Capítulo 6
Laia pasó a recogerme a las cinco y media de la mañana con dos tés, una bolsa de provisiones y la energía ofensiva de quien había dormido ocho horas mientras yo dedicaba la noche a comprobar si las mujeres embarazadas podían volar sin que la presión de la cabina alterase el tamaño del bebé.
Borja respondió a esa pregunta el día anterior con un “sí, Martina” seguido de un punto que interpreté como el final de su paciencia profesional.
Habíamos decidido salir desde Málaga para tomar un vuelo directo a Edimburgo, de modo que nos aguardaban varias horas de carretera antes de llegar al aeropuerto.
Guardé la maleta en el maletero, coloqué la americana de Ewan sobre el equipaje de mano y revisé por cuarta vez que llevaba la ecografía, el informe médico y los suplementos.
—¿Has traído el pasaporte? —me preguntó Laia desde el asiento del conductor.
—Sí.
—¿La tarjeta sanitaria?
—Sí.
—¿La autorización de Borja para que la aceituna abandone el espacio aéreo español?
—No necesito ninguna autorización para eso. Y te recuerdo que ya es más fresa.
—Perfecto. Era una pregunta trampa.
Me abroché el cinturón y dejé el bolso a mis pies.
Laia había preparado una lista de reproducción titulada «Operación Highlands», compuesta por canciones escocesas, temas de películas y una versión de gaita de una canción pop que consiguió que ambas bajáramos el volumen antes de alcanzar la autopista.
—Esto parece el funeral de una estrella del rock —protesté.
—Estoy creando ambiente.
—Crea menos.
Durante el trayecto me obligó a beber agua, repartió galletas saladas cada vez que mencioné una posible náusea y se negó a detenerse en tres gasolineras consecutivas porque, según ella, todavía no podía necesitar otro baño.
A la cuarta comprobó el tiempo transcurrido, reconoció su error de cálculo y anunció que el bebé había heredado una vejiga con ambiciones expansionistas.
Llegamos al aeropuerto con margen suficiente. Laia bajó las maletas y descubrió que la suya se mantenía en pie por un equilibrio precario entre las ruedas, una prenda atrapada en la cremallera y la fuerza con la que la cerró la noche anterior.
—¿Qué llevas ahí dentro? —le pregunté mientras intentábamos colocarla en el carro.
—Ropa para todos los climas posibles.
—Nos vamos una semana.
—Escocia puede ofrecer cuatro estaciones antes de comer. He traído prendas para cada una y un conjunto por si aparece la quinta.
Mi equipaje pesó catorce kilos. El suyo superó el límite permitido y la empleada de facturación le pidió que retirara dos. Laia abrió la maleta en mitad de la fila, sacó unas botas, un neceser del tamaño de un botiquín militar y tres jerséis que intentó entregarme.
—No caben en mi maleta —le advertí.
—Ponte uno.
—Estamos en Málaga, en julio.
—Hazlo por la economía familiar.
Terminó anudándose un jersey a la cintura, colgándose otro sobre los hombros y metiendo las botas en el equipaje de mano. Cuando la maleta alcanzó el peso exacto, levantó ambos brazos en señal de victoria y recibió un aplauso solitario de un hombre que aguardaba detrás.
—Sargento —le recordé mientras nos apartábamos—, derrotada por una báscula.
—No he sido derrotada. He redistribuido recursos.
La siguiente prueba fue el control de seguridad. Consulté la noche anterior si los arcos detectores afectaban al embarazo y Borja me explicó que podía atravesarlos sin problema. Aun así, cuando llegó mi turno, miré el arco con una desconfianza que no pasó inadvertida para Laia.
—No emite rayos capaces de convertir a tu hijo en un superhéroe —murmuró—. Ya lo preguntaste.
—Sé lo que me explicó Borja.
—Entonces cruza antes de que te detengan por intentar negociar con una máquina.
Pasé sin que sonara ninguna alarma. Laia, en cambio, tuvo que volver atrás porque olvidó quitarse el reloj, después las botas activaron el detector y una agente acabó revisando su equipaje. Sacó uno de los jerséis, el neceser y un paquete de galletas que mi amiga había comprado para mí.
—Es comida terapéutica —argumentó Laia—. La pasajera está embarazada y cree que cada sensación corporal anuncia una emergencia.
La agente me dedicó una mirada comprensiva.
—Mi hermana era igual. Llamó al médico porque el bebé tuvo hipo.
—Todavía no noto que se mueva —aclaré.
—No le dé ideas —intervino Laia—. Dentro de dos meses la tendré contando hipos con un cronómetro.
Superado el control, compramos agua y buscamos la puerta de embarque.
Todavía faltaba casi una hora, pero Laia prefirió instalarse cerca para impedir que recorriera las tiendas y adquiriera productos inútiles para el bebé.
Llegó tarde: mientras fui al baño, encontré un pequeño peluche de un animal escocés y lo sostenía cuando regresó.
—¿Eso es una vaca? —preguntó.
—Una vaca de las Highlands.
—Parece un felpudo con cuernos.
—Es para el bebé.
—El bebé mide nada y menos, y ya tiene su primer animal de granja.
Compré el peluche pese a sus protestas y lo guardé en el bolso junto a la ecografía. Después contemplé la información del vuelo en la pantalla y una oleada de nervios sustituyó la alegría de los últimos minutos.
—Dentro de unas horas estaremos en Escocia —murmuré.
—Esa suele ser la finalidad de subir a un avión con destino a Edimburgo.
Laia dejó el café y apoyó una mano sobre mi brazo.
—¿Te estás arrepintiendo?
—No. Quiero encontrarlo, pero no sé qué voy a hacer cuando lo tenga delante. He ensayado tantas veces la conversación que ya existen treinta versiones diferentes. En una se alegra, en otra se enfada y en otra llama a un abogado antes de que termine la primera frase.
—Te falta la versión en la que se desmaya y tenemos que reanimarlo.
—No ayudas.
—Claro que ayudo. Amplío tu catálogo para que nada pueda sorprenderte.
Le confesé que temía descubrir que tuviera pareja, que no quisiera al bebé o que pensara que había viajado para exigirle una relación. También me preocupaba que me recibiera con afecto y confundiera ese entusiasmo con una promesa que ninguno de los dos estaba preparado para cumplir.
—No vas a pedirle matrimonio —repuso Laia—. Vas a informarle de que uno de sus nadadores llegó a destino, igual él se acuerdo de cómo.
—No pienso explicárselo de esa manera.
—Podrías acompañarlo con un gráfico.
—Tampoco.
—Entonces utiliza la ecografía. Es menos didáctica, pero tiene valor probatorio.
Anunciaron el embarque y avanzamos con el resto de los pasajeros.
Laia había reservado un asiento de pasillo para mí, convencida de que necesitaría visitar el baño cada veinte minutos, y ocupó el central para que nadie me molestara.
Junto a ella se sentó un señor escocés de unos sesenta años que llevaba un sombrero de tela y una novela policiaca.
Antes de despegar, revisé dos veces el cinturón y pregunté a una auxiliar si debía colocarlo de alguna manera especial.
Me indicó que lo llevara bajo, sobre las caderas, y me aseguró que viajar durante aquella etapa del embarazo no planteaba ningún inconveniente si mi médico no había establecido restricciones.
—¿Ves? —me susurró Laia—. La aceituna está autorizada para despegar.
—¡Ahora es una fresa! —exclamé indignada.
—Cuando lleguemos a Fort Augustus será un melón si seguimos a este ritmo.
El avión comenzó a moverse. Cerré los ojos durante la aceleración y apreté la mano de mi amiga, que soportó la presión sin quejarse hasta que las ruedas se separaron de la pista.
—Puedes soltarme —solicitó unos minutos después—. Necesito conservar los dedos para conducir por la izquierda.
Aflojé la mano y miré el respaldo delantero. Laia abrió la bandeja, colocó una botella de agua y sacó un paquete de frutos secos, una manzana y las galletas terapéuticas.
—¿Has organizado un servicio de catering?
—Borja me pidió que evitaras pasar muchas horas sin comer.
—El vuelo dura poco más de tres horas.
—En tres horas puedes imaginar siete enfermedades, sufrir cuatro ataques de hambre y pedirme que busque un hospital en el Atlántico.
El escocés del asiento contiguo levantó la vista de la novela al escuchar «Fort Augustus».
Hablaba un poco de español y nos preguntó si íbamos de vacaciones.
Laia le explicó que viajábamos para encontrar a un conocido, evitando mencionar el embarazo, y aprovechó para pedirle información sobre la zona.
El hombre nos contó que había pasado parte de su juventud cerca del lago Ness y que Fort Augustus era pequeño, animado en verano y atravesado por las esclusas del canal de Caledonia. Añadió que encontrar a una persona resultaba fácil si se conocía su apellido.
—No lo conocemos —admití.
—Tenemos el nombre, una fotografía y una americana —completó Laia.
El escocés nos miró alternativamente.
—Esa historia parece complicada.
—Todavía no le hemos contado la parte del bebé —informó mi amiga.
—¡Laia!
El hombre cerró el libro, interesado de inmediato.
—Entonces sí que es complicada.
Acabamos relatándole una versión abreviada.
Escuchó con atención, observó la fotografía de Ewan y admitió que no lo reconocía, aunque prometió que en Fort Augustus alguien lo haría.
Antes de regresar a la novela, nos recomendó preguntar en los pubs y utilizar la americana solo como pista, no como amenaza.
—Es el primer asesor local de la operación —celebró Laia—. Ya contamos con apoyo civil.
La conversación me tranquilizó durante un rato. Comí las galletas, bebí agua y conseguí dormir casi media hora. Al despertar, Laia había colocado una sudadera doblada entre mi cabeza y el asiento y discutía en voz baja con el escocés sobre la mejor ruta desde Edimburgo.
Una pequeña sacudida atravesó el avión cuando faltaba poco más de una hora. Me enderecé y busqué la mano de mi amiga, pero ella señaló con calma la pantalla donde el avión continuaba avanzando hacia Escocia.
—Turbulencias leves —aclaró—. La fresa no se va a despegar.
—No pensaba eso.
—Has mirado tu barriga antes que el cinturón.
—Ha sido un reflejo.
—Tu reflejo maternal necesita vacaciones.
El piloto anunció que atravesaríamos una zona de aire inestable durante unos minutos.
Laia empezó a contarme anécdotas de su formación para distraerme: la vez que saludó al oficial equivocado, la vez que confundió dos mochilas y pasó un fin de semana con ropa de un compañero que medía dos metros, y aquel ejercicio en el que perdió una bota dentro del agua y pasó las de Caín para seguir a la pata coja.
—¿Y tú vas a protegerme en Escocia? —le pregunté, ya más relajada.
—He ascendido desde lo de la bota.
—Hace poco más de dos meses.
—Han sido semanas de enorme crecimiento personal.
Las sacudidas cesaron. Poco después comenzó el descenso y el paisaje apareció bajo las nubes: extensiones verdes, grupos de casas y carreteras que se cruzaban sobre un terreno distinto al que dejamos aquella mañana.
Laia recogió los restos de comida, comprobó que llevaba abrochado el cinturón y me entregó el peluche de la vaca.
—Sujeta a tu primogénita —ordenó—. Vamos a aterrizar.
—No es mi primogénita.
—Ha llegado antes que el bebé. Técnicamente, ocupa el puesto.
El avión perdió altura. El miedo seguía allí, mezclado con el entusiasmo, las dudas y una esperanza que no me atrevía a examinar demasiado. En algún punto de aquellas tierras vivía Ewan; ignoraba que había cruzado medio continente para buscarlo y que la próxima llamada cambiaría también su vida.
Las ruedas tocaron la pista con un golpe seco. Laia levantó ambos pulgares, el escocés cerró su novela y varios pasajeros encendieron los teléfonos antes de que el avión terminara de frenar.
—Bienvenida a Escocia —anunció mi amiga—. Tú respira, la fresa que se agarre y Grey que vaya preparándose.
Apreté el peluche contra el pecho y sonreí. Habíamos llegado.