Capítulo 16 #2
—Nos conocimos en España —intervino él—. Te lo expliqué anoche.
—Anoche estaba drogada y tú llevabas demasiadas horas despierto. Ninguno de los dos constituía una fuente fiable.
La enfermera entró para comprobar la vía y le pidió que descansara.
Morag respondió que llevaba noventa y nueve años descansando ocho horas cada noche y ya acumulaba tiempo suficiente; después quiso saber si podía asistir a una boda en noviembre, porque su bisnieto pensaba casarse y todavía no decidía si la ceremonia merecería el esfuerzo.
—Por supuesto que irás —le aseguró Cameron, arreglándole la manga de la bata—. Antes tendrás que caminar y obedecer al fisioterapeuta.
—Puedo practicar con Martina. Ella es fisioterapeuta, por lo que ha dicho, y, además, sus manos están calientes.
—Estoy de vacaciones —le recordé, divertida.
—Yo también estaba de vacaciones cuando me caí y mira cómo ha terminado la negociación.
El médico nos visitó poco después y confirmó que la intervención fue bien. Debía permanecer ingresada varios días, empezar a sentarse con ayuda y cumplir la rehabilitación sin atajos.
La paciente atendió las instrucciones con una cortesía irreprochable; en cuanto el hombre salió, nos pidió que averiguáramos si existía otra puerta por la que abandonar la planta.
—No vas a marcharte —le advirtió su nieto.
—No he dicho que vaya a hacerlo. Solo deseo conocer la arquitectura del edificio.
—Conozco esa cara desde que era niño.
—Precisamente por eso deberías saber que discutir conmigo consume más energía que vigilarme.
Me senté junto a ella mientras Cameron salía a hablar con una enfermera. Morag aprovechó la ausencia para señalarlo a través del cristal de la puerta y preguntarme si me parecía guapo. La consulta me sorprendió tanto que tardé en ordenar una respuesta.
—Es un hombre muy atractivo —admití con cautela.
—Eso no sirve de nada si una mujer no se lo recuerda. Desde que se divorció, se ha acostumbrado a cenar de pie sobre el fregadero.
—Tiene una vida bastante ocupada.
—También tiene una casa vacía, una bodega llena y un deseo exagerado de cuidar a todo el mundo. Podrías hacer cosas peores.
—Nos conocemos desde hace pocos días.
—Yo acepté casarme con mi marido a las tres semanas.
Cameron volvió, me miró con cierta disculpa, aunque su abuela ya estaba lanzada. Quiso saber si tenía novio, si me gustaban los niños y cuántos pensaba tener.
La última pregunta me dejó sin aire durante un instante; liberé las manos con el pretexto de acercarle el vaso de agua y contesté que siempre soñé con formar una familia.
—Entonces está resuelto —sentenció Morag—. Cameron quiere hijos, tú también y ambos parecéis capaces de mantener una conversación. En mi época, eso bastaba para empezar.
—En tu época también se recomendaba fumar durante el embarazo —le recordó su nieto.
—Y, aun así, conseguí criar a dos hijos sin consultar una aplicación en el teléfono.
La mención al embarazo me obligó a bajar la vista hacia el bolso. El sobre estaba allí, al alcance de la mano, pero aquella no era la persona a quien debía mostrárselo ni el momento para convertir una visita entrañable en una revelación familiar.
Morag interpretó mi reacción de otra manera y me aseguró que no pretendía organizar nada sin mi consentimiento, aunque añadió que la finca tenía una capilla preciosa y que su vestido de novia seguía guardado en un arcón.
—¿Ves? —le comenté a Cameron risueña—. Laia predijo exactamente esta conversación antes de salir.
—Tu amiga empieza a preocuparme.
—A mí me gusta —opinó su abuela—. Tiene hombros fuertes y no parece dispuesta a obedecer a un hombre. Tráela mañana.
—Después de lo que acabas de hacer conmigo, no pienso exponerla.
Pasamos más de una hora con ella. Entre las bromas aparecieron recuerdos de su infancia junto a la costa, del día en que conoció a su marido durante un baile y de los veranos en los que la casa se llenaba de nietos.
Al hablar de Cameron, la ironía cedía terreno a un afecto profundo: contó que de niño se escondía debajo de su escritorio para escuchar las conversaciones de los adultos, que a los diez años quiso construirle un ascensor con poleas y que, tras la muerte de su abuelo, fue quien empezó a acompañarla cada domingo a comer.
—Siempre ha querido una familia grande —me confió mientras él ordenaba la mesa—. Solo necesita dejar de comportarse como responsable universal de la que ya tiene y ocuparse de crear la suya.
Las palabras me obligaron a respirar despacio. Volví a tocar el bolso y decidí que hablaría con él al abandonar la habitación, pero una enfermera apareció para anunciar que la visita debía terminar.
Ewan acababa de llegar. Su tío se quedaría toda la tarde, mientras el recién llegado me devolvería a Nairn.
Morag me pidió un beso, me obligó a prometer que regresaría y, antes de soltarme, alzó la voz para que su nieto pudiera oírla.
—¡Esta me gusta! No la estropees.
—No estoy haciendo nada que pueda estropearse —le respondió, ya en la puerta.
—Ese es precisamente tu problema.
Salí riéndome, con las mejillas doloridas y la sensación de conocerla desde hacía mucho más de una hora.
Ewan esperaba en el pasillo con una mochila y un ramo pequeño de flores; al verme, preguntó qué opinión me merecía su bisabuela.
—Es extraordinaria.
—¿Ha intentado casarte con alguien?
—Con el cirujano —mentí.
—Tiene sesenta años y cuatro hijos. Debió de considerarte desesperada.
Cameron se despidió de mí junto a los ascensores. Me agradeció la visita, prometió regresar por la noche a la casa familiar y se volvió hacia la habitación cuando oyó que Morag llamaba a una enfermera para denunciar la desaparición de uno de sus pendientes.
La joya seguía en su oreja, pero sospeché que acababa de inventar una emergencia para recuperar su atención.
El viaje de regreso comenzó entre las historias que Ewan quiso añadir a las de su bisabuela.
Me contó que una vez vendió sin permiso varias antigüedades para donar el dinero a un refugio, que todavía enviaba postales de cumpleaños escritas a mano y que sabía exactamente cuánto cobraba cada trabajador de la finca, incluidos los hijos que estudiaban y las mascotas que sufrían alguna enfermedad.
—Te ha gustado —concluyó cuando dejamos atrás Inverness.
—Muchísimo.
—No hablaba de Granny Mo.
Volví la atención hacia los campos que se extendían al otro lado del parabrisas, donde el viento trazaba ondas sobre la cebada. La pregunta permaneció entre nosotros durante varios kilómetros; no necesitaba aclarar a quién se refería ni qué quería saber.
—¿Te gusta Cameron? —insistió al rato, esta vez sin esconder la curiosidad bajo ninguna broma.
Deslicé los dedos por la correa del bolso, comprobé que el sobre continuaba dentro y contemplé la carretera que nos llevaba de regreso a la casa.
Podía haber negado la atracción, admitirla o explicarle que mis sentimientos no eran la parte más urgente de aquella historia; sin embargo, cualquiera de esas respuestas abría una conversación que aún no estaba preparada para mantener con él.
Ewan esperó unos segundos, luego encendió la radio y redujo el volumen hasta dejar la música apenas perceptible. No volvió a formular la pregunta, pero su atención se desviaba hacia mí cada vez que la carretera se lo permitía.
Seguí mirando los campos hasta que la casa apareció a lo lejos, dorada por la luz de la tarde. Mi respuesta se quedó conmigo.