Capítulo 10
Cameron nos invitó a entrar y recogió la americana de mis brazos con una naturalidad que terminó de ordenar las piezas en mi cabeza.
No necesitó explicar cuándo la dejó en casa ni por qué salió sin ella; bastó la familiaridad con que la dobló sobre el antebrazo y la sonrisa discreta que me dedicó antes de abrirnos la puerta.
Laia caminó a mi lado sin comentar nada, aunque su expresión confirmaba que llegó a la misma conclusión.
El teléfono pertenecía a Cameron, también la americana y, por encima de cualquier otra prueba, llevaba el perfume que reconocí desde aquella mañana.
Durante semanas pensé que Ewan entró en mi dormitorio, pero la realidad acababa de presentarse con unos cuarenta años, cabello cobrizo y unos ojos verdes que me observaban con una cortesía impecable.
—Perdonad el aspecto —nos comentó Cameron mientras nos conducía hacia el interior—. Estamos ampliando una de las zonas de producción y llevamos varias semanas conviviendo con operarios, cajas y decisiones que alguien debería haber tomado antes de empezar las obras.
—Pues desde fuera parece el escenario de un anuncio —le respondió Laia—. Solo faltan un escocés junto a un barril y una voz grave hablando de tradición.
—Puedo buscarte al escocés. La voz grave habrá que contratarla.
El edificio principal combinaba los muros antiguos de piedra con una estructura interior de madera y metal.
Atravesamos una zona donde se almacenaban sacos de cebada y pasamos junto a una sala amplia dominada por tuberías, depósitos y grandes recipientes de acero.
El aire cambiaba en cada tramo: primero olía a cereal tostado; después, a una mezcla dulce y densa que no supe identificar.
Cameron nos explicó que el proceso comenzaba con la preparación de la malta, continuaba con la extracción de los azúcares y avanzaba hacia la fermentación antes de llegar a los alambiques.
Hablaba sin convertir la visita en una conferencia, deteniéndose cuando algún trabajador lo saludaba y presentándonos a quienes se cruzaban con nosotras.
—Tú no eres un trabajador más, ¿verdad? —le preguntó Laia después del cuarto saludo.
—Digamos que soy el jefe.
No lo dijo con arrogancia ni mucho menos, sino como mera respuesta.
Nos miramos, desconcertadas, y él dejó escapar una sonrisa antes de abrir una puerta doble. Al otro lado se extendía la sala de destilación, presidida por varios alambiques de cobre cuyo brillo cálido destacaba frente a las vigas oscuras y los conductos que recorrían el techo.
—La destilería es mía —nos aclaró—. Bueno, de mi familia, aunque ahora soy responsable de casi todo. Decir que trabajo aquí permitiría que mis empleados me asignaran un horario y prefiero no darles ideas.
—Así que eres el jefe —concluyó Laia.
—Procuro que esa información no salga de este edificio. Perjudica mi reputación.
—¿Qué reputación?
—La de hombre ocioso que viaja a España para celebrar divorcios.
Laia soltó una carcajada y yo conseguí sonreír, aunque seguía intentando reconciliar al hombre que avanzaba delante de nosotras con la madrugada borrada de mi memoria.
No podía decir nada malo de él. Me escribió haciéndome una propuesta que yo interpreté que venía de Ewan, le abrí la puerta, debimos follar como leones y se largó dejándose una americana. Y algo más… Algo que crecía dentro de mí.
Su forma de tratar a los empleados, la atención con que esperaba cuando yo reducía el paso y la delicadeza de no mencionar la americana más allá de aquella primera broma dibujaban una personalidad muy discreta y elegante.
Subimos una escalera que llevaba a una galería interior. Desde allí se veía parte de la zona de producción y, a través de unas puertas situadas al fondo, se accedía a un patio donde varios trabajadores trasladaban materiales. Cameron aminoró el ritmo para caminar a mi lado.
—¿Estás cansada? —me preguntó.
—Un poco. Venimos desde Edimburgo y el trayecto ha sido largo.
—Podríais haber volado a Inverness.
—La organizadora del viaje eligió Edimburgo —expliqué, señalando a Laia.
—Porque había un vuelo directo desde Málaga —se defendió ella—. Además, conducir cuatro horas por la izquierda forma el carácter.
—También envejece a la copiloto —añadí.
—La copiloto pasó medio camino avisándome de la existencia de cada cuneta.
Cameron nos condujo hasta un despacho situado al final de la galería.
Era una estancia amplia, con una mesa de madera oscura, dos librerías y un pequeño espacio de reuniones formado por un sofá y varios sillones.
En una de las paredes colgaban fotografías antiguas de la destilería; en otra, un mapa de las Highlands aparecía cubierto de anotaciones y marcas de colores.
Dejó la americana sobre el respaldo del sofá y nos ofreció asiento. Después abrió un pequeño frigorífico oculto en un mueble y sacó dos botellas de agua.
—No tengo demasiadas opciones sin alcohol y me temo que venís en coche —se disculpó—. Esta empresa no se fundó pensando en personas sensatas.
—El agua está perfecta —le aseguré.
Nos entregó un par de botellas y ocupó el sillón situado frente a nosotras.
La luz de la tarde entraba por los ventanales altos, perfilando algunos reflejos cobrizos en su cabello.
De cerca resultaba aún más atractivo: tenía pequeñas marcas de expresión junto a los ojos, la mandíbula marcada y esa seguridad serena que imponía.
—Ahora contadme la verdad —nos pidió—. Nadie recorre tantos kilómetros porque de pronto sienta curiosidad por Fort Augustus. ¿Qué os trae hasta aquí?
Laia volvió la cabeza hacia mí. Aquel era el momento que preparamos durante días, aunque entonces el hombre sentado delante no era quien esperábamos encontrar.
Abrí la boca y noté que la noticia se detenía antes de salir. Necesitaba tiempo para asumir que el padre de mi hijo no era Ewan, sino Cameron; no podía entregarle una ecografía cinco minutos después de recuperar una noche que ni siquiera recordaba.
—Queríamos conocer las Highlands —le contesté—. Nos hablasteis tanto de ellas en Rota que cambiamos nuestros planes. Íbamos a pasar las vacaciones en Menorca, pero nos pareció más emocionante venir hasta aquí.
Laia me observó con una incredulidad que Cameron no llegó a ver porque mantenía la atención puesta en mí.
—¿Cambiasteis Menorca por las Highlands debido a una conversación que con un grupo de insensatos? —nos preguntó, divertido.
—Laia recordó Fort Augustus —expliqué—. Según ella, alguien le habló durante media hora del lago Ness.
—Fueron diez minutos —rectificó mi amiga—. Y la conversación incluía información útil sobre los horarios laborales del monstruo.
Cameron empezó a reírse. No fue una risa educada ni prudente, sino franca, contagiosa y capaz de suavizar el ambiente del despacho. Se inclinó hacia delante y negó varias veces con la cabeza.
—Ewan —concluyó—. Esa teoría solo puede ser suya.
—Pues no parecía tan mala después de varias copas —admitió Laia.
—Nada parece mala idea después de varias copas. Mi divorcio se convirtió en motivo para viajar a España. Y, pese a todo, no me arrepiento de nada.
Me dirigió una mirada breve, acompañada por una sonrisa que no exigía explicaciones. Ni una palabra fuera de lugar ni una alusión a lo ocurrido dentro de mi casa; su elegancia al evitar el tema reforzó la impresión de que recordaba la noche y prefería protegerme de una situación comprometida.
—¿Os apetece ir a tomar algo? —nos propuso—. Puedo invitaros a cenar. Hay un restaurante cerca del canal que sirve comida hasta tarde y ya empiezo a tener hambre.
Aceptamos. Cameron hizo una llamada para avisar de que se marchaba, guardó varios documentos y se llevó la americana.
Antes de salir, me cedió el paso y esperó a que bajara las escaleras sin apresurarme.
Aquel cuidado podía formar parte de su manera de tratar a cualquiera, pero empezaba a encontrar significado en todos sus gestos (quizás porque ya intuía lo que debía contarle).
Nos despedimos en el aparcamiento con el acuerdo de encontrarnos frente al restaurante. Subió a un todoterreno oscuro y salió primero; Laia aguardó hasta que desapareció al final del camino para volverse hacia mí.
—¿A qué estás jugando?
—No estoy jugando.
—Cruzamos media Europa para comunicarle a un hombre que va a ser padre, descubrimos que el hombre es otro y, cuando te pregunta por qué estamos aquí, le cuentas que sentíamos una pasión repentina por las montañas.
—Necesito encajarlo.
—¿Encajar qué? Todo apunta a que es él. Si aparece una factura del preservativo a su nombre, completamos el expediente.
—Ya, ya…
—Entonces es evidente que Cameron es el padre.
—Sí, es evidente —admití mientras me abrochaba el cinturón—. Pero hace una hora estaba preparada para hablar con Ewan. Ahora tengo delante a un hombre distinto, mayor, divorciado y dueño de una destilería. No sé nada más sobre él.
—Sabes que compra buenas americanas.
—Laia…
—Y que huele bien. No es un historial médico, pero empezamos con datos positivos.
Arrancó el coche y siguió la ruta que marcaba el navegador.
Cameron circulaba delante de nosotras, visible a poca distancia, y mi amiga aprovechó cada curva para enumerar las virtudes que detectó durante la visita: educado, atractivo, con trabajo estable, propietario de un negocio y capaz de hablar durante veinte minutos sin presumir de dinero.
—No necesito que me convenzas para casarme con él —protesté—. Solo quiero conocerlo un poco antes de contarle que va a tener un hijo.
—¿Cuánto es “un poco”?
—Una cena, al menos.
—Perfecto. Le anuncias la paternidad con el postre y, si reacciona mal, le tiras la tarta.
—No pienso hacer eso.
—Entonces la tiro yo. Para algo he venido.
El restaurante ocupaba un edificio de piedra cerca del canal. Cameron esperaba en la entrada y nos acompañó hasta una mesa situada en una zona resguardada, decorada con fotografías antiguas de embarcaciones. Nos entregó las cartas antes de pedir una botella de agua.
—¿No vas a beber? —le preguntó Laia.