Capítulo 9
Llegamos al centro de Fort Augustus dispuestas a iniciar una búsqueda que, después de descubrir el tamaño del pueblo, parecía menos ambiciosa que localizar una farmacia de guardia.
Laia insistía en que bastaría con enseñar la fotografía en dos establecimientos y esperar a que alguien nos proporcionara el apellido, la dirección y un resumen de las últimas relaciones de Ewan.
Si no se lo enseñamos directamente a Kenzie fue porque, después de comentarle ella lo de mi embarazo, preferí ser discreta con la persona que regentaba el lugar donde nos hospedábamos. Bastante bocachancla fue mi amiga.
—Con seiscientos cincuenta habitantes, aquí deben de conocer hasta el grupo sanguíneo de sus vecinos —comentó mientras cruzábamos una de las pasarelas junto a las esclusas—.
Preguntamos por un escocés guapo de veintiocho años y nos dan tres opciones.
Si enseñamos la foto, sabrás hasta su número de pie.
—¿Y si en realidad te dieron una pista falsa y ese grupo no era de aquí?
—No arruines mi método policial antes de estrenarlo.
Las embarcaciones avanzaban por el canal a distintas alturas, retenidas entre compuertas que modificaban el nivel del agua.
Varios visitantes contemplaban la maniobra desde los márgenes, algunos con helados en la mano y otros fotografiando cada movimiento.
Más allá de los edificios, el lago Ness se extendía entre montañas, oscuro y sereno bajo una franja de nubes que amenazaba con cambiar el tiempo.
Laia estudiaba a todos los hombres jóvenes que pasaban cerca de nosotras, sin la menor discreción. Ya confundió a Ewan con un camarero, con un ciclista y con un padre de familia que empujaba un carrito doble mientras intentaba impedir que otro niño se metiera en una tienda de recuerdos.
—Ese podría servirte aunque no sea el auténtico —opinó al verlo alejarse—. Posee experiencia previa y parece capaz de mantener con vida a tres criaturas a la vez.
—No he venido a elegir un padre por concurso.
—Una lástima. Con el paisaje adecuado podríamos vender el formato a una plataforma.
Continuamos hacia el extremo de las esclusas y nos detuvimos cerca de una terraza abarrotada. Quería sacar el teléfono para consultar la fotografía de aquella noche cuando Laia me agarró del antebrazo con tanta fuerza que estuve a punto de protestar.
—Martina —susurró, inclinándose hacia mí—. A la derecha, junto al coche azul.
Seguí la dirección de sus ojos. Un joven conversaba con otro hombre a unos cincuenta metros, al lado de un vehículo estacionado en la carretera.
Llevaba una camiseta gris y una bolsa deportiva colgada de un hombro.
No distinguía con precisión sus facciones desde aquella distancia, pero reconocí el cabello castaño, la forma de inclinar la cabeza al escuchar y una sonrisa que conservaba en la memoria desde Rota.
—Es él.
—Es él —repitió Laia con una emoción que parecía más propia de una aficionada al fútbol ante la llegada de su equipo—. Llevamos media Escocia preguntándonos cómo encontrarlo y aparece antes de que podamos comprar un imán para la nevera. Esto es eficacia militar.
No supe reaccionar. Durante semanas ensayé aquella conversación, preparé respuestas para todas las reacciones posibles y me prometí que afrontaría el encuentro con serenidad. Bastó con verlo al otro lado de la calle para que cada frase desapareciera.
—No puedo acercarme.
—Has cruzado mogollón de kilómetros para hacerlo.
—Necesito prepararme.
—Tu preparación consistía en llegar hasta aquí.
Ewan se despidió del otro hombre y abrió la puerta del coche. Laia avanzó un paso, pero tiré de su brazo antes de que pudiera llamarlo a gritos.
—Espera. Voy a telefonearle.
—Lo tienes delante.
—Precisamente. Así sabremos si quiere hablar conmigo.
Saqué el móvil con los dedos torpes y pulsé el icono de llamada. El tono sonó en mi oído mientras observábamos cada movimiento de Ewan. Guardó la bolsa en el asiento trasero, rodeó el vehículo y se detuvo para responder algo a su acompañante.
No buscó ningún teléfono.
—Lo tendrá en silencio —razonó Laia—. Llámalo otra vez.
—Va a pensar que estoy desquiciada.
—Todavía no sabe que eres tú.
—Tiene guardado mi número.
—Entonces ya dispone de información suficiente para ir preparándose.
La llamada terminó sin respuesta. Ewan ocupó el asiento del conductor y cerró la puerta. Empezamos a avanzar hacia él, primero deprisa y después casi corriendo, aunque varios turistas se cruzaron delante de nosotras y nos obligaron a rodearlos.
—¡Ewan! —gritó Laia.
El motor arrancó y el coche se incorporó a la carretera antes de que pudiera oírla. Permanecimos en la acera, viendo cómo se alejaba entre otros vehículos hasta desaparecer tras una curva.
—Fantástico —resoplé—. Lo encontramos en siete minutos y lo perdemos en treinta segundos.
—Sabemos que está aquí. Ya es más de lo que sabíamos esta mañana.
—También sabe que lo he llamado y ha decidido ignorarme.
—No ha mirado el teléfono.
—Pero también lo llamé antes…
—Viene de hacer deporte. Igual aún no ha visto ninguna de las llamadas porque tenía el móvil dentro de la bolsa, en una taquilla, sin batería o en casa. No empieces a escribir el rechazo antes de hablar con él.
El teléfono vibró en mi mano y, durante un instante, solo pude contemplar el número de Ewan.
—Está devolviendo la llamada.
—Contesta —ordenó Laia.
—¿Qué le digo?
—Prueba con “hola”. Ha funcionado durante siglos.
Acepté la llamada y acerqué el móvil al oído.
—¿Ewan?
Una voz masculina respondió en inglés, más grave de lo que recordaba.
—¿Quién es?
Miré a Laia, que intentó acercar la cabeza al teléfono para escuchar.
—Soy Martina —contesté—. Martina, de Rota.
Al otro lado se produjo una pausa breve; después, el hombre repitió mi nombre con una sorpresa que no necesitó traducción.
—¿Martina? ¿La amiga de Laia?
—Sí. ¿Tú quién eres?
—Cameron.
El nombre me obligó a apartar el teléfono y mirar la pantalla para asegurarme de que no marqué otro número. Eso carecía de sentido porque no tenía el número de ningún otro de su grupo. Laia articuló una pregunta sin emitir sonido y le indiqué que esperara.
—¿Cameron?
—El mismo. El que celebraba su divorcio con cuatro idiotas incapaces de dejarme deprimirme en paz.
—No entiendo nada —admití—. Este es el número de Ewan.
—No, es el mío.
—Pero…
Laia tiró de mi manga y señaló el teléfono, pidiéndome que activara el altavoz. Negué con la cabeza; aquella conversación ya resultaba bastante difícil sin convertirla en una conferencia.
No entendía absolutamente nada, ¿cabía la posibilidad de que Ewan me escribiera aquella noche desde el teléfono de Cameron? Pero si me siguió hasta casa, debía llevarlo encima.
—¿Dónde estás? —me preguntó Cameron—. Ese prefijo es español, pero la llamada me aparece dentro del país.
—En Fort Augustus.
—¿En Fort Augustus? —repitió con una mezcla de incredulidad y diversión—. ¿Qué haces aquí?
—He venido con Laia. Necesitamos hablar con Ewan o… No sé —añadí nerviosa.
Mi amiga abrió los brazos y movió los labios para protestar por aquella presentación.
—Saldré en un rato del trabajo —me explicó él—. Puedo acercarme al centro dentro de un rato. Igual podemos localizarlo y tomar algo.
—No, dinos dónde estás y vamos nosotras.
—Trabajo en una destilería a las afueras, Dunarraidh. Te envío la ubicación; está a unos quince minutos en coche.
—De acuerdo. Llegaremos enseguida.
—Martina —añadió antes de que colgara—, ¿ha ocurrido algo?
Miré mi vientre, todavía ajeno a cualquier cambio visible, y sentí que aquella conversación no podía mantenerse por teléfono.
—Te lo explicaré cuando lleguemos.
Cameron aceptó sin insistir y finalizó la llamada. Unos segundos después recibí un mensaje con la ubicación. Laia me arrebató el móvil, leyó el nombre de la destilería y empezó a caminar hacia el aparcamiento.
—Recapitulemos —propuso—. Venimos a buscar al padre de tu hijo, encontramos a Ewan, llamamos a su número y responde un divorciado que creo recordar que tenía el pelo cobrizo y era interesante. No como el pelirrojo del grupo, por suerte, que ese era bastante payaso.
—Cameron me escribió desde su teléfono. Debe ser eso.
—¿De veras no te acuerdas con quién te acostaste?
—No inventes, ¿eh? Fue con Ewan… No bromees con esto.
—Estoy intentando evitar que sufras un ataque antes de llegar. Sería muy poco elegante presentarnos en la destilería y pedir que el padre se identificara mientras te reanimo en el suelo.
—El padre es Ewan —protesté.
—Pero recordarlo, en realidad, no lo recuerdas. Solo que abriste la puerta y ahí se te nubló el sentido. El sexo tuvo que ser espectacular.
—Espectacular va a ser la leche que te daré si continúas en esa línea, por muy sargento que seas.
Alcanzamos el coche. Tuve la precaución de volver a meter la americana en él por si lo encontrábamos.
—Tenemos que llevarla —decidí.
—Por supuesto. Ahora es una prueba.
—Es su americana.
—Esa prenda ha acumulado más identidades que un agente secreto. Primero era de Ewan, ahora el teléfono pertenece a Cameron y dentro de quince minutos quizás descubramos que la americana es del monstruo del lago Ness.
La saqué de la funda y la extendí sobre mis brazos. El aroma apenas se percibía después de tantas semanas guardada, pero aún distinguía la fragancia inconfundible de Ewan.
—Esto demostrará que lo del número tiene una explicación —insistí—. Cameron verá la americana y nos dirá que pertenece a su amigo.
Laia tomó el volante y yo coloqué la prenda sobre el asiento trasero. Salimos del pueblo siguiendo las indicaciones del navegador. La carretera bordeaba zonas arboladas y después se internaba entre laderas abiertas, con algunas construcciones dispersas a ambos lados.
Mientras, Laia trataba de apaciguar mis nervios con diversas teorías, de lo más locas.
Pese a los nervios, terminé riéndome. Ella sonrió sin apartar la atención de la carretera; había conseguido lo que pretendía y no necesitó reconocerlo.
La destilería apareció al final de un camino flanqueado por muros de piedra.
Varios edificios de tejados oscuros rodeaban un patio amplio, y una chimenea baja se alzaba detrás de las construcciones principales.
Un cartel de madera anunciaba “Dunarraidh Distillery” junto a un emblema formado por una montaña y una espiga de cebada.
Cameron esperaba cerca de la entrada.
Lo reconocí antes de que Laia estacionara. Era más alto de lo que recordaba, vestía pantalones oscuros y una camisa blanca. El cabello cobrizo, corto y bien peinado, destacaba sobre una piel clara; al acercarnos, sus ojos verdes revelaron una mezcla de curiosidad y sorpresa.
Bajamos del coche. Abrí la puerta trasera, recogí la americana y avancé con ella doblada sobre el brazo. Él miró primero mi cara, después a Laia y terminó reparando en la prenda.
—No me digáis que recorristeis toda esta distancia solo para devolverme la americana —bromeó en inglés—. Podíais enviarla por correo. El servicio postal escocés todavía funciona.
Me detuve a pocos pasos de él.
—¿Es tuya?
—Claro que es mía. Pensé que no volvería a verla.
Laia me dedicó una mirada cargada de preguntas, aunque permaneció a mi lado sin intervenir. Cameron abrió los brazos para saludarnos y se inclinó hacia mí. Le di dos besos por costumbre; al rozar su mejilla, reconocí la fragancia que llevaba.
Era el mismo perfume.
La americana pertenecía a Cameron. El número también. Y aquel aroma, conservado durante semanas en mi dormitorio y en mi memoria, era suyo.
Retrocedí despacio, incapaz de apartar los ojos de su rostro.
Cameron sonrió, ajeno al terremoto que acababa de provocar.
—Bienvenidas a las Highlands.