperarme en mi casa, comer alimentos reconocibles y utilizar un baño donde no entre una desconocida cada vez que intento bajarme las bragas.
Una de las enfermeras se tapó la boca para disimular la risa.
El médico, que parecía conocer ya el estilo de su paciente, volvió a explicarle que necesitaba caminar con más seguridad, controlar el dolor y demostrar que podía levantarse sin comprometer la nueva prótesis.
Morag escuchó con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba ninguna rendición.
—En mi casa tengo a Elspeth, a Iona, a dos hombres que llevan días discutiendo sobre quién me vigila y a una fisioterapeuta española —enumeró—. Si necesitan más personal, llamaré al ejército.
—También tenemos una sargento de la Armada —intervine, acercándome—. Podríamos movilizarla, aunque primero exigiría un plan de operaciones.
Su rostro cambió al descubrirme. Extendió las manos, me hizo avanzar hasta el sillón y anunció a todos que acababa de llegar la única persona sensata de aquel edificio.
—Explícales que estaré mejor en casa —me ordenó—. Allí hay espacio, una piscina, pasillos para caminar y comida que no parece fabricada con yeso.
—La piscina permanecerá cerrada para ti durante bastante tiempo.
Pese a lo autoritaria que podía resultar, también era una mujer cercana que, desde el principio, me pidió que dejara a un lado los formalismos y la tuteara.
—Eso ya lo discutiremos.
—No hay discusión posible.
—Entonces has aprendido muy deprisa a comportarte como mi familia.
Cameron dejó la ropa dentro del armario y preguntó a los profesionales qué ocurrió durante la sesión de rehabilitación.
La mujer que la atendió nos explicó que pudo levantarse con ayuda, dio varios pasos y permaneció de pie unos minutos, un avance notable para su edad y el poco tiempo transcurrido desde la intervención.
Sin embargo, se fatigó, necesitaba supervisión y aún no había practicado los movimientos indispensables para desenvolverse en casa.
—¿Lo ves? —razonó su nieto, sentándose cerca—. Vas por buen camino, pero marcharte hoy no es una opción.
—Todo es una opción cuando se dispone de transporte.
—He escondido las llaves de todos los coches.
—Conozco taxistas.
—Elspeth les ha enviado una fotografía tuya y la orden de avisarnos.
Morag me buscó con los ojos, esperando que me uniera a su causa, pero tuve que darle la razón a los demás.
Le expliqué que una recuperación precipitada podía provocar una caída, que el dolor alteraba la forma de caminar y que necesitaba aprender a utilizar las ayudas antes de regresar a una vivienda que, por mucho que preparásemos la planta baja, no dejaba de presentar obstáculos.
—No puedo sustituir al equipo del hospital ni decidir cuándo te dan el alta —añadí—. Además, yo no podré permanecer en tu casa mucho más tiempo.
—¿Y eso quién lo dice? El médico seguro que está de acuerdo —resolvió ella—. Todavía no se lo he preguntado, pero pareció inteligente.
—Eso no funciona así.
—Tengo noventa y nueve años. A estas alturas, casi todo funciona como consigo que funcione.
El médico acabó riéndose y le propuso un pacto: si durante las siguientes veinticuatro horas controlaba el dolor, completaba las pruebas de movilidad y aceptaba las recomendaciones del equipo, estudiarían el alta para el día siguiente o el posterior.
Tendrían que organizar ayuda continua, retirar riesgos de la vivienda y garantizar que acudiría a las revisiones.
—Ya está todo organizado —aseguró Morag, señalándome—. Ella se encargará de ponerme en pie.
Abrí los ojos, sorprendida por la decisión con la que acababa de contratarme sin haberme consultado.
—Perdona, ¿yo? Te he dicho que…
—Empezarás en cuanto yo llegue. Si quieres ganarte el pan en mi casa, mueve el culo y habla con esta gente.
—Granny Mo —la reprendió Cameron, aunque le costaba contener la risa—, Martina es nuestra invitada. No trabaja para nosotros.
—¡Claro que no! —La anciana me palmeó una mano, divertida ante mi desconcierto—. Era una broma. Pero estoy segura de que no tiene tanta prisa por irse a ninguna parte como dice. Además, que así te va conociendo, ¿en qué lugar mejor que en mi casa para forjarse vuestro amor?
La carcajada de las enfermeras terminó de desmontar cualquier solemnidad.
Morag me aseguró que no pretendía obligarme a nada, pero me consideraba especial, confiaba en mí y deseaba que la ayudara cuando regresase a la finca.
No quería sustituir la rehabilitación prescrita, sino contar con alguien que pudiera vigilar sus movimientos, repetir los ejercicios indicados y frenar a la familia cuando empezara a tratarla como una pieza de porcelana.
—Además, tenemos mucho que hacer —agregó—. Cumpliré cien años en noviembre, Ewan se casa y todavía debo prepararme para otra boda.
—Solo hay una —le recordó su nieto.
—Por ahora.
—Ni siquiera existe una segunda pareja.
—Eso se resuelve antes que una fractura.
Desvió la atención hacia mí y, con la falta de disimulo que la caracterizaba, quiso saber cuánto tiempo necesitaba para ponerla a punto. Le pregunté para qué, aunque la sonrisa que se extendía por su cara ya contenía una respuesta alarmante.
—Tengo que estar en condiciones de ejercer de madrina en vuestra boda.
—¿Nuestra? —repetí.
—La tuya con Cameron. ¿Quién quieres que sea, mi hija? Lloraría desde el desayuno y arruinaría las fotografías.
—Granny Mo, Martina y yo no vamos a casarnos —le aclaró él desde el otro lado del sillón.
—Todavía. Tampoco voy a regresar hoy a casa, según estos carceleros, pero ambas situaciones pueden cambiar.
—Nos conocemos desde hace nada —le recordé.
—Vais con retraso.
Su nieto se frotó la cara, dividido entre la vergüenza y la diversión, mientras el médico fingía revisar el historial para no participar en el disparate.
Morag prosiguió con sus cálculos: si empezaba la rehabilitación de inmediato, podría caminar con elegancia antes de otoño; después elegiríamos fecha, flores y menú, aunque se negó a permitir una tarta con fondant porque lo consideraba un material de construcción.
—Te agradezco el interés —conseguí responder—, pero deberías concentrarte en la boda que ya está organizada.
—Ewan no necesita ayuda. Su novia lleva años planeándola y él solo tendrá que presentarse con los zapatos puestos.
—Eso último tampoco está garantizado —intervino Cameron—. Lo conoces.
—Precisamente. Por eso me preocupa menos su ropa que tu soltería.
—Soy divorciado, no soltero, abuela.
—Doble desgracia que hay que remediar.
Una auxiliar llegó con la medicación y aprovechamos la interrupción para ordenar la habitación.
Guardé los objetos de la mesilla, retiré una revista del suelo y comprobé que el andador quedaba al alcance, aunque Morag aseguró que aquel aparato estaba diseñado para destruir cualquier atisbo de dignidad.
Le expliqué cómo regularlo, señalé los errores que podían desequilibrarla y conseguí que prestara atención apelando a su deseo de volver a casa.
—Si quieres salir de aquí, tendrás que demostrar que sabes utilizarlo.
—Sé hacerlo.
—Enséñamelo cuando venga tu fisioterapeuta.
—¿Y si lo hago mejor que ella?
—Te darán una medalla y volverán a sentarte.
La sesión comenzó media hora después. Me mantuve al margen, pues la profesional a cargo debía dirigirla, aunque Morag insistió en que presenciara cada ejercicio para memorizarlo. Como si no lo hiciera cada día de mi vida laboral, vaya.
Se levantó con ayuda, corrigió la postura y caminó varios metros por la habitación; protestó por el dolor, llamó instrumento de tortura al andador y acusó a su nieto de colocar el suelo más lejos que el día anterior.
A pesar de las quejas, obedeció.
Cada paso le costaba un esfuerzo considerable y su respiración se aceleró antes de alcanzar la puerta, pero rechazó volver al sillón hasta completar el recorrido indicado.
Cameron permaneció cerca sin invadir el espacio de la fisioterapeuta, preparado para intervenir y demasiado orgulloso para disimularlo.
—¿Lo he hecho bien? —me preguntó al sentarse.
—Muy bien, aunque debes respetar los descansos.
—Mañana lo haré dos veces.
—Mañana harás lo que te indiquen.
—Empiezas a gustarme un poco menos.
—Magnífico. Así dejarás de organizar mi boda.
—No exageres. Todavía me gustas lo suficiente.
Le ofrecieron agua y permanecimos con ella hasta que el cansancio empezó a vencer su empeño por seguir conversando. Antes de marcharnos, me sujetó una mano y me pidió que regresara por la tarde; después señaló a su nieto y bajó la voz, aunque permitió que todos la oyeran.
—Es buen hombre, pero necesita instrucciones claras. Si esperas que adivine lo que quieres, cumpliré ciento veinte antes de que ocurra algo.
—Voy a fingir que la medicación te hace hablar —le respondió él.
—La medicación solo consigue que me duela menos la gente.
Salimos al pasillo riéndonos. Cameron pidió disculpas por las propuestas matrimoniales, los planes de madrina y mi contratación forzosa, pero le aseguré que no me había ofendido; su abuela me enternecía incluso cuando pretendía decidir mi futuro sin solicitar permiso.
—Habla en serio respecto a volver a casa —me comentó mientras esperábamos el ascensor—. Si le dan el alta, tendremos que vigilarla durante todo el día.
—Os ayudaré. Siempre siguiendo las indicaciones del hospital, pero puedo trabajar con ella en casa y enseñaros a moverla sin hacerle daño. En realidad, podría quedarme unos días más.
Aunque nuestra estancia inicial en las Tierras Altas solo estaba programada para un tiempo limitado, mi amiga y yo teníamos libre todo el mes. La abuela me convenció.
En fin, que podíamos flexibilizar una vuelta que, de todos modos, no podría producirse hasta que me decidiera a contarle el asuntillo que crecía en mi vientre y que me llevó hasta allí.
—Estás de vacaciones. No tienes que hacerlo.
—Quiero hacerlo —admití antes de que continuara hablando y comprendió que hablaba en serio.
Me agradeció el ofrecimiento y rozó mi espalda al dejarme pasar cuando se abrieron las puertas.
La cercanía, el recuerdo del beso en la mejilla y la conversación de la noche anterior devolvieron la ecografía a mis pensamientos. Continuaba dentro del bolso, donde llevaba días esperando una valentía que siempre llegaba acompañada por alguna interrupción.
—Granny Mo se ha equivocado en una cosa —me confesó al entrar en el ascensor.
—¿Solo en una?
—No necesito instrucciones claras para saber que eres especial.
Las puertas se cerraron antes de que encontrara una respuesta. Permaneció a mi lado durante el descenso, y tuve que concentrarme en los números que aparecían sobre el panel para no sacar el sobre allí mismo y convertir aquella frase en el comienzo de la conversación que seguía debiéndole.
Arriba, Morag ya planeaba su regreso, su rehabilitación y una boda inexistente.
Yo aún no había sido capaz de contarle al supuesto novio que ella me había buscado que íbamos a tener un hijo.
En cierto modo, la anciana pensaría que habíamos comenzado la casa por el tejado, y así había sido.
De cualquier forma, no creía que la disgustara en lo más mínimo, pues parecía encantada conmigo.
Siendo sincera, fui hasta las Tierras Altas únicamente en busca de un padre para mi hijo, pues a esas alturas casi que creía que Cupido llevaba toda mi vida cachondeándose conmigo.
Pero cada vez que miraba a Cameron comenzaba a albergar esperanzas de que estuviera equivocada.