Capítulo 16
Me despertó el ruido de un coche sobre la grava poco después de las siete. La claridad de la costa llenaba ya el dormitorio y, durante unos segundos, necesité recordar por qué dormía en una casa escocesa rodeada de fotografías familiares.
Después vi el bolso sobre la butaca, pensé en la ecografía que guardaba dentro y recuperé de golpe todas las preocupaciones del día anterior.
Cuando bajé, encontré a Cameron en la cocina, sirviéndose café en una taza mientras Elspeth trataba de convencerlo para que comiera algo.
Conservaba la ropa de la víspera, arrugada después de una noche en el hospital, y una sombra oscura le cubría la mandíbula; aquel deterioro, lejos de sentarle mal, le daba un aspecto cercano que no le conocía.
—Buenos días —me saludó al verme entrar—. Espero no haberte despertado.
—Llevas la misma camisa que ayer —intervino Laia desde la mesa, untando mantequilla en una tostada—. Ha recorrido más kilómetros que nosotras y empiezas a merecer habitación propia.
—He venido a ducharme y cambiarme. Ewan me relevará unas horas.
—¿Cómo está tu abuela? —le pregunté mientras aceptaba el té que Iona acababa de preparar.
—Enfadada con el mundo porque no puede levantarse. Ha pasado buena noche, el dolor está controlado y el cirujano está satisfecho, pero todavía tiene que permanecer ingresada. Su mayor queja es que el camisón del hospital le queda horrible.
Elspeth resopló desde la despensa y apareció con un plato de huevos, salchichas y tomate, que dejó delante de él con una contundencia incompatible con cualquier negativa.
Le recordó que Morag necesitaba familiares alimentados, no mártires desmayándose por los pasillos, y señaló la silla vacía hasta conseguir que se sentara.
—Su Majestad me llamó a las seis y doce —nos contó—. Quería que le llevara su crema facial, un peine y los pendientes de perlas.
—¿Para qué quiere unos pendientes en el hospital? —le preguntó Laia.
—Dice que una cadera rota no justifica recibir al traumatólogo sin accesorios.
—Me niego a conocer a esa señora —sentenció mi amiga—. Si a los noventa y nueve años mantiene ese nivel, me detectará todas las carencias antes de que consiga presentarme.
Quise saber cuándo podríamos visitarla y mi entusiasmo provocó una sonrisa cansada en Cameron.
Me explicó que por la mañana solo permitirían entrar a un familiar, pero a partir del mediodía aceptarían alguna visita breve; si de verdad me apetecía acompañarlo, podía llevarme y dejar que Ewan me trajera de vuelta más tarde.
—¿No preferirías regresar tú a descansar? —le pregunté—. Has pasado allí toda la noche.
—Dormiré cuando vuelva a casa. Mi madre sigue fuera, el resto de la familia tardará en organizarse y Granny Mo necesita a alguien que entienda cuándo protesta de verdad y cuándo está organizando una rebelión por entretenimiento.
Ewan la adora, pero le concede todo cuanto pide; a este ritmo, antes del almuerzo la habrá llevado a la cafetería dentro de la cama.
—No veo el problema —opinó Laia—. Con cuatro ruedas y una pendiente, hasta puede regresar sola.
—No le des ideas. Es capaz de exigir una rampa.
Terminó el desayuno bajo la supervisión de Elspeth y subió a cambiarse.
Aproveché aquellos minutos para ducharme, vestirme y guardar la ecografía en un sobre más discreto; si encontraba la oportunidad, se lo contaría después de visitar a su abuela.
El aplazamiento empezaba a avergonzarme, pero quería elegir un momento que no estuviera interrumpido por una operación, una llamada o una huida geriátrica.
Al regresar a la cocina, Laia me esperaba con los brazos cruzados y una expresión acusadora.
—Te has puesto el vestido azul.
—¿Y?
—Es el vestido que utilizas cuando quieres parecer fiable, responsable y candidata a una hipoteca conjunta.
—Voy a conocer a una mujer de noventa y nueve años, no a solicitar la mano de su nieto.
—Es verdad, Cameron es su nieto. En esta familia necesito un esquema, fichas de colores y una tarde libre.
—Además, llevaré la ecografía.
Le enseñé el sobre dentro del bolso y su gesto cambió al comprender que esta vez hablaba en serio.
Me apretó una mano, me prometió que todo saldría bien y mantuvo la emoción durante tres segundos; después me aconsejó que no le entregara la imagen a Morag por error, porque aquella señora podría organizar el bautizo antes de recibir el alta.
Ewan llegó a las ocho y media con dos cafés, una bolsa de ropa y el cargador que su tío olvidó la noche anterior.
Se cruzaron en el vestíbulo, intercambiaron información acerca de la medicación y discutieron sobre quién debía convencer a su bisabuela para que utilizara el andador cuando llegara el momento.
—No pienso decirle que es obligatorio —protestó el recién llegado—. La última vez que le llevé un bastón, lo usó para cerrarme una puerta en la cara.
—Tienes ya unos años y sigues permitiendo que una anciana te intimide.
—Tú llevas más tiempo haciéndolo.
—Porque conozco mis límites.
Laia apareció a mi lado y me murmuró que aquella era la verdadera estructura de poder de los MacNair: Morag gobernaba, Elspeth ejecutaba las órdenes y los hombres poseían negocios para mantener la ilusión de autoridad.
Ewan oyó parte del comentario, le dio la razón y prometió traer fotografías del hospital si su bisabuela conseguía apoderarse de la planta.
Antes de marcharse, Cameron me indicó que volvería a recogerme cerca del mediodía.
Lo vi subir al coche con ropa diferente y el cabello todavía húmedo, aunque el cansancio continuaba presente en sus facciones; en vez de ocultarlo mediante bromas, bajó la ventanilla para admitir que estaba deseando regresar al hospital.
Su abuela se despertaría por completo a lo largo de la mañana y prefería estar allí cuando comprendiera las limitaciones que la esperaban.
Pasamos las horas siguientes ayudando a preparar el dormitorio de la planta baja. Elspeth retiró una alfombra con la que Morag podía tropezar, Iona cambió varios muebles y nosotras trasladamos libros, ropa y objetos personales desde el piso superior.
Cada elección desencadenaba una historia: el reloj de plata perteneció a su marido, una caja lacada escondía cartas de amor y una pequeña figura de porcelana representaba a un perro que mordió a un ministro durante una visita a la finca.
—¿Fue el perro de verdad o también es una leyenda familiar? —le pregunté al ama de llaves.
—Fue de verdad. El ministro intentó acariciarlo mientras comía y Su Majestad sostuvo que el animal tenía mejor criterio político que la mayoría del país.
Poco antes de las doce, un nuevo mensaje confirmó que la paciente ya había pasado por consulta y se encontraba despierta.
Cameron llegó un rato después y me encontró colocando novelas en una estantería baja; quiso ayudar, pero Elspeth le dio un manotazo en los dedos y le ordenó llevarme al hospital antes de que su abuela decidiera escaparse para conocernos.
Laia nos acompañó hasta la puerta y me abrazó con una teatralidad digna de una despedida transoceánica.
—Si te pregunta por tus intenciones, dile que son honorables.
—Voy a visitar a una enferma.
—Eso creemos todos. Luego una anciana te ofrece té, saca las fotografías de comunión y acabas probándote el vestido de novia de 1947.
—Deja de decir tonterías.
—Si vuelves prometida, quiero elegir los zapatos.
El trayecto hasta Inverness nos permitió hablar de Morag.
Su nieto me contó que enviudó dignamente, administró la finca durante décadas y se negó a venderla incluso cuando mantenerla empezó a costar más de lo razonable.
También participó en asociaciones locales, consiguió fondos para restaurar una biblioteca y convirtió el invernadero en refugio de animales heridos durante un invierno especialmente duro.
—A los noventa y seis intentó subir al tejado para reparar una teja —me explicó—. Elspeth retiró la escalera y ella llamó a los bomberos, alegando que se había quedado atrapada.
—¿Estaba en el tejado?
—Todavía no. Quería que los bomberos le devolvieran la escalera.
—Empiezo a sospechar que la fractura no conseguirá retenerla mucho tiempo.
—Esa es la preocupación de todos.
Aparcamos cerca del hospital y, antes de entrar, me preguntó si me sentiría cómoda.
Le recordé que trabajaba en uno, que no me impresionaban las habitaciones ni los pacientes y que llevaba desde el día anterior deseando conocer a la mujer de las fotografías.
Pareció agradecer mi interés, aunque me advirtió que su abuela carecía de filtro y que la medicación podía empeorar una sinceridad ya temible.
La encontramos incorporada en la cama, con el cabello blanco peinado hacia atrás, unos pendientes de lo más elegantes y una bata turquesa sobre el camisón hospitalario.
La edad había afinado sus facciones, pero sus ojos azules conservaban una viveza que recorría cuanto la rodeaba; sobre la mesa descansaban unas gafas, un periódico doblado y el desayuno que se negó a terminar porque, según nos informó nada más entrar, se asemejaba a las gachas y estas, a su vez, podían utilizarse para reparar carreteras.
—Granny Mo, te presento a Martina —comenzó su nieto mientras acercaba una silla—. Es una amiga española que está pasando unos días con nosotros.
—Ya veo que es española. Ninguna escocesa se pondría ese vestido para entrar en un hospital.
Bajé los ojos hacia la ropa, sin saber si acababa de recibir un elogio o una reprimenda.
—Lo dice porque le gusta —me aclaró Cameron.
—No necesito traductor —le recordó ella—. Acércate, muchacha. Desde aquí solo distingo que eres morena y que mi nieto se ha afeitado para traerte.
—Me afeito todos los días.
—Anoche parecías un salteador de caminos.
Me incliné para besarla y recibí a cambio una inspección minuciosa. Me sostuvo ambas manos, observó mi cara y quiso saber a qué me dedicaba, dónde vivía y por qué había elegido las Highlands para pasar las vacaciones.
Respondí con sinceridad a las dos primeras cuestiones, pero en la tercera recurrí de nuevo a nuestro deseo de conocer Escocia.
—¿Y viajaste hasta aquí por los paisajes? —me preguntó, sin soltarme—. Qué casualidad que el paisaje te haya llevado a la casa de mi familia.