Capítulo 15
Mi amiga estaba tan encantada como yo, a la par que sorprendida por el curso de los acontecimientos.
—Esto empieza a parecer una prueba de acceso —me comentó cuando subíamos la escalera—. Si encuentras una fotografía con Cameron también desnudo en la palangana y no sales huyendo, te conceden la nacionalidad.
—Uff…
—No refunfuñes…
—Y no voy a buscar esa fotografía.
—También dijiste que no vendrías a Escocia a perseguir al padre de tu hijo y parece que hayamos inventado un juego nuevo, porque no hay manera humana de soltar la bomba.
—Mi hijo no es una bomba —le recordé por lo bajo.
—No, es una fresa. Ya verás cuando tenga el tamaño de un melón y tengas que echarlo por…
—¿Te callas o te callo?
Iona nos asignó dos dormitorios comunicados por un pequeño salón.
El mío estaba decorado en tonos azulados y crema, con una cama de columnas, un escritorio frente a la chimenea y una cómoda sobre la que alguien colocó un cuenco de manzanas.
Las ventanas daban a la parte trasera de la finca; desde allí se divisaban los jardines, un muro cubierto de espalderas y, más allá de los árboles, una franja del mar del Norte iluminada por el sol de la tarde.
El baño contaba con una bañera exenta, grifería de latón y un armario lleno de toallas que olían a lavanda.
Mi amiga entró detrás de mí, revisó la cama, abrió una puerta que comunicaba con un vestidor y anunció que no pensaba volver a Rota mientras quedara una habitación libre.
—Esta gente no sabe que te presentas con un bebé, una sargento y una capacidad ilimitada para instalarte —me advirtió.
—Ese es su problema por invitar sin solicitar referencias.
Deshicimos lo imprescindible y un rato después, tras descansar un poco, bajamos a la cocina, una estancia enorme situada en la zona más antigua de la casa.
Tenía una mesa central marcada por años de uso, alacenas pintadas de verde y una cocina de hierro junto a los electrodomésticos modernos.
Iona nos sirvió sopa de puerro y patata, pan con semillas y una tarta salada de salmón; al verme aceptar una segunda ración, sonrió y aseguró que la señora MacNair aprobaría mi apetito.
—No la animes —intervino Laia—. Desde que llegamos a Escocia come cada dos horas.
—Será el aire del norte.
—O una criatura minúscula que exige servicio de habitaciones.
La miré con tal alarma que dejó caer la cuchara dentro del plato para disimular. Nuestra anfitriona no pareció reparar en la frase, pues en ese momento se abrió la puerta trasera y una mujer irrumpió en la cocina empujando un carrito lleno de bolsas.
Debía de rondar los setenta, aunque se movía con la energía de quien decidió no concederle ninguna autoridad a su fecha de nacimiento. Llevaba pantalones de cuadros, zapatillas deportivas rojas y una chaqueta impermeable de un amarillo capaz de orientar barcos desde la costa.
—¡Ya están aquí las españolas! —exclamó antes de que nadie nos presentara—. Espero que sepáis jugar a las cartas, porque Su Majestad hace trampas y necesitamos testigos internacionales.
La señora Campbell nos abrazó por turnos, dejó las bolsas sobre la mesa y empezó a vaciarlas mientras preguntaba por el viaje, la comida y las habitaciones.
Nos comentó atropelladamente que los hombres ya estaban en el hospital y que ella había hecho la compra en un periquete antes de regresar a la casa.
No esperaba respuestas completas; encadenaba los asuntos con tanta agilidad que solo podíamos seguirla y confiar en que regresara a alguno más adelante.
—¿Su Majestad? —le pregunté cuando encontré un hueco.
—Morag. Delphine para el médico, señora MacNair para quien quiera conservar el empleo y Su Majestad para los que llevamos demasiado tiempo obedeciéndola —me explicó mientras colocaba yogures en el frigorífico—.
Empecé a trabajar aquí a los diecinueve años.
Ella me recibió con una lista de tareas, corrigió mi forma de preparar el té y, al tercer día, me prestó dinero para comprarme un abrigo.
Desde entonces discutimos casi a diario.
—¿Lleva aquí más de cincuenta años? —calculó mi amiga.
—Cincuenta y dos. Intenté jubilarme a los sesenta y cinco, pero Su Majestad me organizó una fiesta, me regaló un reloj y al lunes siguiente me llamó para preguntarme por qué llegaba tarde.
La mujer nos hizo reír antes de terminar de guardar la compra. Después llamó al hospital, reprendió a Cameron por no mantenerla informada cada quince minutos y consiguió que una enfermera le confirmara que la operación estaba a punto de empezar.
Al colgar, se permitió unos segundos de preocupación; luego recogió la chaqueta, afirmó que sentarse no arreglaría ninguna cadera y decidió enseñarnos la casa.
Recorrimos salones de techos altos, un comedor que solo se utilizaba en Navidad, una biblioteca con escalera móvil y una estancia dedicada por completo a juegos de mesa.
Cada espacio contenía recuerdos familiares: una marca de lápiz registraba el crecimiento de varias generaciones junto a una puerta, un cristal ligeramente agrietado permanecía sin cambiar porque lo rompió Ewan con una pelota a los ocho años y un armario conservaba disfraces que Morag cosió para sus hijos, nietos y bisnietos.
—Aquí Cameron incendió una cortina durante una representación de piratas —nos contó el ama de llaves al entrar en una sala pequeña—. Tenía once años, fabricó una antorcha y aseguró que necesitaba realismo.
—¿Qué hizo su abuela?
—Apagó el fuego, le puso un cubo y una bayeta en las manos y le obligó a reparar la pared con su abuelo, que en paz descanse. Después guardó la cortina quemada para enseñársela a todo el mundo.
—Ya entiendo de dónde viene la delicadeza familiar —comentó Laia—. Crecen bajo amenaza de que todo se hará público.
En el pasillo de la segunda planta encontramos la fotografía de la palangana. El protagonista tendría unos dos años, llevaba un sombrero de paja y sostenía un pato de goma mientras sonreía sin una sola preocupación por su dignidad futura.
Mi amiga sacó el teléfono para inmortalizarla, pero la señora Campbell le pidió que esperara y retiró el marco de la pared.
—Con el cristal refleja mal —le indicó, entregándoselo—. Ponte cerca de la ventana.
—¡Señora Campbell, acaba usted de convertirse en mi persona favorita de Escocia!
—Llámenme Elspeth. “Señora Campbell” suena a mujer que desaprueba los postres, y yo escondo chocolate en cuatro habitaciones.
La visita terminó en la galería acristalada que comunicaba con la piscina. Era cubierta y alargada, revestida con azulejos verde agua; grandes ventanales se abrían hacia el jardín y permitían ver el cielo, los árboles y la línea marina.
En uno de los extremos había plantas tropicales, varias tumbonas de madera y una colección de flotadores, entre ellos un cisne gigantesco con una corona dorada.
—Su Majestad se baña todas las mañanas —nos contó Elspeth—. Cumple cien años en noviembre y continúa haciendo veinte largos, aunque los últimos cinco los dedica a criticar mi técnica.
—¿Se mete sola? —le pregunté, preocupada.
—No debería. Por eso lo hace antes de que llegue Iona. Hace dos semanas dejó la bata junto a la cama para despistarnos, bajó con el bañador debajo del camisón y entró por la puerta del jardín. La encontramos dando órdenes al muchacho de mantenimiento desde el agua.
—¿Y hoy se ha caído en la piscina?
—En absoluto. Se subió a una banqueta para alcanzar una caja de té que ella misma escondió en lo alto de una alacena. Perdió el equilibrio y aterrizó sobre una cesta de cebollas. Llevo años diciéndole que las caderas y las verduras no son compatibles.
Pasamos la tarde en aquella zona de la casa. Laia se bañó, intentó montar el cisne y cayó al agua tres veces antes de aceptar que el animal rechazaba su autoridad militar.
Permanecí en una tumbona con los pies descalzos, una manta ligera sobre las piernas y un vaso de limonada; no quise nadar porque ya acumulaba suficientes preocupaciones, aunque ambas se burlaron de mi súbita decisión de tratar el agua como una sustancia sospechosa.
—Esta mañana querías saber si un chaleco podía molestar al bebé y ahora temes que la piscina descubra el embarazo —cuchicheó mi amiga cuando Elspeth salió a buscar más toallas—. A este paso vas a prohibirle la ducha.
—No quiero resbalarme.
—Eres joven, no tienes noventa y nueve años ni una cesta de cebollas debajo.
—Déjame ser prudente.
—Te dejo, pero recuerda que dentro de unos meses no podrás levantarte de esa tumbona sin asistencia técnica.
La tarde transcurrió entre llamadas del hospital y anécdotas.
La operación comenzó con retraso, por lo que Elspeth decidió preparar la cena para mantenerse ocupada; nosotras la ayudamos a cortar verduras, amasar unos panecillos y elaborar un estofado que, según ella, Morag consideraba medicinal porque contenía whisky.
Me aseguré de que eso no lo probaría, por si las moscas.
Mientras cocinábamos, nos habló del primer automóvil de la dueña de la casa, de la ocasión en que se presentó en una reunión del ayuntamiento con un gallo dentro de una cesta para protestar por una ordenanza y de su costumbre de recibir a los vendedores telefónicos fingiendo que solo hablaba latín.
También nos contó que enviudó hacía más de veinte años y nunca quiso abandonar la finca porque cada habitación contenía una parte de su vida.
—Sus hijos intentaron convencerla para que se mudara a una casa más pequeña —nos explicó mientras cerraba una empanada—.
Les respondió que, si tanto les preocupaba el tamaño, podían mudarse ellos aquí y ocuparse del polvo.
Nadie volvió a sugerirlo. Después nos contó que su hijo varón vivía fuera de Escocia y que la madre de Cameron, su hija, era la única que le hacía frente.
—Su Majestad me cae bien sin conocerla —admití.
—A todo el mundo le cae bien desde una distancia razonable. Cuando la tengáis delante, ocultad vuestras debilidades; las detecta antes que los perros el miedo.
Anocheció después de las diez, aunque el cielo conservó una claridad azulada sobre la costa.