Capítulo 14
La carretera hacia Nairn abandonó poco a poco las montañas que rodeaban el lago Ness y se internó en un paisaje más abierto, donde los bosques cedían terreno a campos cultivados, pastos extensos y pequeñas poblaciones de tejados oscuros.
El cielo también parecía distinto; sobre las cumbres, las nubes se acumulaban en capas, mientras que hacia la costa se deshacían y dejaban pasar una claridad más amplia, de un azul pálido que se confundía con el mar.
A medida que avanzábamos hacia el este, aparecieron granjas protegidas por hileras de árboles, casas encaladas y caminos secundarios que desaparecían entre campos de cebada.
Las retamas salpicaban las cunetas con manchas amarillas, y alguna torre antigua emergía a lo lejos antes de quedar oculta tras una curva.
Era otra versión de las Highlands: menos abrupta, pero igual de hermosa, con una amplitud que permitía respirar y una costa anunciándose mucho antes de resultar visible.
En los asientos delanteros se sucedieron las llamadas. El hospital confirmó que Morag entraría en quirófano aquella misma tarde y que, pese a sus noventa y nueve años, los médicos la consideraban lo bastante fuerte para afrontar la intervención. Casi nada, ¡noventa y nueve años!
Su bisnieto habló con una vecina, con la señora Campbell (que resultó ser el ama de llaves) y con una tal Iona, a quien pidió que preparase dormitorios y comprobara si había comida en la casa.
—¿Cuánta gente trabaja allí? —preguntó Laia desde mi lado, después de escucharlo repartir instrucciones.
—En realidad, poca —le explicó, volviéndose hacia nosotras—. Iona se ocupa de la casa y la señora Campbell dirige todo lo demás, incluida la distracción de mi bisabuela. También va un jardinero, aunque Granny Mo asegura que solo aparece para asesinar sus rosales.
—Tiene noventa y nueve años, una casa con seis dormitorios, piscina y servicio —resumió mi amiga—. Quiero ser esa señora cuando crezca.
—Tendrías que sobrevivir muchas décadas sin que nadie te estrangulara.
—Eso complica el proyecto, pero no lo descarta.
Cameron condujo durante un tramo sin intervenir en nuestras bromas, pendiente de las noticias que llegaban a su teléfono mediante el sistema del coche.
Al confirmar que la paciente ya estaba en la zona preoperatoria, tomó una salida que evitaba el centro de Nairn y nos llevó por una carretera estrecha, flanqueada primero por tierras de labor y después por pinos inclinados bajo el viento del mar.
La finca apareció detrás de una verja de hierro pintada de verde.
Dos pilares rematados por piñas de piedra marcaban la entrada y, desde allí, un camino bordeado de hayas avanzaba hacia la casa, aunque el edificio no se descubría hasta superar una suave elevación del terreno.
Cuando por fin lo vi, entendí por qué Ewan había utilizado la palabra “casoplón” sin exagerar.
La fachada estaba revestida de un tono crema cálido que el sol volvía casi dorado. Se distribuía en tres plantas, con ventanas altas de marcos blancos, tejado de pizarra azulada y una puerta principal verde oscuro protegida por un pórtico de columnas sencillas.
Dos alas más bajas se extendían a ambos lados; una terminaba en un invernadero de cristales antiguos y la otra enlazaba con una galería acristalada, detrás de la cual se adivinaba el agua de una piscina.
No tenía aspecto de museo ni de residencia diseñada para impresionar a desconocidos. Varias bicicletas descansaban contra una pared, una regadera ocupaba el primer escalón y, junto a la puerta, alguien dejó un par de botas cubiertas de tierra.
Los rosales crecían con cierta indisciplina alrededor de las ventanas, mientras una enredadera cargada de flores blancas trepaba hasta el balcón del piso superior.
—Voy a tener que revisar mi concepto de “casa de una abuela” —comenté al bajar.
—La mía tiene dos dormitorios y un patio con geranios —añadió Laia—. También presume de patrimonio, pero se refiere a una vajilla que no nos permite tocar desde 1998.
Iona salió a recibirnos antes de que termináramos de descargar. Rondaría los veinticinco años, llevaba un peto vaquero sobre una camiseta naranja y se había recogido el cabello rubio en una trenza que le caía por la espalda.
No parecía una empleada uniformada, sino una joven sorprendida en mitad de alguna tarea doméstica; todavía sostenía un plumero y tenía una mancha de polvo en una mejilla.
—La habitación azul está lista y he preparado también la verde —les informó a los hombres después de saludarnos—. Dejé sopa en la cocina, puse sábanas en el dormitorio de la planta baja y escondí las llaves del coche de la señora MacNair.
—Eso último es esencial —le reconoció Cameron.
—¿Pretendía conducir con la cadera rota? —le preguntó mi amiga.
—Intentará hacerlo en cuanto vuelva —nos aseguró la chica—. La última vez que tuvo neumonía escapó al supermercado porque nadie compró la mermelada correcta.
—Me quedo muerta de que esa señora todavía conduzca —añadió mi amiga.
—Muerta estarás si dices algo en contra de que lo haga —le aseguró Ewan.
Obviamente, era la primera persona de esa edad que conocíamos que se atreviera a seguir manejando un volante.
Iona condujo al interior por un vestíbulo luminoso, pavimentado con baldosas negras y blancas, donde un gran jarrón contenía ramas de avellano recién cortadas.
Una escalera de madera ascendía en dos tramos alrededor de una lámpara de cristal, pero fueron las paredes las que capturaron mi atención: desde el zócalo hasta casi alcanzar el techo, cientos de fotografías ocupaban marcos de tamaños, estilos y épocas diferentes.
Había retratos en sepia, bodas celebradas bajo la lluvia, niños disfrazados, perros sentados en sillones, graduaciones, excursiones, fiestas de cumpleaños y reuniones en torno a mesas interminables.
Algunas imágenes conservaban la rigidez propia de otra época; otras mostraban a la familia riéndose, movida o desprevenida, sin que nadie pareciera preocupado por lograr una composición perfecta.
—Esto continúa por toda la casa —nos explicó Ewan mientras tomaba mi maleta—. Granny Mo sostiene que una familia guardada en álbumes acaba olvidada en un cajón, así que obliga a colgarlo todo.
—¿También las fotografías comprometedoras? —quiso saber Laia.
—Sobre todo esas. Hay una mía bañándome desnudo en una palangana.
—Excelente. ¿En qué pasillo?
—En uno al que no tendrás acceso sin sobornarme.
Su tío le pidió que dejara de flirtear durante una emergencia familiar y nos acompañó hasta el pie de la escalera.
Debían marcharse enseguida si querían llegar al hospital antes de la operación; nos prometió noticias en cuanto supiera algo, agradeció que aceptáramos alojarnos allí y me preguntó por última vez si me encontraba bien después del paseo en barca.
—Estoy perfecta. Ocúpate de tu abuela.
—Eso pienso hacer. Iona os enseñará el resto de la casa y os dará de comer; no os sintáis obligadas a esperar despiertas, porque puede que volvamos tarde.
—No os preocupéis por nosotras —le garantizó Laia—. Tenemos una piscina, cientos de fotografías y material suficiente para chantajear a vuestra familia durante décadas.
Tras despedirse, los dos regresaron al coche. Los observé alejarse por el camino y me sorprendió la rapidez con la que aquella familia nos integraba en sus asuntos, pese a que apenas nos conocían.
Entramos en una vivienda ajena con nuestras maletas, habíamos cruzado cien kilómetros por una mujer a la que nunca vimos y, antes de terminar el día, dormiríamos bajo el mismo techo que varias generaciones de los MacNair contemplaban desde las paredes.