Capítulo 8
El alojamiento rural se encontraba a las afueras de Fort Augustus, al final de un camino estrecho que ascendía entre praderas cercadas por muros de piedra.
Laia condujo despacio durante el último tramo, pendiente de las curvas y de las ovejas que pastaban al otro lado de la valla, mientras el navegador insistía en que nuestro destino se encontraba a doscientos metros, aunque delante solo veíamos árboles, helechos y una extensión de terreno que parecía no terminar nunca.
—Si nos manda por esa senda, me niego —anuncié cuando apareció un desvío cubierto de grava—. Tiene aspecto de conducir a una casa donde una anciana diseca turistas.
—No seas prejuiciosa. Podría ser una anciana encantadora que solo diseca a quienes dejan malas reseñas.
—Tenemos que dormir aquí una semana.
—Entonces recuerda puntuar con cinco estrellas, aunque encuentres un cadáver en el baño.
El cartel de Alderhame House apareció detrás de un grupo de abedules. Laia giró y avanzó hasta una construcción de piedra gris, tejado de pizarra y contraventanas pintadas de color vino tinto.
Dos chimeneas se alzaban en los extremos y una puerta del mismo color, enmarcada por rosales trepadores, ocupaba el centro de la fachada. A un lado se extendía un porche acristalado; al otro, un antiguo cobertizo reformado conservaba las vigas originales y grandes macetas llenas de lavanda.
El jardín descendía en varios niveles hacia un arroyo. Había senderos de grava, bancos de madera, macizos de dedaleras y altramuces, pequeños serbales cargados de hojas y un huerto protegido por una cerca baja.
Más lejos, detrás de la propiedad, las montañas encerraban el valle y el cielo parecía apoyarse sobre sus cumbres. Unas gallinas picoteaban cerca de un manzano, ajenas a nuestra llegada.
—Retiro lo de la taxidermista —concedí al bajar del coche—. Si me asesinan aquí, al menos las fotografías del informe policial serán preciosas.
—Procura caer cerca de las flores. Favorecen tu tono de piel.
La puerta se abrió antes de que sacáramos las maletas. Una chica de unos veinticinco años cruzó el jardín para recibirnos, vestida con un peto vaquero, jersey amarillo y graciosas botas. Llevaba el cabello pelirrojo cortado a la altura de la mandíbula y varias pecas se distribuían por su nariz.
—¡Bienvenidas a Alderhame! —nos saludó en inglés mientras extendía la mano—. Soy Kenzie. ¿Martina y Laia?
Confirmamos nuestras identidades y ella se ofreció a ayudarnos con el equipaje. Laia rechazó la propuesta, aseguró que podía cargar con las dos maletas y tardó menos de medio minuto en enganchar una rueda en la grava.
—Está demostrando fuerza militar —le expliqué cuando Kenzie intentó intervenir—. Si la ayudas, puede considerarlo un ataque a su autoridad.
—Estoy comprobando la resistencia del equipaje —replicó mi amiga antes de tirar con más fuerza—. La rueda no ha superado la prueba.
Kenzie nos condujo al interior. El recibidor conservaba el suelo de piedra y una escalera de madera subía hacia las habitaciones.
Un banco corría junto a la pared, con varias cestas para los zapatos, y sobre él colgaba un mapa antiguo de las Highlands.
La casa olía a leña, pan recién horneado y alguna hierba aromática que no supe identificar.
El salón ocupaba la parte más antigua del edificio. Dos sofás amplios rodeaban una chimenea de piedra, la biblioteca cubría una pared entera y una colección de juegos descansaba en un mueble bajo.
Había mantas de cuadros dobladas sobre los reposabrazos, fotografías del lago Ness tomadas en distintas estaciones y una bandeja con té, café y galletas a disposición de los huéspedes.
Cruzamos después un comedor con mesas de madera, vajillas desiguales y flores recogidas del jardín.
El porche acristalado se abría hacia las montañas y contenía varios sillones, plantas y un telescopio que, según Kenzie, servía para observar ciervos, aves y, en opinión de algunos visitantes, monstruos acuáticos con una agenda flexible.
—El desayuno se sirve de siete y media a diez —nos informó—. Si queréis salir temprano, puedo prepararos algo para llevar. También tenéis una pequeña nevera en la habitación, hervidor y café.
—¿A qué hora se alimenta a las embarazadas? —le preguntó Laia—. La mía empieza a emitir señales preocupantes.
—No soy tu embarazada.
—Se te van los ojos detrás de las galletas del salón.
Kenzie dirigió la atención hacia mí y sonrió.
—¿Estás embarazada?
—De unas diez semanas —confirmé, todavía sorprendida por la naturalidad con la que empezaba a pronunciarlo—. Y no tengo tanta hambre. Ella exagera.
Mi estómago eligió ese momento para emitir un ruido largo y perfectamente audible. Laia abrió los brazos, satisfecha por la colaboración del bebé.
—La defensa no tiene más preguntas.
Kenzie se rio y prometió buscar algo de comer cuando terminara de enseñarnos la habitación. Subimos al primer piso y recorrimos un pasillo cubierto por una alfombra de tonos rosa.
Nuestra puerta daba acceso a una estancia espaciosa con dos camas, colchas de lana color crema y cabeceros de hierro. Entre ambas había una cómoda antigua; frente a ella, un escritorio sostenía una jarra con agua, dos vasos y un cuaderno para los huéspedes.
La habitación disponía de un rincón de lectura, un armario enorme y un cuarto de baño de lo más cuqui, ducha amplia y una bañera exenta junto a la pared.
Desde uno de los ventanales se veía el arroyo; el otro mostraba las praderas, las ovejas y las montañas que recorrimos durante la última parte del trayecto.
—Este sitio es una maravilla —admití.
—Mi madre compró la casa hace quince años —explicó Kenzie—. Estaba bastante deteriorada y tardamos casi una década en terminarla. Mi familia vive en la parte trasera; las habitaciones de huéspedes ocupan esta zona y el cobertizo funciona ahora como una casa independiente.
Laia abrió el armario, inspeccionó las perchas y comprobó el interior de un pequeño baúl situado a los pies de su cama.
—¿Buscas algo? —le pregunté.
—Cadáveres. Quiero descartar la teoría que ya conoces antes de deshacer la maleta.
Kenzie soltó una carcajada y nos entregó las llaves. Le pregunté cuánto tardaríamos en llegar al centro de Fort Augustus; respondió que unos cinco minutos en coche y alrededor de veinte andando por un sendero que enlazaba con el canal.
—¿Es fácil moverse por el pueblo? —quise saber—. No hemos tenido demasiado tiempo para estudiarlo.
—Muchísimo. El centro es pequeño y casi todo queda alrededor de las esclusas. Fort Augustus solo tiene unos seiscientos cincuenta habitantes, aunque en verano recibe bastantes visitantes.
Laia dejó de abrir cajones. Me volví hacia Kenzie, convencida de que no entendí bien la cifra.
—¿Seiscientos cincuenta?
—Más o menos —confirmó—. El número cambia según la fuente, pero no somos muchos.
Miré a mi amiga. Durante una semana tratamos nuestra búsqueda como una expedición a través de una región inmensa, reservamos vuelos, alquilamos un coche y estudiamos mapas de las Highlands. Ninguna se molestó en comprobar cuánta gente vivía en el lugar donde pretendíamos encontrar a un hombre.
—Hay más personas en mi hospital durante el turno de mañana —comenté.
—En la base somos unos cuantos más —añadió Laia—. Hemos cruzado media Europa para buscar a un señor en un pueblo donde probablemente sepan hasta cuántas veces va al baño.
Kenzie alternó la atención entre las dos, cada vez más intrigada.
—¿Buscáis a alguien?
—A un tipo, sí —le respondió mi amiga—. No conocemos nada de él, pero es joven, atractivo y…
Le clavé el codo en el costado antes de que pudiera continuar.
—Es una historia larga.
—Y todavía no hemos comido —añadió ella—. Con el estómago vacío pierde capacidad narrativa.
Kenzie captó la indirecta y se marchó entre risas. En cuanto cerró la puerta, dejé el bolso sobre la cama y me senté a su lado.
—No tenías que contarle que buscamos a Ewan. ¿Y si lo conoce?
—Vivimos durante una semana en una casa a las afueras de un pueblo de seiscientas cincuenta personas. Antes de mañana sabrán que hemos venido a buscar a un escocés, que estás embarazada y que ronco cuando tengo alergia.
—No sabes si roncas.
—Tú tampoco, porque te duermes antes.
Deshicimos parte del equipaje y guardé la americana de Ewan en el armario.
La llevé hasta Escocia dentro de una funda, aunque todavía no decidí si se la entregaría al verlo o si esperaría hasta conocer su reacción ante el embarazo.
Contemplarla allí, a cientos de kilómetros de mi dormitorio, hizo que la razón del viaje adquiriera un peso nuevo.
Laia cerró la puerta del armario y me obligó a bajar al jardín antes de que empezara a adelantar desgracias.
Kenzie nos esperaba en una mesa de madera situada bajo un serbal, con una bandeja que habría bastado para servir una merienda completa a toda su familia.
Preparó scones calientes, mantequilla, mermelada de frutos rojos, queso, pastel de avena y dos tazas de sopa de verduras. También llevó una jarra de cordial de flor de saúco, asegurándonos que no contenía alcohol. El aroma del pan terminó con cualquier intento de fingir que no tenía hambre.
—No sabía qué te apetecería —me comentó mientras distribuía los platos—. Mi hermana apenas soportaba algunos olores durante el embarazo.
—A Martina le sientan mal los alimentos que no tiene delante —precisó Laia—. En cuanto aparecen, se recupera.
—Solo he tenido más hambre durante los últimos días.
—Esta mañana te comiste mis galletas en el coche.
—Compraste dos paquetes para mí.
—Eso no significa que debieras consumirlos antes de Perth.
Kenzie regresó a la casa y nos dejó disfrutando de esas delicias.
El jardín estaba protegido del viento por la construcción y la temperatura resultaba agradable bajo el sol de la tarde.
Cerca del arroyo, dos petirrojos recorrían las ramas bajas; en el prado contiguo, las ovejas avanzaban despacio mientras arrancaban la hierba.
Probé uno de los scones con mantequilla y mermelada. Estaba tibio, tierno por dentro y ligeramente crujiente en la superficie.
—Creo que quiero vivir aquí —declaré.
—Llevas un scone. Espera al segundo antes de solicitar la residencia.
—No me importaría criar a un niño en un lugar así.
Laia dejó la taza de sopa sobre la mesa y me observó con una mezcla de cariño y cautela.
—Primero averigua si su padre quiere criarlo contigo, si quiere limitarse a ejercer desde Escocia o si piensa desmayarse cuando vea la ecografía.
No le organices la infancia antes de llamarlo.
Y otra cosa, ni vuelvas a mencionar eso.
Aquí vendríais de vacaciones. Vivir, viviréis en Rota.
A mí no me dejas sola. Advertida quedas.
En parte tenía razón. Saqué el teléfono y abrí la conversación con Ewan.
El último intercambio continuaba allí, reducido a unos cuantos mensajes enviados durante la madrugada.
Durante los dos meses siguientes no volvimos a hablar; tampoco encontré un motivo para escribirle hasta conocer el embarazo.
—¿Lo llamo ahora? —le pregunté.
—Hemos venido para eso.
—Podemos esperar hasta mañana.
—También podemos regresar a Menorca y enviarle una postal, pero sería desaprovechar el viaje.
Pulsé el icono de llamada antes de concederme tiempo para cambiar de opinión.
Laia se sentó más recta y apartó los platos, mientras el tono sonaba una vez, dos, tres.
A la cuarta llamada pensé que respondería de un momento a otro; a la sexta, el buzón de voz sustituyó la espera por un mensaje en inglés.
Colgué sin dejar ninguna grabación.
—No lo ha cogido.
—Magnífica capacidad de observación —valoró mi amiga—. Podrías trabajar en inteligencia.
—Ha visto mi número.
—Puede que tenga el teléfono guardado en el bolsillo.
—Lo tiene grabado. Sabe quién soy.
—Puede estar trabajando, duchándose, durmiendo o atrapado debajo de una oveja especialmente corpulenta.
—Estamos en el mismo pueblo. Hemos recorrido un montón de kilómetros y no me coge el teléfono.
—No conoce la parte de que has movido tu respingón culo hasta aquí. Desde su perspectiva, solo ha recibido una llamada.
Miré la pantalla, esperando que devolviera la comunicación. Cada segundo sin noticias añadía una posibilidad nueva: quizás borró mi número, quizás lo conservó con una nota poco halagadora o quizás recordaba perfectamente aquella noche y decidió que no quería enfrentarse a ninguna consecuencia.
—A lo mejor piensa que voy a acosarlo.
Laia partió otro scone y extendió la mermelada con tranquilidad.
—Por supuesto. Las acosadoras suelen esperar dos meses, pedir vacaciones, llevar supervisión militar y alojarse en una casa con desayuno incluido.
—Sabe que soy la española de aquella noche. Igual cree que lo llamo para reprocharle que se marchara.
—No vas a reprocharle nada. Solo vas a endosarle un niño.
—¡Laia!
—Visto desde una perspectiva práctica, el reproche habría sido más sencillo.
Me levanté y empecé a recorrer el pequeño espacio entre la mesa y el sendero. El teléfono continuaba en mi mano; comprobé el volumen, la cobertura y el historial de llamadas, aunque todos los datos confirmaban lo evidente.
—¿Y si jamás quiere cogerlo?
—Entonces le llamaremos desde mi número.
—No responderá a un teléfono español que no conoce.
—Usaremos el de Kenzie.
—Tampoco podemos involucrarla.
—Compraremos una tarjeta escocesa.
—¿Y si no responde a números desconocidos?
Laia dejó el cuchillo y se volvió hacia mí.
—En ese caso, iremos al centro, enseñaremos la fotografía y preguntaremos dónde vive. Son seiscientas cincuenta personas, Martina. Antes de la cena sabremos su apellido, dónde estudió, cuántas novias tuvo y qué pidió la última vez que entró en un pub.
—No quiero perseguirlo por el pueblo.
—Has venido a buscarlo.
—No es lo mismo.
—Claro que sí; la diferencia consiste en que “buscar” suena romántico y “perseguir” obliga a correr. Tú estás embarazada y no pienso permitir carreras.
El teléfono vibró. Miré la pantalla con tanta rapidez que casi se me cayó, pero solo era un mensaje de la compañía telefónica informándome de las tarifas de itinerancia. Laia leyó la decepción en mi cara y empezó a reírse.
—¿Esperabas una declaración de amor?
—Esperaba que devolviera la llamada.
—Dale tiempo. Grey puede estar eligiendo helicóptero.
—Deja de llamarlo Grey.
—Hasta que conozcamos su apellido, necesito una manera de llamarlo.