Capítulo 10 #2
—Puedo sobrevivir a una cena sin whisky. Además, así ninguna de vosotras tendrá que preocuparse por regresar conduciendo detrás de un escocés que ha probado su propia producción.
Nos explicó varios platos, preguntó si teníamos alguna restricción alimentaria y nos recomendó una crema de verduras seguida de salmón bien cocinado.
Agradecí que eligiera algo compatible con el embarazo sin conocerlo; Laia pidió carne con patatas y anunció que sus vacaciones necesitaban una cantidad razonable de calorías.
—Deberíamos llamar a Ewan —propuso Cameron después de que el camarero tomara nota—. Seguro que le encantará saber que estáis aquí.
Nos miramos entre nosotras. Vaya situación, si él supiera cuáles eran mis sospechas hasta hacía un rato…
Sacó el teléfono y marcó su número. Esperamos mientras la llamada avanzaba sin respuesta.
—No lo coge —nos confirmó Cameron—. Estará con su novia.
Laia y yo nos miramos.
—¿Tiene novia? —le pregunté.
—Desde siempre. Empezaron a salir en el instituto, rompieron algunas veces y volvieron a encontrarse. Se casan el año que viene.
Noté que mi sorpresa se mezclaba con alivio.
Durante varias semanas creí que Ewan era el padre y llegué a imaginar todas las reacciones posibles, pero nunca incluí a una novia de toda la vida preparando una boda.
Y eso que tenía claro que en Rota coqueteó claramente conmigo.
En fin, que debía tratarse de una buena pieza.
—¿Están prometidos? —quiso saber Laia.
—Desde hace unos meses. Han tardado tanto en decidirse que la familia entera estuvo a punto de organizar la boda sin consultarles.
Cameron dejó el teléfono sobre la mesa y se distrajo hablando con el camarero, que regresó para confirmar uno de los platos. Laia aprovechó esos segundos para acercarse a mí.
—De buena te has salvado —me murmuró—. Imagínate que llegamos, le enseñas la ecografía y después aparece la novia con el catálogo de vestidos.
—Creía que era él.
Le di un pequeño golpe con el pie antes de que nuestro anfitrión recuperara la atención.
La cena avanzó entre historias de la destilería, anécdotas de su viaje a Rota y preguntas sobre nuestras vidas.
Cameron se interesó por mi trabajo en el hospital y escuchó con curiosidad la explicación de Laia sobre su ascenso a sargento.
—¿Sargento o sargenta? —nos preguntó.
Hablábamos en inglés. No es que lo hiciéramos perfecto, pero ambas nos defendíamos como podíamos.
—Sargento —le aclaró ella—. Aunque mi madre continúa diciendo “mi niña la militar” y ha decidido que ese es el rango más importante de la Armada.
—Las madres crean sus propias jerarquías.
La frase me llevó a pensar en el bebé y tuve que concentrarme en el plato para no confesarlo allí mismo.
Cameron seguía hablando con Laia, ajeno a la noticia que se sentaba frente a él; no obstante, lejos de aumentar mi temor, la cena me permitió descubrir a un hombre atento, divertido y capaz de reírse de sí mismo.
Nos contó que la destilería perteneció a su abuelo, que la familia estuvo cerca de perderla durante una crisis y que él regresó a Fort Augustus años atrás para modernizar el negocio.
También habló de su divorcio sin resentimiento: reconoció que el matrimonio terminó mucho antes de que ambos aceptaran la evidencia y aseguró que el viaje a Rota fue idea de sus amigos.
—¿No querías celebrarlo? —le pregunté.
—No encontraba nada que celebrar. Un divorcio puede ser la decisión correcta y seguir resultando doloroso.
—Tus amigos parecían muy entregados a la causa —recordó Laia.
—Mis amigos celebran cualquier acontecimiento que permita reservar vuelos y beber lejos de casa.
Terminamos los platos principales y Cameron pidió tres postres para compartir después de consultar qué nos apetecía.
Prestó atención a detalles pequeños: acercó mi vaso cuando me vio buscarlo, pidió otra servilleta antes de que tuviera que hacerlo y comprobó que Laia pudiera tomar café sin retrasar demasiado el regreso.
Cuando salimos, el aire era más fresco y el canal reflejaba las últimas tonalidades del cielo. Nos acompañó hasta el coche y nos preguntó qué planes teníamos para el día siguiente.
—Ninguno todavía —le respondió Laia—.
—Entonces dejad que os enseñe la destilería con calma. Hoy solo atravesamos la zona de producción, pero podéis ver los almacenes, conocer parte del proceso y recorrer la finca. Después podríamos comer allí.
—Nos encantaría —acepté.
—Pasaré a recogeros a las diez. Envíame la ubicación del alojamiento.
Nos despedimos con dos besos. Otra vez percibí su perfume, la misma fragancia que permaneció en mi casa después de aquella noche, y la certeza que construí durante la tarde ya no dejó espacio para ninguna alternativa.
Cameron se alejó hacia su coche. Laia esperó a que estuviera fuera de nuestro alcance antes de mirarme con firmeza.
—Mañana vas a contárselo.
—Mañana.
—Te dejaré a solas con él después de la visita. Inventaré una llamada, una indisposición o una necesidad urgente de examinar barriles.
—No hace falta que representes una obra.
—Llevo todo el día actuando. Cuando contaste que vinimos por amor a las Highlands, casi me da una contractura facial.
Abrí la puerta del coche y guardé el bolso en el asiento trasero.
—Necesitaba conocerlo antes.
—Ya lo conoces un poco. Es encantador, está soltero, tiene una empresa y no guarda cadáveres visibles en su despacho. Hemos superado las expectativas básicas.
—También puede salir corriendo mañana.
—Es propietario de una destilería. Sabremos dónde encontrarlo.
Laia arrancó y abandonamos la zona. Durante el trayecto de regreso pensé en la forma de contarle la verdad, en la ecografía guardada dentro del bolso y en el hombre que acababa de invitarnos a compartir otro día con él.
A la mañana siguiente, Cameron sabría que iba a ser padre.