Un escocés para Martina Capítulo 12
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Capítulo 12

Habíamos quedado de nuevo con Cameron.

A las diez menos cuarto de la mañana ya llevaba media hora preparada, aunque el dormitorio conservaba las huellas de cinco cambios de ropa y de una discusión conmigo misma que no produjo ninguna conclusión útil.

Quería parecer guapa sin dar la impresión de haberme arreglado para él, natural sin presentarme con aspecto de haber pasado la noche huyendo de un incendio y serena, sobre todo, pese a que tenía pendiente anunciarle que iba a ser padre.

Laia me abrazó por detrás, examinó las prendas repartidas sobre la cama y señaló el vestido que llevaba puesto, verde oscuro, cruzado sobre el pecho y lo bastante holgado para que nadie pudiera advertir todavía mi embarazo.

—¿Este es el modelo definitivo o tengo tiempo de completar una carrera universitaria mientras eliges otro?

—me preguntó, retirando una blusa del respaldo de una butaca—.

Porque puedo matricularme en Derecho, Martina.

En esta habitación se dan las condiciones necesarias para convertirme en magistrada.

—No quiero que piense que me he vestido para impresionarlo.

—Has cruzado media Europa con su americana en una maleta. Creo que el vestido ocupa un lugar secundario en la escala del interés romántico.

—No hay ningún interés romántico.

—Perfecto. Entonces podrás decirle que esperas un hijo suyo antes del postre y regresaremos con tiempo suficiente para visitar Menorca durante los cuatro días que nos queden de vacaciones.

Le lancé un cojín, que atrapó con una mano antes de devolverlo a la cama; después recogió su bolso y me condujo hacia la planta baja, convencida de que dejarme otros cinco minutos a solas desembocaría en un sexto cambio de vestuario.

Kenzie acababa de retirar el desayuno y nos ofreció té para llevar, aunque rechacé el mío porque el estómago empezaba a revolverse cada vez que pensaba en la conversación pendiente.

El coche apareció por el camino de grava a las diez en punto, pero no era el mismo del día anterior.

Un todoterreno verde se detuvo frente a la casa y Cameron descendió del asiento del conductor con un polo verde agua y una chaqueta ligera. La falta de traje no le restaba elegancia; más bien le daba ese aspecto irritante de los hombres capaces de ponerse cualquier cosa sin perder la compostura.

La puerta del acompañante se abrió unos segundos después y Ewan bajó con una desgana que terminó en desconcierto en cuanto nos descubrió junto a la entrada.

Lo reconocí enseguida, aunque su aparición me desordenó las ideas: seguía siendo el joven encantador de Rota, de cabello castaño, facciones atractivas y una sonrisa que aquella mañana tardó demasiado en presentarse.

—¡No sabía que venías acompañado! —exclamó Laia, encantada con cualquier novedad que pudiera complicar mi vida.

—Pensé que os alegraría reencontraros —nos explicó Cameron mientras se acercaba—. Además, mi sobrino lleva dos días preguntándome por qué desaparecí después del trabajo y decidí traerlo para evitar otro interrogatorio.

La palabra tardó unos segundos en encontrar su sitio.

—¿Tu sobrino? —le pregunté, alternando la atención entre ambos.

—¿No lo sabíais? —Se detuvo delante de nosotras y abrió las manos, sorprendido—. Estaba convencido de que salió en la conversación de Rota. Ewan es hijo de mi hermana.

—No salió —le aseguró mi amiga, cuya alegría adquirió una intensidad sospechosa—. O salió después del cuarto brindis, que para nosotras pertenece a un periodo histórico sin documentación fiable.

—Qué curioso —murmuré, porque cualquier respuesta más elaborada exigía una capacidad que no tenía.

El recién llegado seguía observándome con una mezcla difícil de descifrar.

Acortó la distancia para saludarme y rozó mis mejillas con dos besos; esta vez no percibí el perfume que compartía con su tío en Rota, sino un aroma fresco y discreto.

Después recibió a Laia con un abrazo, aunque ella aprovechó la cercanía para advertirle que parecía haber visto un fantasma.

—No esperaba encontraros aquí —se justificó, recuperando la sonrisa—. Cameron no me contó quiénes eran sus invitadas.

—Porque no me lo preguntaste —le recordó su tío mientras guardaba nuestros bolsos en el maletero—. Solo protestaste por tener que levantarte antes de mediodía.

—Estoy de vacaciones.

—Trabajas cuatro días a la semana y consideras las otras tres jornadas un retiro espiritual.

Subimos al vehículo entre risas. Las dos ocupamos los asientos traseros, decisión que permitió a mi amiga inclinarse hacia mí y susurrar que aquella familia empezaba a parecer una promoción de hombres escoceses por entregas.

Le pedí que se comportara, aunque lo hice tarde: el conductor ya la había oído y le aseguró que aún quedaban varios parientes, pero ninguno incluía devolución gratuita.

Abandonamos Fort Augustus por una carretera estrecha que avanzaba entre bosques y extensiones de brezo.

La mañana estaba despejada, con nubes altas que se desplazaban deprisa sobre las cumbres; el sol aparecía por intervalos y cambiaba los verdes del paisaje, desde los tonos profundos de los abetos hasta las laderas cubiertas de helechos jóvenes.

No nos explicaron el destino, pues ambos habían acordado reservarse la sorpresa, y Laia convirtió el misterio en una investigación disparatada.

—Si nos lleváis a un castillo, aviso de que no pienso casarme con nadie para heredarlo —declaró desde su asiento—. Tengo una carrera militar por delante y poca tolerancia hacia los fantasmas.

—Es una lástima —le respondió el copiloto, girándose hacia nosotras—. Habíamos organizado la boda para esta tarde.

—¿También quieres adelantar esta? ¡Qué prisas os han entrado de pronto con los matrimonios!

La broma alteró su expresión durante un instante. Volvió a colocarse de frente y fingió un interés repentino por la carretera, pero su tío aprovechó la alusión para comentarle que nos contó lo de las prisas de su novia por echarle el lazo.

—¿Y tú qué quieres? —le pregunté, procurando que la curiosidad sonara ligera.

—Sobrevivir a esta conversación —repuso, y recurrió a una sonrisa que no llegó a disipar su desasosiego—.

Moira se ha entusiasmado con una finca que solo tiene disponible una fecha en noviembre.

Ya sabéis cómo funciona eso: aparece el sitio perfecto, empiezan a llamar las tías, alguien compra una revista de bodas y, cuando quieres reaccionar, están eligiendo el color de tus calcetines.

—No pareces precisamente impaciente por estrenarlos —observó Laia.

—Quiero casarme con ella. Solo preferiría no organizarlo todo en cuatro meses.

—Lleváis juntos unos diez años —intervino Cameron, pendiente de una curva cerrada—. Cuatro meses no deberían pillarte desprevenido.

—Gracias por el apoyo familiar.

—Para eso están los tíos: ofrecen afecto, consejo y una versión de los hechos que nadie ha solicitado.

La conversación derivó hacia los preparativos y las costumbres escocesas, aunque empecé a advertir una contradicción en el hombre que aseguraba querer casarse con su novia de siempre.

Cada vez que se volvía para participar, sus ojos terminaban en mis piernas o demorándose sobre el escote del vestido; tampoco perdió detalle de dos ciclistas femeninas que nos adelantaron durante una parada en un cruce y dedicó una atención notable a una joven que paseaba a su perro junto al arcén.

Laia lo sorprendió en la tercera ocasión y me tocó la rodilla con dos dedos. No necesitó explicarme el veredicto: el futuro marido poseía un concepto muy amplio de la admiración estética.

Cuando una camioneta se cruzó con nosotros y la conductora, una rubia de unos treinta años, levantó la mano para saludar, él respondió con tanto entusiasmo que su tío soltó una carcajada.

—Es Fiona, trabaja en la farmacia —nos aclaró este último.

—Una excelente profesional —añadió su sobrino.

—¿También te ha vendido el anillo de compromiso?

—No, pero una vez me recomendó unas pastillas para la garganta.

—Un vínculo profundísimo —concluyó Laia, y tuve que cubrirme la boca para no reírme.

Llegamos al lago poco después. El camino descendió entre robles hasta una explanada cubierta de hierba, donde se alzaba una casa de piedra de una sola planta con tejado de pizarra.

No tenía la grandiosidad de una mansión ni pretendía impresionar mediante torres o escudos; su belleza residía en la sencillez, en las paredes cubiertas parcialmente por madreselva, las contraventanas azul grisáceo y un porche ancho orientado hacia el agua.

A pocos metros descansaba un embarcadero de madera y, junto a él, una caseta pintada del mismo color que las ventanas. El lago se extendía entre montañas, sereno en las zonas protegidas y moteado por pequeñas ondas donde llegaba el viento.

No había hoteles, tiendas ni embarcaciones turísticas a la vista; solo aquella propiedad, varios prados delimitados por muros bajos y un grupo de ovejas disperso por la ladera.

—Bienvenidas a Cuilmore —nos anunció Cameron después de aparcar—. La casa pertenece a mi familia desde hace cuatro generaciones. Mi abuelo nació aquí, mi madre también, y todos fingimos que venimos para mantenerla cuando en realidad buscamos una excusa para desaparecer unos días.

—Es una maravilla —admití al bajar.

—Esperaba un sitio siniestro donde esconder cadáveres —confesó mi amiga—. Me siento estafada.

—Los enterramos al otro lado del lago —le aseguró Ewan, que recuperaba parte de su desenvoltura—. Esta orilla está reservada para las visitas.

Entramos en la vivienda por una puerta lateral. El interior olía a madera y chimenea apagada; un amplio salón reunía sofás de telas distintas, una mesa construida con tablones antiguos y estanterías llenas de fotografías familiares.

Había botas junto a la entrada, mantas dobladas dentro de un arcón y varios mapas enmarcados, algunos tan viejos que los nombres apenas podían leerse.