Un escocés para Martina Capítulo 13
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Capítulo 13

Came ron apareció en Alderhame House de buena mañana otra vez, aprovechando que era domingo, vestido con un pantalón color arena, polo azul marino y esa cercanía que empezaba a resultarme desconcertante.

Traía una cesta de desayuno en una mano y dos chaquetas impermeables en la otra; Kenzie lo recibió con la familiaridad reservada a quienes llevaban media vida cruzándose por las mismas calles y, tras averiguar qué planes tenía para nosotras, le advirtió que no nos devolviera empapadas.

—Mi reputación como anfitrión acaba de sufrir una ofensa gravísima —protestó mientras dejaba la cesta sobre una consola—. Había pensado llevaros a navegar por el lago Ness, no abandonaros en mitad del Atlántico.

Laia se volvió hacia mí con una sonrisa que no anunciaba nada prudente.

—¿Navegar? Qué oportuno. Si te caes al agua, te haces la muerta y esperas a que te practique el boca a boca —murmuró en mi oído mientras él iba hacia el coche.

—¿Podrías pensar alguna vez en mi supervivencia sin convertirla en una escena erótica?

—Estoy pensando en tu supervivencia. La parte erótica es un incentivo para el rescatador.

De repente se volvió y nuestro gesto le bastó para sospechar que se había convertido en objeto de la conversación.

Me preguntó qué ocurría y traté de explicarle que mi amiga estaba interesada en los protocolos de salvamento, pero la aludida consideró que aquella traducción le restaba brillo a su aportación y, así a lo loco, lo largó en un inglés bastante creativo.

—Quiere saber si sabes hacer el boca a boca —concluyó, encantada consigo misma—. Es una cuestión de seguridad marítima.

—Hice un curso de primeros auxilios hace años —me aseguró él, adoptando una gravedad que no engañaba a nadie—. Aunque preferiría que Martina no se arrojara al agua solo para examinarme.

—Tranquilo, no voy a tirarme a ningún sitio. Tampoco estoy segura de querer subir a una barca.

La idea del paseo me atraía, pero la inquietud que acompañaba desde hacía semanas a cualquier novedad encontró enseguida media docena de catástrofes.

Pensé en los movimientos de la embarcación, en una caída, en el chaleco ejerciendo presión donde no debía y, por alguna razón inexplicable, en una ola gigantesca recorriendo un lago interior de Escocia.

Borja me había confirmado que podía viajar y mantener una vida normal, aunque mi imaginación seguía empeñada en añadir una cláusula de riesgo a cada actividad.

—¿La barca se mueve mucho? —le pregunté.

—Dependerá del agua, pero hoy está tranquila. Es una embarcación estable y no iremos lejos de la orilla.

—¿Y los chalecos?

—Tenemos varias tallas.

—¿Aprietan mucho?

Me observó con interés, sorprendido por la precisión de mis preguntas, y antes de que encontrara una explicación razonable, mi amiga acudió al rescate.

—Tiene una relación complicada con el mar —le aclaró mi amiga—. Vive en Rota, trabaja cerca de la costa y ha subido a barcos otras veces, pero hoy ha decidido estrenar una fobia por entregas.

—No es una fobia. Solo quiero saber si resulta seguro.

—Lo es —me garantizó con una calidez que redujo un poco mis reparos—. Si en algún momento quieres volver, regresamos; además, llevaré agua, comida y todo lo necesario. No tienes que demostrarle nada a nadie.

Aquella última consideración consiguió tranquilizarme más que las características de la embarcación.

Asentí, recogí un bolso pequeño y seguí a los demás hasta el coche, mientras Laia se retrasaba unos pasos para recordarme que no había preguntado si el patrón navegaba sin camiseta.

—Tengo otras preocupaciones.

—Ya lo sé: la fresa, el padre de la frase y la incapacidad de la madre de la  fresa para informar al padre de la fresa. Es una agenda muy completa. Y habrás observado que ya no lo llamo aceituna.

—Se lo contaré hoy.

—¡Magnífico! ¿Antes o después de fingir que te ahogas?

—No voy a fingir que me ahogo.

—Entonces tendrás que recurrir a la conversación, que es mucho menos cinematográfica, pero suele funcionar.

La pequeña marina quedaba a escasos minutos del centro de Fort Augustus.

Varias embarcaciones de recreo se mecían junto a los pantalanes y el aire olía a agua, vegetación húmeda y combustible; más allá, el lago se prolongaba entre montañas bajo un cielo cubierto por nubes claras, tan extenso que costaba recordar que no estábamos ante el mar.

La barca resultó más grande de lo que imaginaba, con una zona de asientos acolchados, una cabina cerrada y espacio suficiente para moverse sin tener que realizar equilibrios.

Su propietario guardó la cesta, comprobó el depósito y preparó los chalecos con una seguridad que delataba muchas horas de navegación. Laia aprovechó para inspeccionarlo todo, alegando que su condición de militar de la Armada la obligaba a verificar que no íbamos a morir por incompetencia civil.

—¿Sabes gobernar una de estas? —le preguntó él, entregándole un chaleco.

—Podría aprender en veinte minutos.

—Una respuesta muy humilde.

—La humildad está sobrevalorada. No mantiene los barcos a flote.

Me estaba ajustando el mío cuando oí una voz detrás. Ewan avanzaba por el pantalán con las manos en los bolsillos de unas bermudas marineras y una expresión divertida; no parecía haber concertado su presencia, pues su tío levantó las cejas al descubrirlo allí.

—Mi madre me ha pedido que te entregue esto —le explicó, mostrando una carpeta—. Son los documentos de Cuilmore que necesitabas para el seguro.

—Podrías haberlos dejado en la destilería.

—Podría, pero me pareció más entretenido averiguar por qué habías cancelado dos reuniones para salir a navegar.

—La curiosidad terminará matándote.

—Hasta ahora solo me ha permitido descubrir que organizas excursiones privadas sin invitar a tu sobrino preferido.

—Eres mi único sobrino.

—Eso evita una competencia agotadora.

Laia le hizo sitio a nuestro lado y le anunció que todavía quedaba un chaleco, por lo que no existía ninguna razón para que se marchara.

La invitación me pareció una maniobra suya destinada a complicarlo todo, aunque el recién llegado aceptó antes de que pudiera intervenir; telefoneó a alguien para avisar de que llegaría tarde y, por el tono cariñoso que empleó, supuse que hablaba con su novia.

—¿Moira no tenía planes para vosotros? —le preguntó su tío mientras revisaba los amarres.

—Tiene una prueba del menú con su madre. Mi opinión dejó de ser necesaria cuando confesé que no distingo una crema de chirivía de una de apionabo.

—Eso reduce bastante tus posibilidades de llegar vivo a la boda —comentó Laia.

—Empiezo a sospechar que ese acontecimiento despierta más ilusión en las familias que en los novios —repuso, y su atención se detuvo en mí—. ¿Tú qué opinas?

—Que quizás deberías fingir entusiasmo al menos cuando tu prometida pueda oírte.

—Lo hago de maravilla.

—Eso no te deja en buen lugar.

Me dedicó una sonrisa descarada y se ofreció a terminar de abrocharme el chaleco, aunque rechacé la ayuda antes de que acercara las manos.

La prenda no presionaba el abdomen y podía introducir varios dedos entre la correa y el cuerpo, pero aún necesité que Laia lo comprobara; obedeció con una solemnidad desmedida, tiró de las cintas, dio dos vueltas a mi alrededor y anunció que el inquilino viajaba en primera clase.

Cameron, que preparaba la salida desde la popa, alzó la cabeza.

—¿Qué inquilino?

—Una contractura —respondí con una rapidez lamentable—. Trabajo tanto con lesiones que a veces las adopto. Esta vive en mi espalda desde hace unos días.

Mi amiga se mordió el interior de la mejilla para contener la risa, mientras Ewan aceptaba aquella explicación con más facilidad que su tío, cuyos ojos recorrieron mi postura en busca de algún indicio de dolor.

Se acercó, me preguntó dónde notaba la molestia y quiso saber si el paseo podía empeorarla; improvisé una respuesta acerca de una sobrecarga leve, prometí avisarlo si surgía algún problema y ocupé un asiento antes de que aquella contractura imaginaria necesitara pruebas médicas.

Salimos de la marina despacio. El motor emitía un rumor grave, amortiguado por el agua, y las primeras ráfagas me llevaron a sujetarme al borde del asiento; sin embargo, la embarcación apenas cabeceaba.

Fort Augustus quedó atrás, reducido a tejados entre los árboles, y el lago se abrió delante de nosotros con tonalidades oscuras que variaban allí donde las nubes permitían el paso del sol.

Nuestro anfitrión no se limitó a conducir. Nos contó historias del canal de Caledonia, señaló antiguas construcciones junto a la orilla y aseguró que el monstruo del lago solo aparecía ante turistas que compraban recuerdos especialmente feos.

Laia quiso saber si existía una tarifa para avistarlo y él le contestó que Nessie aceptaba efectivo, tarjetas, Bizum y transferencias internacionales.

—Martina, acércate al borde —me propuso mi amiga—. Si emerge, puedes pedirle consejo sobre maternidad. Debe de tener experiencia; llevan siglos atribuyéndole crías —murmuró de nuevo en mi oído.

—Prefiero no recibir asesoramiento de una criatura cuya existencia no se ha demostrado —le respondí por lo bajini.

—Pues estás describiendo a la mitad de los expertos de internet que consultaste durante la primera semana.

—¿Expertos en qué? —nos preguntó Ewan, interesado por la disputa que manteníamos en voz baja.

—En contracturas —contestamos las dos a la vez.

Se echó a reír y fue a sentarse junto a Cameron, aunque antes volvió a recorrerme con esa mirada que ya empezaba a identificar demasiado bien.

El gesto era breve, casi inocente, pero se repetía con una frecuencia incompatible con su compromiso.

Poco después pasó cerca una lancha ocupada por tres jóvenes y una de ellas lo saludó levantando los brazos; respondió con entusiasmo, recibió una reprimenda de su tío por distraer al conductor y justificó que se trataba de antiguas compañeras del colegio.

—Conoces a muchas mujeres —observó Laia cuando regresó a nuestro lado.

—Fort Augustus es pequeño. Aquí nos conocemos todos.

—También conocías a la farmacéutica, a las chicas de las tablas y a Kenzie.

—Estoy muy integrado en la comunidad.