Un escocés para Martina Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—La UNESCO debería protegerte. Eres patrimonio social de las Highlands.

El aludido recibió la pulla con orgullo y alegó que ser amable no constituía delito, aunque tuvo el buen criterio de no contarnos qué opinaba Moira. No era porque saludara, que naturalmente sería lo normal, sino porque se las comía a todas con los ojos.

Después se ofreció a fotografiarnos, tomó mi teléfono y dirigió una sesión en la que su tío terminó apareciendo a mi lado.

Nos pidió que nos acercáramos un poco, luego otro poco, y Laia añadió que quizás necesitábamos celebrar una boda para conseguir el encuadre adecuado.

—No la escuches —le aconsejé a Cameron, avergonzada.

—Empiezo a entender que eso no es posible.

La fotografía quedó preciosa. El lago ocupaba el fondo, las montañas se elevaban a ambos lados y el viento movía la falda de mi vestido bajo el impermeable abierto; él sonreía, ajeno a mi lucha interior, con una mano colocada sobre el respaldo del asiento, cerca de mi hombro.

Me gustó tanto que sentí una punzada de culpabilidad. Aquella imagen parecía pertenecer a una historia sencilla, cuando la nuestra empezaba con una noche que yo no recordaba, un embarazo secreto y una verdad que aún no le había confesado.

Navegamos hasta una ensenada protegida donde el motor se detuvo y la barca quedó entregada a un balanceo leve.

Sacaron la cesta, repartieron bollos con mantequilla, fruta y limonada, y durante un rato hablamos de cualquier cosa salvo del motivo que nos llevó a Escocia.

Descubrí que Cameron aprendió a navegar desde que apenas había echado los dientes, que detestaba el golf pese a que todos daban por hecho que lo adoraba y que una vez pasó dos semanas recorriendo España en motocicleta.

Ewan aprovechó aquella confesión para contar episodios vergonzosos del viaje, incluidos un arresto por error y una noche en la que su tío durmió en un corral porque confundió una finca privada con un alojamiento rural.

—Tenía veintitrés años —se defendió—. A esa edad, una puerta abierta parece una invitación.

—Esa filosofía continúa muy presente en la familia —apuntó Laia, mirando al sobrino.

Él levantó el vaso a modo de brindis, sin fingir que no había entendido. Cuando una nueva embarcación se aproximó a la ensenada y dos mujeres ocuparon la proa, dedicó a ambas una observación concienzuda; después volvió hacia mí, sonrió y se inclinó para retirar una pelusa de mi manga.

Su descaro ya no despertaba ninguna duda, y resultaba difícil reconciliarlo con la novia de siempre, la boda adelantada y la supuesta estabilidad que llevaba años construyendo.

—¿Quieres llevarla un rato? —me ofreció Cameron cuando reanudamos la marcha.

—¡Ni hablar!

—Solo tendrás que sujetar el timón. Estaré a tu lado.

—Eso mismo se dice antes de que una turista española hunda una embarcación escocesa y provoque un conflicto diplomático.

—Yo me encargo del comunicado oficial —se ofreció mi amiga—. “La Armada española niega cualquier responsabilidad y culpa al monstruo”.

Acabé aceptando. Me colocó frente a los mandos, me explicó qué debía hacer y mantuvo una mano cerca de la mía sin arrebatarme el control.

La barca respondió con docilidad; avancé durante varios minutos, primero pendiente del rumbo y después lo bastante confiada para disfrutar del aire, del agua abierta y de la risa de mis acompañantes cada vez que desviaba unos grados la dirección.

—¿Ves? —me comentó cerca del oído—. Estás a salvo.

Su voz, la proximidad de su cuerpo y aquel perfume reconocible me devolvieron de golpe a la razón por la que me encontraba allí.

Decidí que hablaría en cuanto regresáramos al pantalán. Le pediría unos minutos a solas, sacaría la ecografía y empezaría por la única certeza posible: estaba embarazada. La explicación del resto llegaría después, aunque tuviera que pronunciarla por partes.

Atracamos cerca de las dos. Laia esperó a que guardáramos los chalecos y, con una sutileza inexistente, tomó a Ewan del brazo para pedirle que le enseñara una tienda de productos locales que acababa de inventarse.

—Seguro que conoces una —le aseguró—. Con lo integrado que estás en la comunidad, tendrás hasta un descuento de conquistador habitual.

—¿Qué quieres comprar?

—Algo muy escocés. Una galleta, una oveja, una espada… Ya decidiré cuando lo vea.

Se alejaron por el pantalán entre bromas, dejándonos junto a la embarcación.

Cameron cerró uno de los compartimentos y me preguntó si había disfrutado del paseo; asentí, me llevé una mano al bolso y busqué la primera frase, consciente de que aquella era la oportunidad que llevaba posponiendo varios días.

—Tengo que contarte por qué estamos… —comencé, y la seriedad de mi tono hizo que abandonara cuanto estaba haciendo—. Verás…

El teléfono sonó dentro de su chaqueta.

Se disculpó y miró la pantalla con intención de rechazar la llamada, pero cambió de opinión al reconocer el número de su madre.

Contestó tan rápido que apenas distinguí las palabras; la preocupación fue sustituyendo a la sorpresa mientras escuchaba, preguntaba varias veces y recogía las llaves que acababa de dejar sobre un asiento.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté cuando colgó.

—Granny Mo se ha caído. Es mi abuela, Morag. Se ha fracturado la cadera y van a ingresarla en el hospital de Inverness para operarla.

Laia y Ewan regresaban en ese momento y apresuraron el paso al advertir nuestras caras. Él recibió la noticia con una alarma muy distinta al desparpajo de toda la mañana.

—La vecina oyó los golpes —les explicó Cameron—. Mi madre está en Dinamarca y no puede regresar hasta dentro de varios días, así que tengo que ir a Nairn. La operarán esta tarde y, si todo va bien, le darán el alta en cuanto pueda moverse con ayuda.

—Voy contigo —resolvió su sobrino y, por tanto, el bisnieto de esa señora—. No puede volver sola a la casa.

—Tienes pendientes más preparativos de la boda.

—Moira lo hará genial. A Granny Mo no pienso dejarla únicamente con la señora Campbell, porque entre las dos intentarán cargar leña antes de que le retiren los puntos.

La decisión reorganizó la tarde en pocos minutos.

Tendrían que ir primero al hospital y después preparar la vivienda para su regreso; la bisabuela de Ewan vivía a las afueras de Nairn, a poco más de cien kilómetros, en una antigua casa familiar cerca de la costa.

Por lo que contaron, el edificio contaba con habitaciones de sobra, una cocina enorme y una escalera que acababa de convertirse en el principal enemigo de todos.

—Qué pena —comentó Laia con una inocencia que solo podía engañar a dos hombres preocupados—. Nosotras quizás ya nos hayamos marchado cuando volváis. Ha sido un placer volver a veros, aunque breve y lleno de interrupciones médicas.

Ewan apartó el teléfono de la oreja y nos observó, primero a una y después a la otra.

—Podéis venir.

—¿A casa de tu bisabuela en estas circunstancias? —le pregunté, convencida de haberlo entendido mal.

—No será ninguna molestia. El casoplón tiene seis dormitorios, tres salones que nadie usa y una cocina en la que cabría vuestro alojamiento entero.

Podéis quedaros allí mientras la cuidamos y conoceréis otra parte de las Highlands; Nairn es diferente, está junto al mar y tiene unas playas magníficas.

—Además, vuestra presencia puede evitar que Granny Mo nos gobierne desde la cama —añadió su tío, aunque su expresión seguía revelando inquietud—. Solo aceptad si no os trastorna los planes. Tendríamos que salir enseguida.

Mi amiga ni siquiera fingió necesitar tiempo para pensarlo.

—Por supuesto que iremos. Soy militar, sé organizar emergencias y puedo impedir que una anciana escocesa transporte troncos con una cadera nueva.

—Y Martina trabaja en un hospital —recordó Ewan—. Granny Mo estará encantada. Bueno, no lo estará porque odia que la ayuden, pero nosotros sí.

La perspectiva de acompañarlos a casa de la mujer que sería nada más y nada menos que bisabuela de mi hijo me produjo una mezcla de ternura, temor y vértigo.

Aún no conocía su apellido completo ni el lugar exacto donde vivía, y de pronto iba a entrar en otra rama de aquella familia, dormir bajo su techo y contemplar una intimidad a la que no sabía si tenía derecho.

También comprendí que mi confesión acababa de posponerse otra vez, pues nadie podía recibir la noticia de una paternidad inesperada mientras corría hacia un hospital.

Regresamos a Alderhame House para recoger el equipaje.

Kenzie aceptó guardar nuestra habitación por unos días y nos ayudó a hacer las maletas, mientras Laia improvisaba una explicación acerca de una bisabuela, una cadera rota y una invitación que sonaba más extravagante cuanto más intentaba aclararla.

Media hora después ocupábamos de nuevo el todoterreno: Cameron conducía, su sobrino viajaba delante pendiente del hospital y nosotras compartíamos el asiento trasero con bolsos, chaquetas y una caja de pasteles que la dueña del alojamiento nos obligó a llevar.

—Reconócelo —me susurró mi amiga al ajustarse el cinturón—. Menorca no nos habría ofrecido este nivel de argumento.

—Vamos a casa de una anciana que se ha partido la cadera. Intenta tener un mínimo de respeto.

—Tengo muchísimo respeto. También tengo seis dormitorios disponibles, dos Highlanders que están buenísimos porque comparten material genético que jamás debería extinguirse y una amiga incapaz de terminar una confesión sin que intervenga una emergencia —murmuró de nuevo.

Le di un codazo leve y volví la atención hacia la carretera. Dejamos atrás Fort Augustus, bordeamos las aguas oscuras del lago Ness y tomamos rumbo al nordeste, hacia una costa que todavía no conocíamos.

Delante, los dos hombres hablaban con el hospital, organizaban turnos y discutían qué muebles habría que trasladar a la planta baja; detrás, la ecografía seguía guardada en mi bolso, a pocos centímetros de mi mano.

El viaje que debía conducirme hasta una respuesta acababa de añadir otra casa, otra mujer y cien kilómetros más.

Y nadie parecía dispuesto a dejarme terminar una sola frase.