Un escocés para Martina Capítulo 17
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Capítulo 17

Cameron regresó cerca de las diez, cuando ya habíamos cenado y Elspeth trataba de enseñarnos un juego de cartas cuyas reglas cambiaban cada vez que empezaba a perder.

La puerta de la cocina se abrió en mitad de una protesta de Laia, y él entró con una bolsa de farmacia, la americana doblada sobre un brazo y dos recipientes vacíos que alguien le había obligado a traer desde el hospital.

—Tu abuela asegura que en nada jugará con nosotras —le anunció mi amiga—. Nos ha llamado para comprobar que seguíamos aquí y ha prometido desplumarnos.

—Lleva toda la tarde hablando de vosotras —nos contó mientras dejaba las cosas sobre la mesa—. Sobre todo de Martina. Ha informado a tres enfermeras de que por fin he conocido a una mujer adecuada e intentado averiguar si en España se necesita algún permiso especial para casarse con un escocés.

Elspeth recibió la noticia sin sorpresa, pues se limitó a recoger los envases y quiso saber qué había comido Morag.

Al descubrir que solo aceptó un poco de sopa y medio yogur, anotó en un cuaderno cuanto debía llevarle a la mañana siguiente; después interrogó a su nieto acerca de la medicación, el dolor y la primera sesión con el fisioterapeuta, dejando claro que los médicos podían ocuparse de la cirugía, pero el gobierno de la convalecencia le correspondía a ella.

—Ewan se queda esta noche —nos explicó él cuando consiguió sentarse—. Ha insistido en hacer el relevo y Granny Mo ha aceptado porque le prometió introducir chocolate de contrabando.

—Creía que tú eras quien mejor controlaba sus rebeliones —comenté.

—Lo soy, pero llevo demasiado sin dormir en una cama y mañana tendré que volver temprano. Además, mi sobrino necesita aprender que cuidar de alguien significa algo más que obedecer todas sus órdenes.

—¿Le dejará dormir? —le preguntó Laia.

—A las dos llamará al timbre porque tendrá sed; a las cuatro necesitará que le busque unas gafas que llevará puestas y, antes de las seis, intentará convencerlo de que la acompañe al baño sin avisar a la enfermera. Será educativo.

Pidió un vaso de agua y aceptó el plato que Elspeth le sirvió sin consultar si tenía hambre.

Parecía agotado, aunque continuó respondiendo a cada pregunta y hasta se interesó por nuestra tarde.

Cuando le contamos que ya conocíamos la fotografía de la palangana, dejó el tenedor, localizó a Laia al otro lado de la mesa y quiso saber quién facilitó aquel atentado contra la intimidad de su sobrino.

—La memoria histórica pertenece a todos —argumentó ella—. Además, Elspeth retiró el marco para evitar reflejos; hubo colaboración institucional.

—En esta casa no existe la lealtad.

—Existe, pero tiene límites. Una fotografía de un niño desnudo con un pato de goma está por encima de cualquier vínculo laboral —sentenció el ama de llaves.

Terminó de cenar entre nuevas anécdotas y llamadas breves de su sobrino, que todavía intentaba localizar el neceser de Morag.

El objeto apareció dentro de la misma bolsa que él llevó al hospital, pero la bisabuela se negó a reconocerlo porque faltaba una barra de labios; Elspeth sabía cuál quería y decidió preparar un paquete con artículos suficientes para que la paciente montara una perfumería junto a traumatología.

Cuando dieron las once, anunció que se iba a dormir y ordenó a los demás que hiciéramos lo mismo. Laia recogió sus cartas, bostezó con un exceso de entusiasmo y me comunicó que la jornada la había dejado destruida.

—Apenas has salido de la piscina y te has pasado la tarde interrogando a Ewan —le recordé.

—El espionaje emocional consume muchísima energía. Además, debo descansar estos días para enfrentarme a una centenaria que hace trampas.

Se despidió de todos y, al pasar a mi lado, me rozó el hombro con los dedos.

La breve presión llevaba una instrucción tan clara que no necesitaba palabras: debía aprovechar que nos dejaba a solas.

Antes de abandonar la cocina, se volvió hacia Cameron para anunciarle que yo tenía insomnio, una afirmación falsa que completó recomendándole que me entretuviera.

—Gracias por revelar mis supuestos problemas médicos —protesté.

—Las amigas estamos para ayudarnos. De nada.

La vimos desaparecer por el pasillo, seguida por Elspeth, que murmuraba algo acerca de la sutileza española.

Iona se retiró poco después a la pequeña vivienda que ocupaba en un extremo de la finca, y la cocina quedó recogida, con las tazas secándose junto al fregadero y el aroma del estofado todavía presente.

—¿De verdad no puedes dormir? —me preguntó él.

—Duermo perfectamente. Laia acaba de abandonarnos con la delicadeza de una evacuación militar.

—En ese caso, quizás deberíamos fingir que su maniobra ha funcionado. Si quieres, puedo enseñarte el único salón donde no existe ninguna fotografía comprometedora.

—Después de lo que he visto hoy, necesito comprobar que ese lugar existe.

Me condujo por una zona de la casa que aún no conocíamos. Atravesamos la biblioteca y un corredor estrecho, decorado con láminas botánicas, hasta llegar a una estancia situada en el ala más cercana al mar. Por lo visto, se trataba de una zona privada de su abuela en la que no admitía visitas.

Era más pequeña que los salones principales y estaba amueblada sin solemnidad: dos sofás de terciopelo verde, varias estanterías bajas, una mesa redonda cubierta de libros y un mueble con discos.

Las puertas acristaladas daban a una terraza protegida por el jardín, desde la que se percibía el movimiento oscuro de los árboles bajo el viento costero.

—Mi abuelo llamaba a esto la sala de invierno —me contó mientras encendía una lámpara de lectura—. Venía aquí cuando el resto de la casa se llenaba de visitas. Decía que toda familia numerosa necesita un lugar donde esconderse de sí misma.

—¿Y tu abuela lo encontraba?

—Siempre. Le llevaba té, se sentaba junto a él y le preguntaba cuánto tiempo pensaba seguir escondido. Al final terminaban ocultándose los dos. Por eso es su sitio preferido y privado de la casa.

Sonreí al imaginar a la mujer del hospital recorriendo la casa en busca de su marido.

Había algo hermoso en aquellos recuerdos domésticos, lejos de las grandes declaraciones; una taza llevada a tiempo, una estancia compartida y la decisión de buscar al otro incluso cuando necesitaba apartarse del mundo.

Me ofreció una infusión y abrió un armario donde todavía se conservaba una colección de licores.

Escogí manzanilla, mientras él se sirvió una pequeña cantidad de whisky y llevó ambas bebidas hasta la mesa. Nos sentamos en sofás diferentes, pero orientados uno hacia el otro, sin la formalidad que marcó nuestros primeros encuentros.

—¿Qué te ha parecido Granny Mo cuando no estaba intentando organizar nuestra boda? —me preguntó.

—Maravillosa. Divertida, inteligente y mucho más fuerte de lo que esperaba después de una operación así.

—También es agotadora, mandona y experta en conseguir que todos hagamos cuanto desea.

—La quieres muchísimo.

—Me enseñó casi todo lo importante. Mi madre trabajaba fuera, así que pasé largas temporadas aquí. Mi abuelo me llevaba a pescar y ella se ocupaba de que no creciera creyéndome dueño del mundo.

—¿Lo consiguió?

—A temporadas. Hubo años difíciles.

Pronunció la última frase sin buscar lástima.

Bebió un sorbo, dejó el vaso y me contó que durante la juventud confundió el dinero familiar con un mérito propio, abandonó unos estudios que no le interesaban y estuvo a punto de malgastar una parte considerable de su herencia en negocios destinados al fracaso.

Morag permitió que se equivocara, aunque se negó a rescatarlo; le prestó una habitación, le ofreció comida y le exigió que encontrara por sí mismo la forma de empezar de nuevo.

—La destilería surgió después de aquello —me explicó—.

Trabajé durante años para aprender el oficio familiar, busqué inversores y amplié las instalaciones con más deudas que sentido común.

Mi abuelo ya no llegó a verla terminada, pero ella estuvo allí el día que las inauguré y fue la primera en probar el whisky.

—¿Le gustó?

—Aseguró que sabía a madera mojada y malas decisiones.

Me reí, y él también, aunque terminó confesándome que la primera producción resultó bastante mala.

Necesitó tiempo, nuevos profesionales y varios intentos hasta conseguir un producto del que se sintiera orgulloso; desde entonces, su abuela guardaba una botella de cada edición y explicaba a las visitas que el éxito consistía en sobrevivir a los comienzos.

—Hoy me ha contado que querías construirle un ascensor con poleas —le comenté.

—Tenía diez años y una confianza exagerada en mis conocimientos de ingeniería.

—También sé lo de la cortina incendiada.

—Me temía que esta visita acabaría destruyendo mi reputación.

—No te preocupes. La fotografía de la palangana mantiene a Ewan en peor posición.

Su sonrisa se prolongó mientras me observaba por encima del vaso. No había prisa en la conversación ni necesidad de llenar cada minuto; pasábamos de las historias familiares a nuestras vidas en España, luego regresábamos a la casa, al hospital o a cualquier detalle que surgiera.

Me preguntó por mi trabajo, por qué elegí la fisioterapia y qué era lo que más disfrutaba de mis pacientes.

Le hablé de las pequeñas recuperaciones que nadie veía desde fuera: una persona mayor capaz de volver a ducharse sin ayuda, un niño que conseguía dar varios pasos o alguien que regresaba a su empleo después de una lesión.

También le confesé cuánto me afectaban ciertos casos y el esfuerzo que exigía separar la vida del hospital de la que me esperaba al salir.

—Debe de ser difícil dejar de cuidar —reflexionó.

—Tú tampoco pareces saber hacerlo.

—Es distinto.

—No mucho. Llevas varios días pendiente de nosotras, de tu abuela, de Ewan, de la destilería y de todo cuanto ocurre a tu alrededor. Incluso recuerdas si he comido.

—Te mareaste delante de mí. Sería bastante irresponsable olvidarlo.

—Fue una sola vez.

—Y eso me preocupó.

La confesión abrió la puerta que llevaba toda la noche evitando. Miré el bolso, depositado junto a mi sofá, y pensé en sacar la ecografía; podía entregársela sin preparar un discurso, dejar que la imagen hablara y responder después a cuanto necesitara saber.

Mis dedos llegaron incluso a rozar el asa, pero él retomó la conversación antes de que reuniera el valor.

—Perdona, no pretendía incomodarte —me aclaró—. Si tienes algún problema de salud, no tienes obligación de contármelo. Solo quiero que estés bien.

Aquella consideración empeoró las cosas. Estaba tan a gusto en esa habitación, escuchándolo hablar de sus abuelos y descubriendo errores que lo volvían más humano, que temí destruir cuanto acababa de nacer entre nosotros.

La verdad podía convertir su atención en recelo, las bromas en reproches y la calidez de aquella noche en un recuerdo imposible de recuperar.

—Fue el cansancio —respondí al final—. El viaje, los nervios y quizás no haber comido suficiente.

—Entonces Elspeth se encargará de solucionarlo. Mañana te servirá un desayuno para ocho personas.

—Acabaré necesitando que me saquéis de la casa con una grúa.

—Granny Mo tiene contactos. Seguro que conoce a alguien.

Continuamos charlando hasta pasada la medianoche. Me habló de la finca, de las Navidades en las que todas las habitaciones se llenaban y de una tradición según la cual el miembro más joven de la familia debía esconder un pequeño ciervo de madera; quien lo encontraba recibía el primer regalo.

Ewan hizo trampas durante años porque conocía todos los escondites y terminó guardándolo dentro de una tarta, lo que provocó que una tía suya casi se rompiera un diente.

A cambio, compartí historias de mi madre, de la adolescencia de Laia y mía, y de nuestra costumbre de planear viajes que casi nunca realizábamos.

Le expliqué que Menorca llevaba tres años figurando en nuestras vacaciones frustradas y que esta vez la sustituyó una búsqueda de la que todavía no podía hablarle.

—Me alegra que eligierais Escocia —me confesó—. Sé que ocurrió algo en Rota que aún no comprendo y que vuestra llegada no fue casual, pero no pienso obligarte a explicarlo antes de que quieras.

—Debería hacerlo.

—Lo harás cuando estés preparada.

Podría haberle respondido que llevaba semanas preparándome, que crucé miles de kilómetros con una americana en la maleta y una vida creciendo dentro de mí.

En cambio, bebí el último sorbo de la infusión y permití que su paciencia me concediera otra prórroga que no merecía.

Cuando decidimos retirarnos, apagó las lámparas y me acompañó por los corredores.

La casa cambiaba durante la noche; las fotografías apenas se distinguían, los tablones crujían bajo nuestros pasos y desde alguna habitación llegaba el sonido regular de un reloj.

No había nada siniestro en aquellos ruidos, pues cada uno parecía formar parte de una vivienda acostumbrada a albergar generaciones enteras.

Subimos la escalera y nos detuvimos ante la puerta de mi dormitorio. La conversación se agotó justo entonces, aunque no sentí necesidad de despedirme deprisa.

Permanecí con una mano sobre el pomo, consciente de su cercanía y del perfume que me devolvía fragmentos imprecisos de aquella noche en Rota.

—Gracias por venir hoy al hospital —me expresó—. Has hecho muy feliz a mi abuela.

—También ella me ha hecho feliz a mí. Volveré mañana si me deja entrar después de rechazar su propuesta matrimonial.

—No te preocupes. A estas horas ya estará buscando otra estrategia.

—Me ha advertido que conserva su vestido de novia.

—Eso es grave. Si menciona la capilla, huye.

Sonreí, pero no abrí la puerta. Él tampoco se marchó; demoró unos segundos el gesto de despedida y levantó una mano hasta apartar un mechón que se me había quedado prendido en el cuello del vestido. Sus dedos rozaron apenas mi piel antes de retirarse.

—Descansa, Martina.

Se inclinó y me besó en la mejilla. No fue uno de aquellos contactos rápidos utilizados por cortesía, sino un beso pausado, lleno de una calidez que se extendió por mi rostro y me obligó a cerrar los ojos durante un instante.

Al separarse, dejó la mano cerca de mi brazo, sin sujetarme, y sonrió con un afecto que hizo mucho más difícil cualquier confesión.

—Buenas noches —alcancé a responder.

Esperó a que entrara, y la puerta se cerró despacio entre los dos. Apoyé la espalda contra la madera, llevé los dedos hasta el lugar donde aún sentía sus labios y permanecí allí mientras sus pasos se alejaban por el corredor.

El bolso descansaba sobre la butaca, con la ecografía dentro. Una vez más, demoré el momento de contarle la verdad a un hombre que la merecía.

Aquella noche tampoco conseguí entregársela. Y lo peor no era que Laia me iba a matar, sino que, a ese paso, desconocía cuándo reuniría el valor suficiente para contarle a Cameron la más impresionante de las noticias. Iba a ser padre.