Capítulo 7
Recogimos las maletas y seguimos las indicaciones hasta las oficinas de alquiler de vehículos. Laia se encargó de todos los trámites mientras yo sujetaba el equipaje, la vaca de peluche y una carpeta con la documentación del embarazo que ya trataba con mayor cuidado que mi pasaporte.
Reservó un coche automático para no añadir el cambio de marchas con la mano izquierda a una experiencia que consideraba suficientemente arriesgada.
El empleado nos explicó las normas básicas, señaló varios daños pequeños en la carrocería y preguntó si queríamos contratar una cobertura adicional.
—La queremos toda —resolvió Laia—. La que cubre ruedas, cristales, bajos y posibles ataques de ovejas.
El hombre sonrió y aseguró que las ovejas no solían atacar los coches.
—Todavía no conoce su forma de conducir —intervine.
—Soy militar.
—Precisamente.
Salimos al aparcamiento y encontramos un utilitario gris con el volante a la derecha. Laia abrió la puerta izquierda por costumbre, dejó el bolso dentro y tardó dos segundos en comprender que acababa de ocupar mi sitio.
—Primera prueba superada —comenté—. Has localizado el asiento del copiloto.
—Estaba inspeccionándolo.
—¿Con el bolso en las rodillas?
—Protocolo de seguridad.
Rodeó el coche y se instaló frente al volante.
Ajustó el asiento, buscó los mandos y estudió el salpicadero con una atención exagerada.
El selector automático evitaba el problema de las marchas, pero los intermitentes estaban en el lado contrario al que esperaba y activó el limpiaparabrisas al intentar señalizar la salida.
—No está lloviendo —observé.
—Realizo una comprobación preventiva. En Escocia puede empezar en cualquier momento.
Abandonamos el aparcamiento a poca velocidad.
Laia repitió “izquierda” en cada cruce, mientras el navegador nos guiaba hacia la carretera principal.
La primera rotonda puso a prueba su serenidad: frenó con bastante antelación, miró hacia la derecha y entró cuando tuvo vía libre, siguiendo el movimiento horario del tráfico.
—No ha sido tan difícil —presumió al tomar la salida correcta.
—Has dejado pasar a tres coches que estaban en Glasgow.
—La prudencia no admite críticas desde el asiento del copiloto.
Los primeros kilómetros transcurrieron entre urbanizaciones, polígonos y carreteras de varios carriles.
Edimburgo quedó atrás mientras avanzábamos hacia el norte y Laia empezó a relajarse.
Aun así, se acercaba demasiado al borde izquierdo, por lo que adopté la tarea de avisarla cada vez que las ruedas rozaban la línea.
—Un poco a la derecha.
—Voy bien.
—A la derecha.
—Martina, puedo ver la carretera.
—Y yo puedo ver el seto acercándose.
—Ese seto lleva siglos ahí. Sabe apartarse.
Cruzamos el estuario del Forth y continuamos hacia Perth. El entorno urbano perdió presencia, aparecieron campos amplios y las colinas comenzaron a recortar el horizonte.
Las nubes se movían deprisa, dejando zonas iluminadas sobre el terreno y otras cubiertas por una sombra pasajera. No se parecía al verano que dejamos en Cádiz: allí la estación imponía su calor desde primera hora; en Escocia parecía dispuesta a negociar cada cinco minutos.
Laia conducía con más confianza cuando alcanzamos la A9.
El paisaje cambió de nuevo después de Perth.
Los cultivos cedieron espacio a bosques espesos, laderas cubiertas de vegetación y ríos que surgían entre los árboles.
Pasamos cerca de Pitlochry y vimos casas de piedra, carteles de rutas y pequeños establecimientos anunciando té, whisky y dulces.
—Tenemos que parar —propuso Laia.
—Llevamos poco más de una hora.
—No es una parada técnica. He visto un cartel de shortbread.
—Compraste comida para alimentar a todo el avión.
—Una operación internacional requiere productos locales.
Se detuvo en un área de servicio y regresó con una caja de galletas, dos botellas de agua y una bolsa que escondió detrás del asiento.
—¿Qué llevas ahí?
—Nada.
—Has comprado otra vaca.
—La tuya necesitaba una compañera de viaje.
Sacó un peluche más pequeño y lo colocó junto al mío. El bebé todavía no había llegado a Escocia y ya poseía una explotación ganadera.
Retomamos la ruta. A medida que avanzábamos hacia Dalwhinnie, las montañas crecieron y las poblaciones se hicieron menos frecuentes.
La carretera atravesaba extensiones abiertas donde la vegetación baja cubría el suelo con distintos tonos de verde, marrón y violeta. Algunos arroyos descendían por las laderas y las cumbres desaparecían por momentos detrás de las nubes.
Contemplé el paisaje mientras pensaba en Ewan.
Aquellas montañas formaban parte de su vida; quizás había recorrido muchas veces la misma carretera, conocía cada desvío y distinguía los cambios de estación en las laderas.
Nosotras nos acercábamos a él sin avisarlo, con una ecografía en el bolso y una noticia que modificaría todos sus planes.
—Estás pensando demasiado —advirtió Laia.
—¿Cómo lo sabes?
—Llevas diez minutos sin corregirme la conducción.
—¿Y si llamamos antes de llegar?
—Acordamos hacerlo desde Fort Augustus.
—Podría necesitar tiempo para reaccionar.
—Se lo daremos después de hablar. Si llamas ahora y algo sale mal, pasarás las próximas dos horas imaginando que huyó del país.
No le faltaba razón. Guardé el teléfono y concentré la atención en la carretera.
Dejamos la A9 cerca de Dalwhinnie y tomamos vías más estrechas.
Laia redujo la velocidad; los carriles exigían mayor precisión y algunas curvas descubrían el paisaje de golpe.
Cerca de Laggan apareció un lago largo entre las montañas, con el agua oscura bajo el cielo cambiante.
—Esto ya parece una película —comenté.
—Procura que no sea una de terror. Todavía no hemos comprobado lo del asesino en serie.
—Ewan no es un asesino.
—Estupendo. Un problema menos en el formulario de paternidad.
Al llegar a Spean Bridge, giramos hacia la A82. El navegador anunció poco más de cuarenta minutos hasta el destino y la emoción empezó a competir con el cansancio.
La ruta se internó en el Great Glen, acompañada por bosques, montañas y grandes superficies de agua. Dejamos atrás Loch Lochy, bordeamos Loch Oich y atravesamos pequeños núcleos donde las casas parecían dispersarse entre la vegetación.
Laia tuvo que detenerse en un tramo estrecho para permitir el paso de otro vehículo. Utilizó uno de los apartaderos, esperó a que el conductor contrario avanzara y recibió un saludo de agradecimiento.
—Ya soy una conductora local —proclamó.
—Hace dos horas intentaste subirte al coche por el lado equivocado.
—Todo ascenso profesional exige un periodo de aprendizaje.
El cartel de Fort Augustus apareció poco después. Lo señalamos al mismo tiempo y empezamos a reírnos, quizás por el alivio de haber llegado o por los nervios que ninguna quería reconocer. Laia aminoró la marcha al entrar en la localidad.
El canal de Caledonia atravesaba el centro mediante una sucesión de esclusas.
Varias embarcaciones esperaban a distinta altura, los peatones cruzaban por pequeñas pasarelas y las terrazas reunían a turistas vestidos para tres climas diferentes.
Más allá se abría el extremo sur del lago Ness, rodeado de montañas que convertían el agua en un corredor inmenso hacia el norte.
—Así que aquí vive —murmuré.
—Aquí vive —confirmó Laia—. Y espero que sea fácil de encontrar, porque no pienso preguntar casa por casa por “Ewan, menos de treinta años, guapo y con espermatozoides especialmente persistentes”.
Solté una carcajada, aunque me temblaban las manos. Después de semanas de incertidumbre, el padre de mi hijo ya no se encontraba en un punto indefinido de las Highlands. Compartía aquel pueblo con nosotras, quizás a pocos minutos, sin saber que acabábamos de llegar.