Un escocés para Martina Capítulo 11
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Capítulo 11

Cameron llegó a Alderhame House a las diez en punto.

Lo vimos detener el todoterreno delante de la casa mientras terminábamos el desayuno en el jardín, y Laia me concedió treinta segundos para comprobar que llevaba la ecografía en el bolso, que no se transparentaba nada bajo la camiseta y que podía pronunciar “estoy embarazada” sin perder la voz.

Fallé en la tercera comprobación.

—No pasa nada —me aseguró mientras se levantaba—. Dispones de toda una destilería para intentarlo. Si no consigues decírselo en el despacho, pruebas junto a los barriles; si tampoco puedes, lo haces cerca de los alambiques. Por escenarios no será.

—No sé por qué me parece tan difícil.

—Porque ayer creías que el padre era un chico de veintiocho años y acabaste cenando con un empresario divorciado que podría anunciar relojes caros.

Cameron salió del coche con unos pantalones beige, camisa clara y una chaqueta ligera que le sentaba demasiado bien para las diez de la mañana. Saludó a unos huéspedes que salían y esperó a que recogiéramos nuestras cosas sin mostrar prisa.

Avanzó para ayudarnos con los bolsos antes de que pudiera responderle. Me abrió la puerta del copiloto y esperó hasta que estuve acomodada; Laia ocupó la parte trasera, encantada con la posibilidad de observarnos durante el trayecto sin perder detalle.

—¿Habéis descansado? —nos preguntó al incorporarse a la carretera.

—Yo sí —le respondió mi amiga—. Martina ha pasado la noche organizando una conversación que todavía no sabe mantener.

La miré a través del espejo retrovisor. La fulminé con la mirada.

—Una conversación sobre el hospital —improvisé—. Tengo pendiente resolver un asunto cuando vuelva.

—Las vacaciones sirven para olvidar el trabajo —me recomendó Cameron—. Al menos hasta el último día, cuando uno descubre cuarenta correos y empieza a arrepentirse de haber regresado.

Desvió la conversación hacia la ruta que recorreríamos y nos habló de varios lugares cercanos que merecían una visita.

Conocía cada camino, los mejores puntos desde los que contemplar el lago y hasta la cafetería donde preparaban, según aseguró, el pastel de manzana capaz de reconciliar a una persona con el clima escocés.

Laia intervino para contarle que nuestra casera nos alimentó con bollos y mermelada al llegar, aunque omitió la parte en la que revelamos el embarazo.

De vez en cuando me observaba desde atrás y después señalaba el bolso con movimientos discretos, recordándome que la ecografía seguía allí, a pocos centímetros de la verdad.

En Dunarraidh nos recibió una actividad distinta a la de la tarde anterior.

Un camión descargaba material cerca de los almacenes, varios empleados cruzaban el patio y el vapor escapaba de una de las zonas de producción.

Cameron estacionó junto al edificio principal y nos entregó dos acreditaciones de visitante.

—Hoy veréis todo con calma —nos explicó—. Ayer os llevé al despacho por el camino más corto, pero os perdisteis la mitad del proceso.

Comenzamos por la recepción de la cebada y continuamos hacia la zona donde se preparaba la malta.

Nos mostró el molino, explicó la importancia del agua y nos condujo hasta los grandes recipientes utilizados para mezclar el cereal molido.

Hablaba con pasión, aunque introducía suficientes anécdotas para que Laia no convirtiera la visita en una competición de preguntas técnicas.

—Mi abuelo examinaba la cebada con los dedos y aseguraba que podía predecir la calidad del whisky —nos relató—. Yo lo intenté durante años y solo conseguí identificar cuándo estaba mojada.

—Eso también es una habilidad —le reconoció Laia.

—No permitió que la incluyera en los folletos publicitarios.

El aire se volvió más cálido en la sala de fermentación.

Cameron abrió uno de los recipientes para que pudiéramos observar el movimiento de la mezcla y nos advirtió que no acercáramos demasiado la cara.

Laia obedeció durante tres segundos; después se inclinó un poco más, retrocedió de golpe y se llevó una mano a la nariz.

—Esto tiene capacidad para despejar las vías respiratorias —protestó.

—Te avisé.

—Pensé que exagerabas para proteger una fórmula secreta.

—La fórmula secreta consiste en evitar que las turistas españolas se caigan dentro.

Los alambiques de cobre dominaban la siguiente estancia, alineados bajo una red de tuberías.

Cameron nos habló de las dos destilaciones, de los cortes y de la experiencia necesaria para escoger la parte adecuada del destilado.

Me resultó fácil escucharlo: su voz adquiría un tono más cercano aún cuando explicaba la historia del negocio y sus manos acompañaban cada detalle sin caer en gestos ampulosos.

Lo observé conversar con los empleados, recordar sus nombres y detenerse para resolver una consulta sobre un envío.

No actuaba desde la distancia propia de quien solo poseía la empresa; conocía cada fase, cada máquina y los problemas que podían surgir.

Lo imaginaba con una vida estable, construida con esfuerzo, y me preguntaba qué espacio podría ocupar un bebé inesperado dentro de ella.

Visitamos uno de los almacenes de maduración. El cambio de temperatura me obligó a frotarme los brazos, y Cameron reparó en el gesto antes de que pudiera disimularlo.

—Toma —me ofreció, quitándose la chaqueta—. Aquí siempre hace más fresco.

—No hace falta.

—La recuperaré cuando salgamos. No pienso perder dos americanas en poco tiempo.

Laia carraspeó para ocultar una risa. Acepté la chaqueta y me la puse; conservaba el mismo perfume, más suave que el día anterior, aunque reconocible.

Ya no despertaba ninguna pregunta sobre la identidad del hombre que entró en mi casa.

Cameron era el padre del bebé y cada minuto que pasaba sin decírselo aumentaba el peso de la ecografía dentro de mi bolso.

Al finalizar el recorrido, nos llevó a una sala privada utilizada para reuniones y degustaciones. Una mesa larga ocupaba el centro, rodeada por estanterías donde se exhibían botellas de distintas épocas. En un extremo descansaban varias cajas que acababa de entregar un servicio de catering.

—Pensé que después de la visita tendríais hambre —nos comentó mientras revisaba el pedido—. Encargué comida para tres, aunque parece que esperan la llegada de un equipo de rugby.

—Martina come por dos —soltó Laia.

Le clavé una mirada de advertencia.

—Es una forma de hablar —añadió—. Cuando tiene hambre, desarrolla dos personalidades y ninguna resulta agradable.

Cameron abrió los recipientes: sopa de verduras, pollo asado con hierbas, patatas, ensalada, pan recién hecho y varias porciones de tarta. También pidió limonada, agua y café.

Comimos entre bromas y preguntas sobre Escocia. Cameron nos explicó la diferencia entre algunos tipos de whisky, Laia fingió comprender todas las notas aromáticas y acabó describiendo una botella como “marrón, fuerte y cara”, una clasificación que él consideró revolucionaria.

—Podría contratarte para las campañas publicitarias —le propuso—. “Dunarraidh: marrón, fuerte y caro”.

—Añade “no apto para cobardes” y tendrás el mercado español.

La sobremesa se prolongó hasta que Cameron recibió una llamada y salió para atenderla.

Antes, insistió en que probáramos “lo mejor de lo mejor de la casa”.

Decliné la invitación argumentando que lo sentía, pero que no me gustaba el sabor fuerte del whisky.

Cuando nos quedamos solas, Laia aprovechó el momento para cerrar la puerta y volverse hacia mí.

—Ahora —me ordenó—. En cuanto regrese, saco el teléfono, anuncio una emergencia militar y os dejo solos.

—¿Qué emergencia?

—No importa. Nadie discute una emergencia militar.

—No quiero que piense que has venido a organizar una invasión.

—He venido a organizar una revelación de paternidad y está resultando más difícil. Llevas la ecografía, él quiere conocerte y la comida ha sido magnífica. El universo te ha preparado el escenario con catering incluido.

—No encuentro la forma de empezar.

—“Cameron, estoy embarazada”. Sujeto omitido, presente de indicativo y cuatro sílabas que cambiarán su vida. No necesitas una introducción de veinte minutos.

—Son cinco sílabas.

—Estupendo. Ya estás concentrada.

Cameron regresó y se disculpó por la interrupción. Laia esperó unos minutos, consultó la pantalla de su teléfono y representó una sorpresa tan exagerada que habría avergonzado a cualquier actriz principiante.

—Tengo que atender una llamada de la base —anunció—. Puede tardar.

—Estás de vacaciones —le recordé.

—Por eso debe de ser importante.

Salió antes de que pudiera detenerla. Cameron siguió su marcha con curiosidad y después empezó a recoger los platos vacíos. Me levanté para ayudarlo, pero él retiró el recipiente de mis manos y señaló una silla.

—Eres invitada. Siéntate.

—Has organizado la visita, el almuerzo y hasta me has prestado la chaqueta. Puedo recoger un plato.

—De acuerdo, pero el próximo lo llevo yo. La hospitalidad escocesa tiene normas muy estrictas.

Trabajamos juntos durante unos minutos. La cercanía me alteraba más desde que sabía que debíamos hablar a solas; cada vez que intentaba formular la primera frase, aparecía otra más torpe y terminaba preguntándole por la comida, la destilería o el tiempo.

Cuando todo quedó recogido, sirvió un café para él y una infusión para mí. Regresó a la mesa y se sentó en la silla de al lado, no enfrente, reduciendo la distancia entre los dos.

—Laia no está hablando con la base —me comentó.

—¿Por qué lo sabes?

—Ha salido sin desbloquear el teléfono y lleva varios minutos paseando por el patio con él pegado a la oreja. Tiene mucho talento dramático, pero debería ensayar el manejo de los accesorios.

No pude evitar reírme.

—Quería dejarnos solos.

—Eso supuse. La pregunta es por qué.

Acaricié el asa de la taza. La respuesta estaba dentro del bolso, junto a mi silla, pero el valor volvía a escurrirse cada vez que pensaba en pronunciarla.

—Ayer hablaste de tu divorcio —empecé—. Dijiste que terminó mucho antes de que lo aceptarais.

—Es verdad.

—¿Qué os separó?