Capítulo 12 #2
Me acerqué a las fotografías mientras los hombres descargaban una cesta del coche.
En una aparecían ambos muchos años atrás: Cameron tendría unos veinticinco, sostenía un remo y sonreía a la cámara, mientras un Ewan adolescente ocupaba la proa de una barca con un chaleco salvavidas demasiado grande.
En otra, ese mismo adolescente enseñaba una trucha minúscula con el orgullo de quien acababa de conquistar el océano.
—Lo cuidó mucho cuando era pequeño —me comentó Laia al oído—. Mira la cara que pone en todas.
—Es su tío.
—Y tú estabas a punto de contarle que va a tener un hijo. Esta familia necesita un árbol genealógico y nosotras, un abogado.
No pude responder porque regresaron cargados con comida. Habían encargado un almuerzo sencillo en Fort Augustus: empanadas calientes de carne y verduras, ensalada de patata, salmón ahumado, varios quesos y una tarta de manzana todavía templada.
Extendimos todo sobre la mesa del porche, desde donde se veía el embarcadero, y Cameron me sirvió agua con gas antes de que pudiera pedirla.
—Después del mareo de ayer, no pienso dejarte pasar tres horas sin comer —me advirtió—. He traído provisiones suficientes para una expedición polar.
—Solo fue una bajada de tensión.
—Fue una bajada de tensión que terminó contigo en el suelo de mi despacho. Permíteme cierta prudencia.
Ewan alzó los ojos del plato y me preguntó si me encontraba enferma. Negué con rapidez, consciente de la atención de Laia, y atribuí el episodio al cansancio del viaje; aun así, él quiso saber si necesitaba un médico y citó el nombre de la persona que atendía en el centro de salud.
La preocupación parecía auténtica, aunque cinco minutos más tarde dejó de escuchar una anécdota porque dos mujeres se acercaron al lago con tablas de remo.
—Se te van a enfriar las empanadas —le señaló su tío, sin levantar la voz.
—Estaba mirando el agua.
—Tiene bikini, por lo que veo.
Mi amiga soltó una carcajada tan brusca que casi se atragantó.
El aludido protestó, pidió ayuda ante aquel ataque a su honor y terminó reconociendo que poseía ojos y que todavía no existía una cláusula matrimonial contra su uso.
Aquello dio lugar a una discusión sobre fidelidad visual, derechos humanos y la posibilidad de que Moira le vendara los ojos como regalo de boda.
—Tú ríete —me advirtió Laia mientras cortaba la tarta—, pero este hombre no necesita despedida de soltero; lleva celebrándola desde los diecisiete años.
—Soy amable con todo el mundo —se defendió él.
—Te has aprendido el horario de la farmacéutica por cortesía.
—La salud comunitaria es importante.
Después del almuerzo nos propusieron salir al lago en una pequeña embarcación de motor.
Me resistí al principio, preocupada por cualquier actividad que no hubiera consultado con Borja, pero el agua permanecía tranquila y el paseo no tenía nada de aventurero.
Además, Cameron prometió conducir con tanto cuidado que hasta su madre lo consideraría aburrido, mientras su sobrino cargaba mantas y chalecos salvavidas.
Laia ocupó la parte delantera con Ewan, que se ofreció a explicarle los nombres de las montañas.
Al poco tiempo discutían porque él inventó dos y ella lo descubrió buscando una en el teléfono. Me senté atrás, protegida del aire por el cuello de la chaqueta, y contemplé las orillas cubiertas de árboles, las casas aisladas y los cambios de luz sobre el agua.
—Mi padre nos traía todos los veranos —me contó Cameron mientras regulaba la velocidad—. Creía que cualquier problema podía resolverse con una caña de pescar y una comida caliente.
—¿Funcionaba?
—Durante unas horas, casi siempre. Después regresabas a casa y el problema seguía allí, pero ya lo mirabas desde otro lugar.
Quise aprovechar aquel momento. Tenía la intimidad necesaria, su voz me transmitía confianza y llevaba en el bolso la ecografía que demostraría cuanto debía contarle.
Abrí la cremallera, rocé la carpeta con los dedos y ensayé el comienzo dentro de mi cabeza; entonces viró para mostrarnos una pequeña playa de guijarros donde la familia celebraba cumpleaños, bautizos y alguna boda.
—Quizás la próxima sea la de ese insensato —comentó, indicando a su sobrino—, si consigue llegar al altar sin distraerse por el camino.
En la proa, el futuro novio ayudaba a mi amiga a sujetarse el cabello para que el viento no se lo arrojara sobre los ojos. Al advertir que lo observaba, me guiñó uno y sonrió con el descaro intacto.
Recordé la noche de Rota, su forma de bailar conmigo y la atracción que creí haber seguido hasta mi dormitorio; luego miré al hombre sentado a mi lado, atento a que no pasara frío y dispuesto a formar la familia que siempre quiso.
La explicación se volvió impronunciable.
Atracamos cerca de una arboleda para recorrer un sendero corto hasta las ruinas de una capilla. Apenas quedaban tres muros de piedra, varias losas cubiertas de musgo y un arco desde el que se divisaba el lago.
La familia utilizaba aquel lugar para reunirse una vez al año y recordar a quienes ya no estaban; no había ceremonia religiosa ni discursos, solo flores, comida y relatos que los niños escuchaban por primera vez.
—Mi hermana quería casarse aquí —nos explicó Cameron mientras apartaba una rama del sendero—, pero empezó a llover de lado y acabaron trasladándolo todo a la casa. El novio perdió un zapato en el barro y la tarta llegó con una huella de perro en el glaseado.
—Suena romántico —opiné.
—Lo fue. El matrimonio duró poco, pero la tarta alcanzó categoría de leyenda.
Ewan fingió sentirse ofendido por aquella referencia a sus padres y contó que, durante años, creyó que todas las bodas incluían un perro sobre el postre.
La anécdota condujo a otras: una barca que se soltó con seis adultos dentro, un tío abuelo que confundió las cenizas de un familiar con fertilizante y una Navidad durante la que se quedaron sin electricidad, bebieron demasiado whisky y cocinaron el pavo en una estufa de hierro.
Nos reímos hasta que me dolieron los músculos del abdomen. Durante unas horas conseguí olvidar el motivo del viaje y disfruté de aquella familia desordenada, de la belleza del lago y del cuidado con el que nos abrían una parte privada de su historia.
Sin embargo, cada vez que llevaba una mano al bolso, encontraba una interrupción o una excusa; en una ocasión fue el regreso de los demás, en otra el temor a arruinar el día y, al final, mi propia cobardía.
Al volver a Alderhame House, Ewan bajó para despedirse y me retuvo la mano entre las suyas durante un segundo más de lo necesario.
—Me alegra que hayáis venido —me confesó—. Aunque todavía no entiendo qué os trajo hasta aquí de verdad.
—Queríamos conocer las Highlands.
—Eso ya lo he oído.
Sus ojos descendieron hacia mi boca antes de que alguien saliera de la casa rural con una cesta de ropa. La siguió con la atención suficiente para destruir cualquier atisbo de intimidad y Laia, que presenció la escena desde el otro lado del coche, chasqueó la lengua.
—La farmacéutica, las del lago y ahora una huésped —enumeró—. Vas a necesitar una agenda si adelantas la boda.
—Solo estaba comprobando la calidad del alojamiento —repuso él, sin el menor arrepentimiento.
Su tío se despidió con dos besos y me pidió que lo llamara si necesitaba algo.
Acepté su invitación para cenar al día siguiente, aunque supe que aquella conversación ya no podía aplazarse mucho más.
El embarazo avanzaba ajeno a mis titubeos, y cada hora que pasaba convertía la verdad en algo más difícil de entregar.
Cuando el todoterreno desapareció entre los árboles, mi amiga me tomó del brazo y me condujo hacia la casa.
—Recapitulemos —me propuso—: uno quiere hijos, te cuida, te alimenta y posee una destilería. Además, es el padre de tu aceituna. El otro va a casarse, mira a cada mujer que respira y ha convertido el coqueteo en servicio público. ¿Comprendes por qué el universo te quitó el teléfono aquella noche?
—Mañana se lo contaré. Y ya no es una aceituna.
—No desvíes más el tema. Y, si vuelves a marearte justo cuando vayas a pronunciar la palabra “embarazada”, te advierto que terminaré la frase por ti desde la otra punta de Escocia.
Entramos en la casa todavía riéndonos, aunque llevaba la ecografía apretada dentro del bolso y una certeza que pesaba más después de conocerlos juntos.
Había encontrado al padre de mi hijo, sabía que deseaba formar una familia y recibía de él una delicadeza que no esperaba.
Solo me faltaba reunir el valor para cambiarle la vida.