Un escocés para Martina Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

No pareció molesto por la pregunta. Bebió un poco de café, dejó la taza sobre la mesa y se tomó un instante antes de responderme.

—Muchas cosas. Nos conocimos demasiado jóvenes y crecimos en direcciones distintas. Mi exmujer quería vivir en Edimburgo; yo regresé aquí para ocuparme de la destilería. Durante años pensamos que alguno acabaría cediendo y solo conseguimos acumular reproches.

—¿Eso fue lo principal?

—No.

Sus dedos recorrieron el borde de la taza antes de continuar.

—Yo quería tener hijos. Ella no.

El aire dejó de llegarme con normalidad. Cameron siguió hablando, ajeno al efecto que acababa de provocar.

—Al principio evitábamos el tema porque éramos jóvenes y parecía una decisión lejana. Cuando cumplí treinta y cinco, comprendí que no quería aplazarlo más. Ella fue honesta: nunca deseó ser madre y no pensaba cambiar. Ninguno tenía derecho a exigirle al otro que renunciara a algo tan importante.

—¿Todavía quieres tenerlos? —logré preguntarle.

—Sí. Muchísimo.

El suelo pareció inclinarse bajo mis pies. Aparté la taza y respiré hondo, pero el calor de la sala se concentró de pronto alrededor de mi cabeza. Cameron se inclinó hacia mí.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, solo necesito…

No terminé. Las paredes perdieron nitidez y una debilidad repentina me obligó a agarrarme al borde de la mesa. Él reaccionó antes de que intentara levantarme: apartó la silla, sujetó mi brazo y rodeó mi cintura para impedir que cayera.

—Siéntate en el suelo —me indicó—. No intentes caminar.

Me ayudó a bajar con cuidado y colocó su chaqueta doblada bajo mi cabeza. Después acercó una silla, levantó mis piernas sobre el asiento y se arrodilló a mi lado.

—Respira despacio —me pidió—. Voy a llamar a emergencias.

—¡No! No hace falta.

—Has estado a punto de desmayarte.

—Me ocurre alguna vez. Dame un minuto.

Cameron tomó mi muñeca para comprobar el pulso, aunque su falta de técnica dejó claro que actuaba por instinto. Me preguntó si sentía dolor, si me sentía débil y si padecía alguna enfermedad. Contesté mientras recuperaba la visión y el aire volvía a entrar sin esfuerzo.

Laia abrió la puerta y se detuvo al verme en el suelo, con las piernas elevadas y Cameron inclinado sobre mí.

—¡¿Qué ha pasado?!

—Se ha mareado —le explicó él—. Quiero llamar a un médico, pero se niega.

Mi amiga cruzó la sala, se agachó al otro lado y me examinó con una preocupación que borró todas sus bromas.

—¿Te duele algo?

—No. Solo me faltó el aire.

—¿Seguro?

—Seguro. Ya estoy mejor.

Laia entendió que el embarazo podía estar relacionado, pero no lo mencionó. Me ofreció agua y esperó hasta que pude incorporarme. Cameron permaneció cerca, dispuesto a sostenerme si volvía a perder estabilidad.

—Te llevaré a un centro médico —decidió—. No voy a discutirlo.

—Soy fisioterapeuta, trabajo en un hospital y sé reconocer cuándo necesito atención. Ha sido un mareo por el cansancio y los nervios.

—¿Qué nervios?

Miré a Laia. La ecografía seguía dentro del bolso, Cameron acababa de confesar que deseaba ser padre y, aun así, no conseguí pronunciar la verdad.

—El viaje —respondí—. Dormí poco y llevo demasiados días dándole vueltas a varias cosas.

No quedó satisfecho, pero aceptó esperar. Insistió en que descansara, preparó otra bebida azucarada y suspendió cualquier plan para la tarde. Laia se sentó junto a mí y mantuvo una mano sobre mi brazo hasta comprobar que recuperaba el color.

Cuando lo decidimos, nos devolvió a Alderhame House y condujo con más cautela que por la mañana. Al despedirnos, me pidió que le escribiera en cuanto estuviera instalada y me advirtió que llamaría a Kenzie si no recibía noticias en media hora.

—Mañana estaré bien —le aseguré.

—Mañana hablaremos cuando hayas descansado.

Nos dio dos besos y esperó en el coche hasta vernos entrar. Laia cerró la puerta de nuestra habitación, dejó el bolso sobre una cómoda y se volvió hacia mí con los brazos cruzados, dispuesta a escuchar lo que tenía que contarle.

—Te confesó que lleva años queriendo tener hijos. El universo ya no puede ponértelo más fácil sin contratar una banda que toque “cuéntaselo”.

—Lo intenté.

—Le preguntaste por su matrimonio y terminaste con las piernas levantadas sobre una silla. Debo reconocer que la escena tomó un camino inesperado.

—Me mareé.

—Lo sé, y casi me da algo al entrar. Durante medio segundo pensé que te pondría de nuevo mirando para Cuenca allí mismo, haciéndote otro hijo.

—¡Estaba mal!

—Precisamente por eso me preocupó la logística.

Le lancé un cojín y Laia lo atrapó antes de que alcanzara su cara.

—Mañana se lo cuento —prometí.

—Eso dijiste ayer.

—Mañana de verdad.

Dejó el cojín sobre la cama y se acercó para besarme la mejilla.

—Más te vale, porque ese hombre quiere hijos, está loco por cuidarte sin saber por qué y acaba de colocarte las piernas en alto con una eficiencia sorprendente. Si tardas mucho más, tendré que entregarle yo la ecografía y solicitarle que firme la recepción.

Cameron deseaba ser padre. La noticia que tanto temía podía ofrecerle aquello que su matrimonio le negó, pero saberlo no hizo la confesión más sencilla; al contrario, multiplicó todo lo que estaba en juego.

Me tumbé con una mano sobre el vientre y cerré los ojos. Al día siguiente tendría que encontrar el valor que me faltó en la destilería.

Esta vez no podía volver a escapar.