Un escocés para Martina Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Cenamos en la cocina, incapaces de utilizar aquel comedor inmenso siendo tan pocas y la conversación se interrumpió cuando llegó un mensaje del hospital: la operación terminó, no surgieron complicaciones y Morag estaba despertando de la anestesia.

El alivio recorrió la mesa. Elspeth brindó con agua porque se negaba a abrir una botella sin la homenajeada, Iona telefoneó a varias personas de la familia y Laia propuso celebrar que Su Majestad podría volver pronto a sus veinte largos.

Yo pensé en una mujer de noventa y nueve años a la que todavía no conocía y descubrí cuánto deseaba que regresara a aquella casa.

Ewan llegó cerca de las once, cansado, con la camisa arrugada y una bolsa del hospital en la mano.

Apenas cruzó la puerta, Elspeth lo abrazó, le revisó la cara en busca de información adicional y lo sentó ante un plato de estofado. Nos confirmó que su bisabuela estaba estable, que reconoció a todos al despertar y que su primera preocupación consistió en saber quién gobernaba ahora su casa.

—También ha preguntado por sus cebollas —nos contó, aceptando el pan que le ofrecía Iona—. El médico pensó que seguía desorientada.

—¿Le has explicado que las cebollas son las víctimas? —le preguntó Laia.

—Lo intenté. Me respondió que una buena cebolla soporta una caída.

Cameron permanecería en el hospital aquella noche, aunque una enfermera le proporcionó un sillón reclinable, por lo que nos contó. Si la evolución era favorable, trasladarían a Morag a una habitación, pero debería permanecer ingresada varios días.

El recién llegado comió con verdadero apetito y fue relajándose a medida que la señora Campbell lo obligaba a repetir.

Después nos acompañó al salón familiar, encendió la chimenea porque la noche refrescó y se dejó caer en la alfombra, cerca del fuego, mientras los demás ocupábamos los sofás.

—¿Por qué te sientas en el suelo teniendo diecisiete sillones? —le preguntó mi amiga.

—Porque en ese sofá escondió Granny Mo una aguja de coser en 2006 y no confío en que la encontráramos.

—La encontró el obispo —nos informó Elspeth desde un sillón—. Durante el funeral del señor MacNair.

—¡Eso mejora muchísimo la historia!

A partir de ahí, las anécdotas se sucedieron sin orden.

Supimos que el obispo terminó la ceremonia de pie, que Cameron perdió una ceja durante el incendio de la cortina y que la madre de Ewan dio a luz en una de las habitaciones del piso superior porque una nevada impidió llegar al hospital.

También descubrimos que Morag fingió no saber conducir durante los primeros años de matrimonio para que su marido la llevara a todas partes, aunque después ganó una carrera benéfica al volante de un coche antiguo.

El protagonista de la fotografía de la palangana intentó recuperar el teléfono de Laia para borrar la prueba, pero ella lo escondió dentro de su camiseta y lo retó a buscarlo.

Él amenazó con aceptar; luego recordó que tenía novia, aunque la prudencia le duró poco y terminó persiguiéndola alrededor de una mesa mientras Elspeth animaba a ambos y yo reía hasta que me dolió el costado.

Aquel comportamiento no favorecía su imagen de futuro esposo responsable, pero mostraba una faceta diferente.

Detrás del hombre que dedicaba sonrisas a cualquier mujer atractiva había un bisnieto que abandonó los preparativos de su boda para acudir al hospital, conocía los medicamentos de su abuela y podía explicar sin consultar nada qué habitación necesitaría cuando regresara.

No dejaba de ser un caradura; simplemente resultaba ser un caradura capaz de cuidar.

La velada terminó pasada la medianoche. Iona se marchó a casa, Elspeth ocupó un dormitorio de la planta baja y Ewan insistió en comprobar las puertas antes de subir. Nos despedimos al pie de la escalera, pero me pidió unos segundos y me condujo hasta una fotografía situada cerca de la biblioteca.

En ella aparecía Cameron con pocos años sentado en los escalones de la entrada y sosteniendo a un bebé envuelto en una manta. Su sobrino, recién nacido, cerraba una mano alrededor de uno de sus dedos.

—Mi padre se marchó cuando yo era pequeño —me explicó—. Él estuvo siempre. Me enseñó a nadar, a conducir y a sobrevivir a las mujeres de esta casa, que es la parte más difícil. Puede parecer que lo tiene todo resuelto, pero la familia es lo único que nunca se toma a la ligera.

Comprendí que pretendía hablarme de su tío y que, sin saberlo, acababa de darme otro motivo para confiar en él. Miré la fotografía, luego el bolso donde guardaba la ecografía y decidí que la verdad no podía seguir esperando eternamente.

Subí con Laia, que nos esperaba en el descansillo fingiendo examinar otro retrato. Nada más cerrar la puerta de nuestro pequeño salón, me acusó de haber aprovechado una emergencia geriátrica para recopilar referencias paternas.

—No he recopilado nada. Me enseñó una fotografía.

—Y te contó que es responsable, familiar y prácticamente padre de sustitución. Entre la destilería, la casa y el currículum emocional, solo falta que mañana descubramos que rescata cachorros.

—Necesito dormir.

—Necesitas hablar. Dormir llevas haciéndolo todas las noches con una eficacia admirable; contarle la verdad, todavía ninguna.

Me retiré al dormitorio antes de que pudiera continuar, aunque su reproche me acompañó mientras guardaba la ropa y colocaba el teléfono sobre la mesilla.

Desde la cama veía parte de la pared del pasillo, cubierta de imágenes familiares; en todas ellas se acumulaban nacimientos, celebraciones, pérdidas y veranos que alguien se preocupó de conservar.

Durante años soñé con formar una familia sin imaginar rostros concretos. Ahora dormía en una casa repleta de ellos, bajo el techo de una mujer que era la bisabuela de mi hijo.

La verdad seguía guardada dentro de mi bolso, pero cada fotografía de aquellas paredes parecía recordarme que el bebé ya pertenecía a una historia mucho mayor que la mía.